LOS GUARANÍES ME APODAN «BURIA WATA»

Privincia de Tarija, sur de Bolivia, camino a Alaska…. Me quedo parado en el cruce de San Simón, después de haber viajado un día entero en el camión Volvo de Guido, y de haber dormido sobre 10 toneladas de botellas de Coca Cola, todo un test para alguien que alguna vez colaboró con las campañas de Boycot a la marca organizadas en Irlanda del Norte. El sitio es agreste: una ruta de tierra que se pierde entre copas de árboles. Casi no hay tránsito, charlo con una nena que dice llamarse Daniela, a quien su madre la reta por jugar con agua desde una casa ubicada, intuida, tras un laberinto de árboles frutales. Un sapo enorme pasa a los saltos cerca de La Maga. Tras casi media hora, se detiene una camioneta doble cabina, de la empresa que realiza las obras de agua potable, y me llevan hasta un paraje llamado Taquillos. Una mujer con gemelas trenzas canosas y enorme pollera, que camina con su nieto, se detiene a preguntarme si no quiero comprar algunos de los limones que lleva en una bolsa. Espero una hora hasta que otra camioneta, esta vez de vialidad, me lleva hasta Timboy, el próximo pueblo.

No logro cruzar Timboy sin ser invitado a almorzar por un grupo de locales que en realidad se deslizaban lentamente hacia la borrachera entre discusiones familiares. Uno de ellos, apodado “el loco”, vivió varios años en Argentina trabajando como perforador en YPF. Agradecido por la prosperidad que allí consiguió, me invita el almuerzo, y una serie de cervezas. El “loco” opinaba distinto de su primo Antonio, sentado a mi lado, un hombre de unos 45 años que había estudiado medicina en Argentina pero que no se había graduado por culpa de la Policía Federal, que en épocas de dictadura lo había humillado haciéndole besar la tierra y echándolo antes de recibir su título. Por momentos se alejaban del tema y el Loco le recordaba a Antonio que a él nadie le había regalado un solo poste, y que sólo con sus ahorros de Argentina había logrado comprar varias hectáreas de monte que ahora explotaba para leña.

Por momentos, ambos se acordaban de otro primo muerto llamado Fabio, y se abrazaban con su tío, de unos 70 años, sentado en la cabecera de la mesa con un ancho sombrero chapaco. El loco le decía entre sollozos que él lo quería como un padre porque Fabio era más que su primo un hermano. Y así se deshacían en lágrimas estos tres hombres de rudos sombreros, lamentando por momentos con igual intensidad la pérdida de la Guerra del Chaco… En algún momento mencionaron que a Fabio lo había matado un rayo. Se me ocurrió contarles que según la creencia popular en México, quienes de esa manera mueren son elegidos por los Dioses. Hubo silencio, un brindis, y seguí viaje.


A pie seguí por el forestado camino apreciando árboles de flores amarillas llamadas “flor del carnaval”. Pasados un par de kilómetros me encuentro con un pueblo con no aparecía en mi mapa. Por la disposición de las casas y el amplísimo espacio abierto debí adivinar que estaba en una comunidad aborigen. Pero no, debí esperar a socializar con los primeros hombres que encontré, que mascaban coca sentados afuera de unas de las viviendas, para darme cuenta que no entendía la lengua. Sabía que no era quechua. ¿Y si no era quechua, qué era? Estamos en la comunidad de Ñaurenda, en territorio guaraní, en el sudeste de Bolivia, solar de una orgullosa raza que se dio el lujo de resistir el avance de la civilización inca desde la profundidad de sus bosques. Como es tarde, dejo la exploración para el día siguiente, pido autorización para acampar bajo un tinglado, y para darme una ducha en la escuela.

Amanecer en Ñaurenda, pueblo con nombre humilde, pues ñaurenda es el nombre del barro con que los guaraníes cosen las ollas en las que preparan la chicha. El “capitán” de la comunidad es un hombre de mi edad, vestido un poco más formalmente que el resto, y se llama Marino. Me invita a desayunar a su casa, y entre mates y pan casero me relata el origen de su comunidad. No se trata, como pensaba yo, de una comunidad ancestral. Si bien los guaraníes habitan estas tierras desde hace siglos, lo hacían en forma dispersa, sin núcleos urbanos. De esta manera, con el reparto de tierras a favor de colonos con títulos propietarios, el pueblo guaraní pasó a ser mano de obra barata, peones semi-esclavos dentro las propiedades de grandes terratenientes, pagados apenas con yerba, harina, y maíz. Recién en los años 80 comenzaron a organizarse, fue una etapa en que los terratenientes perseguían y reprimían ilegalmente a los campesinos que re reunían a tramar la epopeya de su libertad en alejados fogones. Luego llegaron algunos acuerdos, se fundó la APG (Asamblea del Pueblo Guaraní) y lograron comprar a los terratenientes 200 hectáreas que se dividieron entre las familias que comenzaron a llegar desde coordenadas imprecisas del monte. Ñaurenda fue la primera de unas 36 comunidades, un asentamiento modelo que funciona como núcleo y defensa contra la pérdida de la identidad cultural y la lengua.

