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EL SEÑOR DE LOS CHANCHOS LLEGA A SUCRE

Estaba ya en Huacareta, en el departamento de Chuquisaca, y tenía que llegar a Sucre, capital departamental y capital constitucional de Bolivia. El día amaneció lloviendo y sin intenciones de secado, por lo que me despedí de Nilson, quien me había alojado y recurrí como gran excepción a una “flota”, palabra con que los bolivianos llaman a sus buses. Suponía yo que eso de llamar “flota” a los micros era casi como un acto fallido, un retoño del deseo en un país que perdió su acceso a mar en una brutal guerra con Chile hace más de un siglo. Cuando llegamos a Monteagudo la lluvia ha amainado, por lo que vuelvo a salir a la ruta. No tengo intenciones de llegar a Sucre, porque ya son las 4 de la tarde, y Sucre está a más de 300 kms. Tras 20 minutos de espera una 4×4 que viene haciendo campaña política para el “Movimiento sin Miedo”” me levanta. Me agrada el nombre, ¡es casi una involuntaria apología del viaje! Mientras los altavoces animan a la gente a votar al partido, mi chofer va frenando en cada caserío para regalar almanaques y banderines. Mientras el mensaje político hablaba de dignidad y seguridad ciudadana, la música del altoparlante, dudosamente coherente, era un regetón arrabalero que cuyo estribillo decía: “Colegiala no seas tan coqueta, colegiala decime que sí…”

El político me dejó en un control fito-sanitario, donde una misericordiosa barrera manual demora a los camiones, actuando como oportuna telaraña para quien viaja a dedo. En el lugar, dos campesinos esperaban transporte en sentido opuesto. Me cuentan, al igual que los guaraníes, de la sequía y del bajo precio del maíz. Pero no todas son pálidas: cada uno de ellos tiene 10 o 15 hectáreas Al revés que en Argentina, aquí el campo tiene campesinos propietarios, no puesteros empobrecidos y grandes terratenientes. El oficial a cargo del puesto Fito-sanitario se llama Teófilo, y me ayuda a encontrar pasaje. Pronto detiene a un camión Nissan Diesel. Le pregunta el destino.

– “Vamos a Sucre” – responde un hombre de bigotes.
– ¿No tienes lugar para un amigo que anda viajando pelado? – arremete Teófilo.
– Aquí adelante no hay lugar. Arriba únicamente – responde el camionero.

Miro arriba y veo dos tablas de madera que cruzan transversalmente la jaula. Lo que aún no he visto es que hay dentro de la jaula. Mientras trepo la escalerilla metálica escucho los primeros gruñidos, aunque antes el aroma ya anticipa. Encaramado sobre las tablas de madera, observo bajo mis pies a mis nuevos 43 compañeros de viaje. No tienen pelos, huelen mal, y tienen un rulo en la cola. Los chanchos olfatean insistentemente mis pies que penden sobre sus hocicos. Me aguardaba uno de los viajes más duros de mi vida, pero todo era demasiado increíble para cerrar la canilla del caos y dar un paso al costado de semejante aventura. Eran las 5 de la tarde, y el viaje duraría doce horas. Primero con temperatura agradable, luego abrigándome en forma gradual, fui testigo de el encantador valle con sus parcelas sembradas y sus idílicos caseríos de adobe. No me podía quejar de la vista panorámica. La luna llena plateaba breves nubes que suspendidas en el valle parecían velar cada una por cada caserío. Aunque la adrenalina de ir allá arriba era un deleite, pronto el frío, el viento, e incluso la lluvia en la cara me obligaron a emponcharme hasta lo imposible. Me calcé la bolsa de dormir hasta la cintura y una frazada cedida por los conductores en el torso. Las horas pasaban y cada vez estaba más cansado. A eso de las 2 de la madrugada decidí que la experiencia había pasado del placer al masoquismo épico, porque ni siquiera podía dormirme, si no quería caer sobre la simpática piara. Aprovechando que pasábamos una aldea un poco más habitada comencé a golpear la retaguardia de la cabina con mis pies, pero la bolsa de dormir reducía la intensidad de mis golpes, que semejaban los mórbidos e inútiles pataleos de una sirena abandonada entre chanchos.

Las luces del camión, finalmente, iluminaron en la oscuridad una señal que anunciaba el matadero. Eran las 5 de la mañana cuando me bajé del camión, temblando como nunca antes en mi vida. Pronto debí empero reincorporarme para ayudar a los chóferes a conducir a los chanchos al corral, y recién después me dejaron en la Terminal, algo tiritando entre los madrugados trabajadores de Sucre.


