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Un vagabundo en Champagne

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No estaba en mis planes visitar Champagne, pero así sucedió. Me iba a bajar de un bus y subir a otro, pero, mientras hacía tiempo en un café con vista al Sena llamado “Chez Lili et Marcel”, sentí el llamado de la esencia y me crucé a un kiosko a comprar un mapa rutero de Francia.

¡Tenía que hacer aunque fuera un mini-viaje por la nación gala!

Usando el mapa, leyéndolo a la luz de las reglas de continuidad cultural y posición relativa, y buscando un par de datos claves en internet, al cabo de una hora tuve mi rumbo definido.

Tomé un tren suburbano que me sacó de la maraña de rutas del conurbano parisino, que tan lindas se ven en el mapa, casi como una célula madre estirando tentáculos en todas direcciones como confirmando la metáfora de que la ruta es la vida.

Estaba feliz, por primera vez desde la pandemia con mi mochila por las rutas rurales europeas, feliz a pesar de los 8º de temperatura.

Pronto empecé a seguir el curso y el murmullo del río Morin. Los pueblecitos, construidos con piedra de molino, eran uno más pintoresco que el otro, con casonas de postigos celestes y tejas gastadas, chimeneas señoriales y patos en las orillas.

Avanzaba por estos pueblitos de los que nunca había oído hablar, todos eclipsados por la obligatoriedad de París, obesa y gravitante a su lado.

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Sentía el estrés inverso. Visité París unas cuatro veces, y siempre sentí que corría contra un reloj tirano, con listas infinitas de imperdibles y museos que requieren tres días para hacerles justicia.

Pero en esa campiña lateral, cada pueblo era un milagro. Costaba imaginar una cosa para hacer más que absorber la atmósfera: Francia se decía en toda su esencia con cada castillo que aparecía en el horizonte, en los quesos brie y baguetes con que improvisaba almuerzos ruteros.

El tiempo de espera promedio, en los días que siguieron, sería de sólo 10 minutos, y mis conductores, una mezcla de toda la sociedad francesa.

Un ingeniero ferroviario retirados que llevaba a su perro al bosque, Paula, una mujer inmigrante de Camerún que había abierto un salón de belleza, un hombre mayor con la camioneta llena de pasto que criaba caballos de salto.

Amo viajar a dedo, ¿te conté alguna vez?

Seguí mi camino apenas visible en el mapa y serpenteante hasta Sain Cyr sur Morin, donde me quedé media hora observando un castillo abandonado. Después, hice dedo y se frenaron ellos.

Marianne y Jerome, profesores retirados, ella algo hippie, con semillas y telas de colores en el pelo.

Iban al pueblo de Villeneuve sur Bellot a visitar a una amiga que había enviudado dos semanas antes de un argentino y, como obedeciendo a una lógica humana implícita, eso significaba que debía sumarme a la visita.

El esposo de Evelina, la amiga en cuestión, era mendocino, y tocaba el bombo con Mercedes Sosa cuando esta visitaba Francia. Tuvimos una animada cena con música, vinos y quesos, y me ofrecieron un cuarto por la noche, una boardilla con ventana en el techo desde donde veía las estrellas.

No le podía pedir más a mi primera noche en Francia.

Al día siguiente puse meta en Epernay, la capital productora de Champagne, pero trazando una diagonal que pasaba por Orbais-l’Abbaye un pueblo con una abadía del siglo XII, una Notre Dame rural y desconocida.

En Eparnay proyecté mi sombra vagabunda por la Avenida Champagne, donde tiene la sede prestigiosas bodegas como Moet Chandon, y donde hay cientos de kilómetros subterráneos de túneles donde se añejan cientos de miles de botellas.

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Pero Epernay, tal como era predecible, era una ciudad boutique bien abastecida de Porsches y Maseratis y yo buscaba otra cosa. Es un punto imperdible para quien desea visitar Champagne, en tanto sitio icónico, pero yo quería más profundidad.

Así que me zambullí, mapa en mano, en las 34.000 hectáreas productoras del espumante más famoso.

Decidí empezar por Hautvillers, e imagínense mi felicidad cuando descubrí que el pueblo que había seleccionado como punta del ovillo había sido el lugar donde Dom Perignon inventó el champagne en el siglo XVI.

A los minutos de haber llegado estaba caminando, en mística soledad, bajo las columnas de la abadía en cuyos sótanos trabajó incesantemente el famoso monje benedictino hasta encontrar la fórmula de la bebida que según él, “le permitía beber las estrellas”.

Obviamente la ocasión merecía romper el chanchito y degustar un par de copas, pero tras ese paréntesis donde me trataron de “Monsieur”, volvía  salir a la ruta dispuesto a vagar por las aldeas de la zona hasta que la noche me agarrase en alguna.

Así pasé por Romery y Fleury-la-Riviere, admirando desde el camino con sus hileras de vides precipitándose sobre los pueblos que estallaban en abadías y casas de piedra.

Muchos de mis conductores en este tramo tenían una estrecha relación con el champagne. Uno de ellos era Cedric. Su familia llevaba siete generaciones trabajando la tierra para que otros beban burbujas, todos unos obreros ocultos de la magia.

– “Champagne is my life”, me dijo. Y en ese momento yo sentí que allí, en la fiurgoneta de Cedric, que olía a tierra y lluvia, yo estaba mucho más cerca de la esencia del champagne que en los mármoles de la Bodega Chandón. Como siempre, el autostop se vuelve mucho más ue una forma de transporte, y esto volvió a suceder al visitar Champagne

Donde me dejó Cedric me frenó una agrónoma que se mostró preocupada por el otoño inesperadamente largo y sus posibles consecuencias sobre los nuevos brotes. Lleva cajones con muestras para analizar en su laboratorio y cuidaba cada una de ellas como a una criatura recién nacida.

De la mano de ella llegué a Fleury-la-Riviére, donde acampé, con permiso del alcalde, a quien crucé en la calle de casualidad, bajo un galpón de maquinaria agrícola con vista a los cultivos y la aldea vecina.

Armé la pipa, y me quedé contemplando ese paisaje, productor de exclusividad, desde mi posición de acampada, firmemente anclada en la marginalidad.

No viajaría si el viaje no fuese capaz de semejantes puntos de vista. Al día siguiente estaba llegando al centro de Reims, con la única misión de admirar su catedral gótica, lugar de coronación de todos los reyes franceses desde Clodoveo I, primer rey de los Francos en 498, y también lugar de la reconciliacion franco-alemana, en una misa simbólica a la que asistieron De Gaule y el canciller alemán Adenauer, en 1962.

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Unos 40 años antes, la fuerza aérea alemana había dejado la catedral en estado ruinoso. Pero ahora el vértigo y la verticalidad de sus columnas y el caleidoscopio de sus vitrales la mostraban vigorosa y viva como una mariposa en pleno aleteo.

Allí llegué, al epicentro de la legitimidad de los monarcas franceses, a ofrecer mis ofrendas de banquina y almuerzo barato de supermercado, de frio en la ruta y mochila llena de pasto.

Este viaje continua, para saber dónde estoy en tiempo real te recomiendo seguirme en redes sociales.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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