El regreso de la distancia y el futuro de los viajes post-coronavirus

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Cuando pensábamos que el mundo se había vuelto un pañuelo, una aldea global zurcida por aerolíneas low-cost, un espacio de encuentro y abrazo intercultural, volvió ella, la distancia.

Hasta este momento, el boom del turismo –mochilero o mainstream– se había dado a expensas de la reducción de la distancia y del obstáculo en general. A pasos agigantados.

En el siglo XIX, un escritor, casi premonitoriamente nostálgico, advirtió que la ampliación de la red ferroviaria terminaría por “empequeñecer el mundo”. Un viajero de 1930 ya podía volar de Europa a Sudamérica en el Zeppelin en “apenas” tres días. Y un viajero del siglo XXI panickea y esgrime su derecho legal a reclamo si su vuelo se demora más de tres horas…

Las autopistas, las visas on arrival, el turismo masivo como ritual social y de estatus configuraron una reinvención moderna del viaje, motivado ya no por la imaginación de un territorio lejano, sino upside down, por la ansiedad generada por la iteración pornográfica de la playa perfecta en una red social. Lo que debería ser hallazgo, como derecho o capricho.

Viajar se había vuelto tan fácil que tipos como yo buscaban autoimponerse dificultades innecesarias para recuperar la emoción. Viajar a dedo, a pata, siguiendo el camino más pequeño del mapa eran cacheteadas a un ahogado, un intento de reanimación a la distancia.

Sobre este tema, te recomiendo leer mi reflexión Recuperar el horizonte y el latido sobre la lentitud y la incertidumbre como ventajas y vuelos transcontinentales de nueve días…

El regreso de la distancia

Pero cuando la tendencia parecía inalterable apareció la vid cooperativa. Porque ya aburre hasta nombrarlo. En pandemia, el mundo ensaya un revival de prácticas medievales barnizadas de alta tecnología.

Las ciudades deciden por sí solas quienes pueden ingresar o salir, como si fueran ducados o “ciudades libres” en el sentido hanseático de la palabra. Los que regresan, se convierten literalmente en “repatriados” porque las fronteras, que se habían vuelto una entidad lejana, reaparecieron vigorosas e invisibles alrededor de nuestras ciudades.

Yo puedo soñar y mirar mapas de Mongolia, pero la verdad es que no puedo ni visitar Santa Clara del Mar, que está a doce kilómetros de mi ventana.

“En pandemia, el mundo ensaya un revival de prácticas medievales barnizadas de alta tecnología.”

El territorio de cada país se convirtió en un mosaico descentralizado de realidades distanciadas entre sí y determinadas a su vez por la arquitectura interna de su distancia, oculta tras el eufemismo “fase de la cuarentena”.

Una mamushka de distancias cuyo cénit es la retrotracción fractal de la frontera hasta cada individuo o, mejor dicho, su estado epidemiológico: un grado más de temperatura tiene consecuencias directas sobre tu capacidad de sentarte en un café o de ingresar a un país y te hace meritorio de protocolos no necesariamente relacionados con tu pasaporte.

En medio de este panorama de autonomías neo-medievales, existen personas “esenciales” con permisos –¿bulas, pergaminos concedidos por el señor feudal?-­ para circular por este cadáver cartográfico fragmentado.

Viajar de un país a otro es posible, pero cada país aplica restricciones a su criterio según la procedencia del “forastero”, una noción far-west revitalizada por el virus. Canadienses y uruguayos pueden volar a Europa. También argentinos con doble ciudadanía –la del propio simulacro y la del Sacro Imperio Romano Germánico. Los brasileños no pueden ingresar en Estados Unidos. Pero tampoco alguien que haya visitado Austria en los catorce días prvios a su llegada.

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¿Volverá a ser posible?

La multiplicidad de regulaciones hace que un viaje por tierra de Europa a Asia sea hoy menos factible que durante la Pax Mongólica, como se conoce al período de estabilidad social y económica del que gozó la Eurasia conquistada por los mongoles. El imperio de Gengis Khan, del siglo XII al XIV, era tan vasto y el poder tan centralizado que permitía viajar desde el Sudeste Asiático hasta Europa Oriental con un único documento protector, algo que no volvió a verse desde entonces.

