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REPORTE FINAL: CUANDO LA COMPU LLEGÓ A LOS SHUAR (PARTE II)

Y después de tanto esfuerzo compartido, tantas horas frente a la máquina, tanta cadena de favores, finalmente la compu donada a través del Proyecto Educativo Nómada llegó a destino. Aquí va la segunda y última parte de esta travesía colectiva:

*Por Marcelo Maquez
Cuando finalmente llegué al puerto, bajo la mirada escrutadora de todos los Shuar que estaban ahí, me comunican que por el festejo de los 20 años de parroquización de San José, no habría canoas hasta el día siguiente. Intenté persuadir al pasero –así le dicen a quienes manejan las canoas- de que era de extrema urgencia y que necesitaba llegar a Tsunki ese mismo día. Sin éxito y tras 3 horas de conversaciones me dí por vencido. Fue entonces que ante mi insistencia me empezaron a preguntar por qué necesitaba llegar a Tsunki, cómo había llegado hasta ahí, y un sin fin de preguntas para nada buena onda. Decidí en ese preciso momento usar la carta ganadora (como Juan me había recomendado) de nombrar al padre Juan de la Cruz y decir que yo pertenecía a los salesianos de Don Bosco. ¿Carta ganadora? Ja! Eso los enfureció mas, porque Juan de la Cruz iría la semana siguiente a visitarlos entonces no tenía porque mandar alguien en su nombre. Cuando se me acababan las sonrisas estúpidas y los argumentos para no morir en el intento de entregar la laptop decidí que la verdad es más fuerte que la espada y la iba a utilizar, y dije “Voy a Tsunki por invitación de Pascual Yampis, soy amigo de Juan y Laura, dos maestros argentinos que estuvieron con él hace tres meses” Ninguna estampita, ni siquiera una foto abrazado a Dios hubiese surtido el efecto que tuvo esa frase. Nombrar a los creadores del Proyecto Educativo Nómada me convirtió, en segundos, de ser casi víctima de homicidio en una deidad. Se me acercó un hombre que decía ser el cuñado de Pascual y me explicó “Pascual está en San José, tuvo que venir para la festividad, él lo está esperando”. Increíble, la señal de celular había dejado de tener barritas en Mendez, pero que yo estaba ahí buscándolo llegó a los oídos de Pascual tan rápido como un sms. Me hicieron dejar la mochila más pesada en la tienda de una señora del puerto y me llevaron de vuelta a San José, adonde Pascual, tal cual lo había soñado, me estaba esperando. Llegué al lugar, saludé respetuosamente a todos los presentes (que vestían atuendos típicos y las caras pintadas como para un ritual) y acepté la chicha como para empezar la integración. Las miradas de desconfianza se habían transformado ahora en miradas de curiosidad, aceptación, y en algunos casos adoración.

Pascual después de un rato largo de mirarme sin hablar, se me acercó, me saludo y me dijo “Lo estaba esperando, yo soñé que usted iba a venir” y yo le respondí “Yo también soñé con usted”. A partir de ahí, me esperaba un día más en San José de Morona, pero esta vez, siendo parte de los festejos, y hablando con todo aquel que me viera pasar. Era el gringo que tenía un amigo Shuar, y encima todos sabían que llevaba algo para una comunidad. Algunos celosos y otros como expresión de deseo, me preguntaban por qué Tsunki y no Miasal, Tiwintza o Pankintsa. Me invitaban a sus comunidades, me pedían mi e-mail (aunque no supieran escribirme) y mi teléfono para que los visite más adelante. Definitivamente la suerte había cambiado.

Al día siguiente, gracias al cielo, pudimos abordar la canoa que me llevaría a Tsunki. Si creyeron que las complicaciones terminaban en haber logrado aceptación, bueno, se equivocaron. Seis horas de viaje en contra de la corriente rio arriba por el Mangoziza, rio famoso por sus anacondas, no son ni cerca de lo que uno llamaría un viaje tranquilo. Para colmo de males el rio estaba bajo, la canoa tocaba las piedras muy a menudo y tuve que bajar a empujar, repito en un rio ¡¡Con Anacondas!! 3 veces… Después de 4 horas de viaje, paramos en una suerte de comedor en el medio de la selva, y fue en ese preciso momento, mientras me contaban que en ese lugar era común ver a las tan temidas serpientes, que sobre la otra orilla, vi una posada tranquilamente, mitad del cuerpo bajo el agua, mitad sobre las piedras y la cabeza semisumergida. El frio que me corrió por la espalda, al ver tan imponente bicho, de color verdoso con manchas negras bien definidas y el diámetro de un desagüe, es difícil de describir. No tragué un bocado en todo el almuerzo. Terminado el recreo continuamos marcha otras 2 horas hasta Tsunki.