Como recompensa al épico viaje, en Sucre me esperaba Wolf, un alemán que vive en Bolivia, país al que llegó como voluntario, desde hace unos 40 años. La habitación que me reservaba en la palaciega casa en que también funciona la academia de ballet de su mujer fue el antídoto contra la incomodidad extrema que había soportado para llegar a Sucre. Luego de una maratón onírica salí a caminar por la ciudad. Sucre, capital constitucional de Bolivia. Ciudad orgullosa de su linaje español pero también ingenua feligresa del mito de la sangre azul. De hecho, cuando el cineasta argentino radicado en Sucre César Bri, fundador de una muy bien reputada escuela de teatro, mostró en You Tube el video en el que un grupo de universitarios fascistas obligaban a unos 20 campesinos a besar el suelo de la plaza y gritar “¡Viva Sucre capital! la gente se puso del lado de los universitarios.

También fue Sucre la ciudad que se alzó en protesta cuando el MAS de Evo Morales quiso aprobar el nuevo texto constitucional. Es verdad que Bolivia tiene una flamante constitución que rebautiza el país como un estado plurinacional. Las circunstancias de su nacimiento no fueron, sin embargo, tan consensuadas como el preámbulo haría intuir. Algunos podrían llegar a leer en mis líneas un ataque al MAS. Sin embargo, como escritor, apenas intento estar alerta a los detalles que se alejan de los estereotipos. A veces publico incluso verdades que me incomodan a mi mismo, a fuerza de ser políticamente incorrectas. Pero reales. He leído la nueva constitución de Bolivia, que tengo en mis manos. Me parece más moderna, horizontal y pluralista que la anterior, es verdad. Pero insisto, fue un parto con cesárea. La constitución, que por ley debía aprobarse en Sucre, la capital constitucional, se aprobó en Oruro bajo mando militar. De hecho, más de 5000 personas se habían reunido fuera de Asamblea Constituyente para impedir su firma. Hubo enfrentamientos entre la policía y los estudiantes, y autos incendiados (Foto tomada con zoom en el depósito de la comisaría de Sucre). Cual broche de oro del cine absurdo, el cuartel de bomberos fue quemado, y 150 internos de penal escaparon alegremente por la ciudad. Y así Bolivia tuvo su nueva constitución.


De mi paseo por la ciudad no les contaré nada de las iglesias barrocas, de los santos cincelados en oro, de las arcadas coloniales. Eso lo pueden leer en cualquier guía zonza. Yo les quiero contar de la gente que trabaja en el Mercado Central de Sucre. Llegué quizás en busca de un almuerzo barato y saludable, acaso un saice (arroz, papas, ensalada y carne picada) o un chorizo chuquisaqueño. Pero luego me cautivo el oficio y la simpleza de la gente del mercado de frutas. Una mujer llamada Gaby, al escuchar que había llegado como comandante de un camión repleto de chanchos no tuvo más elección que dejar de mirarme como un turista. Y fue más allá de eso, me hizo un lugar en su puesto, en el que por las tarde me sentaba para observar el movimiento de la gente. Gaby estaba convencida de que, tras mi acrobático viaje sobre los chanchos debía ser demasiado afortunado para no haberme contagiado sus pulgas, por lo que comenzó a llamarme “Juan de las Pulgas”. Luego comenzó a explicar ilustrativamente como esas pulgas dejan larvas que hay que desterrar con agujas. Comprobé, sin embargo, que ni siquiera era huésped de semejante subespecie.


Lo primero que sorprende de los mercados de frutas bolivianos es la disposición piramidal de cada cúmulo de frutas. Manzanas, tomates, morrones, granadas, uvas y duraznos se apilan sobre canastos de mimbre, o en bolsas de harpillera. En medio a todo eso destacan enormes zapallos de unos 50 Kg. Intento convencer de comprarlos a una mujer que los mira con intención. Ella dice que los comprará con gusto si yo los cargo hasta su casa. Pasa luego una cholita vendiendo perejil. La mujer viene del Valle de Sotomayor, de dónde provienen la mayoría de los productos. El precio se discute en quechua, aunque los números sobresalen en castellano sobre tan indescifrable fondo. Todo el que tiene un puesto, también está dispuesto a comprar a los muchos vendedores de a pie que transitan el mercado. Como se acerca el viernes santo, el vendedor de sábalos tiene muchos clientes, aunque sus sábalos estén contaminados hasta las branquias con el plomo y el zinc liberado por las mineras. Otros productos que deberían estar faltan o se encuentran con dificultad y a alto precio. Es el caso de la quinoa y el amaranto, cereales de altísimo valor proteico cuya siembra fue prohibida por los conquistadores para diezmar la alimentación de las culturas originarias y por ende su capacidad de resistencia.

Para mí es hora de poner rumbo sur en el pulgar. Aunque mi viaje me lleva de Argentina hacia Alaska, he recibido una llamada de mi editor en Buenos Aires. Al parecer, mi primer libro “Vagabundeando en el Eje del Mal” está al borde agotarse, y una segunda edición es inminente. En este contexto, he sido invitado a firmar ejemplares a la 36era Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Después de todo, dado que el evento tiene lugar en La Rural, no hubiera desentonado llegar con mi simpática piara…


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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