“La multiplicidad de regulaciones hace que un viaje por tierra de Europa a Asia sea hoy menos factible que durante la Pax Mongólica”

El legado del miedo

Los nuevos viajeros, además, deberán enfrentar el legado del miedo y la desinformación, fruto de una producción regional de verdades más cercana al territorio del mito. Así es como en algunos destinos africanos, ha habido casos de muzungus (blancos) linchados a huevazos, acusados de haber sido los importadores de la “peste” en el continente negro.

En Argentina, no pocos miran con resentimiento a la comunidad asiática porque, teóricamente, sus letales sopas de murciélago incubaron la enfermedad. Aunque no sea más que la construcción “tétrica” (de Tetris, pero también de tétrico) de un mito edificado sobre uno anterior –el de los chinos que “comen cualquier cosa”-, la pluralidad de resentimientos regionales como éste hará de viajar por el mundo un campo minado donde factores como la etnicidad del viajero podrían derivar en conflictos e incomodidad.

No sabemos qué tan fácil será que una familia local de otra cultura te vuelva a aceptar en su hogar, o qué tan fácil será viajar nuevamente a dedo. ¿Necesitará la actividad de un protocolo para sobrevivir en la “nueva normalidad” que favorece un mundo sin contacto entre humanos? 

Singapur siempre fue un país ordenado. Si fuera una persona, estaría diagnosticado con trastornos obsesivos compulsivos de limpieza. Es un país que criminalizó la venta de chicle en 1992 porque los adolescentes bloqueaban los sensores automáticos de las puertas de su flamante red de subterráneos.

Naturalmente, un país tan amante del lysoform está siendo pionero en medidas para el turismo post-pandemia basadas en la filosofía contactless. Todas las atracciones se reservan previamente por internet, con turnos para evitar aglomeraciones. Todos los tickets se pagan con QR. Nadie toca a nadie ni habla con nadie.

Para evitar las bacterias y virus de tu pasaporte, los aeropuertos del país han propuesto adoptar de forma definitiva sistemas de detección facial que harán de tu documento un suvenir analógico de otra era, suplantado por bases de datos apoyadas en parámetros biológicos.

Esta información sobre tu persona (tus desplazamientos, pero también tu temperatura medida de forma infrarroja, antecedentes laborales y penales) estaría en servidores alojados en espacios más allá de la soberanía de cualquier país, y más allá de cualquier principio de habeas data o protección de los datos personales. Una automatización de la vigilancia y la desigualdad.

El profit de la virtualidad

Quizás sea un día más en Singapur, pero es un mundo de distancia del viaje basado en experiencias sociales y no en el consumo visual de paisajes que muchos deseamos. Esta dimensión fundamental de los viajes como espacio de entre humanos es completamente no es compartida por todos.

Ya hay start-ups que convirtieron la pandemia en argumento de venta de “viajes virtuales” asistidos por visores de realidad virtual y promocionados de forma cool y políticamente correcta con una afromaericana extasiada ante un paisaje invisible atrapado dentro de sus gafas. Lo que más me asusta es la pregunta retórica en su web: ¿Por qué necesitamos viajes virtuales?

O mejor dicho, asusta porque da por supuesto que los necesitamos.

La “seguridad biológica” versus el contacto entre humanos.

Naomi Klein, la autora de La doctrina del shock, denunció hace poco la pandemia estaba siendo aprovechada como justificativo para todo tipo de emprendimientos altamente lucrativos. Gigantes de Sillicon Valley firmando acuerdos con el Estado de Nueva York para la implementación de políticas de telesalud y educación remota, apoyados en la filosofía de la Fundación Bill Gates: integrar de forma permanente la tecnología en todos los aspectos de la vida cotidiana.

La CEO de una empresa dedicada a fabricar sistemas de estacionamiento automático para automóviles (pero que nunca vio Terminator 2) pareció ver en el coranavirus la confirmación de su cosmovisión al decir: “Los seres humanos son biopeligrosos. Las máquinas no.”

“Los seres humanos son biopeligrosos, las máquinas no”

De todas formas, al menos en Europa, los vuelos internos han regresado y las ganas de viajar parece estar ganándole al miedo al contagio, con un 60% de encuestados dispuestos a viajar al menos dentro de sus países.

En India, los vuelos domésticos ya operan con un 70% de capacidad. Eso sí, los nuevos viajeros priorizan los destinos de naturaleza antes que las grandes ciudades o circuitos culturales. Como en la Edad Media, las zonas rurales se han vuelto a convertir en sitios seguros. La confianza de acercarnos a otros humanos, parece ser, es lo último que recuperaremos.

