GUAYAQUIL: LAS PEÑAS Y EL SACERDOTE DE LAS RESACAS

Cuando el arquitecto francés Thoret unió en una jugada racionalista la cuadrícula de la ciudad nueva con la vieja, debió haber sufrido en secreto por no poder someter a Las Peñas a los ángulos rectos y al rigor de sus planos. Quizás por eso y durante décadas, lo que alguna vez fue el primer barrio de Guayaquil, hizo un exhibicionismo de sus imperfecciones. Dicen que llegó a ser casi una favela, montado en el cerro Santa Ana. Las casas de madera fin de secle de inmigrantes europeos aprendieron a convivir con las casas de caña de los hijos de la tierra. Se subía por peldaños irregulares, a buscar droga o cualquier otra cosa que el hampa pudiera brindar. Hace una década sin embargo, el municipio impulsó una medida interesante. En lugar de desplazar a los vecinos y derrumbar sus casas con topadoras se les dieron créditos para que las reformaran y abrieran tiendas y tabernas. El resultado es un barrio bohemio que combina ateliers y bares cosmopolitas con tiendas y comedores locales. El sitio es, de esta manera, peculiar. Hay guiños al turismo por todas partes, pero uno no deja de tener la inequívoca sensación de estar entrando en un territorio del que los vecinos tienen posesión simbólica. De hecho, los lugareños miran televisión con las ventanas abiertas, beben cerveza en los umbrales de sus casas, y sus niños hacen slalom entre los turistas gringos que buscan la fotografía perfecta.

Angostas, cada vez más angostas. Así se vuelven las callecitas a medida que Laura y yo nos escurrimos por Las Peñas, subiendo escalinatas y doblando esquinas hasta perder voluntariamente la orientación. En un punto, me llamó la atención un cartel: “Se vende vaso de cerveza $1,00”. Un hombre de barba y anteojos se deleitaba con la oferta, sentado en una silla plástica. Recuerdo que no hubo una invitación explícita, pero nos sentamos. Lo observé mejor. Me parecía de allí y extranjero al mismo tiempo. Un hombre de musculosa que se asomó desde el interior de la casa tomó mi orden y un niño moreno descalzo me alcanzó el vaso coronado con fresca espuma. La ventana de la casa siguiente oficiaba, en cambio, de comedor. Los vecinos hacían fila y salían bendecidos con un plato de fritada (plato que Laura describió en su blog). En el momento me pareció que más allá de brindarse unos a otros los alimentos, aún a pesar de mediar un acto de comercio, los vecinos estaban tomando la comunión. Un parroquiano de boina que sentado en el suelo conversaba con Laura lo describió mejor de lo que yo podría: “aquí es fresco, de la casa a la boca”.
Cuando el sujeto de la cerveza detecta nuestro acento argentino nos cuenta que él es –en comprensible escala- ecuatoriano, pero hijo de argentinos, y nieto de italianos. Me extendió la mano: “Soy Héctor, Héctor Napolitano”. Juan y Laura, respondemos ingenuamente. No sabemos que estábamos compartiendo una cerveza con una leyenda viviente de la música ecuatoriana. El viejo Napo se sobreponía una vez más a la resaca, que en Las Peñas es como un humor que se materializa victorioso cada mañana tras la farra que implica la bohemia. Mediante medios que no logré ni quise comprender Napo lograba mantener en perfecto equilibrio el vaso de cerveza lleno sobre sus jeans. El niño moreno que me había traído la cerveza ojea las fotografías del periódico y me mira, mientras un perro come el mote que ha caído al suelo y un gato le araña el hocico. Como es obvio que nos ha gustado la fritada Napo pregunta si hemos probado el encebollado, una sopa de pescado ideal para moderar lo que los ecuatorianos llaman chuchaqui y nosotros resaca. En ese momento el viejo Napo y el hombre de boina acuerdan con la mirada un segundo de silencio, como consultándose antes de revelarle a un foráneo una nota de la identidad del barrio, después de lo cual Napo prosigue: “Hace poco murió un hombre que hacía encebollado desde hace 50 años. Nos quedamos desconcertados…” Recordé mis propias reflexiones sobre la alimentación y el modo en que esta se tornaba una comunión simbólica. El que había muerto no era un circunstancial cocinero, estos hombres habían perdido al sacerdote de su resaca. Hay, en toda ciudad o barrio, liturgias que los seres de la noche conocen a la perfección, y que también incluye y absuelve a los jóvenes que se orinan sobre los empedrados por las madrugadas.

Mientras acaba su cerveza, el viejo Napo saluda a una bailarina que asciende apurada por la calleja. “Es la madre de mi último hijo” –dice. Luego él también se para. Caminamos un par de cuadras en la misma dirección. En cada oportunidad en que una mujer agraciada cruza nuestro paso, él le acierta un piropo. “¿Cuándo nos casamos?” – le increpa a una. Y cuando yo anticipaba la cachetada esta le responde: “Cuando Usted diga Napo”. Ni Napo repite los piropos, ni dama alguna se siente ofendida por ellos. También de alguna manera, hacen a la cohesión, identidad, y-refuerzo mi tesis- comunión del barrio. Son parte de la liturgia de los vecindarios latinoamericanos.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

3 Comentarios

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  • No tienes idea Juan Pablo como sentía cada vez más fuerte, como despertaba el sentido de identidad hacia mi ciudad, al leer este post. Sé que no es actual, pero esta crónica por el realismo que impregnas con tus relatos no tiene fecha de caducidad ni mucho menos. Viejo Napo es un crack de nuestra música y fiel representante de nuestra autenticidad guayaca. Por donde sea que vayas, buenos caminos! Como tu bien lo dices!

  • Creo q casi todo ecuatoriano ha oído hablar o conoce al Viejo Napo, cómo no acordarnos de uno de sus himnos “gringa loca, gringa loca, gringa loca fuiste tú la q te quisiste casar” jejeje, este personaje es un conocedor a carta cabal de la cultura e idiosincracia no sólo del guayaquileño sino también del costeño de mi país, dato curioso uds sabian q el viejo Napo es hincha a muerte del equipo ídolo del Ecuador, del Barcelona SC, me encanta la manera como relatas tus vivencias amigo, saludos.

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