Penélope y los biplanos.

Penélope le había escrito diciendo que estaba angustiada, que su ausencia la confundía, que el reencuentro había sido muy corto y que faltaban horas de vuelo.

“Entonces debería raptarla en un biplano” – pensó Acróbatul, y se felicitó por encontrar un motivo para reir después de leer aquel correo electrónico enviado desde Resistencia, a 1400 Km. de distancia. Nunca 3 kilobytes habían inyectado tanta dinamita en sus venas, pero le concedió un segundo a la nostalgia y recordó los tiempos en que, estando él a tres continentes de distancia de la morocha de labios finos, había soñando con raptarla en un biplano. Le parecía la manera más romántica de llegar a su encuentro. Culpaba de su fantasía a Richard Bach, cuyo libro “Biplano” había encontrado en un café de Nueva Delhi. Tan poco acostumbrado a desbordar hacia el realismo, había llegado a averiguar si había biplanos en alquiler en el Noreste argentino. Por fin asumió que, al menos desde los tiempos de la Aeropostale de Saint Exupéry, líneas de biplanos no había. En aquel primer reencuentro tras cinco años de ausencia, al final, como siempre, había hecho dedo. Y las cosas habían andado bien

Algunas frases de su texto le hacían sudar. “De pronto, no te conozco”. “Intento reconstruirte y no puedo, quisiera tener más recuerdos para acariciar”. Era un agravante saber que Penélope rara vez decía una palabra más de la necesaria. A la hora de transmitir un sentimiento era concisa y efectiva. Acróbatul sentía que Penélope se había enamorado de él sin saber quien era, se había enamorado de un fantasma que viajaba, de un cometa. Y a su vez, sentía que nadie lo conocía como Penélope.


Es decir, de la misma manera en que él se había enamorado de ella, con las brazas de un beso añejado por cinco años en las bodegas de la ilusión y el complot de la Internet, los píxeles y los blogs, que de alguna manera la actualizaban. Hasta el momento del reencuentro, Penélope era para él un artificio, un diseño fractal como el de las mezquitas persas, los kaleidoscopios o los panales, que se multiplicaba en estampida a partir de un puñado de recuerdos sedimentados y de las propiasconjeturas de Acróbatul. En un momento había llegado a olvidar su voz (ella luego confesaría que también había olvidado la de él) sin jamás dejar de sentirse hechizado por ella. Acróbatul había pasado años intentando precisarse a sí mismo qué lo cautivaba de Penélope. Desconocía todos sus por menores, si le gustaba lo amargo o lo dulce, el azul o el naranja, y ni hablar de su fecha de nacimiento. Había por el contrario algo quintaesencial e indefinible. “Hay mundos agazapados en cada gesto de Penélope” –se dijo, y se quedó más satisfecho. Porque eso de comparar a un viejo que pasa con una escalera bajo el brazo con Wittgenstein, y transformar a una amiga suya en Klimtonessa….Siempre encontraba un verso distinto, y se quedaba con la sensación de vértigo de un casi. Sólo podía enunciar el alma de Penélope por rodeo.
Ahora, aunque había cruzado diez meridianos para verla, estaba nuevamente ausente. La distancia, esa cebolla eterna, en su versión doméstica. No había vuelto a Argentina para estar ausente. Poseer simbólicamente a una dama era algo digno sólo desde Salvador de Bahía o Samarkand, no desde la Costa Atlántica. Se había acostumbrado a plantearse aquel amor en términos cortazarianos. En su mente hacía una heroica ecuación entre el Pont des Arts y el Chaco-Corrientes. Asumiendo el riesgo de que no estuviera, allá iba él de todas maneras en busca de su Maga. No se deja a una Maga a merced de la angustia o la distancia en ninguna parte del mundo. Y además o, por sobre todas las cosass, el miedo a perderla. En sus peores pesadillas repasaba un sistema solar de pretendientes con asistencia más perfecta que la suya y, sobretodo, no tan virtuales.

Por dos años había dejado que la imagen de Penélope liberada por su mente, cual un espectro, se acoplara al resto del mundo. La había visto parada en un umbral de Riga, seguramente atenuando la estatura de Acróbatul en un beso espectral; y en los puentes de Delft, en la bruma, cabizbaja. Así, por dos años, el mundo había viajado por Penélope. Ahora, relativamente cerca, ¿había necesidad de tal amor en negativo?

