GASADALUR Y LAS COSAS DEL MUNDO QUE NUNCA CAMBIAN

En el post anterior les conté cómo nos emborrachamos a lo vikingo en el festival Ovastavnan de Nolsoy, en una imprevisto e inusual acercamiento social en nuestro primer día de viaje por las Islas Feroe. Ni que hablar que eso levantó la moral de la tropa, en vistas a que se venían días de acampada en donde dependeríamos de la hospitalidad local. ¿Qué podíamos esperar de los feroeses en términos de hospitalidad? Para averiguarlo, armamos la mochila y salimos a dedo rumbo a nuestra primera meta: el pueblo semi-abandonado de Gasadalur y su singular cascada que desagua hacia el mar.

Conversando con nuestro primer conductor confirmamos nuestra hipótesis de que, en las Islas Feroe, los problemas que quitan el sueño a la gente, esos que encienden amplias disputas y dividen al país en bandos, eran muy distintos a los de casa. “Las ovejas están por todas partes” – se lamentaba mientras esquivaba una.

Me explicó que en Feroe había más ovejas que personas (unas 70.000 contra apenas 50.000 humanos) y que el gobierno estaba obligando a los campesinos a colocar alambrados en todos los terrenos, lo que además de sumar costos va contra la tradición feroesa de animales libres y propiedad basada en la confianza.

Prácticamente todos los ciudadanos de las islas poseen, según contó nuestro nuevo amigo, sus propias ovejas, aunque no se dediquen al campo. Todos tienen un pedazo de tierra que dejó algún tío o abuelo, y un secadero en casa donde, alquimia del viento mediante, la carne bovina se transforma en skerpikjøt, una especie de charqui fermentado que es una delikatessen de la cocina feroesa. Después de todo, tenía sentido que la traducción de Føroyar (el nombre de Feroe en idioma local) fuera “islas de las ovejas”.

Eso de que todos tuvieran acceso a oveja como si fuera un derecho universal como el agua o el pan, me caía simpático, quizás porque servía como antecedente para patalear por un acceso universal al asado en mis lejanas tierras rioplatenses.

El conductor, además, contó que se dedicaba a jugar al fútbol en un equipo de la B. Había frenado su pequeño Nissan para llevarnos hasta Midvagur y yo, a modo de cortesía le había confesado que de vez en cuando revisaba los resultados de la selección de Feroe en el grupo de eliminatorias europeo (lo que no le dije es que lo hago porque normalmente pierden por goleadas épicas, arañando algún empate contra San Marino o Letonia…)

sorvagur

La Maga curtiéndose en las rutas feroesas…

En Vestmanna frenamos a almorzar, aprovechando la súbita aparición de un supermercado en la entrada del pueblo. Incluso en los países más caros de Europa, es posible mantener presupuestos mochileros si uno está dispuesto a sobrevivir a base del viejo y querido sándwich, esta vez armados de queso gouda y lomo de cerdo en lonchas. Aprovechamos además para aprovisionarnos para la noche, que no sabíamos dónde nos sorprendería.

El futbolista nos dejó del otro lado del túnel subterráneo que une la isla de Stremoy y la de Vagar, y allí en tan solo un minuto nos frenó otro coche, que nos llevó hasta Bøur . Nuestro conductor, que era medio autista, nos saludó con un susurro y se metió en una de esas casas típicas con techo de hierba. Ya estábamos en la costa oeste de la isla de Vagar, la más occidental del archipiélago de las Feroe, y una de las zonas más aisladas.

El pueblo se apretujaba bajo las abruptas montañas costeras que se elevaban por lo menos 500 metros sobre él.  Sólo cincuenta personas vivían en Bøur , y parecía que las mismas cincuenta habían habitado la aldea desde el comienzo de los tiempos. Había algo perturbador en la prolijidad eterna de aquellos pueblos de postal. Como en un bonsái, la combinación de antigüedad y crecimiento truncado confundían a quien le dedicara al asunto unos segundos de consciencia más allá del evidente golpe de belleza de sus casitas de muñeca.

