Ella templa mis versos con su fuego.

La poesía es un arte mercenario con el que el hombre intenta apropiarse de la belleza. Sólo en segundo término, es un producto estético, una artesanía, y muy en último lugar, un aporte a la humanidad. ¿Quién soy yo para describir la poesía? Nadie. Pero lo hago por el mismo motivo por el que a veces escribo poesía. No contento con apropiarme del mundo, pretendo acaso cometer una meta-apropiación. Es por eso que lo que sigue es válido sólo para este escritor empobrecido que, hoy indulgente, ha decido hacer pan casero con orégano.

Uso esta palabra, apropiación, porque una vez que burla el umbral de mi ojo, el mundo ya no se pertenece. Porque dentro mío hay una paleta infinita de palabras con las que el eco del mundo se enreda, se enrasta de manera única y furiosa, y lo que sale es un mundo a mi medida, una realidad cómplice forjada con mis tintas más necesarias. Las personas y objetos que se vuelven blanco de la lira siguen, claro está, ahí donde los dejé antes de tomar la pluma, pero ahora tienen una filigrana secreta, la marca impar de mi sensibilidad. No digo que me pertenezcan, mis musas no son ganado; pero las he marcado, redefinido, traducido al lunfardo de mi alma. Y toda traducción es un acto de vampirismo.

Mundo. Poesía. Inhalación. Exhalación. A veces también creo que la poesía es una pipa. En una época fui un vagabundo de trashumancia sostenida y amoríos fluctuantes, y anduve por ahí fumándome el mundo y derrochando generosas bocanadas de versos Recorrí muchos países, en parte para conocerlos y en parte para conocerme. El túnel entre ambos procesos lo encontré en la poesía. Lo ajeno y lo lejano es un par que coincide en parte de su grafía, pero que se disocia cuando el caminante ejerce la presión justa sobre la pluma o el teclado y transforma el impersonal planisferio, ya no en anécdota, sino en arrabal solidario con la propia historia. Lo lejano deja de ser ajeno. A través de la acción pluma el mundo se vuelve un objeto a reacción poética.

La realidad es muy maleable, un hierro candente que espera los martillazos del orfebre del verbo, pero no es menos cierto que ese martillo está hecho de mundo. Algunas musas tienen tanto poder que en lugar de dejarse arropar por mis versos, son ellas las que se apropian de mi poesía. Pasa pocas veces, y a mí me sucedió con Cecilia, una chica a la que vi por primera vez en una residencia estudiantil de la Avenida Perón, en Buenos Aires. A eso siguió un breve viaje juntos, por los Valles Calchaquíes, y luego una distancia que duró cinco años. Durante ese lapso hice muchas cosas, troqué una carrera universitaria por las rutas, publiqué algunos libros de confección lastimosa, incursioné en distintas artes y tropecé con el periodismo. Intenté mejorarme, como artista y como hombre, siempre procurando vadear la mediocridad. En algún punto de ese proceso me di cuenta que era Cecilia la musa que nunca había dejado de actuar como filtro entre mi poesía y el mundo. Escribiera lo que escribiera, ella era la lectora omnisciente, aunque describiera las costumbres de los beduinos. Cecilia pasó a ser la clave que marcaba el ritmo de mi sensibilidad poética. A cada postal bohemia que cruzó mis ojos, éstos amablemente le recortaban un pedacito, y le hacían lugar a Cecilia. Así llegué a darle su nombre a atardeceres, y a sentir que ella era el pulso fundante de otras bellezas, del níveo horizonte tibetano, de las reuniones de artistas callejeros en las calles de Bangkok, en las que se mezclaban los violines con las botellas de whiskey barato desparramadas en los adoquines por dandis con agujeros en los pantalones. El resultado fue una réplica del mundo bastante interesante, en la que Bangkok o Ámsterdam eran suburbios de Resistencia en los imposibles versos centáuricos templados a la distancia por el fuego de Cecilia. Hace poco aprendí que los percusionistas serios, o al menos mis amigos de la murga de Resistencia, templan sus instrumentos frente al fuego. Así templaba –y templa- Cecilia, acaso sin darse cuenta ni saberlo, mi poesía.


Para recibir en tu casa nuestro libro “Caminos Invisibles – 36.000 km a dedo de Antártida a las Guayanas” sólo nos tenés que mandar un mensaje desde nuestra Tienda Virtual. ¡El libro espera a todas las almas nómadas que necesitan un empujón para salir a recorrer el mundo con la mochila! Los enviamos por correo a todo el mundo, y nos ayudan a seguir viajando. Agradecemos de corazón cada consulta

Más Información
Share on Pinterest
Comparte con tus amigos










Enviar

¡Unite a la tribu!

Logo

Suscribite para recibir novedades sobre mis viajes, guías prácticas sobre destinos insólitos, reflexiones & filosofía nómada. Además, vas a ser el primero en enterarte sobre nuevos libros, talleres online, y las reuniones presenciales de la TRIBU Acróbata en todo el mundo. ¡Más de 8500 viajeros ya son parte!


Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

8 Comentarios

Dejar un comenentario
  • Hola Juan !

    Muy lindo !….mi respeto, admiración y placer al poder leer un texto asi. Por cómo lo dice y por lo que dice. Está muy bueno sentir de esa manera y hay mucha gente que no es capaz de vivirlo.

    Buenos caminos latinoamericanos !

    Madys

  • Eso es amor quenoninó!

    Hay una canción de un trovador uruguayo, fallecido justamente este año, y del cual todavía me duelo, es una canción preciosa, como todo lo que compuso-cantó él.
    No sé si sabés guitarra, si es así, en interné está con los acordes.
    De hecho yo escribí un cuento inspirado un poco en esta letra, en fin, allá va, un homenaje a tus sentimientos y un homenaje a Eduardo Darnauchans, vale.

    MEMORIAS DE CECILIA

    Te he visto
    llorando en la sombras
    llorabas por mi.

    Pero ¿cuándo el sol?
    ¿Quién causó tu alegría?
    Quién fue…
    Que yo no fui.

    Yo fui quien ofendió tu imagen:
    Cecilia,
    fundada en la mañana mejor.

    Tuyo es el canto y el árbol
    la flor y el amor.
    Mía es la ciénaga, el páramo
    el risco, el dolor…
    Asi el amor.

    A filo piedra herí,
    el claror del agua
    de tus ojos claros
    Cecilia, Cecilia, Cecilia, hay de mí…

  • Vaya sinceramente, para mi es lo mejor que has escrito. Con esa manera de escribir, comunicas muchas cosas que realmente no las podemos expresar sòlo en letras. Pienso Tienes un brillante futuro.
    Rafael-Lima Peru

  • soy cecilia .. acabo de encontrar una revista vieja de clarin y vi la nota de tu viaje por oriente .. me encanto y despues de leerla entre al blog..
    la verdad qde anonada con las fotos de tu viajes ..
    es muy lindo todo lo q le dedicaste a cecilia …
    mas hermoso debe ser q no sean solo palabras..

    segui asii

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>