LLEGADA A TRANSILVANIA: BRASOV Y EL COMPLOT CONTRA DRÁCULA

Transilvania es un lugar con el que vibro y del que me enamoré en mi primer viaje a Rumania en 2005. Esa vez había entrado a Rumania con miedo. En la frontera, los húngaros me habían casi prometido que me iban a desvalijar en el primer pueblo, pero lo que encontré al final fue una comitiva de gente dispuesta a recibirme, a compartir su aguardiente casero, a llevarme en sus automóviles Dacia desvencijados. Había peregrinado por sus caminos rurales, de tierra. Me recuerdo bebiendo un plato hondo de ciorba (sopa) sobre una cama, porque la familia que me había recibido en un humilde caserío apenas tenía sillas. En otro pueblo me había levantado un colectivo lleno de gente que iba a una boda, y había terminado festejando por las calles a lo gitano entre violines y botellas de ziuca.

Por eso, cuando decía que había ido a Transilvania, la gente me preguntaba por Drácula, y yo en cambio me ponía a recordar platos de sopa, carros a caballo y violines borrachos. En aquel viaje había aprendido que Transilvania no era sólo sinónimo de la leyenda de Drácula, sino un territorio con una historia única y tricultural. Había sido parte de Hungría desde tiempos medievales hasta 1918 (y recién desde esa fecha parte de Rumania). En el siglo XI habían llegado alemanes a quienes los locales apodaron “sajones”. Estos habían legado una arquitectura principesca y sórdida, castillos e iglesias “fortificadas” que hoy son patrimonio de la UNESCO. A fecha de hoy, la mayoría de los “sajones” había regresado a la Alemania cuna de sus genes en busca de euros más que de raíces, y los húngaros, antes dueños de casa, se habían vuelto una incómoda minoría para el Estado Rumano.

Yo estaba super feliz y ansioso de regresar a Transilvania. Sobretodo contento de que Laura conociera un país o región cuya belleza me enorgullecía. Una de las cosas más lindas de la vida viajera es que uno se cura de cualquier nacionalismo y empieza a inflar el pecho por otros países y pueblos que no son el propio y que aprendés a amar con horizontalidad sin banderas. Por eso es raro que me veas viajando con una camiseta argentina de fútbol como emblema, porque el foco no está en mí, sino en los pueblos con los que comulgo en el camino.

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Desde la ventana del tren…

Ya era otoño bien entrado, y por el frío justiciero y la niebla que ya molestaban en Bucarest, decidimos viajar a Brasov en tren. En los pasos montañosos de los Cárpatos, las vías, los tejados, los bosques de pinos, tu propio corazón se llena de nieve. Es la nieve la que te hace saber que cruzaste una frontera. Era imposible no recordar las escenas de la película de Bram Stoker (quien, cuando escribió Drácula en 1897, no había siquiera pisado Rumania), sólo que en nuestro caso no había personajes victorianos en un tren a vapor ni carruajes al borde del precipicio, sino un tren de segunda clase con mujeres que salían a fumar a la puerta y lanzaban bocanadas heladas de humo en cada estación.

Fuera de esos pasos altos, era una batalla. La nieve dominaba las cimas y ejercía un imperio color ceniza que se iba desdibujando pino a pino a medida que los bosques se hacían más bajos. La magia consistía en que, incluso en los pueblos donde la nieve aún no había tocado una teja, se sentía en el ambiente que era cuestión de tiempo. El invierno estaba agazapado detrás de las montañas esperando zamparse el corazón de Transilvania.

Brasov

¡Bienvenidos a Brasov!

El tren nos dejó en Brasov, una ciudad famosa porque en sus cercanías está el castillo de Bran, al que se promociona como castillo de Drácula para monetizar su silueta amenazante. Pero aunque legiones de japoneses ofrenden sus clicks con obediencia, el castillo del famoso conde queda en otra parte, se llama Poenari, y es una ruina achaparrada menos fotogénica que Río Grande. En Rumania, Drácula es una marca, que permite vender de todo. Hasta hubo planes de abrir un parque temático que se iba a llamar “Draculaland”, y que a fuerza firmas no pasó de ser una mala idea. Los que no lucran con Drácula ven con malos ojos la frivolización hollywoodense de un héroe de su historia.

