VA LA LUNA RODANDO POR SAN JUAN

 

Este no es un post para convencerlos de que visiten el Valle de la Luna.  Por el contrario, soy propenso a evitar los íconos turísticos. Acaso por eso mi lugar favorito en la provincia de San Juan sea Jáchal. También por ese síndrome me acerqué a las Pirámides con un pálpito de sospecha, y di muchos rodeos antes de ir a Cusco. La Torre Eiffel y la Gran Muralla corrieron similar suerte. En cambio soy sumamente diligente y me apresto como un boy scout para visitar aldeas tailandesas con el nombre de “Microwave” o parajes pampeanos  lúgubremente marcados en el mapa como “Árbol de la Esperanza”. Por lo general termino cediendo, me recuerdo a mi mismo de que, si son tan famosos, algo deben tener de espectacular y voy hacia allí, rezando que esa espectacularidad no esté empañada por hordas de turistas. Pero esta vez fue distinto: no tuvieron que convencerme. Algo me atraía hacia el  Valle de la Luna – ¿quizás su sonoridad ultraterrena?-  y quería elucidar qué.



Atravesamos mucho desierto para poder merecer el paisaje. El Parque Provincial Ischigualasto (declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2000) se encuentra 330 km al noreste de la ciudad de San Juan, y mucho más cerca (80 km) de la localidad de San Agustín de Valle Fértil, que es la base de servicios turísticos, con posadas, estación de servicio y demás amenidades. Guardando una distancia prudencial con estas, como siempre, aguarda lo interesante.
Mi primera impresión del Valle de la Luna no fue visual, sino temporal. Tal vez porque la visita guiada al parque (que se realiza en vehículos que en caravana siguen un circuito de ripio predeterminado liderados por un guía) no nos deposita frente a la obvia formación rocosa que todos conocemos: El Submarino. No, en cambio uno aparece frente a una pared que parece ideal para escalada en roca, donde medio centenar de turistas se ganan una hernia de disco para fotografiar los restos fósiles de una oruga prehistórica. Fue entonces que el guía explicó que toda la zona tiene una antigüedad de 240 millones de años, y es la única zona en el país donde quedan expuesto ordenadamente como en un manual todos los eventos del Triásico.
Nunca fui bueno con la geología, se me mezclan todas las etapas (como a ustedes). Pero me quedé pensando en la cifra: 240 millones de años. Cada estrato de color cambiante impreso en la roca, hablaba de cataclismos, furias volcánicas, abundante vegetación tropical o mantos de ceniza. Me costó imaginarme esa selva abstracta, pero infinitamente más me costó dimensionar la antigüedad del lugar. Somos verdaderamente una mariposa posada sobre el tronco de una secuoya.  La humanidad, desde los garabatos rupestres de Altamira hasta el Twitter no es más que un estornudo en la sinfonía pétrea del Valle de la Luna.
La obertura de esa sinfonía visual llegó con el Valle Pintado, un paisaje desoladamente hermoso que se configuró a partir de los rastros, las hendiduras y surcos dejados en la tierra por ríos que ya no existen. Los velocirraptors correteaban por estas arenas dicen. Mucho después, los arrieros que pasaron por la zona interpretaron sus restos como los huesos de vacas que se habían empantanado. San Juan tiene una historia rural interesantísima, con los molinos de Jáchal y los antiguos arrieros que cruzaban ganado a pie por los pasos cordilleranos. Ese folclore escurridizo e ignoto flota en el aire sobre Ischigualasto para quien guste seguir su trazo. Ischigualasto mismo, hasta hace muy poco -más aún si recordamos la cifra, 240 millones de años- era un arcano. Su fama se inició en 1967 gracias a las publicaciones periodísticas de Federico Kirbus y sólo a partir de los 90 se instala como un highlight en el mapa mental del turismo nacional.

Cuando llegamos a la Cancha de Bochas, y aunque no había visto lo mejor, ya me había reconciliado con el lugar. Es decir, cuando llego a un  sitio muy turístico, nos sentamos a negociar, yo, el fantasma del lugar y el lugar que efectivamente encuentro, y entonces confirmo mis sospechas (perdón Pirámides, me decepcionaron) o arriba los pulgares, thumbs up, como en este caso.  La Cancha de Bochas me parecía bella en sí, casi poética por su innecesaridad y gratuidad. Pero el guía sentía la necesidad de explicarlo todo –las mejores cosas ¿el amor? no se explican- En ese trámite su puso místico y terminó diciendo que las piedras eran redondas, no por acción de ríos pretéritos, sino porque el sitio era un portal de energía. Nos aseguró que el planeta era un cuerpo y que había que poner la mente en blanco para conectarse con el Dios creador. Lo último lo dijo –creo yo- para evitar que las familias salieran corriendo a encerrarse en sus coches y pusieran seguro a la puerta, atemorizadas por las referencias a los mayas y al fin del mundo..

Y finalmente llegamos al clímax del Parque Provincial Ischigualasto: el Submarino (foto de tapa de nota) previo paso por “El Hongo” (foto, arriba). Además de su endeble verticalidad, emociona el fuerte contraste con la muralla rojiza, casi marciana, del Parque Talampaya justo en frente, en La Rioja. Después de todo, cuando algo nos impresiona en la Tierra, nos referimos a Marte o a la Luna. ¿Por qué será? Me fui del parque meditando esa cuestión: nuestra inconsciente incapacidad de hacernos cargo de la belleza de nuestro planeta. No es la luna señores, estamos en  San Juan, Argentina. Se tratará de un ícono turístico, pero uno de los que vale la pena conocer.
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ESCAPADA POR CALINGASTA Y TAMBERÍAS

(NO PODÍAMOS IR AL VALLE DE LA LUNA Y PERDERNOS DEL RESTO….)

        En el camino. Esperando que algún vehículo pase en estas rutas argentinas.



                                     Felices de llegar a Calingasta, San Juan.

Roberto, quien nos llevó en su camioneta hasta Tamberías, nos alojó en su finca, y nos hizo hablar con todos los ancianos del pueblo mientras buscábamos personas que recordaran el paso del abuelo de Lau por el pueblo.

La precordillera en Calingasta. No importan los millones de píxeles, nada puede imitar esos colores.

 Tamberías, durante la siesta.

      Persistencia I

Persistencia II


 Conversando con uno de los últimos arrieros que pasaba ganado en pie a Chile.

¿Se nota que es la casa de un arriero, no?

 Un panteón con cabida para todos. 


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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