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El auto-fiesta: 404 pecados capitales

Nuestros anhelos de remontar la resbaladiza cuesta de la sobriedad tras dos días de farra en Mendoza se vieron frustrados cuando frenó el 404 parrandero, que era una continuación sobre ruedas del alter tour de la noche anterior. Lo habíamos visto negociar, chirriando, la rotonda de la Destilería YPF, adonde nos había dejado la doble cabina de un soldador que trabajaba en la petrolera, y para ser francos, lo que le costó a ese auto encontrar la línea recta tras salir de la rotonda, nos hizo preferir que no frenara. Pero frenó, y vimos a los chicos pedirnos con señas que nos apresuráramos. Tras cargar las mochilas en el baúl, fuimos incorporados a la fiesta, y pronto los decibeles nos envolvieron por completo.

Adentro del auto éramos seis. Fabián, el conductor, tendría unos veintidós años y conducía con sus lentes negros puestos a pesar de que estaba nublado. Steven encontró la forma de apretujarse en el asiento del acompañante donde ya iba sentado otro de la banda, que pasó a sentarse en peligroso equilibrio entre los dos asientos, esquivando la palanca de cambios cada vez que Fabián ponía la segunda. Yo me senté atrás junto a la ventana izquierda, junto a un pibe de candado rubio que cubría su cabeza con una especie de pañuelo, y se deshacía en ademanes de hip-hop. Todos los chicos eran músicos, y tocaban en una banda llamada Maldito Rock.

Dentro el tetra gira, a veces llega a mis manos desde la izquierda, a veces desde la derecha, y a veces se va de mis manos justo cuando alguien pasa una botella plástica rellenada con vino con soda. Es todo un ejercicio de estrategia intentar tener una de las manos libres para recibir el ocasional faso ambulante y codiciado, definitivamente poco para doce pulmones. Sólo faltaba que alguien te pasara una mina. Yo creo que por eso en los sesenta hacían los autos tan grandes, había más predisposición a la jarana y al libertinaje. Seriamente me puse a pensar si el ingeniero de la Peugeot que diseñó el auto no habrá estado influido por los aires del mayo francés. ¿Habrá sido 404 una clave secreta? ¿Acaso un indicador de la cantidad de pecados capitales que puede alojar el automóvil? Steven, quien tiene más facilidad para crear neologismos que muchos hispanohablantes nativos, se da vuelta y me dice: el auto-fiesta…

Camino a Potrerillos frenamos cerca de un santuario de la Difunta Correa, sacamos un par de fotos al embalse cercano, y todos improvisamos un baño. Algún tonto había puesto alambrados por lo que sacamos de cuajo los postes de madera y caminamos a nuestro gusto sobre él en nombre de todo los hombres que creen en la libertad, antes de traspasar hacia la naturaleza abierta y conseguir un punto de vista del embalse mejor aún. Allí Fabián me sacó de las manos el cartel que decía “Potrerillos” que estábamos usando para hacer dedo y lo arrojó al viento diciendo: “¡El placer es mío!” A continuación dijo que nos podían llevar hasta la entrada a Potrerillos porque acababan de salir del trabajo y no tenían demasiado más que hacer. Fabián dice que le pidió buena suerte para nuestro viaje a la Difunta Correa, en vez de a la virgen, pero que como son mujeres seguro que entre ellas se hablan…

En Potrerillos acampamos en el terreno de una despensa. Steven duerme cómodo en su bolsa súper térmica, mientras yo me despierto a las seis de la mañana y me tiro todas las camperas encima…


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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