El futuro de los viajes post-pandemia

Pero entonces, ¿significa todo esto la muerte del viaje independiente?

Frente a esta reinstauración de la distancia en todas las esferas (distanciamiento social, fronteras internas dentro de los países y políticas migratorias cambiantes e impredecibles) hay que recordar las palabras del poeta alemán Holderlin, cuando decía que “el antídoto siempre crece cerca del veneno”.

La misma distancia, los mismos obstáculos, pueden revalorizar la experiencia del viaje en sí misma, que estaba al borde de la banalización, con la dignidad de todo desafío. Que viajar se haya vuelto más difícil no debería sosegar nuestro wanderlust.

Al contrario, debería reinvestirnos de nuestro rol de comunicadores sociales, de abejas conectoras entre pueblos transversales a los discursos verticales provenientes de los satélites y centros de poder.

Por otro lado, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial toda la humanidad atravesó un trauma global compartido. No importan a qué país o continente viajes, de qué clase social o etnia sea la persona que te encuentres, todos fueron afectados por la cuarentena, todos tienen una anécdota referida a circunstancias que vos también viviste. Eso aporta una base de empatía recíproca que podría llegar a contrapesar al resabio del miedo al contacto.

Este reencuentro con la distancia, con los obstáculos a la hora de viajar, debería decaparnos de las motivaciones más frívolas del nomadismo hasta dar con el núcleo de nuestra identidad viajera, que es lo que todos tenemos en común con los antiguos exploradores: vencer una y otra vez a nuestro venerado enemigo cíclico, y asestarle la espada al dragón de la distancia.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

12 Comentarios

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  • Hola Juan. Te cuento que decidí tomar la decisión más importante de mi vida el 13/03 de este año, es decir comenzar un viaje indefinido. Desconociendo la envergadura de todo esto, y convencida de que todo se arreglaría en un mes me subí a un avión y viaje… Arribe a España en plena pandemia, me moví mas por necesidad que por placer cuando el caos comenzó a mermar. En cada momento y lugar dí con personas que lejos de naturalizar las distancias se brindaron, abrieron las puertas de sus hogares y comulgué hospitalidad. Con responsabilidad, obviamente.
    Creo que se puede dar batalla al miedo, el universo no se toma vacaciones por “el vid cooperativa” nos sigue ayudando, y el ser humano continua siendo intrinsecamente bueno.
    Espero poder saltear las barreras como hice hasta ahora, aunque estas complicaciones no son aptas cardiacos jaja Ojala me espere mas ruta por delante.
    Saludos
    Gisela de http://www.deviajesyotrasyerbas.com

    • Pues no estoy de acuerdo con tu comentario, en estos momentos me encuentro en Dinamarca y me ha tocado estar pagando hostel porque nadie me acepto invitación de Couchsurfing y todo esto debido a la pandemia.

      Espero tener mejor suerte en los demás países escandinavos.

      Ahorita le echo una mirada a tu página.

      Saludos y buenas rutas.

  • Cierto, haber atravesado por una situación tan “global” podría verse como un punto de empatía más.
    También va a ayudarnos a valorar más a esas personas, probablemente menguadas en cantidad, que nos reciban de brazos abiertos, porque el anhelo del contacto social, de alguna forma intrínseco, es más fuerte.
    A lo mejor es como vos decís, el viejo enemigo que siempre vuelve, el Moriarty, el Koopa, el Skynet que justo cuando parece derrotado y desaparecido, resurge de entre las cenizas como el ave Fénix para no darnos tregua nunca. Y quien sabe… quizás solo de esta forma uno puede ser capaz de ver ciertas cosas que, como vos mencionás por ahí, la “normalidad” o “facilidad” nos estaba arrebatando poco a poco, hasta deconstruirlo, transformarlo en otra cosa que quizás pecaba de superficialidad.
    No es que se agradezca la situación por la que se atraviesa globalmente (por supuesto que no), pero como suele suceder, tu texto demuestra que se le puede rescatar una consecuencia potencialmente positiva.

