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PISTAS DE ATERRIZAJE, GALPONES DE ESQUILA Y LA HUMANIDAD DEL BUEN SOLDADO

Destetarse de Ushuaia no fue tarea sencilla. ¿Cómo despedirnos de una ciudad que nos vio llegar sin expectativas y nos abrió todas las puertas que golpeamos? Nosotros pensábamos que nos quedaríamos cuatro días en la ciudad del fin del mundo, pero terminamos quedándonos un mes, dando 3 charlas, participando de la Feria del Libro y abordando un crucero a la Antártida. El azar es un chef excéntrico, y justamente por eso es que teníamos que seguir viaje por el mundo hasta agotar la carta. ¿Qué nos esperará ahora? Música maestro: nos bajamos de un cole urbano en la rotonda del indio y en un par de minutos dos ingenieros forestales que viajaban en una doble cabina Mitsubishi nos dicen que sí. Nuestro primer tramo en dirección norte, el viento que nos sopla en la cara transporta lejanos susurros de los andes peruanos y cafetales colombianos. O quizás estamos ansiosos. Nuestros conductores son amistosos y nos explican todo el oficio de los aserraderos. Finalmente nos dejan en Tolhuin. Allí, en cinco minutos nos subimos a un camión que cargado de madera nos lleva hasta Río Grande. Justo después que cierro la puerta la lluvia cierra filas en el cielo. Agradecemos nuestro oportuno camión y recordamos que en Río Grande conocemos a José…

José es un instructor de infantería de marina que nos llevó de Piedrabuena a Río Gallegos en nuestro camino de ida. Nuestra intención había sido hacer noche en Río Grande camino a Ushuaia, pero un problema de nuestro camión en la Aduana Argentina hizo que hiciéramos noche en un puesto de carabineros chilenos. Ahora tomamos revancha, lo llamamos, y él nos pasa a buscar por un monumento algo kitsch que parece inmortalizar a una trucha que muestra los dientes, algo alterada. Es grato reencontrarnos, pero postergamos el abrazo porque sigue lloviendo. Conducimos hacia su casa. Pero ojo: la casa de José es la Base Aeronaval Río Grande. Primera sorpresa de este tramo: hoy dormiremos en una base militar.

Como en las películas alguien nos pide identificación y solo luego alza la barrera. El soldadito de guardia anota que somos los primos de José. Parece que en los viajes es normal desarrollar espontáneos lazos familiares según las conveniencias. Luego avanzamos hasta una hilera de ordenadas barracas. Me puedo imaginar todas las mañanas a los soldados saltando como gacelas de sus camas para ponerse firmes ante alguien que les grita. Pero es fin de semana y los escasos 200 voluntarios que se instruyen hoy en la base están de franco. José nos explica que esta era una base con mucho movimiento, antes de que el gobierno desmantelara las fuerzas armadas. Fuera de la barraca donde entramos la escenografía la completan una hélice de tres aspas y un cañón pintado de verde. Nos sorprendemos al ver a menos de cien metros la pista de aterrizaje, que además es la utilizada por el aeropuerto civil. Hubiera sido una oportunidad única para hacerle dedo a algún avión, pero todavía estamos empachados de Antártida y no queremos grandes desafíos por un rato… Caminamos por anchos pasillos revestidos en madera y adornados con diplomas y cuadros conmemorativos de ejercicios militares, y llegamos al camarota de José. Nunca antes habíamos accedido a un contacto tan cercano con la humanidad de un soldado.

José nos pide por favor que ocupemos las dos cuchetas del camarote, que él tiene un catre. Insiste en que nos acomodemos mientras llama al cocinero de la base para que agregue dos “ranchos” a la mesa. Lo reducido del espacio magnifica el carácter de biografía del dormitorio. Junto al uniforme camuflado tieso en su percha y el casco posan en un retrato las tres hijas y su pequeña nieta. Más allá una bicicleta todo terreno, y de un archivo jpg sale Lili, una profesora de lengua de Buenos Aires que es su actual pareja. Juntos planean usar su licencia de 43 días viajando por la ruta 40 en auto, llevando la carpa en un pequeño trailer. Si la cosa funciona, tal vez algún día Lili decida mudarse a Río Grande… Es hora de la cena y vamos al suntuoso comedor de la base. Los muebles torneados y las sillas labradas, las tazas de té con el ribete celeste y blanco y la insignia de la armada, el hogar de ladrillo empotrado en el muro, cada detalle encierra una ambición de grandeza y persistencia. Aunque soplen aires de supervivencia presupuestaria. Desde la ventana José nos señala una serie de polvorines, y nos cuenta que hay todavía algunos bunkers construidos para defender la pista durante la Guerra de Malvinas. Nos quedamos hechizados de curiosidad como niños que traman travesuras. Mañana los llevo – dice José y sonreímos consentidos.

Le digo a Laura que no tendrá excusa esta vez para no levantarse temprano, porque de otra manera le tocarán la diana militar en la oreja. Es un chiste, pero Laura pregunta preocupada. ¿A qué hora tienen que levantarse normalmente los soldados? José no deja dudas: nos podemos levantar a la hora que queramos…. pero a las 8 tenemos que estar formando afuera… Al otro día salimos de excursión. Primero visitamos los bunkers de Malvinas. José abre un candado que pusieron porque los usaban de villa cariño, y entramos a un mundo subterráneo de túneles socavados y sostenidos por troncos de lenga. Son monumento histórico provincial, aunque no están abiertos al público. En algunos troncos encontramos graffitis del 82 con apellidos de conscriptos. El suelo es de roca, por lo que cavar estos bunkers fue en aquel momento una obra faraónica. Imaginamos el aire denso y la ansiedad de aquellos días en las vísperas de inminentes bombardeos que nunca llegaron. El sitio nos pone la piel de gallina, y aunque no creo demasiado en las banderas me brota una lágrima.

