BREVES ANECDOTAS DE KABUL: EXILIO, CULTURA Y FIESTAS EN LA CAPITAL AFGANA.

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Justin y yo habíamos llegado a Kabul en un jeep de la policía afgana. Mi amigo norteamericano tuvo tanta ansiedad por hacer dedo que apenas reconoció el peligro de cruzar esa franja de territorio talibán positivo. Una vez en la capital nos habíamos separado, y yo había terminado en casa de los Leiva, una familia argentina que lleva nueve años haciendo trabajo social en Afganistán. Fabián comparte conmigo sus archivos de experiencias personales en Afganistán durante el régimen talibán. No es la versión de la CNN, sino la de un enfermero de Buenos Aires.

Afganistán era más seguro en la época de los talbanes – había dicho Fabián. Yo había pedido –y cualquiera hubiera hecho lo mismo- una explicación.
– Los talibanes eran tan brutales y literales en la interpretación de la ley islámica, que pocas personas estaban dispuestas a arriesgar sus brazos o manos por cometer un robo. Antes de que la gente llegara a entender que los talibanes realmente cumplían lo que predicaban, las prisiones ya estaban llenas de gente esperando amputaciones. En aquel tiempo, viajar en los bastiones talibanes de Kandahar, Oruzgan y Helmand era totalmente seguro, y la ruta que vos tomaste ahora era intransitable, porque se resistían al dominio talibán, como hoy a su resurgimiento, y eran el foco de la tensión. Mucha gente en esta época era feliz. Vos pensá que los talibanes eran originariamente una facción armada de los estudiantes de teología de Kandahar que proponían un regreso al Corán, a la fuente del orden moral y político. Ese es el problema del fundamentalismo islámico, que el Corán explica como matar una cabra y cómo organizar un país con igual detalle, y cualquiera que se base en él se vuelve por definición totalitario. Pero hay que decir que en el inicio evitaron incluso la corrupción.
– ¿Y qué pasó después?

– Que el Corán fue escrito en el siglo VII, y los talibanes no tenían mejor receta para gobernar el país. Para mantener el orden interno pronto tuvieron que recurrir a despiadados mercenarios conocidos como Turbantes Negros, para diferenciarlos de los talibanes locales que usaban el turbante blanco. Estos mercenarios provenían de todo el mundo islámico, de Marruecos a Chechenia. Financieramente se pidió asistencia a Al Qaeda, a cambio del vía libre para alojar a los más buscados terroristas. Entonces se volvió normal ver a un miliciano talibán en cada esquina, pero si era un turbante negro había que correr.

Bety silencia a Fabián con un mate y continúa: Una vez uno de ellos me agarró del pelo, me levantó en el aire y me gritó “¿Chadorí Koyá?” (¿Dónde está el chadorí?) Como soy latina y de piel oscura me confundió con una local, y alguien tuvo que explicarle que era extranjera…
– ¿Pidió disculpas entonces?
– ¿Disculpas? –se ríe- No, me tiró al suelo y escupió con precisión. Era una época oscura en todo sentido. El comercio era inexistente, ya que el país había sido declarado oficialmente un sultanato, y la comunidad internacional, salvo algún que otro emirato del Golfo Pérsico, no reconocía al nuevo experimento talibán. Todo lo que había en las estanterías había entrado de contrabando. Alquilar una casa como esta costaba U$S 25 por mes, pero un Toblerone costaba U$S 50. Una vez me regalaron uno para mi cumpleaños, a mí que no me gusta el chocolate, ¡hubiera preferido la plata! Los talibanes condenaban la tecnología más que los neohippies europeos: TVs, videocaseteras y computadoras eran confiscadas y aplastadas por tanques de guerra. Radio Kabul fue rebautizada Radio Sharia, y se limitaba a transmitir el Sagrado Corán. ¡Hasta las universidades se cerraron!

Mientras Bety habla recuerdo el saber es poder de Foucault. Evidentemente no integraba la ética talibán. Como la iglesia en la Edad Media, los talibanes habían decidido embestir contra todo lo que no cupiese en los versos coránicos. Toda la generación que durante la ocupación de los “ateos” rusos no había recibido instrucción religiosa alguna, ahora era internada en madrasas (escuelas de religión) donde lo más sofisticado que aprendían era cómo lavarse los pies según la manera prescripta por el Islam. A las niñas se les negó al acceso a la educación. Más allá del machismo imperante, el derecho a estudiar es respetado por casi todos los países musulmanes. En Irán, Egipto, Siria, Irak, en todas partes conocí mujeres arquitectas, periodistas, o empresarias. Serán de la clase más alta, pero allí están. Aquí, en cambio, con un plumazo de la loya jirga (asamblea pashtún) de Kandahar, los talibanes habían circunscripto a la mitad femenina del país a la cocina por siempre jamás. Este regreso al pastoralismo pronto causó problemas al propio régimen: cuando una multinacional llamada Bridas inició negociaciones con los talibanes para construir un gasoducto, estos estipularon que todos los contratos debían ser traducidos al dari, ya que entre la élite talibán nadie hablaba inglés. Y más peligroso aún, para revisar los aspectos técnicos de dichos contratos sólo disponían de un graduado en Ingeniería Civil sin experiencia laboral alguna.

