Guía de esquí para pobres, garrapata de las nieves.

Nuestro objetivo era bien concreto: llegar a Los Penitentes, el exclusivo centro de esquí situado a 61 km de Uspallata e infiltrarnos en ese glamour de alta montaña de la manera más crota posible. Ya habíamos escuchado varias veces que para irte a esquiar una semana tenías que hablar de 5000 pesos para arriba, y nos parecía que podíamos superar esa marca. Ya habíamos hecho dedo durante 5 horas el día anterior y nadie nos había querido llevar, lo que demuestra que todos los que ya sacrificaron 5000 pesos de su presupuesto no dejarán fácilmente que dos mochileros se les prendan como una garrapata…

Ahora que lo pienso la garrapata debe ser uno de los animalitos de la creación que menos aplausos recibe y, sin embargo, ¡qué oda a la solidaridad que es su vida! Claro que los zoólogos encargados de clasificarla en el siglo XIX fueron unos capitalistas que interpretaron esa solidaridad como parasitismo. ¿Qué le hace al perro esa gota extra de sangre?

Volviendo al plan, la idea era llegar a dedo, alojarse en un hotel abandonado cuyo dato nos había dado Manolo, el conductor del Clio que nos llevara a Uspallata, y encontrar a Crispo, el amigo de Julián, nuestro anfitrión mendocino, quien es instructor de esquí y acaso sepa de alguna manera de esquiar sin pagar por ello.

Logramos finalmente llegar a Los Penitentes en el VW Gol de un matrimonio de La Plata que se apiadó de nosotros cuando le contamos que llevábamos un día varados… Tras reacomodar todo el equipaje logramos caber bastante incómodamente en el pequeño Gol. El matrimonio hacía una escapada a esquiar a Los Penitentes y regresaba a Uspallata, donde se alojaban, y no pudieron dejar de preguntarnos cómo diablos pensábamos alojarnos en Los Penitentes si no teníamos los 6 pesos para tomar el colectivo…entonces hubo que explicar que nos encantaba hacer dedo, que teníamos los 6 pesos, pero que igualmente teníamos donde parar allá arriba. (Consideramos poco estratégico contar que pensábamos ocupar un hotel…)

Mucho antes de llegar ya comenzó a nevar. La última vez que vi nieve en estos tres años de viaje fue casualmente en Tíbet. Steven vuelve a sonreír casi presagiando las gélidas noches que él esquivara con su súper bolsa de dormir. Cuando llegamos a Los Penitentes comienzo a preguntarme si acaso el nombre del lugar no esconde una pista de nuestro destino, me lo pregunto mientras piso un charco de agua helada con mi bota derecha, cuya suela se agrietó y deja pasar el agua. Estamos a más algo así como 3000 metros, y el frío se deja sentir, sobre todo cuando uno está mal equipado…

Miramos brevemente a nuestro alrededor para apreciar la arquitectura del centro de esquí. No hay casas particulares, solamente inmensos hoteles construidos con techos a dos aguas, que dan la impresión de ser una gran y única cabaña propiedad de algún gigante. La cordillera cae suavemente sobre el poblado, y esas laderas gentiles para las que la naturaleza no tenía propósito alguno, son ahora las pistas que nos congregan a todos.

Lo primero que hacemos es asegurarnos un techo. Acampar sería imposible con un metro de nieve. Seguimos las instrucciones de Manolo y buscamos el Hotel Ayelén. Detrás del cuerpo principal vemos otro edificio, de unos tres pisos, que es el que buscamos. Aunque casi todas las persianas están bajas la luz del hall de entrada está encendida. Eso nos detiene por un instante, pero decidimos entrar de todos modos. Siempre podremos decir que nos equivocamos de hotel, si alguien nos llama la atención. Giramos el picaporte, no está con llave. Buscamos las escaleras, tal como lo dijo Manolo, y llegamos al subsuelo. Para nuestra sorpresa, hay una estufa encendida. Es más que obvio que hay algún vigilante. Por lo demás no hay dudas que el hotel está temporariamente deshabilitado, todo está bastante polvoriento… Subimos las escaleras y nos vamos al primer piso, al fondo del pasillo encontramos una habitación con la puerta abierta, nos miramos un segundo, Steven asiente lo que en silencio le propongo, y entramos…


Dentro no hay mucho más que cuatro paredes, no hay camas ni sillas ni mesas, pero si amoblamiento de cocina a medio desarmar, y un baño sin agua. Encontramos varias planchas gruesas de tergopol, que tendemos como aislante bajo nuestras bolsas de dormir, que dejamos preparadas. Ahora sí, salimos a pasear por el poblado. No completamente tranquilos, pues también es posible que al regresar el hipotético vigilante haya detectado nuestra ocupación, y haya sacado todas nuestras cosas afuera de una patada, o simplemente haya cerrado la puerta con llave como parte de su rutina sin percatarse de sus nuevos vecinos.
Caminando por el pueblo me siento algo observado. Y claro, debo ser el único con jeans y pulóver. Casi todo el mundo anda enfundado en los trajes de esquí, y no veo en ninguna parte un centímetro cuadrado de lana. Todo es polar, gore-tex, o quien sabe qué. Para empeorarla, tengo un solo guante, el otro lo perdí mientras acampábamos en Rufino, creo. No puedo evitar sentirme un poco haraposo. Claro que hay cierto charm en la diferencia. Para olvidar el frío juega con esa idea y me pregunto si no será que la falta de pertenencia (unbelongness me vino la palabra en mente primero en el idioma del imperio) es un atributo del dandismo. Bueno, siempre postulé un dandismo con agujeros en el pantalón, o croto-dandismo.


