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La noche mendocina: teoría general del descarrilamiento

Julián vive en Luján de Cuyo, una de las ciudades satélites que hace que Mendoza me recuerde al Ruhrgebiet alemán, una urbanización extendida que absorbe las ciudades circundantes. Alquila una casona de 1850 que esparce sus frescos ambientes de techos bajos y muros anchos. Julián hace changas, dice, algo de computación para el Banco Nación. Hasta hace tres años tocaba la trompeta. Lo que nunca dejó es de andar en bici. “Amo la bici y el tinto” –asegura, aunque la última afirmación la comparte con el resto de los mendocinos.

Enseguida nos damos cuenta que nuestra presencia sirve de excusa para la celebración. “Vamos a poner un pollo, ¿les parece?” –grita Julián desde el parque, y veo que a su lado hay un horno de barro. Cuando me acerco me cuenta que lo hizo él mismo. También construyó la parrilla que está al lado y que tiene forma de guitarra. En la casa de Julián parece haber acuerdo de que las formas convencionales deben ser burladas. La mesa sobre la que apoyamos la cerveza, por ejemplo, es una señal de tránsito de “Badén” reciclada y hasta la flora está en huelga de sentido común: hay un árbol de pomelo con una rama de limonero injertada. Vamos a buscar más cerveza. Un hombre de 85 años apoya sobre el mostrador, laboriosamente, cada uno de las nueve botellas que pedimos. Por primera vez probaremos la cerveza Andes, y Steven suma los caramelos Media Hora a esta serie de bautismos nocturnos.

La noche está en su punto de colocación cuando te ponés a hablar con alguien que nunca viste entrar a la casa pero que asegura estar allí hace rato. Ese alguien tiene un vodka con naranja en la mano y anoto en mi libreta que dice que pronto necesitará un segundo hígado al costado. “Como un sidecar”.  Dice algo así como que pronto se va a morir igual, lo mismo que todos nosotros, y empina el vodka con naranja en  un nimio acto que es un desafío del hombre a su destino. Todos lo secundamos. El pollo, lo comimos hace rato. Manera de fumar. La conversación queda totalmente inconexa frente a un video de Cypress Hill. Una amiga que se peleó con su novio me pregunta como estoy yo. No entiendo nada, y atizo el naufragio de la noche proponiéndole a Steven salir a tomar algo más.

Nos aloja un bar llamado, coherentemente, “Un poquito más”, en donde las botellas de vodka reposan en estantes luminosos. Los muros parecen glaciares iluminados. Conchetas locales pasan moviéndose lo mejor que pueden, escoltadas por amigos con cara de patovica. Nosotros pedimos dos Chivas Regal, invitación de Steven con pasaporte y presupuesto europeos, y brindamos por Marieke, una rubia vegetariana hermosa que solía compartir su piso en Holanda, en el que alguna vez también aterricé con mi mochila. Es siempre más fácil asociarse a la belleza en su estado inactual y lejano. El whiskey está rico, y lo fumado aún no se disipa. “Era de buena calidad” – le comento a Steven – “Empezamos el día en un pueblo llamado Alto Verde…” – me responde en perfecto y elocuente castellano. La vida como un pequeño teatro donde la indigencia y la lujuria bailan como dos bufones gemelos hechizados, alternos, impredecibles. The hard life of a hitch-hiker. Cuando volvemos a la casa, Julián y uno de los chicos están aún tomando cerveza frente al televisor, en la oscuridad total. “¿Todavía acá?” –pregunto. “El destino puede más que la esperanza” – responde con esa sabiduría espontánea que sólo nos asestan los estados inducidos que reflejan el paisaje interior.

El pollo lo comimos hace ratazo. Son como las siete de la mañana y estamos en un after hour donde el ojo debe esforzarse para encontrar mujeres. Más frecuentemente tropieza con casi mujeres, con travestis, y con un montón de variantes intermedias. Uno de los laterales está dividido en cuadrados que se encienden y apagan al ritmo de la percusión de la música electrónica. El boliche entero es en realidad apenas el vestidor de una casona vieja. La atmósfera es opresiva, lo logran el humo y las formas. Pero derrapar es una elección y a estas horas a nadie se le ocurriría reclamar algo menos patético. Se complica hablar por el volumen, e incluso ver, por los flashes intermitentes que van al paralelo del punchi punchi de la música. Aún así me pongo a hablar con una mina que es Hare Krishna.

Se llama Rupy, tiene el cabello totalmente rapado y lleva un colgante de Buda. Intenta explicarme que está “momentáneamente presa de la tentación del alcohol, del que en realidad no hay necesidad”, lo que suena a una innecesaria licencia para gambetear una auto-prohibición previa . ¿Por qué no admitir sencillamente la necesidad de anularnos de tanto en tanto? Cuando Rupy busca su celular para anotar mi número se da cuenta de que lo perdió y se desespera, también de una manera eruptiva, profiriendo maldiciones altisonantes sin dejar de explicarme que Krishna es la expresión expandida de Vishnu, que más bien me parece nombre de minino alimentado con alimentos balanceados. Las maldiciones siguen a la par que revuelve su bolso y escruta montones de prendas apiladas en el suelo por gente que baila más allá y que enseguida se acerca a ver qué hace esa enajenada con su ropa.
El final de una noche rara vez tiene algo que ver con nuestras expectativas del mismo. Lo que aprendo en Mendoza, whiskey en mano parado en medio de una pista moribunda, como sobreviviente en un campo de batalla ajeno, es que, en el fondo, lo que más nos motiva es el mero placer de la deriva, de naufragar, de abandonar un camino marcado, acaso esa sea la regla humana de la nocturnidad, la teoría general del descarrilamiento.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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