LAS ALDEAS DEL NILO O CÓMO ABORDAR UNA FANTASÍA

No es un detalle menor: cuando viajamos, llevamos adelante una cacería secreta. Sin darnos cuenta, andamos para capturar momentos o paisajes, para lograr tener, y detener —mediante la fotografía— delante de nuestros ojos, lugares a los que primero dimos vida en nuestra imaginación. Casi siempre, lo que acariciamos en pensamientos es una versión idealizada del país o región a la que acabamos de llegar, conformada por un collage de postales trastocadas, acaso provenientes  de documentales, películas o folletos publicitarios. Por eso, no sería del todo errado decir que viajamos en busca de ciudades y países imaginarios, que paso a paso vamos destronando para reemplazarlos por sus versiones –mejores, peores— reales.

Está el caso extremo del que llega a China esperando encontrar casitas con tejados curvos y sabios de fina barba debajo de los templos, y no se enteró de que los chinos ya pasaron la topadora a todo aquello para levantar rascacielos futuristas.

Hace poco leí de alguien se había desilusionado al no encontrar en Tallin, la capital estona, una ciudadela con bardos medievales declamando por las calles, sino un centro histórico elevado a su propio estereotipo y regenteando como un parque temático con empleados de la oficina de turismo disfrazados de aldeanos y juglares.

En Latinoamérica, el engranaje motivacional tras bambalinas de muchos de quienes viajan a Perú es la necesidad de reconectar con un paraíso rural perdido. Lo primero que viene en mente son poblados andinos de adobe habitados por campesinos que sólo rompen el silencio para adorar en quechua a la Pachamama. Pero al llegar a la terminal de buses de Cusco, su primer contacto no es con una casta iluminada de guardianes de semillas, sino con  alguien que los confunde con gringos y les ofrece, en inglés, un hostel. Luego, en la plaza de Armas, se enteran que las agencias de viajes ofrecen los pueblos del Valle Sagrado como hamburguesas de un menú de comidas rápidas y que el camino del Inca se hace con botas Columbia en paquetes de tantos días, tantas noches.

En la cacería de experiencias culturalmente auténticas, la lentitud es una aliada.

En la cacería de experiencias culturalmente auténticas, la lentitud es una aliada.

En el caso de Tallin puede ser que hayamos comprado la imagen de folleto sin chistar, fabulando una expectativa naive que luego deviene en frustración y ensañamiento con el lugar y la contaminación del turismo. Buscábamos un unicornio, nos dieron un caballo con un cucurucho. Una tendencia que crece es la de renegar del turismo pero, incomprensiblemente, no dar un paso al costado de los gringo-trails sugeridos por las guías de viaje.

Pero con más frecuencia, lo que buscamos sí existe, pero lo que falla y es insuficiente es la manera en que intentamos abordar la realidad para hacerla coincidir con nuestra fantasía.  En todo caso, esa búsqueda es un arte que uno perfecciona con los años de viaje, con mucho ensayo y error y con el mapa —oh sí, el mapa de papel, el más subestimado de los elementos de viaje en la era digital— en mano.

Estrategias para abordar el Nilo

No me río de los que cazan unicornios. Yo mismo lo hago con frecuencia.  La última vez hace poco, cuando Laura y yo, después de haber recorrido Cairo, Alejandría y algunos oasis de Egipto, nos enfrentamos al curso del Nilo. La guía de viajes que teníamos como referencia tenía abundante información sobre todos los antiguos templos, ruinas y tumbas que puntúan su curso. Nombres como Luxor, Asuán o Abu Simbel eran tan famosos que te sentías muy culpable de sólo pensar en ignorarlos.

