JACHAL ENTERRÓ LA RUEDA DEL MOLINO

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Hay maneras y maneras de jugar con fuego y de quemarse con él. Mario sabe sobre el tema: es enfermero en el Hospital de Quemados de Buenos Aires, y mientras conduce el 504 con que nos desplazamos por la Ruta 40 -con su misericordiosa aprobación- desde San Juan hacia Jáchal, me cuenta de esa viejita que antes de irse a la cama untó sus lunares con alcohol y luego le encendió una vela a la virgen… No pudo predecir que el chispazo del fósforo iba a alcanzar su pecho y todavía debe estar a los gritos la vieja. A veces manipulamos fuego de manera menos obvia, con los mismos fines de adoración, ya no a íconos religiosos, sino a símbolos de status….

Allá bien alto, en la cordillera de San Juan…están jugando con fuego. Me refiero a la Mina Veladero, propiedad de Barrick, una corporación canadiense que explota oro y otros metales en 16 países con el sistema de mega-minería a cielo abierto, que a través de la aplicación de cianuro para separar a la roca del oro, hace rentable la extracción de un gramo de oro por tonelada, al costo de consumir millones de litros de agua al día y de afectar seriamente el equilibrio delicado de las altas cumbres cordilleranas.
Llanuras en los alrededores de Jachal.

Llanuras en los alrededores de Jachal.

 

Y el miedo siempre es el agua. Después de una rápida estadía en San Juan Capital, donde me hospedé en casa de Koki, un lector, salgo hacia Jáchal. Allí converso con la familia Robledo sobre el tema. Pedro, a quien conocí en un viaje anterior por la región, es quien me ayuda a navegar la realidad jachallera. Objetivo, conciliador, está terminando la carrera de Ciencias Políticas, criando a Guadalupe, su hija, y ayudando a su familia con el taller mecánico del padre. En el almuerzo familiar, debajo de un parral, conversamos sobre la calidad del agua local. Desde que está la minera, nadie abre la canilla con confianza. Sorprende que en una población que está a los pies de los Andes, y a dónde llega el río que ostenta el nombre del pueblo, la población se abastezca de un acueducto que trae el agua de un pozo, cerca de Huaco, al norte. Es que el Río Jáchal apenas si tiene cauce, y Dios sabe lo que transporta…
– El cáncer ya no nos sorprende – vaticina su madre mientras sirve la humita con algo de resignación.

Jáchal fue el foco de una resistencia allá por el 2005… En ese momento, el “No a la Mina” estaba en boca de todos, pero recién ahora la gente se está topando con las primeras consecuencias nocivas de la explotación minera. Los agricultores, que al principio tomaban una posición distante y apoyaban con su silencio al emprendimiento minero, ahora se enteran por los diarios de que la Dirección de Hidráulica les cortará el agua por 70 días para que la minera pueda mantener los niveles de agua necesarios… Y ni hablar del hipotético caso de una fisura en los diques de cola, donde la mina almacena el agua contaminada con cianuro, ya utilizada para separar la roca del oro. Según los técnicos de Barrick, sus diques de cola son inexpugnables. Pero sobran los ejemplos de episodios de filtraciones, en toda la Argentina, siempre enmascaradas, siempre negadas…

Actualización Octubre 2015: Cinco años después de mi artículo sucedió el tan temido derrame masivo de cianuro y otros metales pesados sobre le río Jachal, que desde ahora es altamente cancerígeno. ¿Vamos a seguir justificando con la necesidad de generar empleo a cualquier costo  la muerte de las próximas generaciones?

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-¿Por qué no le cortan el agua primero a la mina? ¿No tiene prioridad el ser humano?

Eso se pregunta Ramón Domínguez, de 75 años. Ramón fue arriero hasta los años 60. Conserva en su estampa la estética del gaucho primordial, con su pañuelo al cuello y su sombrero, y en su memoria el orgullo de haber vivido los días en que ser jachallero era precisamente eso, un orgullo. En esa época cruzaba ganado a Chile por el paso de Aguas Negras.

– Hasta 45 días montando a pelo – recuerda.

Era uno más de una estirpe de estoicos hombres de campo. La tierra era productiva; y la gente, productora.

– Jachal era hermoso. Se sesgaba y se trillaba entre todos los vecinos.

Por entonces los molinos de Jáchal –si bien ya algo obsoletos en el marco económico global- aún hacían rodar sus pesadas ruedas, acaso, incluso, en sentido contrario a los tiempos que comenzaban a acosar. “¡No nos van a correr! Quieren que abandonemos Jáchal” – se queja. Ramón continúa su finca casi como un hobby. Las pocas precipitaciones y la escasa agua de riego le permiten sólo con dificultad producir una modesta cantidad de tomates, berenjenas, habas y cebollas. Y su tono de voz se va poniendo cada vez más dramático:

-Tendrían que haber abierto caminos, activar el ganado. ¡No ponerse a tirarle a la cordillera!

