LA NENA Y EL VAGABUNDO – A LOVE STORY- (Cap.1)

Un capítulo de “Vagbundeando en el Eje del Mal” (mi libro) culminaba con la siguiente reflexión:

“…¿encontraré algún día una princesa vagabunda? ¿o seré siempre un picaflor disculpado por las circunstancias? Quien arroja esta moneda al aire debe conformarse con destilar lo eterno de lo efímero. Sólo la distancia, cruza centáurica entre voluntad y sentencia, acaricia los pies llagados del caminante.”

Cuando escribí esas líneas, aún no era conciente de que miles de personas la leerían. De hecho, nunca había publicado un libro de forma masiva, en una editorial. Más bien, las frases cayeron como una cascada de terapéutica autosinceridad frente al procesador de texto. Pero estaba arrojando, sin saberlo, una botella al mar.

Y la botella flotó hasta alguien del otro lado. Alrededor de Navidad de 2009 Laura, quien había comprado el libro en El Ateneo, terminaba de leer esas líneas y se quedaba pensando en las similitudes con su propia vida, en sus propias historias de amor capituladas cada vez que no podía compartir con alguien su sueño de viajar por el mundo. Tras varios intentos fallidos de cambiar a su pareja, Laura se había aventurado al mundo sola, dejando huellas en Bolivia, Perú, Centroamérica e India. Siempre con la mochila, aunque nunca a dedo. Era de San Nicolás de los Arroyos, pero tras cada viaje regresaba a Buenos Aires, donde trabajaba como inconforme vendedora de una agencia de viajes. Cuando compró el libro en El Ateneo, ya había sacado la visa para irse a Nueva Zelanda, con el plan de recorrer Asia desde allí. También le molestaba lanzarse a esa aventura sola, pero se contentaba pensando que en el mismo viaje era más factible conocer a alguien con una sensibilidad compatible. Ahora leía sobre este viajero errante que escribía libros y que confesaba en ellos su soledad, sintió por un instante la necesidad de escribirme, quizás para solidarizarse con esa cruzada que también le concernía a ella, la de conjugar los verbos amar y viajar.

En el momento, decidió guardar esas reflexiones para sí, pero luego sucedió algo extraño, sin lo cual quizás el resto de la historia no hubiera germinado jamás. A principio de febrero de 2010, Laura soñó que ambos viajábamos a dedo hacia Alaska. Desde entonces, y durante dos meses, nos escribirnos interminables correos electrónicos, compartiendo nuestros deseos de viaje, de movimiento continuo, de exploración del infinito planisferio, y también compartiendo el tremendo peso de no tener alguien al lado para compartir todo aquello. El hecho que ella aún no hubiera sacado su pasaje a Nueva Zelanda le daba a la historia una posibilidad de ser. ¿Acaso querría viajar hasta Alaska conmigo? O acaso debería dejar de soñar…

Era abril y yo ya había llegado a Bolivia cuando decidimos conocernos en persona. Llevaba dos meses y medio de viaje, venía cumpliendo con mi agenda, documentando los conflictos mineros en San Juan y Catamarca, y realizando mi proyecto educativo (ver menú)… pero tenía el alma en off. Había pactado conmigo mismo que mantendría mi soledad en tanto no apareciera alguien con quien compartir la ruta. Laura llegaría en avión a Salta en pocos días, por lo que yo hacía dedo de prisa desde Sucre hacia la frontera argentina. Además, después de viajar 10 días con Laura, como habíamos planeado, debía asistir a la Feria del Libro de Buenos Aires.

Yo no esperaba nada en especial y, como ella, tenía una mezcla de ansiedad y difusa expectativa. Era lo más parecido a recibir visitas que le puede suceder a un nómada. Y en lugar de preparar mi casa para la ocasión, y a falta de casa, preparaba la provincia entera. Ya había pensado que empezaríamos nuestro viaje por la ruta 68, que va a Cafayate. “Los paisajes son áridos, rojizos, con pueblos adornados con viñas como oasis – había pensado- y además hay asfalto, lo que viene bien para un primer viaje a dedo”. Volveríamos luego por los Valles Calchaquíes y la ruta 40, al oeste, con un poco más de dificultad y adrenalina. En conjunto, me parecía que la provincia ofrecía texturas de viaje muy diversas, con valles, cuestas y altiplanos, y con situaciones técnicas –asfalto, ripio, distintos niveles de tráfico-. Si Laura quería un primer viaje a dedo, Salta funcionaba como una miniatura del mundo. Y si acaso algún cupido andaba de turno por allí, también confiaba en la complicidad de Salta. Era mi cuarto viaje a la provincia, y me sentía local.

