CAZADOR DE HORIZONTES Y ABSURDOS CAMINA POR LAS YUNGAS



Viajar es la eterna cacería del horizonte. Y ese animal herido va dejando rastros, incluso se deja acariciar –en los mapas- pero otra vez, con malicia, lo vemos soberano en la lejanía. Es por definición, una cacería interminable. Por suerte, así lo es. Siguiendo a esta presa es que dejé Andalgalá, con la intención precisa poner rumbo hacia Bolivia, y la difusa calma para aceptar cuanto sucediera en el camino. Sólo precisaba hacer base algunos días en Salta o San Miguel de Tucumán para reimprimir libros, postales artesanales, y reparar algunos ítems de mi equipo.



En una F-100 cargada de fardos de pastura para caballo crucé la Cuesta de Chilca, desde Andalgalá hasta Aconquija. En el sinuoso camino ví cardones en flor, e incluso un cóndor describiendo sus aureolas en la niebla. