IGLESIAS SIN TORRE, ESPIRITUALIDAD ABSTRACTA Y DESAPEGO.

iglesia menonita

Frenamos en una de las iglesias, que es apenas un galpón coqueto. Busco la torre, o un campanario, pero en cambio apenas encuentro una chimenea. Estas omisiones típicas a los cultos perseguidos no son azarosas, y me recuerda a las mezquitas sin minarete de los ismaelíes. La construcción tiene pequeñas y discretas ventanas, y puertas que parecen conducir, más que a un encuentro con Dios, a un potpurrí de herramientas y alfalfa. La misa dura dos horas, y es el único momento de encuentro semanal de toda la comunidad, que pasa el resto de la semana inmersa en su bucólica rutina rural. Sin un casco urbano, y en un asentamiento disperso en diez mil hectáreas, tropezar con un vecino en la colonia debe ser algo difícil. Por eso los jóvenes aprovechan esta licencia de vagancia que el domingo otorga para caminar, socializar, conversar con las muchachas y beber alguna cerveza.

Si las iglesias protestantes son de por sí de una frugalidad nórdica, los menonitas van más allá: al menos en su exterior, carecen por completo de ornamentación. En el Islam, la espiritualidad abstracta no impidió a calígrafos, pintores y artistas de la mayólica crear las soberbias mezquitas de Esfahan. Sus intrincados diseños gambetean la figura humana pero abarcan las flores y las formas geométricas puras. Los menonitas, en cambio, prescinden de todo condimento decorativo. Si algún día fundaran una ciudad, no cabe dudas que se trataría de la urbe más aburrida del sistema solar.

La espiritualidad iconoclasta de los menonitas no se queda allí, y da prueba de su coherencia en su manera de afrontar la muerte. No hay sepelios especiales ni tumbas que señalen el sitio de descanso final de un ser querido. Sólo la tierra que tanto sembró y el olvido esperan al menonita tras su ciclo físico. Lo mismo que, de manera menos obvia, nos espera al resto de nosotros. Tanto en sus prácticas religiosas como en las laborales, los menonitas son, ante todo, pragmáticos. De la misma manera en que prescinden del agregado estético de sus templos, también desechan la contingencia simbólica de la tierra que cultivan. El promedio no sabe bien de qué parte de Alemania o Holanda proviene su comunidad, y es raro si alguno de ellos conoce alguna ciudad de cualquiera de estos dos países. Siendo los adultos de la colonia nacidos en México o Bolivia, de genes alemanes, desplazados nuevamente hacia Argentina, es lógico que conserven esa identificación con su comunidad antes que con la tierra, fenómeno propio de las etnias trashumantes como los gitanos. Yo una vez le pregunté a dos jóvenes gitanos que me llevaron de Necochea a Lobería sobre el orígen de su raza, y ellos me respondieron que “Gitanos hay en todo el mundo”. En un momento, Jacobo le preguntó a Abraham si él era argentino o mexicano. Esto es para ellos, obviamente, un detalle menor. Aquí el contraste lo genera, quizás, que están tan desapegados de la dimensión simbólica de la tierra como apegados a ella están en el sentido literal y concreto.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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