CÓMO PASAR DEL PAN DURO AL PORSCHE, Y SER DECLARADO AVE MIGRATORIA.

¿Cómo se dice “donde el diablo perdió el poncho en noruego”? Eso se dice Finnmark. Aunque el nombre hace innecesario cualquier ulterior palabrerío, digamos que este es el extremo norte de Noruega, el punto más septentrional del continente. El paisaje es inhóspito y desolado, con temperaturas en verano en el orden de los ocho grados. A pesar de esto un puñado de miles de noruegos y samis (nativos) se las han arreglado para exprimirle a la naturaleza una existencia, los primeros pescando y los últimos criando renos. En 1944 los alemanes en retirada incendiaron literalmente todo para no dejar vivienda en pie que pudiera servir de reparo a los rusos en pleno avance. Aquellos que no querían migrar hacia el sur eran pasados a fusil. Ese evento aún es un estigma: ninguna vivienda es anterior a 1950. En invierno, bajo una oscuridad que dura 6 meses y con dos metros de nieve, la gente sale a pasear en motos de nieve o practica esquí. Mucho más no hay para hacer.
 
A esta tierra me dirigí luego del encuentro hippie en Dividalen. Para memorizar los nombres de los inmensos fiordos que la ruta bordea uno de mis conductores sugiere una nemotecnia que él usa con sus chicos: “a-po-la-ta-ba” (Altafjord, Porsangerfjord, Laksefjord, etc). Mientras para el turista promedio esto es sólo una enumeración que sucita recuerdos de vivencias homogeneas, en mi caso sucedió lo contrario. No podía ni sospechar la amplitud térmica de lo que me iba a tocar experimentar, de fiordo en fiordo, caminando con destino a Gamvik (el poblado más al norte) a menudo hasta 15 kms por día, y haciendo dedo cuando pasaba algún vehículo. Iba a explorar todas las vetas de la fortuna, desde el ocasional linyerismo hasta los excentricismos gastronómicos pagados por los amigos que la ruta provee.
 

La hermosa familia noruego-argelina que me alojo!

Aún antes de llegar al Altafjorden conocí a Gun y a Salah (ella noruega y el argelino). Me frenaron en la ruta y al rato estábamos cenando en casa de la madre de ella. La familia de Gun tenía una antigua tradición de ayudar a cuanto viajero pasaba por allí, incluso aveces dándole trabajo en la granja, con lo que la cena fue exageradamente sofisticada: bocadillos de raya capturada en el mismo fiordo por el tío de Gun. La madre de Gun no hablaba inglés, pero desde su silencio orquestaba toda la hospitalidad y cuidaba cada detalle. Salah no se quedaba atrás, como todo musulmán practicante, y a la maniana siguiente me entregó un taper. Lo abrí ya en la ruta, para descubrir bocadillos de salmón, arenque y raya, y carne de reno seca. El primer conductor de la mañana donó una cerveza y así caminé motivado aquel día, probablemente con las provisiones más selectas que mi mochila, más acostumbrada al arroz, haya cargado jamás.
Llegué a Alta, ciudad principal de Finnmark, de un barato y cuadrado modernismo (otra vez culpa de los alemanes) con una lluvia que me iba a acompañar por dos días. No era el clima ideal para acampar pero la idea de una picada con toda la comida que llevaba ayudaba. Pero no tuve oportunidad, un ingeniero taciturno al que le pregunté dónde acampar prefirió llevarme a su casa y a la noche estaba tomando el brandy con su familia (y los vecinos que venían a ver al hombre del sur…) En Alta, además, apareció esa infrecuente baraja del tarot mochilero: el lavarropa. (había medias esperando desde Suecia). 
 
“Oh fortuna, velut luna, status variabilis” es la primera estrofa del Carmina Burana. Es que en los días siguientes la luna iba a cambiar. No dejó de llover un sólo minuto, la temperatura bajó y el tránsito se extinguió. El 28 llegué trabajosamente al fiordo de Porsanger y me acosté a las 6 PM, incapaz de tolerar la lluvia por un sólo instante más, con cuatro renos descansando a 50 mts de mi carpa. El 29 llegué a Lakslev, otro pueblo en el mismo fiordo, caminando durante todo el día, bajo la lluvia, con una bolsa de agua caliente contra la cara para reducir el riezgo de hipotermia y juntando ocasionalmente alguna lata de cerveza vacía (te dan 1 corona por cada una, 50 cent. de peso). Acampé detrás de una gran casona de madera azul pastel, abandonada junto a la ruta.
 