Nuestro plan no era pasar de largo ante semejantes patrimonios de la humanidad, pero sí hallar la manera de, entretanto, lograr encontrarse con mi Nilo mental. Había escuchado que el modo de vida de los campesinos había variado poco desde el tiempo de los faraones, y que muchas de las herramientas manuales ilustradas en los jeroglíficos aún eran manipuladas por los modernos egipcios. Más que nada, era el paisaje del Nilo en su conjunto el que a mí me parecía tan patrimonio como las ruinas famosas. Si en Colombia se celebra y protege el Paisaje Cafetero y en Argentina la Quebrada de Humahuaca inviste el título de Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad ¿por qué no serían las aldeas anónimas entre highlights merecedoras de nuestros pasos? Ahí iba yo en busca de un nuevo unicornio.

cairo tower

El Nilo urbano, con la Cairo Tower a la derecha.

La mayoría lo ven en Cairo o Luxor, es decir en esos segmentos urbanos donde el Nilo rescata de la fealdad lo que de otro modo serían ciudades a secas. Hacen que se pueda sacar fotos a hileras de edificios y torres que, sin él, serían un conglomerado de concreto y un tributo a la superpoblación. Poco más, porque esas ciudades son islas autosuficientes que no requieren del Nilo más que un lugar cómodo, handy, donde lanzar sus efluentes cloacales. La bosta de veinte millones, el nuevo tributo del Egipto moderno.

Otra manera frecuente de “conectar” con el Nilo, podría ser alquilar una felucca —embarcación tradicional a vela— en los alrededores de Luxor o Asuán, incluso viajar en ella entre ambas ciudades. Esa me parecía una opción válida. Sin embargo, ninguna estrategia me seducía más que ubicar en el mapa una ruta menor, paralela al río, y caminar entre las aldeas. Tomamos un tren de Luxor a Mynia, y desde allí seguimos a pie por una ruta menor que el mapa señalaba, como es correcto, en blanco. Los caminos invisibles siempre son blancos en los mapas, como si denotaran la “inocencia” y la bondad de quienes viven a su vera. En cada país que visitó cumplo con el ritual de alejarme de las rutas principales —señaladas en rojo—y perderme en las blancas, eligiendo un camino al azar.

El siguiente paso es, en el último pueblo que figura en el mapa, preguntar por las aldeas siguientes —que por motivos de escala nunca aparecen, ni siquiera en los mapas de papel—. Las anoto en un papel, tal como me suenan. Luego abro el Google Maps para verificar que el pobrecito está tildado en un trance blanco. Según él —como siempre— no existen aldeas y parajes, sólo ciudades y pueblos, sobre todo en África.  Entonces me invade la satisfacción de la misión cumplida: nos hemos salido del mapa.

mujeres buscando agua

 

No voy a contar toda la historia que fue, por momentos, incluso traumática. Las leyes egipcias prohíben la libre circulación de turistas fuera de las estaciones predecibles —otra vez, Luxor, Asuán, etc— y las ruinas más famosas. Toda la zona conocida como Upper Egypt ha sido el foco de rebeliones islamistas a fines de los noventa y es un dato cierto que ataques contra turistas han sucedido —en el templo de Hatshepsut, cerca de Luxor alguien jaló del gatillo de una ametralladora en nombre de Allah  y asesinó a XX turistas—. El gobierno, paranoico, respondió imponiendo escolta policial a los pocos extranjeros escurridizos que deseen explorar los pueblitos y aldeas. Con eso, también, tuvimos que lidiar.

La historia, como dije, es larga y la reservaré para el libro que el libro del viaje a África. Pero quiero, en este post, compartir algunas imágenes,  trofeos de la cacería de mi Nilo mental en el Egipto real.

Ríos como dioses

En pocos sitios vio a los ríos transformarse en dioses vivos.

En pocos sitios vio a los ríos transformarse en dioses vivos.

¿Cómo es de cerca el río que permitió las piedras que todos vienen a ver —las Pirámides, los grandes templos— y el milagro de la crecida anual del Nilo que había que agradecer? ¿Cómo es el río que justificó dioses tan altos? Dentro de las tumbas de Saqqara observé relieves de pescadores echando sus redes. Tres mil años después, siguen haciéndolo y dudo que de una manera muy distinta. Lo que permanece idéntico es el esquema cromático. Mirando hacia la otra orilla, primero el ojo encuentra las aguas azuladas por el atardecer. Como flotando sobre ellas florece una estrecha franja verde de la tierra arable coronada por palmeras. El conjunto — río, cultivos y palmeras— es la única resistencia a la tenaza del desierto, que se extiende por miles de kilómetros a cada lado.

