Mogna, estoica y aislada

Las pueblos de San Juan desearían ser principados, eso me quedó claro. Cada cual está orgulloso de su estirpe, y sin creerse superior a nadie preferiría que tampoco lo agrupen bajo confusas etiquetas provinciales. Yo la verdad que no tengo en claro en qué se diferencia un jachallero de alguien de San Juan capital. Supongo que en lo mismo que se diferencia cualquier persona de una ciudad pequeña de su vecino de la gran ciudad más cercana. Una sola persona me supo explicar que mientras que San Juan capital era zona de influencia huarpe, Jáchal pertenecía a las tierras de los diaguitas. ¿Los obligaría eso a sentirse más emparentados con los catamarqueños, por ejemplo?

Si esta situación es confusa, 60 km desierto adentro se yergue estoica y abandonada la población de Mogna, 300 habitantes. En el camino de ida a Jáchal habíamos quedado perplejos al encontrarnos con el cartel que apuntaba hacia el más inhóspito desierto y anunciaba “Mogna: 60 km”. Nos habíamos quedado soñando con visitar ese aislado paraje, y ahora nos enterábamos, gracias a Pedro, como siempre, que esa localidad festejaba su 255 aniversario y que varios móviles de la Municipalidad de Jáchal salían para allá. Propuse llevar una muestra de fotografías de Medio Oriente como aporte para el evento, y conseguimos nuestro lugar en una doble cabina junto a otros maestros y talleristas.


Mogna, para retomar el tema de las autonomías, es también el nombre de los indios que poblaban estas pampas. Al parecer se consideraban a su vez algo totalmente distinto a los de Jáchal, pero en algún punto el cacique de Mogna cedió su territorio a la Intendencia de Jáchal. La entrada a Jáchal fue por una quebrada color miel que obligaba a la carretera de tierra a describir un trazado sinuoso entre sus muros. Al llegar, tuve la impresión de que lo más edificado de Mogna era su plaza central, que a pesar de ser un cuadrilítero de árboles y palmeras evidenciaban mayor intervención humana que el núcleo urbano. Este último, al ser difuso y de viviendas bajas y aisladas se confunde con el esporádico tejido de montes de algarrobo que lo circunda.
Ni que decir que el pueblo estaba revolucionado, no tanto por los autobuses cargados de ex residentes y autoridades municipales de los pueblos vecinos, sino por el helicóptero del gobernador, quien había llegado para volver a prometer, por décima vez, según me contaron, la construcción de un camino consolidado.

Yo armé la muestra de fotos en la esuela del pueblo, con la ayuda de Steven mientras las visitas oficiales asistían a misa. Al terminar corrimos a tinglado bajo el cual tuvo lugar un almuerzo con cabrito, la especialidad local, y en el que algunos políticos declamaron hasta poemas. Algunas de sus exclamaciones patrioteras me dieron sencillamente risa: “El hispano y el indígena en la empresa se acompañan” (deplorable y falso).”Sigamos trabajando por la perpetuidad de nuestra raza” (Sin palabras. ¿Ud se llama Adolfo Hitler?)

Mientras los políticos declamaban poesía salimos con Steven a caminar. Steven siempre quiere caminar, cuanto más lejos mejor. Lo acompañé hasta donde un algarrobo me tentó, y me tiré una merecida siesta (nos habíamos levantado a las seis para el viaje) ante la mirada de unos cabritos.


A la vuelta nos sentamos a tomar mate con Doña Raquel Carrizo, quien no le tiene nada de miedo a la cámara, me consta. Le pedí permiso para sacarle una foto y nos invitó a matear con ella. Cubre su cabello plateado con un pañuelo. Prepara unos mates riquísimos con ajenjo, sus manos surcadas y seguras lo hacen ya automáticamente. Dice tener unos 70 años. Desde que enviudó, hace diez años, todas las tardes toma mate bajo un algarrobo que tendrá un siglo. “Cuando yo llegué hace 50 años ya era un árbol viejo” –cuenta.

Su nuera explica que el pueblo vive de la venta de cabras, y que una vez al año se hace una gran fiesta a la que llegan más de diez mil personas. Raquel sigue practicando su pausada alquimia, a su lado tiene una mesita matera que tiene hasta un brasero. Vuelca un poco de yerba, agrega “burro” y vuelve a inclinar la pava. Dice que cebar mate es “su oficio”, y cuando nos vamos parece algo triste, pero nos acabamos de dar cuenta que ya anunciaron mi muestra de fotos hace rato, sin que yo estuviera allí para explicar algo a la gente.


Pasamos por la escuela, donde algunas personas me andaban buscando para hacerme algunas preguntas. Lo mejor, sin embargo, era que encontraban muchísimos elementos familiares en las fotos de Afganistán. Desde rostros hasta paisajes. El padre de Pedro, por ejemplo, al ver la foto de un tanque ruso abandonado cerca de Herat dijo “¡Qué bueno para vender como chatarra en la chacarita!” Algunas personas compraron mi libro. De regreso al tinglado los gauchos locales se habían puesto a bailar cumbia, y nosotros compramos una cerveza porque Steven afirmó que “No es posible esta música y no estar borracho”.


Regresamos en la Trafic de un hombre asombroso, que lleva veinte años pidiéndole al gobierno que construya un camino. El mismo tomó medidas y propuso trazados posibles, estudiando antes el curso de los arroyos. Como si fuera poco, de su bolsillo construyó carteles señalizadores y hasta un refugio en el desvío de la Ruta 40.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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