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Apología de lo suficiente (o cómo pasar Navidad con dos duraznos y un fernet tibio)

como viajar sin planes

Hace poco Erika y yo decidimos pasar Navidad acampando junto a un vagón abandonado, acompañados de un Fernet, una Coca Cola tibia y dos duraznos como todo festín.

No puedo decir, en realidad, que haya sido exactamente una decisión lo que nos llevó a ese sitio, sino más bien lo contrario. Y lo contrario era el arte de dejar suceder los eventos como las enredaderas de un jardín salvaje.

El herrero del pueblo de Egaña nos había dado permiso para acampar y un poco de hielo en una conservadora para activar el fernet.

Como era domingo, el único almacen estaba cerrado, pero el hombre nos había legado una bandeja con asado frío dentro de su cocina decorada con almanaques de doma y trofeos de paleta ganados en honor al club social y deportivo local.

Yo venía de estar un año sentado escribiendo y el viaje, las sensaciones vivas de estar viajando se habían convertido en una observación astronómica.

Miraba al viaje por el lente de telescopio de mi propia memoria, y escribía sobre viajes y le contaba a otra gente mis viajes pasados, pero en mi vida cotidiana me había convertido en un tipo que regaba con puntualidad kantiana una planta de palta germinada en un frasco de mermelada.

Y de pronto el estar ahí, lavándome la cara con una manguera que salía de la canilla enclavada en los ladrillos centenarios del almacén cerrado y habiendo transformado mediante alquimia social los dos duraznos en una cena con asado, me hacía sentir íntimamente feliz.

Lo que me pasaba por dentro era más complejo que la simple emoción por la hospitalidad recibida.

Era más bien como si el haber tenido que resolver las necesidades más básicas de un ser humano  -encontrar techo y de qué alimentarse- me hubiera devuelto la frescura de estar vivo y retraído el campo de atención de mi mente a los elementos que me rodeaban, a lo que estaba realmente allí.

Y hago esa aclaración porque estoy convencido de que la mayoría del tiempo vivimos y actuamos presionados por cosas que podrían suceder, o que quisiéramos que sucedan, o que desearíamos evitar, deslizamos toda la gravedad de nuestra existencia hacia el futuro e intentamos predecirlo.

Hiperproductivos por superstición, trabajando para el futuro.

En mis primeros viajes, recibir hospitalidad me había devuelto la fe en la humanidad, pero ahora, el mismo remedio sanaba órbitas mucho más cercanas y epidérmicas: me anclaba como un dardo al presente.

El ancla a tierra que la respiración es a la meditación.

De pronto, sentado en las vías abandonadas del tren, por donde habrían circulado incontables crotos con su mono al hombro, tuve esa clara visión de que aquello era para mí como una “gimnasia del alma”, un asana espiritual, un músculo que necesitaba ejercitar de tanto en tanto.

Parecía patológico que me estuviera felicitando a mí mismo por llevarme adrede a una situación de precariedad sólo para obligarme a resolverla poniendo en práctica habilidades interpersonales.

La dificultad autoimpuesta del montañismo.

Pero exactamente eso me parecía el rudimento del viaje: la capacidad de llegar, observar y resolver, no tanto porque la solución sea la importante, sino por lo intenso y embriagador del proceso.

Pensé en la tecnología, en cómo cada vez más potenciales aventureros terminaban tomando atajos hacia la solución, hacia la certeza, e interactuando con las variables del viaje a través de 5 apps.

Mirando el mundo a través de apps. “Eligiendo” destinos facilitados y tamizados por algoritmos.

Pensé en el mundo vainilla de las redes sociales y su versión del viaje glorificada en experiencias de satisfación garantizada o le devolvemos su dinero.

Recordé los glampings y esos videos de cremalleras de carpa abriéndose ante bosques y glaciares y la influencer de turno dando tres saltitos de felicidad y sosteniendo la taza de chocolate humeante, en el café de barista, en los paraguas de colores, en el reduccionismo de entender el viaje como dopamina.

Pensé en las publicidades de seguros de viaje teatralizados por maniquíes en pose congelada de felicidad idiótica. Una carry on y un ticket a Nueva York.

El éxtasis es un elemento fundamental en la mercadotecnia contemporánea del viaje, porque se lo percibe como la grieta permitida, un disfrute que sale a presión como un champagne batido de entre la cuadrícula de la carrera por la zanahoria.

Es el escapismo monetizado por el mercado.

Pero a mí, en ese momento, observando las vías del tren e imaginando los pasos y rancheadas de sus crotos, esos pueblos semiabandonados de la provincia me parecían un endo-universo mucho más desafiante y explorable que cualquier megalópolis malcriada.

Me reí pensando en lo poco instagrameables que se verían las primeras fotos de mis viajes, durmiendo en bancos de terminales de ómnibus, cuando aún no había aprendido a que los duraznos se convirtieran en asado, cuando ni podía pagar el hotel ni sabía cómo hacer amigos locales.

Recordé el día que acampé en la terraza de un edificio en Siria, los vientos de la carpa atados a las antenas de TV, o cuando viajé doce horas en el techo de un camión que cargaba 43 chanchos en las rutas de montaña bolivianas.

Yo siempre había sentido que haber empezado a viajar antes de internet me había obligado precisamente a eso, a depender del presente, de mi mismo, de mirar a la gente a los ojos, de la conexión humana sin ortopedias de silicio.

Yo miraba desfilar a los crotos por las vías del tren, y me decía a mí mismo que esa mujer que miraba las estrellas en la reposera al lado mío tenía que amarme mucho para decidir pasar Navidad en semejante intemperie no planificada.

El metal del riel reflejaba otra cosa, un futuro donde pronto no alcanzaría que las experiencias fuesen predecibles, reservables con un click, sino que se las podría fabricar en realidad virtual, a capricho, tejer on demand con píxeles.

Un mundo en que bastaría con meterse encima un casco para mandar a nuestro avatar a pasear por la campiña de Toscana y comprarle vino chianti a bodegas virtuales atendidas por avatares con trajes regionales típicos.

Viajes seguros para protegernos en tiempos de covid del ser humano convertido en bio-peligro para sí mismo, altamente rentables para las megacorporaciones tecnológicas.

Quizás existe una trinchera de resistencia invisible en lo mundano e insospechado, en la estación abandonada de Egaña y en salir a la ruta con dos duraznos y un fernet tibio.

Desde ya, no todos buscamos lo mismo en un viaje y el viaje pasivo-vacaciional es una opción perfectamente válida.

Pero siento que quienes están en la búsqueda del viaje como algo más trascendental no harán más que perder su potencial al resbalar por los atajos digitales.

Por eso, para cualquier viaje realmente revelador, la gimnasia sigue siendo analógica y cercana: caer sin planes previos ni contactos, con lo mínimo, en un pueblo “x” seleccionado en el mapa por nuestro dedo o por una salpicadura de yerba mate.

Llegar hasta allí, hablar con humanos, resolver, con la batería del teléfono muerta.

No hay más secretos: al multiplicarlo por mil tenés una vuelta al mundo, lograda a base de lo suficiente.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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