UN VIAJE EN TERRITORIO TALIBÁN POSITIVO…


Aviso! Para leer la historia completa del viaje, consulta mi libro “Vagabundeando en el Eje del Mal – Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a dedo”.  Pedí copia por correo desde cualquier parte del mundo, y ayúdame a seguir viajando.  

Se pueden leer las bases de la personalidad de Justin, el voluntario oriundo de Oklahoma, a quien he venido a visitar, con echar un vistazo a su alacena. En el estante de la izquierda: conservas, arroz, albahaca, pimienta, cardamomo. A la derecha, libros. Alimento para el cuerpo y para el alma. Todavía ignoro hasta que punto mi nuevo amigo es sensible a la metáfora mientras espero que abra las cartas que tanto ha esperado y que le he traído desde Chaghcharan. Termina la lectura de las breves cartas con una sonrisa y, manteniéndola, vacía dos tazas de arroz en una olla. Luego expresa su himno: un buen arroz de grano corto de Japón, tabaco de pipa decente y un buen libro, con eso puedo ser feliz. Es la chispa inicial de una empatía que se vuelve más fuerte cuando me cuenta que ha rechazado una beca de U$S25.000 para estudiar fotografía artística en EE.UU y en cambio ha venido a reforestar los valle afganos por dos monedas. Los desertores, parece, se agradan unos a otros.

Mientras relato a Justin los momentos trascendentes de mi viaje por tierra desde Europa a Afganistán, (sin olvidar la ocasión en que científicos noruegos me confundieron con un cormorán y me anillaron, a orillas del Mar del Norte, después de haber aliviado mi hambre con sándwiches de langosta) noto que Justin hace preguntas distintas de las que habitualmente surgen de la lisa y llana curiosidad. Le cuesta creer cuán poco dinero he necesitado para viajar alrededor del mundo por un año. Menos de lo que hubiera gastado de haberme quedado en Argentina por un año – le explico. Cuando el arroz está listo Justin lo sirve en pequeños platos hondos, y va al grano: por años ha fantaseado con una vuelta al mundo en bicicleta. Cuatro días antes del llamado de Michael desde Chaghcharan anunciando mi visita, Justin, quien es creyente, había orado pidiendo una señal para saber qué debía hacer. Y la señal había llegado, con suficiente mugre como para darle materia un nuevo mundo y dos cartas en la mano.

Es curioso pensar en todas esas personas que no son nuestros amigos simplemente porque viven en ciudades y pueblos de países que jamás hemos visitado. Con Justin pronto asumimos una terapéutica rutina de atardeceres con pipas encendidas bajo la luz de la vela (el generador se apaga a las seis de la tarde) A medida que Justin comienza a tomar su sueño seriamente, sintonizo de manera más fina con mi propio pulso de movimiento continuo. Como si las bocanadas de Captain Black exorcizaran con su incienso achocolatado a los demonios de la bicefalía (entendida como capacidad de sobrellevar una vida distinta a la deseable), los miedos se vuelven palabras, dejan al descubierto su estrato interno de mandamiento social, y convidan su magnitud reconvertida en confianza. El miedo de volverse un vagabundo sin tarjeta de crédito, un Diógenes contemporáneo pidiéndole a Bill Gates que se corra del sol, tiene que ser tan prestado como propio debería ser el deseo de lo mismo. Con la ayuda de la matemática, por el contrario, postulamos una trashumancia sustentable. Con cinco dólares por día, libros de poesía o fotografías para vender, la fecha de vencimiento de cualquier viaje es cualquier cosa menos financiera. Al principio Justin se ríe cuando le digo que una vez que uno aprende las reglas del juego, vivir de viaje es más fácil y económico que asentarse.

Confrontado con una perspectiva tan viable, con los mandatos sociales ya desmitificados, Justin nombra otro demonio: ¿Cómo continuar siendo uno mismo a pesar de la exposición constante al cambio? Habiendo notado que la mitad de su biblioteca constaba de bibliografía cristiana, intento ser lo más diplomático posible, y respondo: ¿y cómo saber quién es uno mismo sin haberse expuesto primero al cambio? Viajar implica poner a prueba a diario la propia identidad. Y eso es deseable.

Desafío. Esta palabra es totalmente excedida por las circunstancias de un norteamericano viajando a dedo hacia Kabul en la primera década del siglo XXI. Poco conmovido por lo que yo llamaría el peor escenario posible, Justin ha decidido hacer dedo conmigo hacia la capital afgana. Es la primera vez que hace autostop. Si podés hacerlo acá –le digo- podés hacerlo en cualquier lugar del mundo, pero acordate que tu pescuezo tiene más recompensa que el mío, ¡sos norteamericano!


