El inicio de otro épico absurdo fantástico viaje, rumbo a la provincia que llaman Mendoza, con Steven.

Como suele suceder para los que vivimos en Mar del Plata, los viajes a cualquier zona del país, aún cuando uno busca la más mística de las tranquilidades, implica un pasaje por Buenos Aires, esa ciudad a la que uno acude porque allí hay más gente convencida de que no es bueno vivir en grandes ciudades. Las odas a las flores las componemos, como siempre, sobre el asfalto. Y las grandes urbes contienen las minorías rebeldes que florecen en teatros, centros culturales, plazas, bares y alcantarillas, pero para servirse de esas flores te obligan a llenarte de las otras espinas, los subtes en hora pico, los rostros inexpresivos, la prisa por la nada, por la perpetuación de la especie en su defensiva fase que se limita a la conservación de clase y de propiedad. En fin, el espíritu automático de las ciudades.
Steven llegó a Argentina hace 3 semanas para supervisar a un grupo de estudiantes holandeses de la Universidad Técnica de Delft, donde él trabaja. Donde escuchó que había un viaje de estudios a Argentina, uno de sus países favoritos, se ofreció como coordinador, y ahora, que el grupo de estudiantes ya regresó a Holanda, se queda tres semanas más para cumplir el viaje ritual de hacer un viaje a dedo a alguna parte. Conocí a Steven en 2002 en Tafí del Valle, Tucumán. Ese mismo año él pasó por Mar del Plata, y desde allí viajamos juntos al pueblo de Crotto. En el 2004 él me visitó mientras yo vivía en Belfast, Irlanda del Norte. En enero de 2005 nos encontramos en las calles de La Quiaca sin previo arreglo y nos tomamos una cerveza en Villazón. La serie sigue en 2005. Ese año yo empecé mi viaje alrededor del mundo y mi vida nómada -oficialmente- y pasé por Delft, Holanda, en dos oportunidades antes de perderme en Asia. (En una de esasoportunidades casi nos ahogams tratando de caminar hacia una isla del Mar del Norte durante la marea baja). En marzo de 2006, justo para mi cumpleaños, Steven viajó a Irán, donde viajamos por tres semanas en todo el país, junto a Alba, una documentalista catalana (ver historias de Irán en este mismo blog, en el menú). Cruzamos ciudades y desiertos y no separamos en algún pueblo del Mar Caspio. Lo volví a ver en 2007 en su casa de la calle Niuewelaan antes de tomarme al avión que me repatrió en julio de 2007. Ahora, es tiempo de la locura anual. Habíamos pensado en perdernos en la Puna jujeña al oeste de la RN9, pero como ambos conocíamos esa provincia, acordamos en partir hacia Mendoza y cruzar a San Juan por alguna ruta perdida de montaña, y de allí quizás llegar a La Rioja por alguna via poco ortodoxa. Hay que aclarar: si el viaje no implica cierta dosis de masoquismo rutero, es muy difícil que nos interese…

Caímos por el departamento de Charly, el viejo campo de refugiados donde antes Juan David preparaba arepas y llenaba el refrigeror descompuesto con especias impronunciables y donde Osvaldo alguna vez comentó que los veganos eran unos tímidos frente a aquellos que sólo se alimentaban de la luz solar. Charly estaba en Cafayate, pero Verox no tuvo problemas en abrirnos la puerta. Allí cayeron también la Garza (Gabriel) y Marina, a quienes ya conocía de Auostop Argentina, que al otro día partían para Misiones en el Gran Capitán. Pizzas y vino. Buenos caminos… -mientras brindo miro a Gabriel y Marina- … a Misiones. Miro a Vero. «¡No lo digas! -ruega ella- … buenos caminos al trabajo… «¡Qué hijo de puta!». Pero tranquila Vero, pensá que cambiar esa situación sólo depende de vos. Y creo que entonces me odió más. Steven cabecea en el living, Gabriel y Marina hojean mi libro tranquilos aunque al otro día saldrían para Misiones sin cubiertos y un meloso Malbec se pasea por nuestros labios (él ya viaja) y Vero lee a Fredi Guthmann, quien tomaba café en la rambla de Mar del Plata todos los atardeceres hasta que la Pachamama reclamó el préstamo en 1995, él cuya sensibilidad poética Cortázar retrató en el personaje de Oliveira. Charly estará bajando desde Cafayate. El movimiento nos urde.


En el subte que nos llevó a Plaza Miserere -donde tomaríamos un colectivo a Luján- una mujer lee el diario un artículo sobre Bailando por un Sueño. Un recuadro con texto se titula «Para sus cinco sentido», y yo agregaba «conectados a un respirador artificial» y me imaginaba la vida de toda la gente para quien el programa de Tinelli representa algún tipo de condimento en su rutina, y me alegraba de no tener esa vida por más egoísta que suene. En total un colectivo y un subte nos sacan de Capital Federal, el subte simbólicamente tomado desde Plaza de Mayo, donde la pirámide de Mayo estaba enbanderada por gente desalojada ilegalmente por Macri. Hacia la ruta… otra vez, con un compañero de viaje con quien ya he vivido absurdos épicos viajes en tres continentes. No puedo pedir más, ni menos.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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