En la escuela de esquí nos dice que Crispo está dando clase hasta las 5, y que podemos encontrarlo directamente en la cabaña de los instructores. Como faltan dos horas hacemos tiempo almorzando tardíamente un plato de lasaña en un restaurante, por unos $18. Al sentarme desenrosco la bufanda de mi cuello dejando caer al suelo una pequeña nevada. Steven insiste en caminar bajo la nevada y salimos a enchufar nuestros pies en la nieve. Subimos una colina donde un montón de niños bien se tiran en prolijos. Nosotros los aterramos replicando su conducta montados en bolsas de supermercado. Luego caminamos por la ruta un kilómetro y medio en dirección a la frontera. Un cartel señala el sitio donde acampó el ejército de Las Heras el 3 de enero de 1817. Steven dice que nuestros próceres no eran muy aventureros: “en enero, así cualquiera”. La nieve nos cubre la cara.

Caemos por la cabaña de los instructores y nos encontramos con Crispo. Es fácil saber quienes son los instructores, tienen la cara completamente bronceada con excepción de una franja blanca a la altura de los ojos, producto de usar todo el día antiparras. Según nos cuentas los explotan bastante, en el sentido de que la empresa no les da ni esquís, ni repuestos para estos si se rompen, ni comida, solamente la cabaña donde viven hacinados. También está claro que no sufren demasiado… “Nos la pasamos haciendo lo que más nos gusta, esquiar”. Para muchos es la única manera de hacerlo, ya que el permiso para usar los medios de elevación cuesta unos $140 por día. Hay entre ellos un pibe francés, y uno vasco, quien me cuenta que en vasco nieve se dice elurria, que me parece una palabra muy guapa.

La conversación va variando desde lo fuerte que está la hermana del vasco (la foto va pasando de mano en mano) hasta la manera más ecológica de cagar en altura. Por su puesto, como todos regresan de sus respectivas clases, comparten impresiones propias del oficio, como lo tonto que era ese nene que a pesar de la billetera de sus padres no lograba esquiar después de la quinta clase, o de lo mal atendida que estaba una tipa que no dejaba de pedir clases extra con el mismo instructor, mientras su marido la esperaba desinteresado fuera de la pista.

Mucho de los pibes también hacen de guía para ascensiones al vecino Aconcagua. Notablemente, uno de ellos, Crispo, ofrece sus servicios en www.aconcaguafreelance.com Esa noche cenamos con ellos un pollo asado que ellos mismos preparan. En la cena, tras haber escuchado varias historias de los viajes ya compartidos por Steven, los instructores se consultan entre sí con la mirada y luego nos dicen que nos podemos sumar a las clases colectivas de esquí, solo tendremos que alquilar el equipo, que cuesta unos $70. Steven, quien conoce mi presupuesto de viaje, se apresura a decirme que él me invita el equipo. Antes de despedirnos algunos de los instructores compran mi libro, ayudándome a seguir viajando. Volvemos a nuestro hotel contentos por la oportunidad, pero temiendo encontrarnos con la policía pero sólo encontramos un gato quieto en la oscuridad de nuestra habitación que pega un salto al vernos entrar, casi dándonos un infarto.

Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

6 Comentarios

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  • Hola Juan !

    Que frio !!!!!…yo, viviendo en capital, empiezo a desesperar cuando hace menos de 10 grados porque no se qué abrigo ponerme además de mi campera….dicen que es muy lindo esquiar pero creo que me quedo con algún deporte veraniego de playa (para algunos puede ser windsurf, para los de bolsillo mas modesto como yo: peloteo en la arena o freesbe).

    Que sigas pasando lindo.Yo sigo disfrutando los relatos.

    Buenos caminos

    Madys

  • Capoooo!!! esa tecnica de copar hoteles no me la sabia!!!

    La nieve es lo maximo, pero lo mejor es saber que estas a un lado de gente ricachona que gasta un monton de dinero por estar allí y voz estas gratis!!!
    Conosco esa sensación… es muy placentera, ja,ja,!!!
    Buenos caminos!!!
    Andrés

  • Hola Juan como estas loco!! soy Gonza uno de los instructores de Penitentes,me alegro que estes bien, yo recien llego de buenos aires y hubiera estado buen para charlar un poco, segui con tu camino que por lo visto no tiene fin!! un abrazo grande desde las tierras aridas.

  • Jajajaj que buen relato. Toda una aventura! Y muy divertido. Espero para nosotros aventuras parecidas por parte de Mendoza! Sañudos Juan!!

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