REPORTE FINAL: CUANDO LA COMPU LLEGÓ A LOS SHUAR (PARTE I)

Aquí les dejo la primera parte de la crónica sobre la entrega de la computadora a la comunidad shuar, narrada por nuestro cómplice Marcelo, encargada de llevarla en persona hasta ese rincón tan bello de Amazonía.
* Por Marcelo Maquez
Sabía que no iba a ser fácil. El viaje se había gestado en 15 dias, y si bien soy un buen improvisador, y contaba con el antecedente que Lau y Juan habían estado en el lugar, mis únicas referencias eran los nombres de un río y de un cacique. 
Advierto al lector entonces, que no intento hacer un relato fantástico, ni emular el realismo mágico de Garcia Márquez, solo reflejar de manera fidedigna cada momento de esta aventura que arranco en Cuenca cuando Juan y Laura, mentores de este proyecto,
exponían los contenidos del Proyecto Nómada y conocieron a Pascual, el síndico Shuar de la comunidad Tsunki. 
Desde el momento en que abordé el bus que iba desde Cuenca a Mendez, a las 6 de la mañana, me costó mucho conciliar el sueño, estaba ansioso, había demorado mas de la cuenta en llegar hasta ahí, a causa de una intoxicación que me retuvo 2 dias en Guayaquil, sumado a la responsabilidad de llevar conmigo una mochila de casi 30 kilos, llena de donaciones -libros, ropa y una laptop- que decenas de personas habían hecho realidad. Era como si mi mochila no cargara donaciones, si no personas, era muy pesada, pero a la vez agradable de cargar. 
Además de todo esto, el bus era muy incomodo, y a pesar de ser de madrugada, la bachata sonaba a todo volumen. Era realmente una proeza, sin importar el cansancio, poder pegar un ojo, pero tenía que hacerlo. Cuando me di por vencido y acepté que la música no me iba a dejar dormir, que la luz del sol que ya asomaba sumado al calor agobiante de la selva, a las butacas que no se reclinaban y al garúa que entraba por las ventanas desvencijadas de un micro arcaico, fue justo en ese momento que caí fundido. 
Desperté llegando a Mendez, había dormido tan profundamente que tenía la sensación de haber roncado. Lo mas extraño de todo habia sido el sueño. En un mundo onírico que se desarrollaba al ritmo de bachatas y ronquidos, habia soñado que me encontraba con Pascual Yampis en San Jose de Morona, que no era necesario tomar la canoa e ir Tsunki para verlo. Lo raro es que no tenía ni registro de la cara de Pascual. Solo su nombre. Pero el sueño había sido muy nítido. 
A los pocos minutos el bus llegó a Santiago de Mendez, en el corazón de la provincia de Morona Santiago, y con un paisaje selvático ya bien definido, clima muy húmedo, un calor que rajaba la tierra. Como eran las 11 de la mañana, decidí desayunar yo también, y entonces averiguar como cuernos iba a llegar a San Jose de Morona. Acostumbrado a que en Ecuador nadie sabe responder lo que preguntás o todos te dan respuestas diferentes, no fue de sorprenderme que me dieran 15 versiones diferentes de un viaje que solo tiene una ruta posible. Finalmente opte por preguntarle al chofer del bus que acababa de dejar y él me dijo: “Después del desayuno, subite que te dejo en la Ye de Patuca (una Y que bifurca los únicos dos caminos asfaltados de la provincia) y de ahi tomás el bus a Puerto Morona.”
Así fue, me llevó hasta la Ye de Patuca, pero despues de 3 horas de esperar sin resultados, un policia caminero que controlaba la carga de los camiones que por allí pasaban, me advirtió que el próximo bus a San Jose de Morona pasaría por la noche. Decidido a no esperar 4 horas sentado en el medio de la selva, bajo la inclemente lluvia tropical que parecía decidida a no darme una tregua, empecé a hacer dedo. Todos, me paraban, a todos les interesaba saber que hacia un “gringo” en un lugar donde la población son exclusivamente Shuar y Colonos y que no tienen ningun atractivo turístico, para peor, se recibe bastante mal a los forasteros. Después de 7 horas de dedo, que incluyeron cruzar un río por un puente que amenazaba con caerse a pedazos y la pelea con un taxista que me levantó y luego quiso cobrarme, llegué, a las 8 de la noche y bajo un diluvio a San Jose de Morona.

Pensé que lo más difícil habia pasado, pero ¡Qué equivocado estaba! Me esperaban muchas mas trabas hasta poder entregar la laptop y los libros…. No voy a ahondar en detalles sobre este pueblo, solo basta decir que, tal vez, sea el lugar mas feo que me haya tocado visitar en toda mi existencia. Las casas despintadas, la calle que no contaba con veredas si no con un barranco de ripio de dos metros a cada lado, y la vegetación que se tragaba todo aquello que no fuera verde, no eran para nada llamativo. Parecía la obra a medio terminar de un pintor ofuscado con la vida.  En uno de los hoteles que describí me hospedé. Me llamó la atención que para ser un pueblo tan chico, en la frontera con Perú y casi inaccesible, hubiera tanta gente en la calle. Demasiada, mucho más de lo que podrían alojar los pocos lugares habitables que San Jose ofrecía.

La llegada a este páramo no fue lo que un turista soñaría, y aunque iba advertido que me mirarían con cara rara, los 10 minutos que tardé en conseguir lugar, bastaron para ser el centro de las miradas y comentarios (que no entendería porque, a pesar de saber español, entre ellos hablaban en Shuar). Ya todo el pueblo sabía que habia un gringo dando vueltas. Me encerré en la habitación del hotel –al que le faltaban 2 de los 4 postigos de sus ventanas y los dos que estaban no tenian vidrio- Y a pesar de ser las 9 de la noche me dispuse a dormir. La mala noche anterior en el bus, mas el interminable viaje para llegar hasta este lugar, habían sido suficiente desgaste. Además me tenía que levantar a las 4 AM el dia siguiente para poder abordar la canoa que finalmente me llevaria a Tsunki.
Dormir y Morona Santiago no parecen ser compatibles, ni bien apoyé la cabeza en la almohada, empezó a sonar a todo lo que da la canción “Alejate de mi”, de Camila mientras que un locutor anunciaba a toda voz el festejo de los 20 años de parroquización de San Jose de Morona, presagiando una noche a toda fiesta y musica. Como podrán imaginar, en un lugar de 300 metros no hay donde escapar del ruido, asi que me entregue a los festejos. Bah, los vi desde mi ventana, porque cuando intenté entrar a la fiesta no me dejaron por no ser Shuar. 
Cuando pensé que no podría escuchar ni un solo tema más de reggaeton o de bachata, miré el reloj y eran las 4:10 AM, agarré mi mochila y emprendí la marcha de media hora por la ruta, en la mas profunda oscuridad con la compañia de todos los ruidos de la selva, hacia puerto Keshpaim, donde tomaría la canoa. Uso bien el condicional tomaría, porque San Jose de Morona tenia preparado mas disgustos para mi… 

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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