El 30 llegué al fiordo de Lakse, pasé una tarde en un asentamiento sami ayudando a controlar las tarjetas que numeran los renos (nada distinto de controlar las llaves del hotel de la calle Belgrano donde trabajaba las temporadas). Los samis son semi nómadas. En invierno viven en el interior y en verano traen sus rebanios a pastar a los fiordos. Pero viven al día: para avistar un rebanio perdido usan helicópteros. Algunos opinan que el gobierno los ha malcriado a base de millonarias compensaciones económcias que sólo han corrompido sus tradiciones. Ellos disienten.
Pensé que me tomaría una semana más llegar a Gamvik, pero entonces sucedió una concatenación de eventos agradables. Me despedí de los samis y empecé a caminar. Pensaba comprar galletitas en el camino, pero los pueblos que figuran en el mapa son engañas pichanga, producto de cartógrafos optimistas. Nada crucé en más de 20 kms y me fui a dormir sin cenar. A la mañana llegué a Lebesby con una sola idea en mente: comprar comida. Pero me olvidé que era Domingo. Con todo cerrado no me quedó otra que golpear la puerta de una casa y preguntar si tenían algo de pan. Como no!? – dijo la mujer de la primer casa, y regresó con un gran trozo de pan congelado, duro como una roca y con olor a pescado.
Más cercano al asesinato que al agradecimiento me dirigí a la segunda casa. No sospechaba que ese pedazo de pan duro era acaso la piedra madre de una avalancha de hospitalidad. Porque entonces tuve que golpear la segunda puerta, y la familia allí no sólo tenía pan, sino que estaba interesada en mi historia y me invitó a almorzar. Era una familia numerosa, con cuatro ninios. Durante el almuerzo me comentan que ellos viven todo el año en Nepal, con lo que de paso una puerta se abría en Katmandú. Ese fue el primer milagro del pan duro. Cuando estoy a punto de despedirme para seguir hacia Gamvik deciden visitar a una pareja amiga que vivía en ese sitio, más precisamente en Slettnes, 2 kms al norte de Gamvik, en una Estación de Observación y Anillamiento de aves de la WWF. Se llamaban Roi y Camilla y eran una areja de ornitólogos.
Los cinco tomamos el té en la pequeña estación, que es la única vivienda en esa inmesa planicie lunar a parte del faro de Slettnes, el faro en tierra firme más al norte del mundo. Por la tarde me explicaron vida y obra de las 160 especies de aves que habitan en la zona, algunas que han migrado desde la Antártida para llegar hasta aquí. A la hora Roi había decidido que la organización pagaría por mí los U$S130 por noche que cuesta la exclusiva hostería que funciona en las instalaciones de faro. Eso incluía desayuno con bocadillos de cangrejo real, ballena, langostino y otros platos de la zona que nunca hubiera pagado. Eso fue demasiado, yo sólo pedí un trozo de pan…

El árbol más pequeño del mundo, comparado con una cajita de fósforos. 

                                       
Durante la cena Roi nos cuenta un poco de su vida: como científico ha trabajado en una veintena de países desde Irán hasta Yemen, en cada uno de los cuales insiste en darme direcciones y teléfonos. Además de ornitólogo Roi también es psicólogo, y su concepción de la vida me cae simpática. “Es todo un juego” – me dice. “Yo viví tres meses de mi vida tirando un dado para tomar cada decisión”. Esa ligereza metafísica no le ha impedido progresar en el mundo material, a juzgar por el Porsche negro último modelo que, demás está decir, estuvo a mi disposición todo el fin de semana con chofer. Cuando me bajaba del Porsche siempre había un grupo de jóvenes que me levantaba el pulgar y hacía alguna mueca para expresar su admiración por el bólido. Teníá ganas de decirles que todo era culpa de un trozo de pan congelado y con olor a pescado descompuesto. 
 

Todo por un trozo de pan duro….

                                                                           

Mis nuevos amigos me llevaron en tour gastronómico por el pueblo.

                                            

La especialidad noruega: carne de ballena. No fue fácil, pero quería probarla para poder opinar.

                                    
La última noche fue emotiva para mí. Estábamos en la estación con Roi y su mujer, y Roi decide darme un souvenir especial: un anillo de los que abrochan en las patas de las aves migratorias. Toma la pinza especial, toma mi dedo, y sácate. En el metal se leen los datos de la estación y el número 20016. Me pregunto si el 20017 será un albatros o un aguila. La situación era esta: había llegado al extremo norte del mundo donde primero me habían dado pan duro y luego alguien me habían anillado. Me estaré pareciendo mucho a un pájaro? No se si soy digno de compararme con esos ilustres plumíferos que cruzan océanos y continentes cada anio, pero la metáfora tramada por la sensibilidad de Roi me llena de orgullo. Veremos que tan lejos vuelo.


Curiosidades sobre la Hospitalidad en Finnmark


Tuve la oportunidad, en la terminal de Gamvik, de charlar brevemente con Vegard Valberg, encargado del museo del pueblo. El me explico que durante el S.XIX, cuando aparecieron las primeras hosterias en Finnmark, los locales hicieron sentir su ira a las autoridades porque a su juicio era inaceptable que se pagara por la hospitalidad. Era el comienzo del turismo. Para mas información se pueden remitir al libro (en noruego) “Nesselkongene” (Knutsen, 1990).

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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