Haj Ali y el poder del trigo

kabana upper egypt

Pocos modales occidente pueden compararse las poses de la comodidad oriental.

En el caserío de Izbet Abdel Karim nos recibió a Haj Ali (izquierda), un campesino que, a punta de sembrar trigo, se había enriquecido lo suficiente para hacer el peregrinaje a Meca —que le permitía anteponer el título de Haj a su nombre—. Vengo de una zona triguera, la provincia de Buenos Aires, donde los campos se miden en miles de hectáreas. El feudo de Ali, en cambio, tenía unas pocas “fadán”, unidad local de medida heredada de los antiguos egipcios. En la foto se lo ve reposando, junto a su cuñado, en la “kabana”, o área de recepción de huéspedes rodeada de sofás, típica del Alto Egipto. Su casa no era la de un potentado, pero en las aldeas  una mínima diferencia de prosperidad permite a un hombre que su vivienda destaque muy rápidamente del entorno. Apenas le entendía cuando hablaba, acaso porque trillaba a las consonantes como a su trigo. Nos proporcionaba entretenimiento gratuito cuando, de improviso, corría blandiendo un palo y arrastrando su panza para ahuyentar a los niños de la aldea, que se acercaban a espiar por el zaguán a los forasteros.

Entre shishas y ametralladoras

shisha

En algún momento se volvió normal compartir el té y fumar shisha con hombres armados hasta los dientes. De vez en cuando, alguno de ellos apoyaba el fusil contra la pared, desenrollaba un tapete, y se postraba hacia Meca en oración. Había suficientes armas para resistir un ataque de artillería liviano, pero el clima era de animada charla y fraternidad. Aunque por momentos todos olvidábamos nuestros roles de vigilantes y vigilados, los teléfonos que sonaban y los diálogos nerviosos nos recordaban  nuestra posición de incómodos huéspedes: debían tratarnos con todas las ceremonias de la hospitalidad islámica pero, a la  vez, no debían perdernos pisada. Otro día les contaré cómo terminó ese juego de sospecha, cortesía y fuga.

La escolta infantil

La más alta también es una niña. Basta con decir la palabra "helado" para comprobarlo.

La más alta también es una niña. Basta con decir la palabra “helado” para comprobarlo.

Los más pequeños parecían los únicos cuya felicidad de vernos allí no se empañaba por las preocupaciones burocráticas. Para ellos, lo importante era que los forasteros quisieran unirse a su ronda, responder a sus ráfagas de “what`s your name?” y, por sobre todo, dejarse abordar a toda velocidad por la carga de caballería de la curiosidad recíproca, colisión de locomotoras que se agazapa en las miradas que se descubren distintas.

Te presento a las gamusas

gamusa-1

 

gamusas-2Las miradas animales no son menos curiosas. Te presento a la “gamusa”. No sé cómo se escribe en árabe, pero así suena. Sucede que la gamusa es un búfalo, al menos según el diccionario, pero a mí me parece que la palabra “gamusa” le queda mejor que “búfalo”. El sonido de la palabra se refleja mejor que cualquier otra en su rostro sumiso. Cuando mirás a una gamusa de cerca, ella echa las orejas hacia atrás, como esperando una caricia o temiendo un golpe. Las hay por doquier: los egipcios no podrían haber sobrevivido sin este animal, del que obtienen carne, leche, y cuyo estiércol mezclan para producir ladrillos. En cada sendero que tomábamos, siempre había hombres con sus gamusas, sea arriándolas hacia el tío ara que beban, o alimentándolas con fardos de hierba.

Un país imaginario de caña de azúcar

cosecha caña de azucar egipto

Zafra nilótica, zafra tucumana.