Lo cierto era que las rigurosas condiciones de vida en el Atlántico Norte hasta poco tiempo atrás, los naufragios masivos en que morían decenas de pescadores, las plagas y la hambruna, los ataques piratas y, en general, la vida en una isla donde la única manera de conseguir proteínas era cazando una ballena, limitaban por sí mismas el crecimiento demográfico. La épica oculta tras esas miniaturas añejas era tan poética como su arquitectura.

bour

Bour. 50 habitantes. Perdido en la isla más perdida del Atlántico.

techos de hierba en feroe

El pueblo se confunde con el paisaje.

Pobrecitos no conocen otra cosa…

Caminamos por Bour apreciando los techos cubiertos de césped, en lo que era un espléndido día de verano feroés, con 15°C de temperatura y sin lluvia. Es decir, lo que hubiera sido una porquería de día en cualquier otra parte era celebrado por los locales. Lo adultos trabajaban en sus jardines, pero los más jóvenes, que no conocían otra clase de verano, se habían puesto el traje de baño y se metían al mar.

Después de tomar alguna foto y de intercambiar palabras con una chica italiana que también andaba a dedo con una pesadísima mochila, seguimos camino. Nuestra meta era Gasadalur, que hasta febrero de 2003 era el último asentamiento de las Islas Feroe no accesible por carretera.  Los funcionarios del gobierno llevaban debatiendo décadas si se justificaba o no gastar millones de dólares para perforar un túnel y conectar al resto del país una aldea en la que apenas vivían una docena de personas.

Aunque el mágico aislamiento de Gasadalur terminó cuando se abrió el túnel, sigue existiendo la opción de caminar los 3.5 km por la montaña por la llamada Old Postman Route, es decir, la Vieja Ruta del Cartero, que tres veces por semana debía cumplimentar a pie con los recados postales y mensajes que el resto del mundo enviaba a esa aldea, y viceversa.

El otro único nexo del pueblo con el exterior era el servicio semanal de helicóptero subsidiado por el gobierno. Demás está decir, el chisme del día a día, las noticas de casamientos o muertes en aldeas vecinas, llegaba a pie con el cartero.

El inicio del sendero estaba a un par de kilómetros de Bour. Teníamos que encontrarnos allí con Johanus, un guía local que nos enseñaría el camino. Para no caminar, fija, hicimos dedo. En dos minutos frenó un hombre entrado en años, panzón y con una expresión serena. Hablaba poco inglés, pero pudimos explicarle que queríamos ir a pie a Gasadalur por el antiguo camino del cartero. El hombre entonces sonrió de una manera suave pero sincera, cómo si algo de lo que habíamos dicho le hubiera agradado en el alma.

–          Conozco dónde es el lugar –dijo, y minutos después nos estaba dejando metros antes del túnel, en el sitio donde comenzaba la huella.

Johanus era un chico de unos veinticinco años, y era guía profesional de trekking. Además, había crecido en Gasadalur, de donde era oriunda su abuela. A mí me parecía fantástico que los genes de toda esa gente llevaran un milenio rebotando de aldea en aldea como la bola de un viejo flipper, los mismos genes vikingos y navegantes recombinándose según un azar de puertos, seducciones y matrimonios cruzados entre familias campesinas separadas por un fiordo o una montaña.

old postman route

La vista hacia el sur, desde el inicio del sendero del Cartero…

Formas bizarras en el mar, una constante en las Feroe.

Johanus conoce cada palmo del camino, que ascendía sinuoso, pasando por momentos cerca del precipicio. Nos cuenta que, hace siglos, la gente sólo salía de sus aldeas para un Ting (asamblea), para asistir a un casamiento en una aldea vecina o, ya muertos, en el ataúd que los transportaba al cementerio. Ese último trayecto, a veces, era el más extremo. Los ataúdes eran cargados a lomo por esa misma senda hasta el cementerio de Bøur (Gasadalur tuvo su cementerio propio recién en 1874), y sólo había una piedra sagrada donde esos sherpas de la eternidad tenían permitido detenerse a descansar.

Es esta. – nos dice Johanus para trasvasar toda esa historia milenaria en el humilde granito que aparecía delante de nuestros pies.

