Vinimos a Jachal exclusivamente para visitar a Pedro, un amigo que Steven había hecho en el 2002, y a quien había vuelto a visitar en 2005 en su segundo viaje a Argentina. No teníamos idea de su dirección, o de si aún viví en el pueblo. Pero conocíamos el nombre de la familia, y después de preguntar dos o o tres veces llegamos a un terreno que era mitad un jardín caótico y mitad chacarita, una chacarita repleta de autos a medio desmantelar. Afuera, dos Di Tella, uno en estado de circulación y otro sin faros y con el parabrisas estallado, al que seguramente habían desarmado para sacar partes y prolongar la vida de sus pares.
Aplaudimos una o dos veces pero la ansiedad pudo más y entramos por una galería que a la derecha tenía habitaciones y a la izquierda una miríada de macetas y plantines y helechos intercalados con trenes delanteros y volantes de tractor. Al fin de una puerta salió Pedro y, al ver su amigo, no sabía si correr a abrazarlo o anunciarlo al resto de la familia. “¡Me has alegrado el día!” no dejaba de repetir. “¿Quieren bañarse? ¿Quieren comer?” – Pedro no sabía cómo agasajarnos. No tardó en indicarnos una habitación, y después de tantos días de camping tuve para mí solo una cama de dos plazas. Después de una ducha y una merienda, pudimos todos escucharnos los unos a los otros sin la interferencia de la euforia.
Pedro tendrá unos 35 años, y dos cosas se mantienen siempre constantes en su conducta: la sonrisa de su rostro y el entusiasmo de sus palabras, que barajan rápidamente el humor con la elocuencia. Pedro ha hecho de todo en su vida. Creció en una solidaria familia donde además de valores humanos aprendió como desarmar automóviles. Si la familia Robledo tendría un escudo de armas, me imagino que allí abría un Rastrojero y una balanza para pesar metales. Lo que uno aprecia en Pedro es esa infrecuente combinación de habilidad pragmática con curiosidad intelectual. Cursó estudios en Ciencias Políticas y, aunque no completó el curso, puede sostenerse a sí mismo en cualquier discusión cosmopolita. Por un año vivió en Ingeniero Jacobacci, donde enseñó inglés en una escuela, pero ahora regresó para cuidar. Hoy es activista social y ninguna problemática regional (minería, corrupción) le es ajena.

Calmada la euforia general, salimos a recorrer la ciudad. Pero no visitamos monumentos. Con Pedro uno conoce personas. Y no cualquier persona. Su voz no deja de soltar nombres pronunciados con tal entidad que uno enseguida siente deseo de conocer a esa persona. “Pucha, ustedes tendrían que contactarse con María José, esa mujer está con todo el tema de la minería” o bien encontrábamos a alguien que parecía un inofensivo peatón, pero resulta ser un consagrado escultor, y entonces Pedro le dirá: “A mi me gustaría que algún día se encontrara con los chicos, realmente son interesantes las conversaciones que se pueden generar con ellos”. Pedro confiaba ciegamente en nosotros pero, más importantemente, reafirmaba su rol de conectar gente, cosa que enseguida le elogié porque es una misión a la que me llamo constantemente.