La verdad que toda la historieta y el negocio de Drácula me generaban más bien rechazo. Hasta algún punto me interesaba el personaje histórico, el príncipe rumano Vlad Țepeș (1431-1476), que enfrentó a los turcos y pasó a la historia por empalar a sus prisioneros de guerra como firma de sus victorias. De hecho, el sobrenombre Țepeș significa, en rumano, “empalador”, se pronuncia “tsépesh” y se le aplicó postmortem. Su apellido original era Drăcul, un alias con que habían investido a su padre cuando ingresó en la Orden del Dragón, una especie de alianza contra los turcos, los malos de la época.

Sobre esa crueldad se edificaron mitos populares que persistieron en el tiempo, y que el escritor irlandés Bram Stoker globalizó con su novela. Se decía que merodeaba de noche los campos de batalla donde para le pegaba el tarascón a los cadáveres de los derrotados para saciarse con su sangre.

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Centro histórico de Brasov, en la Plaza Sfatului. Cuando vi este lugar me quedé mudo.

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Más que estas fábulas lo que me gustaba era la ciudad, con sus hileras de casonas que parecían respirar por sus chimeneas, con sus torretas y veletas y las montañas erizadas de pino e invierno. Pero aunque yo pensaba esquivar el tema Drácula, fue el vampiro —o su leyenda— el que me encontró a mí. Dejamos las mochilas en casa de Alessandro, nuestro anfitrión de Couchsurfing, un italiano de rastas que estaba construyendo un restaurante bajo pedido, y enfilamos para el centro histórico.

Ahora viene la parte donde una viejita misteriosa asegura conocer la vida secreta de Drácula….

Si, más o menos así. Mientras Laura sacaba fotos por la ciudad, yo me empeciné en visitar la Casa Sfatului, la antigua municipalidad, un regio edificio del año 1420, con una torre como de una iglesia. No era una casona vieja y punto, sino que había sido la sede del gremio medieval de los peleteros, que confeccionaba pieles, abrigos y sombreros. Afuera había tenido lugar la última quema pública de brujas de Europa, lerdas en apropiarse de algún hashtag onda #NiUnaMenos para que algún Papa les perdonara el esoterismo. Adentro, funcionaba hoy el Museo de Historia de Brasov…

La comedia absurda para mí empezó cuando puse un pie dentro de esa casa. Un intento de no pagar la entrada amparándome en un vago status de periodista me llevó frente a un escritorio donde una viejita encorvada examinaba unos documentos antiguos. Supuse que sería una encargada del museo. No me dio ni cuarto de bola con lo del pase de prensa y en cambo me pidió que, please!, me sentara. Acercó su cara y en voz baja pero acentuando cada palabra me dijo:

– ¡Los sajones han olvidado! – se mufaba indignadísima. Ahora se acuerdan de Drácula porque es un negocio turístico, ¡pero ellos lo traicionaron!

casa sfatului

Lugar donde tuvo lugar la bochornosa sucesión de hechos y Drácula se manifestó ante nosotros….

Continuó…

– Estos sajones están deformando la historia para olvidar la pertenencia de Brasov al Sacro Imperio Romano Germánico.

Ah, OK, quedamos así. No era un ignorante en el tema, pero no tenía ni de cerca el bagaje suficiente para discernir si sus teorías conspiratorias tenían fundamento o si la vieja estaba loca. ¿Sería ella apenas una telefonista del museo que en sus ratos libres se volvió historiadora aficionada, o era una eminencia ninguneada por el establishment? Un mechón plateado por las décadas le colgaba de la frente, y hablaba con desesperación, como si acabara de romper un ayuno de silencio.

Me explicó que la comunidad sajona, que se había instalado en Transilvania por invitación del rey Andrés II de Hungría en el siglo XII, estaba enemistada con Drácula, porque pensaban que iba a aliarse con los turcos que deseaban conquistar la región. “¡Pero todo lo contrario!” —siguió la historiadora, todavía más indignada— “hay cartas de Drácula al Papa, en que le confiesa su devoción a la Santa Iglesia”. Y de un cajón sacó unas fotocopias en color de unos pergaminos medievales. Me los mostró como si pudiera entender algo. Sacudía la mano en el aire con las cartas de Drácula como si fueran un incienso que fuera a revivirlo. La miré como si estuviera loca y ella a mí como si fuera un estúpido. Nos llevábamos bien: ella necesitaba audiencia y yo ya había encontrado a mi personaje…

– Estas cartas de Drácula pueden cambiar la historia. Hay una carta, aún más importante —señaló— que data del 1456, y está en los Brassovian Archives, pero a mí no me la dejan fotografiar. Son cartas que los sajones quieren esconder ¡Deberías ir tú!”.

brasov

Casonas añejas, crujientes, despintadas. Europa me puede…

Las cosas estaban así: había llegado a Brasov, había entrado en un museo de historia, y la encargada me estaba pidiendo que fuera en busca de una carta prohibida que le contaría al mundo algo nuevo sobre Drácula. Si hubiera tenido 12 años, mi instinto Goonie me hubiera hecho saltar de la silla. Ahora ya detectaba esa clase de lógica típica de los cuentos infantiles donde alguien sabe de un tesoro pero por h o por b no puede ir tras él y manda a otra persona que termina acechada por demonios o recaudadores de impuestos.