El dinero escaseaba, y otra vez había que hacer dedo. No sabía cuantas noches frías lo separaban de ese momento en que pudiera hacerle caricias con sus pestañas y dormirla entre sus brazos. Se había esforzado en redactar los correos electrónicos más sugestivos, para estar presente desde la ausencia, al menos hasta que tuviera algo de dinero para alquilar el cuarto más barato de Resistencia. Pero mil correos electrónicos no hacen lo que un mimo, y no hay verso que empate la distancia. (“Pero sí venganzas dulces” hablaba sólo como si las circunstancias fueran un rival a derrotar con oratoria).


Como un rapto que sale por decreto, volvió a armar la mochila. “Hacia el amor o huyendo para olvidarlo, vos siempre me acompañás” – Acróbatul condecoraba en su estilo a la mochila por su fidelidad, recordando que era el tipo de frases pomposas y fatalistas que Penélope le reprochaba, y que a él tanto le servían de muleta en esos momentos en que el mundo giraba sin dejar un eje inmóvil sobre el cual pararse, y que eran secuelas de una quizás demasiado precoz lectura de Goethe.

Faltaba empacar la toalla, siempre se olvidaba la toalla. “Al menos –recapacitaba- el tiempo juntos ha sido suficiente para que aprenda a detestar algunas de mis frases.” El tiempo, a decir verdad, también había sido suficiente para que Penélope se diera cuenta de que Acróbatul era un vegetariano trucho, pero un mejor bailarín de cuanto ella sospechaba. En similar incursión hacia el realismo, él ahora sabía que ella se avergonzaba de su pulgar de elfo y que tenía cosquillas en la espalda que bien orquestadas podían inducirle un estado de trance sensorial. Si como decía Cioran el amor era una fuga lejos del conocimiento, la manera en que ellos mantenían a raya a este último les garantizaría mariposas en el estómago para rato.

Volvió a contar el dinero. Calculó que vendería algún librito en el camino. Recordó sus propias frases. El universo cuidará de ti. La ruta proveerá. Por un momento dudó. Se imaginaba a sus editores rezongando la demora en la entrega del último pedido. Aquello no era lo conveniente, pero era lo que debía hacerse, le parecía una acción tan natural como el latido de su corazón. Alguna vez le habían dicho que era un beduino que huía del amor (no lo era, pero lo había sido). Intentaría demostrarle a Penélope que la caravana había cambiado de rumbo, hacia un oasis en el Paraná. Por primera vez su amor por una mujer era superior a su amor por los caminos. Para Acróbatul, no era poca cosa. El mundo sabe girar solo. El ciclo de las lluvias y la bolsa de Nueva York, los exámenes y los editores, las traducciones y los talleres. Sí, el mundo sabe girar solo. Llegó el colectivo que lo dejaría en la ruta, que en su mente era el biplano. Apagó el cigarrillo de un pisotón y subió. No se detendría hasta hacerle caricias con sus pestañas. Hasta hacerte caricias con mis pestañas y dormirte entre mis brazos.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

9 Comentarios

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  • Hola Juan !

    Muy lindas las últimas cartas. Suelo subrayar casi todo lo que leo (libros, artículos, cartas, etc) y tus últimos textos sufrieron mucho de mis subrayados (espero no te moleste, je).

    Saludos para vos, para los caminos y para toda la gente que encuentres en ellos.

    Madys

  • Hola Juan !

    Cómo vas ?…. o mejor debería preguntarte dónde andás ? ji.

    Ví una nota tuya en la revi de Clarín !. Aunque ya conocía algunas de las anécdotas de Afganistan, me puso muy feliz encontrarte nuevamente y leer tus relatos… sobre todo porque sucedió en el lugar menos esperado y en el momento menos esperado

    Que sigas por tus buenos caminos !

    Madys

  • Puede Dios congelarse en el espacio de una idea loca?. Puede el deseo del alma albergar tantos anhelos como los que haces posibles en esta parte del ciberespacio?. Pues no lo sé. Solo sé que por un momento, casi impensado, me dejo transportar, por la exquisites de tus miles de viajes no resueltos desde mis ojos.
    Vale la pena el encanto, vale la pena saber que alguien, desde su mirada, me puede regalar estos deliciosos momentos.
    Gracias
    Sandra

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