Caminando por la comunidad, es fácil darse cuenta que hay una dinámica propia, que no se observa en Timboy, que está a 2 km. Las familias se reúnen por la mañana fuera de las viviendas, sentadas a veces en camas de mimbre sobre las que también duermen en las noches cálidas. Al acercarme a cualquier vivienda, más bien pronto soy invitado a sentarme y sumarme a la ronda del mate. Las mujeres visten el tipoi, un holgado vestido azul sin mangas. En una de estas rondas, Felipe, un agricultor, me cuenta que debido a la sequía este año no han podido sembrar el maíz. “El maíz es lo más importante para nosotros” – se lamenta Felipe mientras se acomoda una gorra tipo béisbol. La sequía es un gran problema, y el otro como siempre es a propiedad de las tierras, y la interferencia de las multinacionales. Actualmente los guaraníes reclaman 216.000 hectáreas de tierra, reclamo que el gobierno boliviano esquiva con buena cintura. “Evo apoya a las comunidades de su zona” – se quejaba Marino durante el desayuno. Su pueblo, que supo resistir al Imperio Inca, le mendiga actualmente a la justicia piedad ante nuevos gigantes como la petrolera Repsol, con cuyas mafias ya ha tenido enfrentamientos.

Decido quedarme un día más en Ñaurenda, no sólo porque el lugar me agrada, sino para organizar el evento educativo que voy llevando de pueblo en pueblo. Por la mañana tomo mate en una vivienda en cuyo frente tres mujeres urden artesanías con paja. Las pavas tiznadas descansan directamente sobre el fuego. Una niña guaraní juega con una muñeca muy distinta a ella, rubia con irreales ojos celestes. Parece sacada de un manual de pureza racial del Tercer Reich. Hay una contradicción entre la realidad y el estereotipo de la realidad ideal que se filtra en los containers de juguetes Made in China y llega a Ñaurenda…


En lo que es seguramente un ritual, por la tarde comemos kuchi –chancho-cocinado en una enorme olla, y acompañado por papas. Se come sin cubiertos, como en Afganistán. Casi toda la comunidad se reúne, sentados en un círculo de sillas, también en ocasión de la visita de unos empleados municipales de Tarija a quienes la nueva ley obliga a hablar al menos una lengua nativa, y que han llegado para practicar conversación, en realidad también obligados por una ley. Aunque los tarijeños disfrutan e la danza típica que hombres y mujeres danzan en ronda y tomados de las manos, lamentan la ausencia de un karaoke. En mi breve estadía aprendo apenas unas cuantas palabras en guaraní. Hay que aclarar que aquí todos utilizan dicha lengua para su comunicación cotidiana, e incluso el bien equipado bachillerato que tiene la aldea es bilingüe. De esta manera, noto que cuando se refieren a mí, los guaraníes dicen “Buria Wata”. No puedo con mi curiosidad y pregunto. Al parecer, ellos tienen la costumbre de bautizar a los forasteros con apodos en guaraní que resumen la primera impresión que les han causado. Y “Buria Wata” significa –me explican- “viaje largo”.

Honrado con tal apodo, Buria Wata salió a la ruta al día siguiente. Es 28 de marzo, día del cumpleaños de Buria Wata. La familia que tiene la única despensa, quienes saben de este dato, lo invitan a desayunar café con pan y queso. El les compra algo más de pan, una lata de aún, y comienza a caminar. Ese será su humilde festín cumpleañero. El mismo día a la tarde, Buria Wata llega a Huacareta, ya en el departamento de Chuquisaca. En Huacareta, pueblo rodeado de montes con una bellísima plaza colonial, conversa con una jueza de Sucre que soporta el hastío pueblerino desde su balcón, dejando sus pendientes plateados colgar como lunas sobre el paisaje color tierra. A la noche, pregunta a los locales dónde acampar. Un muchacho llamado Nilson le responde: “¿Acampar? No, te presto mi casa”. Es una vivienda simple, con la cocina y la cama en la misma habitación. Mientras miran el clásico entre Blooming y Oriente Petrolero, su mujer prepara un pollo con papas, con una entrada de sopa de bagre. Luego de tres días de acampar o dormir sobre en la caja de un camión, Buria Wata se hunde en el sueño facilitado por un colchón, agradecido de la hospitalidad boliviana del Chaco Boliviano.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

Un comentarios

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  • que grande juan!! pronto compraré tu libro en el interior del Chaco!
    que sigas muy bien!

    una pregunta de curioso! ..te volves a dedo de sucre a bsAs?

    la argentina te hace un guiño… una seña en el destino.. realidad o sueño?!

    boyero

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