Pasé a buscarla por el aeropuerto a medianoche, en colectivo, y nos volvimos a la casa del conductor que me había llevado de San Pedro a Salta, y quien me había ofrecido su jardín para acampar. Fue una alegría corroborar que detrás de la fotito del MSN había una persona real. Laura era esbelta, pequeña, y me causaba una sorpresa paradojal que sus diminutas huellas pudieran albergar sueños de viajes tan grandes. Al otro día salimos, y llegamos a la rotonda de Limache en un modesto Renault 4, el primer vehículo al que nos subimos juntos. Fue en la ruta donde comenzamos a conocernos. Y qué mejor lugar…

El primer día llegamos, en varios tramos, a la localidad salteña de La Viña, donde los niños de 5 años pasean a caballo y donde este hombre dedica las tardes de su vida a cuidar la calidad de los cigarrillos que el resto de los argentinos fuman sin cuidado en cualquier esquina. Es él quien separa las hojas más tiernas de las más rancias. Habíamos llegado en el Ford Galaxy de Rubén, un empleado de salud pública al que le dábamos nostalgia de las excursiones de pesca que hacía con su hijo a pesar de la mirada condenatoria de su señora. Nos adoptó y terminamos esa noche comiendo empanadas juntos. Por la noche armamos la carpa en el camping municipal. Ya la ruta había comenzado a complotar a nuestro favor: Rubén nos había puesto en el altar por nuestro estilo de vida. “Yo los admiro” –decía- y no dejaba de remarcar que él hubiera deseado tener una compañera que le siguiera en ese rumbo de la vida. Con Laura nos dirigíamos cortas miradas cómplices pero inconclusas, con la excusa de reírnos de las palabras de Rubén, aunque quizás también con la urgencia de aprobarlas en la mirada del otro. En la carpa, no había confianza aún para hacer cucharita, pero nada me impidió decirle: “Me permito la indulgencia de disfrutar tu compañía sin pensar en el tiempo”.

Segundo día en la ruta. La misión de ese día, parada obligada, era el pueblo ferroviario fantasma de Alemanía. El motivo de mi visita era más personal. Fue allí donde, en 2002, entendí que quería dedicar el resto de mi vida a los viajes y a la literatura. Entonces mis sueños se sobrepusieron a mis temores, y me sentí libre por primera vez. Desde entonces viajaba, pero jamás había regresado para agradecer la inspiración que el pueblecillo, que apenas figura en mapas, me había brindado. Y ahora volvía con Laura, una fantástica compañera a quien aún no me animaba a tomar de la mano. Era obvio que había en el aire una tensión, fruto de la utopía de abrazo agazapada en nuestro pulso, y en las miradas. Cupido disparaba flechas demasiado mórbidas…

Entonces, otra vez, la ruta. Un Peugeot 307 se detuvo y se ofreció llevarnos a Alemanía. En el camino, apoltronados en el asiento trasero, el vaivén de la ruta 68 no hacía más que lanzarnos el uno sobre el otro. Y cada vez hacíamos menos esfuerzo por contrarrestar esa sabia inercia. Era raro, sentía como si todas las personas que aparecían en nuestro camino hubieran estado siguiendo un guión e instrucciones precisas. La pareja que manejaba el 307 no nos dirigió la palabra en todo el viaje, dejándo que nos concentráramos en lo nuestro. Hasta la letra de los Chalchaleros, que sonaba en el estéreo, parecía que nos hablaba cuando decía “La puerta de mi ilusión va quedando entreabierta”. Nuestras cabezas habían quedado frágil pero decididamente encimadas, y la palabra estaba tan devaluada que nadie emitía una para describir, habilitar o explicar el hecho. Entonces llegamos a destino, totalmente embobados y silenciosos ante lo obvio y no declarado. Nos bajamos del 307, y cruzamos -aún sin darnos la mano- el puente que da acceso al poblado, donde sólo viven unas 8 familias. Éramos un allegro inconcluso.

Lo primero que hicimos fue armar la carpa y almorzar unos sándwiches. Durante ese picnic, con atención, uno podía observar las curiosas flechas con las que un Cupido -seguramente ya próximo a jubilarse- hacía blanco. En el lapso de una hora, un grillo, una vaquita de San Antonio, y un trébol se abalanzaron sobre mi, montados en el viento. El enorme planisferio Michelín estaba desplegado sobre el césped, y entre bocado y bocado señalábamos destinos, algunos cercanos, otro no tanto. Nuestros dedos caían como sentencias sobre Uzbekistán, Alaska o Christmas Islands, -donde según Laura habitan los únicos cangrejos en el mundo que no saben nadar y saltan con sus tenazas en el aire cada vez que los persigue una ola-. Mientras todo el planisferio era bombardeado por nuestros dedos inconformistas hubo un momento de pausa… El silencio y un intuitivo roce de narices fueron preludio del beso. (Continua)


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

18 Comentarios

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  • Weyyyyyyy me has dejado picada..Sigue contando..