¿Hasta qué punto, en un país donde una exégesis particular de un texto religioso ha alentado la ignorancia, es el relativismo cultural una excusa para no intervenir? Fabián piensa que los talibanes sufren su propia cultura, y que eso del relativismo es un invento europeo. El súbito tropezón entre este universo mágico y la realidad como nosotros la aceptamos (recordemos que hablamos siempre del mismo indescifrable acto de magia) puede ser gracioso. Alguien todavía debe explicar a gran número de afganos que Alejandro Magno, quien marchó a través del país, no era musulmán, y que ciertamente no fue quien introdujo el Islam en la región. Personalmente presencié otro ejemplo, cuando una mujer que había quedado intrigada por una TV exhibida en la vidriera de un centro comercial se cubrió repentinamente el rostro y apuró el paso cuando en las veinte pulgadas apareció un hombre mirándola directamente a los ojos, y presentando las noticias…


Mientras exploro Kabul es imposible dar con un edificio completamente libre de orificios de bala. Algunos parecen trozos de queso gruyere. El teatro de la ciudad, que había sido construido por los rusos, representa eficientemente la ira del alma tribal talibán hacia el ímpetu urbanístico soviético. Aquellos que vivieron aquí durante la ocupación rusa cuentan que se podían ver mujeres en minifalda paseando por las calles. Esto deja claro por qué los talibanes aspiraban a destruir la ciudad más que a ocuparla.

Al día de hoy, Wazir Akbar Khan, el centro de la ciudad, donde funcionan las embajadas, las sedes gubernamentales y el complejo de la ONU, se está lentamente recuperando de 30 años de guerra civil. Hasta hay un edificio completamente revestido de vidrio, obra de algún empresario con mucha fe en la paz. Es un centro comercial y según Sergi, mi amigo catalán, que es músico, dentro venden hasta guitarras eléctricas. Taxis, y vehículos de las ONU manejados por hombres de lentes negros comparten la calle con vehículos blindados norteamericanos y hombres que venden coco en puestos ambulantes montados sobre carritos.

Los extranjeros en Kabul llevan una vida entrópica, ya que múltiples condiciones culturales traban la fluidez del contacto humano. Durante mi estadía en Kabul tuve oportunidad de asistir a uno de esos eventos organizados por extranjeros para extranjeros, una barbacoa dedicada a celebrar un nacimiento. Entre salchichas y ensaladas Fabián me presenta a Georg, un alemán de 56 años que tiene un puesto ejecutivo en Shelter Now, una ONG que trabaja con refugiados.

A mi pregunta de ¿Cuándo llegaste a Afganistán? la respuesta me toma por sorpresa: ¿La primera vez? En el ’65, en un autobús de dos pisos que habíamos comprado entre veinte. A mis espaldas, otro hombre de cabellos emblanquecidos por la caducidad de los calendarios se da vuelta, y se engancha: ¿En serio? Yo llegué en el ´67 en una combi VW. Íbamos camino a India, pero por un problema de papeles no pudimos conducir más allá de Lahore, en Pakistán.

Son hippies de la vieja guardia. Ante ellos me saco el sombrero. Camino a India, muchos se habían involucrado con la problemática local afgana, y habían permanecido para ayudar. Eso me hizo a acordar a más de un ingeniero agrónomo que me había llevado en mis viajes a dedo por la Provincia de Buenos Aires, y que me preguntaban si no me parecía que viajar era algo improductivo. Claro que hablo de un extraño país en donde la noción de productividad está definida por una logia de vendedores de fertilizantes como la capacidad de generar quintales de soja para exportación. Bah, todos los países son extraños.

En el caso de Georg, dedicar su vida al pueblo afgano casi resultó en perderla en manos de ese mismo pueblo al que intentaba ayudar. Dos meses antes del atentado de las torres gemelas, Georg y otros 5 miembros de Shelter Now fueron arrestados por los talibanes bajo cargos de proselitismo cristiano. Mientras paseaba por la prisión se ganó el peligroso apodo de “George Bush”, quizás no el mejor del que hacerse en Kabul a finales de 2001. Salvó su vida milagrosamente.

Dedico mi última tarde en Kabul a curiosear los comercios de artilugios locales de Chicken Street (donde abundan alfombras con la cara de Massoud y mapas de Afganistán formados por piedras de lapislázuli) y camino por el río Kabul hasta una plaza delante de una mezquita en donde la gente se dedica a tirarles miguitas a las palomas. Es bueno ver que la cordialidad hacia la más global de las aves ha sobrevivido a los sacrificios éticos de la guerra. Me han contado que en Herat los talibanes habían prohibido la costumbre local –muy popular entre los ancianos- de sacar las aves enjauladas al atardecer para escuchar su canto, ya que la música también iba, según ellos, contra el Islam…

A mi caminata kabulense se han sumado Gerome y Adrián, dos franceses que también entraron al país por tierra. Son los primeros viajeros que encuentro en el país, con excepción de Marcus, un alemán que encontré en la pensión Marco Polo de Bamian y que intentaba visitar todos los países del mundo (llevaba, por entonces 114, pero el número actual ha de ser mayor porque la semana pasada llegó a mi pensión una postal desde Somalia). Con los franceses recorremos mercados, uno de ellos precisa un par de zapatillas.

Habando de cosas más interesantes que un par de zapatillas. Gerome y Adrien me cuentan que el fin de semana pasado fueron invitados a una fiesta de la comunidad francesa, muy distinta a aquella barbacoa que me tocó a mí. Según Gerome, había un bowl con preservativos compartiendo la mesa con el vino y el delicado menú a base de sushi. ¿Autoafirmación de los vicios occidentales en condiciones de minoría o alevosa celebración dionisíaca? No lo sé bien, pero mis amigos aseguran que desde el Mundial del ´98 no sentían semejante orgullo de su linaje.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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