Desde la sacra piedra de los sepultureros observamos el fiordo, con la isla de Mykines en la distancia (nuestro siguiente desafío) con una nube que la cubría como un sombrero y varias rocas monolíticas que sobresalían irrealmente de las aguas. Desde aquí fue un suave descenso, siempre esquivando grupos de ovejas que pastaban mirando al infinito Atlántico.

Cuando casi lo habíamos logrado le dije a Johanus que el viejo cartero, si aún vivía, estaría orgulloso de que alguien mantuviera firme la huella de sus pasos. Su respuesta me sorprendió: el último cartero no sólo seguía vivo, sino  que… ¡era el viejito que nos había acercado hasta el inicio del sendero! Por eso había sonreído afablemente cuando le indicamos nuestro destino, y por eso había sabido perfectamente dónde dejarnos.

El cartero, ya retirado, seguía oficiando de mensajero del cosmos al arrimar dos mochileros a sus pagos, para que luego esparcieran digitalmente las noticias de su existencia. Si hubiera sabido que era él, como coleccionista de estampillas que soy, le hubiera agradecido, no sólo el tramo sino el haberle puesto el lomo a tan noble oficio durante décadas.

Así tuvimos delante a Gasadalur. La aldea parecía puesta allí con más lógica pictórica que práctica. Un pueblo en la única superficie plana en la punta de una isla perdida en el Atlántico, rodeado de un anfiteatro de cerros y al borde de un precipicio de 150 metros. Por esas mismas rocas corría como un espíritu encantado una cascada, a estrellarse en una muerte de espuma contra el mar bravo y le daba al pueblo un toque de fábula.

 

Johanus le pidió permiso a un campesino amigo de su familia para que acampáramos en sus terrenos, al borde del acantilado, y así lo hicimos. Teníamos pan, queso, salame (que había comprado en un supermercado alemán mientras hacía dedo a Copenhague para tomar mi avión) y una botella de whiskey de centeno Jim Beans, que terminaría siendo una aliada en esa y el resto de las frías noches que nos tocaría acampar. Ah, sí, creo que lo dije por Twitter pero lo repito:

 

Alrededor de las 3 am de desvelé, por cierto, y ya que estaba tomé esta foto de la luna clareando la madrugada del norte. Por la mañana desarmamos campamento y tomamos fotos de la cascada antes de caminar hacia el pueblo.

Con paisajes así da gusto levantarse a las 3 am para ir al baño….

Llegamos sincronizados con un bus que liberó una estampida de turistas que recorrieron todo como langostas, fotografiándolo todo pero sin detenerse. Contuvimos la curiosidad y aguardamos a que se fueran para explorar a nuestro paso y sin malones. Las casas parecían deshabitadas, pero no lo estaban. Muchos de sus propietarios vivían en la capital y regresaban sólo los fines de semana. Otros vivían allí pero no asomaban las narices fuera, mucho menos si un batallón de turistas asediaba las calles.

Rastros de vida había: tractores, graneros con heno fresco, herramientas de labranza, un café que aún estaba cerrado, la camioneta estacionada del cartero. Es decir, no se trataba de un apocalipsis zombi.

Cuando por fin vi a una mujer tomando un café en el porche de su casa, me acerqué, utilizando la vieja y querida táctica de la tacita, que tantos amigos que me ganó en mis viajes mochileros europeos. (Para saber más de viajes experimentales por Europa, lee el decálogo). ¿Qué en qué consiste la táctica?

gasadalur casas

De lejos y de cerca, Gasadalur es hermosa.

La tacita rompe-hielos, el mochilero y Silvia.

Puede ser de cualquier material o procedencia y, curiosamente, lo importante es que esté vacía. Bueno, no completamente: siempre coloco un saquito de té con la etiqueta sobresaliendo. Tacita en mano me acerco donde vea gente afuera de sus casos y pregunto amablemente:

–          Disculpe, ¿no tendrá un poco de agua caliente para un té?

La mujer se llama Silvia y pronto hierve agua. Pronto Matías, ella y yo conversamos en el porche de su casa: Misión rompehielos de la tacita, ¡cumplida! Silvia nos cuenta que creció en Gasadalur, pero vive en Dinamarca (a donde emigra buena parte de los jóvenes para seguir estudios universitarios). Vuelve tan pronto como puede – dice, porque la agobian las masas de Copenhague. En verano, cuando la mayoría de sus compatriotas vuela a destinos cálidos como Grecia o España, ella lo hace de forma inversa, hacia el frío umbilical de su aldea-cuna, y se queda allí todo el verano.