De allí conducimos por un camino de tierra hasta la Estancia María Behety, que parece una mini-ciudad victoriana trasplantada a la Patagonia, con sus pintorescas casas de madera y techos de chapa sostenidos por geométricas vigas. Sus galpones de esquila son los más grandes del mundo, y aparecen ante mis ojos como templos o catedrales del modelo económico que los erigió. Dos inmensas catedrales agroexportadoras. La metáfora funciona mejor aún cuando diviso la inusual gárgola de un cordero entronizado en el vértice del frente. ¿No era acaso cristo el cordero de Dios? ¿Y no era el cordero el factor de la riqueza de aquellas aristocracias de doble apellido? Dentro, peones de pantalón embotado siguen manipulando fardos de lana. Mucha de la maquinaria aún en uso ostenta su procedencia inglesa en leyendas grabadas en hierro. “Ni ellos saben cuánta tierra tienen” – declara José- “en esas épocas le daban tierras hasta donde se perdía de vista una persona” Luego se queja de cómo la tarifa del celular sube 3 o 4 pesos todos los años, y yo pienso que ahora el mercado nos esquila sin galpones, porque los consumidores somos exactamente ovejas. Paseamos un rato más entre prolijas casas rotuladas con obstinación foránea. Cocina de peones. Casa de esquiladores. Casa del capataz. Cada clase social en su lugar.

                                     

Regresamos luego al pueblo. Desde ayer José nos promete llevarnos al conocer el BIM 5, el heroico Batallón de Infantería de Marina que inscribió su nombre en los anaqueles de la gloria al ser el único batallón en no aceptar la orden de retirada y combatir hasta el último tiro. Su dotación eran conscriptos correntinos y formoseños, pero llevaban un tiempo destacados en Río Grande. La manera en que la base se encuadra dentro de la ciudad demuestra el romance entre la ciudad y la presencia militar. De hecho, la ciudad creció entorno a la base y las primeras mujeres locales parieron su progenie en el sanatorio de la guarnición. El BIM 5 no está separado de la ciudad por amenazantes alambres de púa, sino más bien urbanística y simbólicamente unido en su perímetro por un boulevard con alusiones náuticas. Paseamos por los pabellones y luego salimos a la costanera. Uno tras otro, como en un panteón, se apostan una serie de monumentos y tributos a los caídos en la Guerra de Malvinas. Algunos emblemas son predecibles, como el lúgubre perfil del Crucero General Belgrano. Otros me sorprenden, como la estatua de un soldado montando guardia junto a un perro ovejero. Dicen que el Ejército llevó a Malvinas 32 perros de guerra adiestrados para vigilar polvorines. Uno de ellos, una pera llamada Xuavia fue incluso condecorada por salvar la vida de un combatiente, mostrando la posición donde había caído herido. También aseguran que olfateaban a los cazas ingleses Sea Harrier antes de que aparecieran en la pantalla de los radares. José lo cuenta con un amor por su profesión que me contagia las lágrimas en más de una ocasión. Nos despedimos el domingo de José. No encontramos en él un militar mañoso modelado en sus gestos cotidianos por le verticalismo, sino que descubrimos un amigo,  una persona común, sensible, que busca la tranquilidad y vigila el calendario para irse a acampar a algún lago junto a su pareja.

El domingo a la una del mediodía nos encontramos haciendo dedo frente a la Misión Salesiana en Río Grande…

Pensar o prejuzgar a una persona en relación a su profesión es tan peligroso como hacerlo en relación a su raza o nacionalidad. Con el pasar de las edades históricas nuestras mentes son entrenadas para pensar en binomios indestructibles y necesarios. Para los griegos, por ejemplo, los artesanos eran unos piojosos porque se rebajaban a usar sus manos como medio de subsistencia. Las que daba chapa entonces eran la oratoria y la filosofía. Y ahora, muy especialmente en Argentina, parece haber un consenso sobre la esencia represora de las fuerzas armadas. Viajando he conocido militares de todas las nacionalidades, buenos y malos, he cenado con soldados en bases de la OTAN en Afganistán y disparado una AK-47 con contrabandistas pakistaníes. Las armas no me agradan, pero he aprendido a ejercitar la aceptación incondicional como primera actitud al conocer a una persona, que luego podrá o no decepcionarme. Fundamentalmente, trato con personas, y no con instituciones o ideologías.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

3 Comentarios

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  • Yo hice la colimba en el año 82 en la Base Aeronaval Rio Grande y lo que te podia aportar sobre lo que publicastes sobre los bunker es que los mismos ya estaban cuando llegue en marzo del 82, ya que fueron hechos durante el conflicto con Chile por el Canal de Beagle

  • Muy lindo informe de viaje, estuve por esos lugares en el año 1979 y 80. Desembarcando del ARA Cabo San Antonio en VAO, VAR y lanchas. Luego de varios dias en el campo de instruccion de combate, nos llevaron a una muy buena ducha con agua caliente y descanso en las instalaciones de la estancia Maria Behety. Leer sobre tus vivencias en esos lugares me trae hermosos recuerdos.- Angel.-

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