En Egipto, el burro sigue siendo el medio de transporte y carga popular, sobre todo en las zonas rurales.  Pueden remolcar carros con pasto fresco para las gamusas o caña —kasap— ya que es época de zafra y los tractores no abundan. La caña me templó con el recuerdo de uno de mis primeros viajes, en departamento de Leales, en Tucumán, donde la familia que me hospedaba me regaló una botella de miel de caña. Me di cuenta que el Nilo y Tucumán quedaban del mismo lado de la frontera de un país imaginario formado por todos los sitios del mundo donde la caña era parte del sustento y de la dieta. Desde el burro cansado que montaba, un niño completó sin saberlo el círculo al ofrecerme un trozo de caña e hincarle el diente para enseñarme cómo se debía hacer. Como si clavara en la tierra una espada fundacional activó el hechizo que le dio vida por un segundo en mi mente a ese territorio transnacional y glucósido, hermanándose con los tucumanos y también con los productores de panela del departamento colombiano del Huila.

Picnic en el Nilo y encuentro de miradas

picnic en el nilo

Apretón de manos.

De la nada, apareció alguien con una bandeja de té y lo que era una caminata por la orilla del río se transformó en una celebración. ¿Qué podía significar ese apretón de manos entre viajeros y locales? Se honraba la llegada de un extraño, el encuentro de miradas. Yo, celebro cómo mi Nilo mental estalla como una piñata cuyos retazos se van trocando por anécdotas y momentos compartidos reales.  Todo lo que yo escriba sobre lo que pasaba por sus mentes apunta más a mis propios prejuicios de ellos que a lo que verdaderamente significó para estos campesinos el paso de un trotamundos argentino. Puedo, sin embargo, imaginar que si ellos para mí se volvían representantes de todo un colectivo imaginario —el de los “tradicionales” habitantes del Nilo— yo también me habría desdoblado, ante ellos, en un embajador de ese mundo exterior, occidental, cuyas resonancias sólo los alcanzan en las cajas bobas de televisión. Además, en un entorno rural gobernado por rutinas cíclicas, la irrupción de dos mochileros era, en sí mismo, un entretenimiento.

Tu tía la palmera

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Las palmeras han desde siempre acompañando el desafío humano de sobrevivir en el desierto. En casi todas las fotos que tomé del Nilo, observo ahora sorprendido que hay una palmera de fondo, resaltando sus melenas como estrellas en los firmamentos diurnos. Ellas ejercen una soberanía silenciosa mientras los hombres se encorvan para  revolver la tierra antiquísima, les dan sombra a los sembradíos de habas, repollo, o verdeo. En el Corán, Alá le dice a los hombres, “te presento a tu tía la palmera”.  Y no es una exageración: además de proveer troncos que se usan como vigas en las viviendas de adobe, sus dátiles llevan tantos siglos alimentando a los nacidos la vera del Nilo que se puede decir que ya en sus venas corre algo de palmera, y que ya las palmeras extienden su ramaje con una intención maternal.

La caminata por el Nilo no fue una excepción, sino una más de las tantas maniobras de abordaje que en mi vida viajera debí realizar para hacer coincidir fantasía con realidad. Creo que sirve como muestra ya que demandó mucho esfuerzo —tomarse un tren, luego hacer dedo hasta un lugar que no aparecía en ningún mapa, y desde allí caminar haciendo croquis con nombres de aldeas en nuestro cuaderno—.  A lo largo de los años me fui convenciendo más y más de que uno sólo llega con facilidad  a esos lugares que perdieron algo en el camino. Sitios donde los íconos que les dieron fama sólo sobrevivieron a la modernidad y al turismo en forma de suvenir —esa mujer andina vestida de todos colores que te vende la foto con una llamita bebé en el centro de Cusco— o descripción estereotipada de redactor de guías de viaje mal pago—el branding/packaging de Tallin, una capital compleja, como ciudad medieval de cuentos de hadas—.