  • Muy preciso cada comentario y cada visión Juan!
    Los cambios que estamos viviendo son radicales y realmente hacen dudar a todas las estructuras… la virtualidad agota y está siendo usada comercialmente, por muchos sectores.
    El hecho de viajar en si, creo, volverá a ser una aventura completa cuando volvamos a circular de alguna manera entre países.
    Por último aporto algo que vengo pensando desde Marzo, siendo un amante de viajar. Que la naturaleza y los lugares increíbles que existen en el mundo no son para lucrar, sino para admirar… como si playas, caminos y montañas dijeran inmutables, “¿Vieron que vivir de nosotros no era negocio?”

  • Tuve la suerte de viajar por Portugal e Italia este mes. Por cierto deberías agregar Sardegna a tu lista de destinos mochileros, fue excelente! Mi récord personal de menor tiempo de espera, con pandemia y todo. Y de la gente más amable que yo he visto. Dos semanas allí viajando a dedo, recibiendo invitaciones a almorzar todos los días, y haciendo nuevos amigos todo el tiempo.
    Apenas llegué tenía muchas dudas, no sabía si el dedo iba a funcionar, pero ese mismo día el segundo conductor que me levantó me explicó y justificó por qué sí iba a funcionar: “el tipo de persona que considera levantarte al costado de la ruta es el mismo tipo de persona que no le tiene miedo mortal al virus y todavía conserva la fe en la humanidad”. Y tenía razón!!

    Por último te cedo los derechos de una reflexión para que hagas un post el año que viene cuando puedas viajar y verlo con tus propios ojos. Me di cuenta que todo esto de la pandemia actúa como un filtro de garcas y boludos. Uno en la vida se va cruzando cotidianamente con garcas y boludos, a veces más a veces menos. Pero desde que empezó todo esto te diría que no me crucé prácticamente a ninguno. Ni fachos, ni fanáticos de ninguna índole, ni charlatanes, nada. Asumo que todos esos están ocupados encerrados en sus casas consumiendo televisión o andando en auto solos, pero con las ventanillas levantadas y barbijo puesto.

    Aclaro que todo el viaje fue hecho dentro del “marco legal” (barbijo dentro de los locales comerciales, distanciamiento social, etc) porque siempre hay alguno que me salta a la yugular cuando cuento que anduve viajando “en medio de la pandemia mortífera que nos afecta y nos va a matar a todos”. Pero por lo arriba expuesto, esos no creo que lean tu blog.

    Abrazo!

  • hola Juan, ¿como estas?
    yo hace mas de cuatro años vengo viajando por sudamerica (empece gracias a este blog), y este año, que justo me encontraba en Buenos Aires haciendo esas paradas de relax que cada cierto tiempo se precisan, visitando a la familia y dejandome mimar un poquito… justo paso todo esto. refunfuñe bastante en su momento, de justo venir a quedarme encerrado aca y no en un lugar con mas naturaleza; claro, siempre es para mejor, los hechos lo fueron demostrando.
    con el tiempo, en el barrio, donde por suerte nunca se genero gran paranoia, pudimos presenciar las tres falsedades: la del virus: si es que existe, no es para nada una preocupacion sanitaria; la de las regulaciones y prohibicionismos: vimos que alli donde la tele le decia a la gente encerrada que habia controles en todos los lados, despues nunca los habia, ni los negocios estaban cerrados como deberian estar, ni existia ningun problema para circular realmente, mas que una fanfarroneria gubernamental; y por ultimo, la del miedo: si bien resuenan esos tipicos vecinos viejos que se indignan con facilidad, en realidad, la mayoria de las personas no se asusta si te ve con barbijo ni rechaza el contacto.
    con todo esto en mente, hace tiempo que empezamos a preparar las bicicletas con unos amigos -la forma mas independiente que encontramos para este contexto, si bien estoy de acuerdo con el comentario de mas arriba, de que el que te ayuda siempre es un loco asi que probablemente vaya a hacerlo igual- y el primero de noviembre salimos para entre rios, con fe de que se nos van a abrir puertas, con la indignacion de que los deportistas o “periodistas” puedan ir de aca para alla y nosotros no, confiantes de que la gente del interior es intrinsecamente buena y que, paulatibamente, cuando lleguemos a la frontera con brasil, cruzaremos sin problemas, pues las fronteras desde siempre son atravesables, y ni la cuarentena ni trump con su muro podrian cerrarla. vamos en la mision de demostrar que se puede salir, y que los malucos no siempre entramos bajo la misma regulacion.
    saludos y buenas rutas!

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