La mañana de la partida, como siempre, Justin viste la larga túnica gris local con un chaleco marrón. Aunque de lejos se diría que es afgano, la bolsa de supermercado blanca donde lleva sus cosas lo hermana, afgano o gringo, con el linyera universal. Camino a la ruta nos detenemos a digerir nuestra cuota de la tristeza irradiada por los nichos vacíos donde solían estar los Budas de Bamian. Cuando cohetes y artillería no fueron suficientes para destruir los Budas, otrora los más grandes del mundo, los talibanes convocaron a un experto en detonaciones de Medio Oriente para que completara la tarea, y en una demostración de vandalismo cultural sin antecedentes pulverizaron al mayor ícono de la tolerancia, confirmando de paso su estirpe infrahumana. Tras un poco de marcha y una parada a beber agua de un arroyo, previo tratamiento con pastillas potabilizadoras, llegamos a un sitio razonable para hacer dedo. Estos somos nosotros, un hombre de las Great Prairies y uno de las Pampas, cowboy y gaucho, camino a Kabul.


La idea de que Justin se vistiera como local encontraba base en la errada suposición de que el tránsito consistiría ante todo de camiones locales. En cambio empezamos a comer el polvo de vehículos de las Naciones Unidas, del ejército neocelandés y de varias ONG. Hay que cambiar de estrategia, por lo que Justin se va detrás de unas rocas y regresa con un par de jeans y una remera rayada como una cebra. Ahora que ya parece un honorable embajador del American Way of Life, seguimos caminando, pues nos hemos aburrido de la desmoralizante cercanía de Bamian. Poco después de un puesto de control (hay que decir que encontré muy contados controles en mi viaje por el país, en comparación, por ejemplo, con los que viera en Irak) la carretera se desdobla. Ambas variantes desembocan en Kabul, luego de sortear distintos pasos de montaña. Como en el mapa es claro que la opción sur es más corta, no le damos mayor importancia al asunto y caminamos por esa vía. Tendría que habernos llamado la atención que todos los vehículos de las ONG e incluso los militares viraban a la izquierda.

El primer vehículo en detenerse, luego de una hora de espera, es un viejo jeep UAZ de la policía afgana, y al hacerlo nos envuelve en una vía láctea de polvo y pedregullo. Cowboy, quien habla fluido dari, nos presenta como dos trotamundos. Cuando el policía que parecía tener más rango nos indaga sobre nuestra nacionalidad, Justin se las arregla para esconder su ciudadanía norteamericana sin tener que mentir, y afirma muy convencido: Mis abuelos nacieron en Checoslovaquia. Qué cierto es entonces lo que decíamos mientras fumábamos nuestra pipa, aquello de que el viaje es un desafío constante a la propia identidad… ¡de ingeniero forestal norteamericano a trotamundos checoslovaco en cinco minutos!

El hombre que hace las preguntas es el comandante de la policía provincial de Bamian, quien con su chofer y su escolta armado viaja también hacia Kabul. El comandante, un hombre de barba color jengibre, alto y de ojos azules, podría pasar por local en Hamburgo, sin dudas, un uzbeco puro. Sin demasiada meditación concluye que estamos locos, y por un motivo adicional al que teníamos en mente: Los talibanes están atacando todas las semanas –se exaspera- ¿Qué están haciendo acá? La semana pasada uno de nuestros vehículos voló por el aire, le dispararon con un lanzacohetes portátil desde la montaña. Demasiado tarde entendemos por qué todo el tránsito tomaba el desvío norte. Y por qué el cadete casi adolescente se aferra a su Kalashnikov y escanea el paisaje con ojos nerviosos.


La opción es nuestra. Podemos ir con el comandante hasta Kabul, en cuyo caso nos volvemos blanco nosotros también. O podemos regresar a pie al desvío y tomar la ruta norte. Es el tipo de situaciones en que pienso que si llegué hasta aquí, un poco de riesgo extra no causa daño alguno, sino que suma coherencia al conjunto. Nos miramos para comprobar el acuerdo, pequeño ritual que es acompañado por distintas contorsiones de labios, aperturas antinaturales de ojos hasta el punto huevo frito, y manos desplegadas en el aire como si el dilema nos hubiera transformado en árboles. Parecemos una pareja indecisa en el altar, pero al final damos el sí, y el comandante hace lugar para nosotros en el asiento trasero, y desplaza cajas de municiones y herramientas en el portaequipaje para dejarle su trono libre a La Maga. En todo caso, es una muerte que podría aceptar en mi biografía.

Ya no somos simples pasajeros, tenemos que estar alertas y decirle al comandante si vemos algo extraño, aunque para nosotros todo sea extraño. A pesar de la tensión subyacente no hay dentro de ese jeep un minuto de solemnidad, ya que al comandante le gusta comparar las montañas que tenemos de frente con dos pechos de mujer. A su vez, el conductor sugiere que el comandante sólo puede mantener la seguridad de zonas como esta porque aquí no vive nadie. Del paso en adelante hay aldeas cuyos habitantes dan ocasionalmente guarida a talibanes que llegan desde el sur para perpetrar atentados en la carretera. Sobre el mismo paso, aún en territorio seguro, el motor del UAZ empieza a echar humo, y mientras el escolta sacia la sed de los tornillos rehidratando el radiador, el comandante saca un mantel, una gaseosa cola del baúl, y busca lugar para un picnic.