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Fotos de otra era…

El agua que llega a la antigua zona productiva está saturada en su contenido de arsénico. Las aguadas de los caballos, que antes duraban un mes, hoy se pudren a los 10 días. Aunque Ramón no lo menciona, me consta otro ejemplo: la cebolla. Jachal solía ser uno de los exportadores mundiales de cebolla. Desde la instalación de la minera, con el cambio de la composición química del agua, la cebolla que se produce no cumple con ningún requisito internacional, y apenas pueden colocarla, con suerte, en la vecina provincia de La Rioja. Como ironía máxima, mientras a unos se les dice que el único camino es la minería, otros lavan dinero y compran 260 hectáreas de olivos para dejarlos secar sin aplicarles una gota de agua. Los que acumulan tierras, no la trabajan; y los que no las tienen, marchan a la mina…
Hoy Ramón es un sobreviviente de la era de la producción en una época de planes municipales, asignaciones familiares y resignación minera. La juventud ya no tiene el temple que observo en las fotografías del viejo Jáchal, que Ramón va sacando de una prolijo estuche plástico. Mientras la juventud languidece entre un delirio místico de regetón y el lloriqueo por comprarse la última motocicleta china, Jachal y la región, parecen haber enterrado la rueda del molino, para marchar sumisos a trabajar en la mina.
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Pedro me lleva por todo Jachal. Visitamos el centro y los distritos rurales buscando a los protagonistas, a las voces de este conflicto. A veces vamos en una motocicleta, y otras en un 505 que arranca después de pronunciar algunos salmos secretos… En una banquina del norte de San Juan nos detenemos a descansar –nosotros y el 505-. Pedro aprovecha a asegurarse que la mafia de Barrick no le haya aflojado las ruedas, como ya ha sucedido. La vista de las montañas es imponente. Por el medio pasa el Rio Jachal, con muy poco cauce. Pienso en las palabras de Ramón, de ese pasado fructífero de granos y molinos. Pedro parece leerme la mente, y se queja:
-La minería se nos impone como un modelo, como el único modelo de desarrollo para la provincia. Gioja le hizo creer a todos que esto va a ser el despegue de la región.
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Y la gente en los barrios comienza a palpitar por adelantado el cumplimiento de su sueño: acceder al Direct TV… La minería aparece así como un as del destino que va a sacar a San Juan de la pobreza. Aunque la minería jamás haya sacado a país alguno de la pobreza. Pedro sueña con un modelo alternativo.

-¿Por qué esperar a que el gobierno te construya una casita si es tan fácil construir con medios naturales, como el adobe y materiales reciclados?” – se pregunta Pedro.

El sueña con una gran comunidad auto-sustentable que sirva de modelo, de que la humanidad existe desde mucho antes que la mega-minería, y que somos lo suficientemente listos para procurarnos los alimentos a través del trabajo de la tierra, y no mediante la paciente espera de un subsidio, cual gatitos mansos y vigilados que esperan que su amo les ponga enfrente un plato de leche. Pedro termina su elocuente exposición de ideas. Le iba a responder en el mismo tono progresista, pero recordé un grafitti que observé en San Juan capital, y esas fueron mis palabras: Las únicas minas que me gustan son las que tienen tetas.

mina el veladero

Hasta ahí te dejan acercarte…

¿Y es tan así? ¿Tan simple? ¿Es la minería el paraíso laboral que prometieron las empresas como Barrick y Yamana? Mientras el pueblo de Andalgalá prueba en carne propia cómo los garrotes y bastones son la respuesta oficial para quienes disienten con el modelo minero, acá en Jáchal vamos –esta vez en moto- a la casa de Tito. El hombre nos recibe rengueando en el umbral de la puerta de su antigua casa. Lugo destapa una gaseosa de naranja con que agasaja mi presencia, y nos ponemos a charlar. Tito empieza su discurso con elocuente gravedad:

“He tenido la experiencia, lo cual no me es grato recordar, por daño físico y moral, de haber trabajado en la mina. Es desagradable lo que voy a decir: lo hice por necesidad, tenía dos hijos que alimentar…”

Relata luego lo precario del trabajo “allá arriba”. Cuando rocas enormes trababan los tamices que seleccionan las rocas, él debía entrar en el tamiz para moverlas manualmente. No tardó mucho en accidentarse, un tremendo golpe en la pierna. Aunque no podía trabajar, la junta médica dictaminó que apenas tenía un 12% de discapacidad. Con una sonrisa y una palmadita lo despidieron, percibiendo una indemnización mínima. ¿A dónde conseguirá trabajo ahora?

En San Juan son muchos los que tiene algo que decir. Pero los medios están comprados. No hay radio prácticamente que no reciba una pauta publicitaria de la Barrick o del Gobierno. Y atacar a uno es atacar al otro. La provincia vive en un estado de censura y colapso de las libertades de prensa que sólo juzgará la historia. Barrick regala computadoras a las escuelas, patrocina fiestas patronales y camisetas de reconocidos equipos de fútbol. Y con esta dádiva logra pasar por bueno ante un pueblo desorientado…


Pero no todos pierden el criterio. Guadalupe, la hijita de Pedro, tiene sus propios motivos, y dice: “Esos hombres de la mina son malos, si el río se queda sin agua… ¿dónde voy a jugar yo?”

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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