Al té lo bebemos de a sorbos cortos y espaciados, de manera de que la charla no termine. Todo lo que Silvia nos cuente es lo que diferenciará nuestro viaje del de cualquiera de los otros turistas, que se regresan tan pronto obtienen su foto-trofeo de la cascada.

De pronto llega un perro, que se deja acariciar un par de veces y se sienta sin relegar la pose guardiana. Tiene una oreja erguida y la otra caída, y la vista perdida en el horizonte. Silvia dice que se llama Star, y que es un viejo perro ovejero incapaz de entender que ya está retirado. Como la isla está llena de ovejas, él sigue pensando que todas son parte de su rebaño, y por ende las debe cuidar.

–          Las persigue como si fuera su amor imposible – suspira Silvia. Hace poco cayó de un precipicio persiguiendo a una oveja que se había escapado del corral.

En los días siguientes, nos daríamos cuenta que todos los perros en las Feroe eran idénticos: perros ovejeros similares a los border collie, pero pertenecientes a una raza propia introducida por los mismos vikingos que importaron también las primeras ovejas. Perros y ovejas continúan su coreografía milenaria, se podría decir, ajenos a los cambios del mundo moderno. Pero éste aparece de maneras insospechadas.

perro pastor feroe

El perro pastor retirado Star….

ovejas feroe

…. y su amor imposible. (al borde de un precipicio)

Como todos sabemos, Google ha relevado casi todo el mundo con cámaras 360 grados para añadir la opción Street View a sus famosos mapas. Casi. Porque en 2015 los feroeses se dieron cuenta que habían olvidado a sus remotas islas. Para llamar la atención del buscador sábelo-todo, los habitantes no tuvieron mejor idea que montar cámaras alimentadas por paneles solares en un arnés sobre las ovejas, e intentar hacer el trabajo por su cuenta. La iniciativa se llamó, coherentemente, SheepView360. Las cámaras tomaban una fotografía por minuto, que era enviada por internet a una central. Las Islas Feroe demostraron, con ingenio rústico, que si un buen día Dios Google te deja plantado, no importa, podés confiar en una oveja.

Los perros pastores de las Feroe, tan analógicos ellos, siguieron siendo indispensables, sobre todo cuando había que recuperar las cámaras. El proyecto tuvo tanta repercusión que finalmente Google se hizo eco y envió un representante con una dotación de cámaras para mapear las islas, trabajo que se hizo en automóvil, caballo, kayak, a pie y, desde ya, con las míticas ovejas. ¡Hubiera pagado por ver a un perro pastor como Star perseguir a una de las ovejas de Google!

Un perro como Star no hubiera distinguido entre una oveja común o una dotada con una cámara 360 grados. Los habitantes de Gasadalur, en cambio, sí notan los efectos del mundo moderno que llegó en forma de túnel. Muchos, nos contó Silvia, no se acostumbran a haber perdido la privacidad a manos del turismo.

Cuando la única forma de llegar al pueblo era caminar por las montañas como el viejo cartero, la presencia de un forastero era una anomalía recibida con curiosidad. Hoy, que llegan autobuses repletos, la gente desarrolló una indiferencia total al visitante. A menos que, como Matías y yo, utilicen alguna artimaña como la tacita para reencender la llama del contacto humano. Gasadalur terminó siendo un disparador para pensar en esas cosas del mundo que queremos que nunca cambien.

El correo electrónico –que no necesita marchar entre ovejas- podrá haber llevado a las estampillas y a los carteros al borde de la extinción, pero siempre habrá algún filatelista enamorado que rescate su poesía, y las persiga como perro pastor a sus ovejas,  De forma similar, las redes infinitas de autopistas han estrangulado la lejanía con sus tentáculos, convirtiendo el desplazamiento en un trámite: dependerá del viajero saber buscar el camino más lento, o el más camino de las carreteras. Me fui de Gasadalur preguntándome si, en esas noches en que embriaga la nostalgia, el viejo cartero no extrañaría, en secreto, sus andanzas.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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