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La neutralidad de Lisboa

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Un sudamericano pasa los primeros días de un viaje a Asia Central en Lisboa. Tres continentes en una frase y, en el epicentro de la diversidad, cual materia aglutinante y mediadora, Lisboa.

Hace una semana que llegué a Europa con mi mochila cargada de dudas, de flechitas en el mapa, a las que no sé si podré dar cuerda y echar a andar a causa de la superposición de las restricciones Covid y las fronteras cerradas por la guerra entre Ucrania y Rusia.

De todas formas, pospongo el dilema y la inercia de la mente que siempre se echa hacia adelante y exige un plan, y habito el limbo que me ofrece Lisboa. Y a Lisboa no le falta entrenamiento en proveer neutralidad y transición en situaciones complejas.

Por distintos motivos, siempre le ha tocado ser territorio neutral y punto de encuentro. Ahora mismo, por ejemplo, Lisboa se debate entre el mundo global y su propia esencia.

Para la mayoría de los europeos Lisboa es casi un refugio estético, un destino vintage. Una capital con aires de pueblo y casco histórico apretujado, como si el entramado laberíntico de sus vías hubiese sido pensado para no dejar escapar el tiempo. La arquitectura, como dispositivo amortiguador de la modernidad.

Camino acompañado por Fernando, mi anfitrión, un gallego que oficia de profesor de castellano en el Instituto Cervantes de la capital lusitana. Nos metemos por callejuelas empinadas donde huelo la hechura morisca, que, a veces, pasadizos estrechos que se transforman sin previo aviso en escaleras, ladeadas por farolas de hierro forjado, y festoneadas por balcones con ropa tendida.

Lisboa es una ciudad vivida. Incluso en aquellos barrios fotografiados por su glamour. Pero no es un brillo de vitrina sino un encanto desgastado, de pavimento roto, donde las tasquinhas que dispensan pez espada y bacalao junto a peluquerías y lavanderías frecuentadas por inmigrantes de las antiguas colonias portuguesas.

Los tranvías pasan chorreando su oro sobre los charcos frescos de la lluvia de marzo, como si literalmente ésta les arrancara la pintura.

Poco a poco, sin embargo, ese encanto artesanal se ha puesto de moda y ahora la ciudad se enfrenta a la amenaza del turismo. Un Kopenhagen Koffe Lab, frecuentado por estudiantes de intercambio Erasmus, aparece con una estética vidriada y minimalista que desentona con las ventanas.

Departamentos del siglo XIX donde antes vivían estudiantes se convierten en Airbnb. El precio de la propiedad sube: los locales ya no pueden permitirse vivir en ella. Se mudan, ingleses o alemanes les compran sus casas históricas que ellos no pueden reparar y las reciclan en plan hotel boutique.

Es un conflicto lento, como el de las placas tectónicas, una cuestión de tiempo, pero a veces los cambios se notan de un día para el otro: en un bar tradicional que Fernando propone para la cena nos atajan con menús en inglés y cuando pedimos uno en portugés nos contestan one second please.

En este escenario, Lisboa libra una batalla por salvar su alma, y la ropa tendida, las viejas sábanas y manteles de abuela adquieren un tono de estandarte rebelde, incisivo, gotean como letras de un himno de furia para el que sepa leerlo.

Hay otras trincheras. Caminando por la costa del río, y pasando los aires imperiales y estatuas ecuestres de la Plaza do Comercio, donde Portugal se dice a sí mismo que una vez fue imperio, es imposible no notar una muralla de casas okupas cubiertas de grafitis. En 2014, durante un encuentro de mochileros en Albania conocí a una alemana que vivía en una de ellas. Había vivido en Uruguay y se llamaba a sí misma “la Gurisa Indecisa”. Pero uno de sus comentarios sí fue decisivo:

“Todas las personas que conozco trabajan limpiando casas de Airbnb…”. Había un movimiento contracultural que resentía la llegada de tanto airbnb y Kopenhagen Koffe Lab…

En un momento, Fernando y yo llegamos a una plaza con una iglesia en ruinas, obra de no sé qué terremoto de 1755, hoy un centro cultural en el que se hacen conciertos. En la placita la gente bebe cerveza en alrededor de un quiosco elegante de estilo victoriano. Todo parece extremadamente civilizado, un mundo en perfecto funcionamiento.

