DE HEIDELBERG A FREIBURG TRAS EL CORAZON BUDISTA DE TAMARA HINDENBURG

En Freiburg, Tamara me esperaba con el escepticismo propio de reencontrar en el umbral de su casa a un vago que habia conocido vendiendo poesia en Bangkok. El nombre completo de Tamara, en combinacion con la palidez lunar de su rostro transmite con fidelidad ese charm de actriz de cabaret de la belle epoque. Ella me llamaba Mister Juan, acaso por esa costumbre de enfermera de dirigirse a sus pacientes formalmente. Le dije que la otra unica persona que me llamaba Mister Juan era un jefe tribal del Kurdistan Iraqi, pero no hubo caso. Ninguno de los dos se convencia de que el otro era de carne y hueso. En realidad los encuentros entre Tamara y yo fueron muchos, pero hoy es un mal dia para cronologias. Freiburg, Heidelberg, Basel y la Selva Negra nos dieron asilo por igual. Se suponía que cada vez era la última vez, para mi compañera el amor era algo incompatible con la iluminación que le prometía el budismo. Y se trataba de un budismo powered by Mercedes.



De Freiburg, su ciudad, hicimos dedo hacia Heidelberg. No teníamos cartel y terminamos pintando el destino con fibron sobre nuestra toalla. En Heidelberg, una ciudad de ruinas románticas a orillas del rio Neckar, presenciamos la Walpurgisnacht, una fiesta pagana reloaded en la que todos suben al monte con antorchas. El dia siguiente era el segundo aniversario de mi viaje. Dos años atras habia salido de Belfast en un velero rumbo a Escocia, sin visibilidad alguna de todo lo que esperaba tras ese primer horizonte. El primer aniversario del viaje habia sido en Dowlat Yar, una pueblo en Afganistan donde la frugalidad afgana no daba muchas opciones de festejo. En esa ocasion me la pase tomando te con mis cuatro amigos enturbantados, unos maestros locales. Ahora en Heidelberg podia vengarme. Nuestro hotel tenia una bañera lo suficientemente grande como para albergar una orca. Pronto se lleno de espuma, la que pronto recibiria la involuntaria ofrenda de algo de nuestro vino tinto siciliano que se escapaba de las copas.


Nuestro proximo encuentro seria en Suiza, en Basilea. Yo, a decir verdad, me entere de que Tamara quería volver a verme de casualidad, al revisar mi correo en un pueblo de la Selva Negra, esa region de relojes cucu y tortas de chocolate. El sitio acordado era Basel, la que mi presupuesto recordara muy bien. Llegamos curiosamente, en el mismo tren, bajandonos de vagones contiguos. En Basel tranvías azules y blancos se mueven con ritmo de pecera. En mi memoria, todos llevan el numero 4. Cerca del Rin hicimos un pic nic. Se habia desatado una tormenta que nos parecia pintoresca, pues compartiamos ese gusto por los escenarios melancolicos. ¡Santa Rosa! ‘exclamé, pero no me entendió. Los frondosos arboles nos permitian observar el diluvio desde un relativo comfort. En un momento, un auto, un Hyundai rojo se estacionó delante nuestro, y la naturalista Tamara puso cara de “fin de mundo”. El Menú: arenques, vino tinto, incertezas, queso, aceitunas, caricias, seis cervezas de oferta, delirios de una combi VW naranja y verde atravesando el continente hacia India, baguettes, más incertezas… En fin, un picnic. Cuando el vino se acabo, ya de noche, hubo que corer a la estación de trenes, único sitio abierto, a comprar un vino chino de oferta con la dudosa etiqueta de “Mystery China”. Una basura, pero por 6 euros…Había que imaginarse los cerezos y los tonos de chocolate de los que hablaban la descripción de su gusto, pero teníamos algo para tomar.



Con la noche la tertulia continuo junto al ventanal de nuestra habitación del Albergue Juvenil de Basilea. Hablabamos sobre soledades autoimpuestas, sobre budismo, sobre nuestra pendular relacion… Tamara estaba en un momento de su vida en que su corazon, a fuerza de decepciones precedentes, tenia estrictos controles aduaneros. De alguna manera yo me habia pasado de la raya y ahora era un clandestino. Su acercamiento al budismo tenía mucho de mecanismo de defense, pero no iba a decirselo.En la ecuación de su budismo, o era un apego, una possible causa de sufrimiento de la que debía librarse. Se dijeron muchas cosas, que no vienen al caso, aunque mas de un sueño seguira revoloteando junto a ese ventanal como luciernagas fieles a lunas apagadas. Acaso las luciernagas sean eso, el fantasma de sueños abandonados por sus soñantes.



Despues vino la Selva Negra. Nuestro encuentro alli, acampando en los campos vecinos a las ruinas del castillo de Hochburg. Esos campos tenian el angulo justo que permitia rodar abrazados como en una escena cursi de un film romantico. Nuestra intencion nunca fue escandalizar a los turistas que se acercaban a ver el castillo, y no a verme a mi destapando cervezas en cuero sobre una de sus murallas, pero bueno. Como siempre, a Tamara al final se la llevo un dragón de hierro. Los alemanes de la decada del 30 –esa decada en la que se hablaron tantas estupideces- veian en los ferrocarriles una expresion de la voluntad de poder de la que hablaba Nietzche. Claro que esa gente nunca habia leido a Nietzsche, pero sus titulos le sonaban gloriosos. Igualmente, los que si le habian leido interpretaban lo que querian. A mí, despues de ver tantas veces los ojos esmeralda de la Señorita Tamara desaparecer en ellos, los trenes me parecen sobretodo verdugos de los adioses.


¿Por qué estoy contando la historia? No ha sido una historia que me marcara a fuego…, pero de alguna manera describe lo que el amor ha sido para mí en los últimos dos años. Con Tamara nos vimos seis veces, en cuatro países distintos, saltando y subiéndonos a trenes haciendo dedo en las autopistas alemanas como rayo para llegar a tiempo a sus días libres. Así, quienes se estén por entregar a la lógica de los caminos sabrán que están firmando un pacto de lágrimas, bello por momentos, donde alfa casi siempre implica omega. Es verdad que lo efímero se vuelve aveces eterno. Pero de alguna manera durante estos dos años de caminata he destilado el sueño, la visión, de llegar a compartir el camino con alguien. Hasta ahora he esquivado el amor como un jugador de rugby que deja en el camino a sus rivales. ¿No será hora de cambiar de actitud? Total, si el amor falla, siempre se podrá volver a armar la mochila. Como dijera Fermor, “se resuelve caminando”.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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