La felicidad que sentí de poner un pie en tierra firme otra vez es inenarrable. Todos me recibieron maravillosamente bien, llevaba caramelos, chupetines y ropa, era como papá Noel (Y eso que todavía no había entregado los libros ni la laptop). Me presentaron a los integrantes de la comunidad y llamaron a una reunión general para el día siguiente, donde anunciaría las buenas nuevas. El resto del día, me guiaron por la selva, a una laguna de caimanes, nos bañamos en el rio, me mostraron todo lo que cultivan y me agasajaron con una comida típica a base palmitos, mandioca, plátano y gallina –que mataron delante mío- que no podía rechazar. Me pusieron al corriente de cómo habían sido las cosas desde que Juan y Laura se habían ido y cómo los extrañaban. Lo tristes que se pusieron los niños cuando ellos se fueron, y también hablamos de la minería, la deforestación y los perjuicios que estas actividades causan en comunidades como Tsunki.

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La mañana siguiente en el lugar de uso común, juntaron a todos los de la comunidad, e hicimos la entrega de la laptop y los libros. Las caras de alegría, de incredulidad cuando les contaba el largo proceso que fue conseguir estas donaciones, cuanta gente participó, con dinero, ropa, un libro, recomendando alguien que podía ayudar… tanta información no entraba en sus cabezas. Y lo más importante, tenían una nueva herramienta que les permitiría educarse de otra manera y que el mundo no se los fagocite, tenían la tan esperada laptop. Las palabras de gratitud eran interminables. Los adolescentes no podían creer que tuvieran en sus manos una computadora, los niños no podían esperar a que fuera lunes y estar usándola en el colegio. Creo que ninguno de los que participamos en este proyecto soñábamos con dejar esa marca en la vida de tanta gente, con algo que, a priori, no modifica la vida de nadie.

Los libros fueron usados el día siguiente por Celestino, maestro de la escuela, encomendándoles tarea a los niños con ellos. (Gracias Betina Pucheta por gestionar la linda donación de tantos libros y ayudar a estos nenes con una herramienta tan importante!) Era maravilloso ver a todos los pequeños Shuar con los libros recién donados yendo para sus casas. Ni hablar de las caras de alegría cuando asistí a una clase y les enseñe algunas cosas sobre computación. Tal es así, que en señal de buenos augurios y agradecer las dádivas, nos cantaron y bailaron algunas canciones típicas Shuar. Querían también regalarnos artesanías y hacer un baile típico con los atuendos que históricamente usaron los Shuar, pero el tiempo no lo permitió. De cualquier manera, fuimos (hablo en plural porque todos Uds. viajaron conmigo) invitados a tomar chicha en casi todos los hogares de la comunidad. Nadie quería que nos fuéramos, pero sabiendo que eso sucedería de cualquier forma, insistieron en que volviésemos en un futuro no tan lejano. Debo decir, que ni  la iglesia, ni los españoles que los quisieron colonizar, ni los chilenos que los quieren ahuyentar con la minería, dejaron en la vida de esta gente tanta marca como hicieron Juan y Laura. Yo fui solo el mensajero, un privilegiado en esta historia, que sin las ayudas que recibí, entre ellas la invaluable participación y apoyo de Andrés Tarruella, no hubiese llegado hasta donde llegué.

Si hoy hubiera que reescribir la historia, y reinventar próceres, creo, sin temor a exagerar, que esta travesía que Juan y Laura empezaron hace tiempo figuraría en los libros. Esto de navegar por aguas que solo los indígenas conocen, de ir sin mapa a un lugar que no conocemos en el corazón de la selva, se asemeja mucho a lo que hicieron los exploradores en siglos pasados. Si pudiera transmitirles las palabras que los Shuar me dieron para Juan y Laura podrían entender porqué sostengo que son casi próceres para ellos. Pero a su vez, después de este viaje tengo otra certeza, nosotros no ayudamos a nadie, ellos nos ayudaron a nosotros. A entender cosas que escapan de nuestro alcance, a vivir de maneras que uno jamás hubiese imaginado, a tener otra percepción del mundo, de la naturaleza y de los efectos del progreso y de la globalización. Y por sobre todas las cosas, del respeto por la vida.

Antes de despedirnos, Pascual, en una de sus visiones de Ayahuasca, vio que Juan y Laura seguirían viajando mucho más y ayudando mucho más, y que yo, tal como sucedió en este viaje iba a seguirlos en ese camino con otra gente, ya estaba o que iría subiéndome a este tren que avanza a un ritmo que no nos damos cuenta, pero es muy firme. Por eso bastó una despedida austera pero emotiva, con una simple frase: Buenos Caminos!

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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