De vez en cuando, alguno de ellos se para y camina hasta una publicidad callejera con los colores ucranianos, y posa su teléfono sobre un QR para hacer una donación.

La iglesia hecha trizas, usada como auditorio de música clásica, es una ruina asimilada, descarnada de su carga emocional de desolación; las ruinas de Mariupol o Kiev, son frescas y urgentes.

En épocas donde el resto de Europa teme ante la posibilidad de que el conflicto desborde, de que alguien apreté un botón rojo, los portugueses creen que están demasiado lejos, y que esta distancia los salvará.

No es la primera vez que piensan así: cuando en 1940 el escritor y piloto francés Antoine de Saint Exupery pasó por Lisboa notó la misma atmósfera enrarecida de calma autoinducida.

En ese entonces Portugal se había declarado neutral, y era la vía de escape para refugiados y punto de encuentro de espía. Pero lo que le resultaba intolerable al autor de el Principito era la falsa sonrisa con que Lisboa pretendía que no había nada que temer:

“Yo sentía pesar contra Lisboa la noche de Europa habitada por grupos errantes de bombarderos, como si hubieran olfateado de lejos el tesoro”

Pero Lisboa, cuenta, seguía con su vida social y sus casinos, donde se daba cita la burguesía para seguir luciendo sus perlas y smokings. Saint Exupery compara a Lisboa con esas familias que siguen poniendo cubiertos en la mesa para un difunto, en alusión a la felicidad sostenida en tiempos de guerra casi como amuleto. “Como sonreímos, nada sucederá”.

Más allá del temor exasperado del galo, la historia le dio la razón a Lisboa, que jamás fue atacada y permaneció neutral y soberana hasta el final de la guerra. Esa neutralidad, hoy a mí me cobija de otras transiciones: volver al viaje, a lo que no hago desde 2019.

Tendrían que haber visto mi cara de felicidad cuando dejé el hotel cinco estrellas en Sintra, donde había sido invitado a una conferencia internacional, para empezar a caminar por la banquina en dirección a Lisboa.

Hubo una rotonda donde rompí el hielo. Desde ahí, podía hacer dedo hacia la estación de tren de Sintra, que estaba a solo 4 km, o hacia Lisboa, a más de 50 km atravesando una maraña de suburbios.

Y no pude con mi genio. Fue algo epidérmico. No podía hacer dedo en sentido inverso al que quería viajar, aunque luego la combinación con el tren implicaba un ahorro de tiempo. Era como intentar que un velero navegase de frente contra el viento. Y así fue que caminé en dirección de los autos, y seis minutos más tarde estaba a bordo del Seat Ibiza de Carlos, un mozambiqueño que vivía desde los 20 años en Portugal y era dueño de una mini empresa de fletes.

“Sólo debo hacer una rápida parada para abrirle la puerta de casa al gato, y después voy para Lisboa”, me dijo. Asi fue que nos detuvimos en su pueblo y me invitó un café en un barcito frecuentado por pensionados que miraban las noticias y llamaban a la camarera por su nombre.

Ese tramo a bordo del viejo Seat rumbo a Lisboa con Carlos y esos cafés, eran mucho más que la meta-data social de un traslado de A a B, era un ritual de reencuentro con mi elemento, tras año y medio de escritura del libro de Africa y otro tanto de pandemia.

 Estamos en camino, rumbo a nuevos horizontes desconocidos. Gracias Lisboa por haber sido la primera línea dibujada en el mapa, gracias por amparar la transición.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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