Sí, leyeron bien: picnic, el más bizarro de nuestras vidas, con la inusual compañía de tres policías afganos, sobre un prado en el que flores silvestres violetas forman constelaciones, y donde los fusiles descansan su muerte de acero. Después del paso, todo es incierto, por lo que el picnic es el último momento de relax antes del tramo de ruta más peligroso de nuestras vidas. La preocupación que me causa ver al comandante orar en dirección a Meca pidiendo protección (de quienes alegan defender el Corán) contrasta con la risa que me da pensar que éste es el primer viaje a dedo de Justin.
Son dos horas hasta Kabul, y el miedo es dispersado por las historias que cuenta el comandante y que Justin traduce. A la edad de 19 años nuestro amigo ya peleaba al lado del mujahiddin Massoud (héroe nacional de la lucha anti-talibán), y dice que los dedos de las manos no le alcanzan para contar los talibanes que ha matado en combate. Mientras pasamos por las temidas aldeas, noto que el escolta armado pone su peor cara de perro, para intimidar a los locales. Yo he quedado traumado con la hipótesis de un ataque a distancia con cohetes. Mantengo la vista en los techos y, muy en vano, tengo bien entrenado el movimiento necesario para abrir la puerta y saltar. Pero los talibanes están hoy de paro, y nadie se molesta en matarnos. Poco antes de llegar a destino, el miedo ya se ha dispersado, y otra sensación, que ya había olvidado, me sorprende: la suavidad, el jeep comienza a rodar por una ruta de asfalto. Atrás 800 km de ripio con sus nómadas, camiones Kamaz, campos minados, maestros hospitalarios, pelotones fotogénicos, voluntarios extranjeros, hazaras, soldados de la OTAN y jugadores de bushkashi. No se cuál hubiera sido la experiencia de haber tomado la Ruta Norte, pero nunca me sentí más lejos de mi mundo conocido como en los desolados valles de Afganistán Central. Quizás, incluso, sentía la tristeza primogénita de tal dicha, el miedo a no volver a sentirme tan lejos y descentrado.

Llegamos a la gris Kabul poco antes del crepúsculo. Dormimos en casa de unos amigos de Justin, una pareja norteamericana que explota la única agencia de viajes del país. Son ellos quienes me dan el contacto de la familia Leiva, mis futuros anfitriones en la ciudad. A la mañana siguiente Cowboy y yo tomamos caminos distintos. Nos vemos algún día, en Oklahoma o Buenos Aires. Recuerdo con dicha esos atardeceres en Bamian, fumando nuestras pipas y ahuyentando miedos, sobretodo porque mientras termino la edición de este libro me escribe desde Nicaragua, a donde ha llegado en bicicleta desde Estados Unidos, tras haber terminado su plazo en Afganistán y regresado a Oklahoma.

Me pregunto si la misma fe en el ser humano que me impulsó a través de los valles centrales afganos me serviría para poder vivir en Afganistán, como lo hacen mis anfitriones, la familia Leiva. Fabián y Bety son argentinos, y mucho antes de formar una familia sintieron individualmente el llamado de ir a Afganistán a ayudar a tan lejanos prójimos. Actualmente viven en Kabul, con sus cuatro hermosas, ruidosas, y bilingües hijas. Me quedo cinco días en su casa, que como la del resto de los extranjeros que viven en la ciudad está rodeada de muros. Uno pensaría que es el búnker del jefe del Cartel de Calí.


”¿Y… qué tal Kabul? – le hago a Bety la más estúpida de las preguntas mientras tomamos mate. ¡La pasamos bomba! – me responde con envidiable sentido del humor. Llevan nueve años aquí y, no hay necesidad de preguntarlo, estaban también durante el régimen talibán. ¿Querés leche o té con leche? – le pregunta Bety a su hija Abigail, de ocho años. Su respuesta es sorprendente: I want leche only mami… Sus hijas asisten a un colegio internacional, junto con los hijos del resto de la comunidad extranjera. Abigail y sus hermanitas no sólo hablan dos idiomas, también los hablan simultáneamente.

Cuando Fabián regresa del trabajo, y ve al huésped en condiciones de post-ruta, le pregunta: ¿Te viniste de hippie? Estás loco, te podrían haber cortado la cabeza. Le recuerdo que él vive con sus cuatro hijas en Afganistán, y me tiene que conceder, entre risas, el punto. Hace un mes dos bombas explotaron en la escuela internacional, una a cada lado, sin que hubiera heridos. Antes, en la época de los talibanes, todo era más seguro –cuenta Fabián- al menos hasta que llegaron los Turbantes Negros. No me queda otra que admitir mi ignorancia. ¿Quiénes eran los Turbantes Negros? –tengo que preguntar. Porque obviamente, he llegado a la mitad de la película.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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