Sacó un mapa antiguo de Brasov, con nombres de calles que ya no existían y juró saber que en realidad Drácula no había nacido en Sighisoara, sino allí mismo en Brasov, y repitió al menos tres veces durante la conversación que una tal calle Podragu venía del polaco “comer dragón”.

Me contó que había escrito un libro con su teoría (que nunca llegaba a expresar, porque saltaba de tema al otro como un crucigrama sin rumbo) y antes de que pudiera pensar que toda la perorata era para venderme su libro, me lo regaló. La historia tomó una nueva dimensión cuando se puso de pie y dijo que la acompañara, que quería mostrarme algunas cosas de la ciudad que apoyaban sus ideas. En la puerta del museo nos encontramos con Laura, a la hora que habíamos quedado. Le guiñé un ojo, se dio cuenta enseguida que algo raro estaba pasando, y se unió a la comitiva revisionista sin chistar.

drácula

La misteriosa historiadora se pone a encontrar señales prohibida de Drácula en la fachada de la Iglesia Negra. I listen.

 

transilvania

Sin pavimento, la plaza parecía más medieval todavía.

Hacía un frío de morirse y todos nos abrigamos: la profesora con un tapado, yo con un saco que había encontrado tirado en Kosovo, y Laura era la única presentable, con una campera técnica. Juntos llegamos a la Biserica Neagra (Iglesia Negra), una iglesia gótica, que se llama así por el estado en que quedó tras un incendio durante la invasión austriaca de 1689. Por algún motivo habían levantado todo el adoquinado, y el piso era de pedregullo, más medieval todavía. La iglesia es famosa por su campana de seis toneladas (la más grande de Rumania), por su órgano Buchholz de cuatro mil pipas, de 1838, y por albergar más de 120 alfombras turcas traídas como regalo por mercaderes sajones desde Constantinopla.

Entonces la mujer hizo un comentario que me confirmó que le faltaban un par de jugadores, al menos a nivel histórico. Señaló a una estatua en el exterior de la iglesia y dijo:

— Ese es Santiago de Compostela. ¿Qué hace un santo católico en una iglesia luterana? Los sajones no quieren hablar del tema, pero esta era una iglesia católica y ellos la tomaron.

black church brasov

La Iglesia Negra…

Parece que el que quiere creer en los complots, va a encontrar uno en Argentina o en Transilvania. Sucede que esa iglesia la habían construido los mismos sajones cuando eran católicos, y después se pasaron a la fe luterana. Algo que no puede desconocer ningún historiador, incluso los que aseguran que Drácula tenía una minita en el pueblo y que hizo las calles estrechas para poder escapar con ella hacia su castillo sin ser vistos…

Como sea, toda la situación era absurda y por eso ya estaba agradecido. Volvimos con Lau caminando por la muralla medieval. Y mientras mirábamos la ciudad me di cuenta desde otra perspectiva de lo que había sucedido. Durante mi viaje anterior no había querido saber nada con el tema “Drácula”. Ahora, pasaba a kilómetros de su castillo y otra vez me hacía el otro. Conclusión: Drácula me había salido a taclear, hechizando a una pobre viejita bibliotecaria que por dos horas había hablado poseída por el empalador desde la ultratumba, con reivindicaciones históricas incluidas. Bueno, sí, tienen razón, es una interpretación delirante la mía, pero bueno, ¡tengo que estar a tono con las cosas raras que me pasan!

Quizás lo más importante es que nuestro contacto con “el tema Drácula” no fue desde el rol de consumidores (no fuimos al Castillo ni compramos ninguno de los souvenires kitsch) sino que la doña del museo compartió de corazón su pasión y locura por el tema.

brasov

¡Qué caripella!

Desde Brasov seguimos con Lau rumbo a Sighisoara, donde mi amigo Hans, a quien había conocido en 2005, nos esperaba. Dijo que tenía que viajar por Transilvania por trabajo en su propia camioneta y que lo podíamos acompañar. No sospechábamos los objetivos del viaje de Hans ni por asomo. Las sorpresas de Transilvania recién empezaban.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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