    Ruego por que me envien un compañero de viaje acorde a mi perspectiva de la vida, hasta ahora, los que he conocido solo piensan que divertida, pero esta loca…jajajajaja

    Prefiero sola que mal acompañada definitivamente, pero la soledad empieza a cansarme.

  • Juan/Laura: Que feliz me hace saber este comienzo y sobre todo que lo compartan con nosotros

    y Ahora una improvisacion en altas horas de la noche.

    Ellos caminaban por el mundo
    Sin saber de la existencia del otro.

    Pero el sueño de uno, viajó, atravesó el cielo y sin querer encontró un lugar en la mente del otro.

    Se volvió imagen y sin entender el que o el porqué.

    Se volvió un lazo.

    Invisible pero difícil de romper.

    Fue el deseo de emprender un arduo camino hacia tierras del norte.

    La que fue, cortando la distancia.

    Para que el destino los encontrara en tiempo y espacio.

    Allí, uno frente al otro, vieron nacer miradas tímidas pero cómplices.

    De un amor que se gesto, abrió los ojos al salir a la vida y comenzó a caminar.

    Desde una habitacion en la joven Buenos Aires les dejo un calido afecto a ambos.

  • Oh! Que Genial está historia de amor nómade pero de sentimiento sedentario, muy estable. Me encanto, y lo mejor es que ya encontraste a esa princesa vagabunda, a tu compañera de aventuras. Un abrazo desde Perú para ambos, buena vibra y a seguir Vagabundeando 😀 .

    Cecilia Gamarra.

  • Hola Juan!

    Lo primero felicitarte por tu sitio, y mucho mas por tu estilo de vida y hazañas. Hace tiempo que me paseo por aquí, disfrutando y aprendiendo, y está bien feo no dejar ni una huella. Aprovecho ahora que estoy estrenando mi blog para hacerlo.

    Me sorprendió tu historia, dejándome una sonrisilla tonta en el gesto,pues como tú, me he planteado mil veces lo que transmites en ese párrafo de tu libro (que por cierto me encantaría leer). No es nada fácil encontrar quien comparta con la misma pasión esta fiebre viajera, y sea capaz de seguirla eternamente, no solo en el plano físico si no en el de piel para adentro.

    Encantado con tu proyecto de este viaje que haces ahora, recibe mis ánimos y enhorabuena desde un caluroso Madrid!

    Un abrazo!

  • Leer lo que escribiste me parece de leer un cuento de hadas! Creo que no podría encontrar una persona mejor de Laura para esta aventura que está a punto de comenzar hasta Alaska! Me alegro por ustedes dos y espero conocerte muy pronto! Un abrazo desde Italia!

  • Se está animando el blog!

    Que bonita historia. Esperamos tus lectores que la voz de Laura también aparezca por aquí, sea para enriquecer el relato, sea para dar su versión de los hechos o simplemente para confirmarlos, jeje.

    Un abrazo!

  • hermano del camino…las làgrimas se me escapan,ni mi tupida barba impide que del menton, salten al vacìo. Rebosantes de alegrìa,ellas en su vuelo y yo, que en tu relato encuentro las palabras para describir lo que siento en èste momento, brindamos a tu salud y la de Laura.
    Abrazos viajeros…

  • Me emocioné !!!
    Lo que escribiste al principio me recuerda mucho a cosas que pienso a veces…
    Me das esperanza, se nota que en algún lugar del mundo se encuentra el loco que cada loco necesita…

    Salud!

  • guauuu felicitaciones!!!!
    me ennnncannntaaaa esta LOVE STORY!!
    y ademas m encanta q se rompa el mito de q el nomade estara siempre solo … se puede amar y viajar a la vez y JUNTOS!!
    felicitaciones… el 24 espero conocerlos!!
    besos!

  • MORI DE AMOR.
    tu libro llego finalmente a mis manos este otoño, despues de meses de aparecerseme en circunstancias bastante insolitas. Me acuerdo de ese parrafo, y que bueno que exista laura! me puse re contenta.
    Mucha suerte y amor a ambos

  • Laura y Juan: que el camino los siga uniendo y que todo salga bien. Tendrán un hermoso libro para escribir al cual no le faltará, espero, los relatos referentes a la evolución de su amor. Un abrazo muy grande y cuídense mucho!.

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