Ahora ya sé que a los unicornios hay que darles caza con paciencia, caminando tras ellos, hasta que  se caen de cansancio a nuestros pies. Aprendí que el mapa en mano debe servir, no para caer como por arte de canaleta adonde nos dijeron que “teníamos que ir”, sino para descubrir ese sitio del que nadie, aún, ha hablado. Si uno termina de despejar la ecuación, todo se reduce a un obedecer o crear.  Nadie dijo que iba a ser fácil, pero ese obstáculo es justamente lo que defiende lo poco que diferencia al arte moderno de viajar —asistido por buscadores de vuelos, sitios de reserva de hoteles y guías que te dictan tu recorrido— del menú de un restaurante, en lo que tenés lo que pedís, con un click, con un boleto de bus, o con una excursión. Inventar tus pasos, en el Nilo o en la vida, esa estaría siendo la cuestión.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

17 Comentarios

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  • EXCELENTE Juan !!! alucinante q hayas podido captar ese verde q acompaña al Nilo, a mi me parecio unico. Cansada de pelear por mi incapacidad para leer mapas, sin celular con “aplicaciones”, me relaje y me dejo sorprender por doblar en la esquina errada, a veces es preferible andar como por las ciudades invisibles de Calvino

    • Gracias y bienvenida al blog! (O al menos es tu primer comentario) Veo por tu mail que sos de Tandi. La ruta 226 fue de mis primeras “pistas” mochileras, donde ensayé vuelo como pichón que se pega porrazos desde el nido. Gran abrazo!

  • Cada letra que te leemos nos emociona más, y nos confirma que la decisón que tomamos de renunciar y viajar es la correcta. Nos hacés soñar, sos un master de las letras viajeras para nosotros. Un abrazo y buenos viajes siempre. Vos y Laura son un ejemplo a seguir.

    • Hola colegas de fuga! 🙂 Que bueno verlos por acá! Para mi todo un honor ser meritorio de tales palabras. Desde que arranque a viajar mi más alto objetivo fue siempre incitar a las personas a renunciar a los esquemas que les impusieron. Así que misión cumplida entonces 🙂 Les mandamos un abrazo desde Etiopía!

  • Que hermoso post!!!! confieso que viaje por américa latina con uds a través de caminos invisibles, se lo recomiendo a todxs y espero seguir asi haciendolo viajando con uds!..

    • Gracias Juli! Sí, la idea después del viaje por Africa es escribir otro libro, al estilo “Caminos Invisibles” peo con el gran desafío de capturar en sus páginas la diversidad abrumadora de este continente africano. Gracias por estar del otro lado!

  • Juan!
    Que tremendo post te mandaste!!!
    Me encanto de principio a fin, pero sobre todo las reflexiones del principio y el final del texto. Conectás todo con una habilidad que fascina al lector.
    En mi experiencia, cuando destrono esos lugares imaginarios, casi siempre las nuevas versiones son mucho mejores. No solo por ser reales sino porque a la vez nunca dejo de sorprenderme por lo distinto que termina siendo todo.
    Me gusta hacer el ejercicio de anotar lo que pienso de un país mucho antes de ir e incluso antes de leer sobre su historia, y para luego releerlo al irme.

    Les deseo lo mejor en el resto de su viaje por África.
    Acá siempre tenés un lector fiel aunque no siempre comente,
    Espero con ansias, pero sabiendo que falta mucho, el próximo libro.
    Abrazo!
    Lean

  • “…que sólo rompen el silencio para adorar en quechua a la Pachamama”, mortal. Te felicito por tu exquisita pluma y como se va refinando con cada post.
    Mi esposa y mi hija son peruanas, aunque vivimos en Neuquén. Veo que hay toda una tinellización del culto a la pachamama en Argentina. Claro, en estos tiempos de modernidad liquida necesitamos aferrarnos a quimeras lejanas para llenar un vacío. Pero claro, hay que ver la sierra y amazonia peruana destruida por la minería ilegal y sentir como ese mundo lejano idealizado te desgarra el alma cuando ves parte de sus entrañas. A veces cuando perseguimos como conejos la zanahoria de “reconexión” el golpe puede ser muy fuerte y las dudas más grandes aún.

    Un abrazo patagónico y buenos senderos!

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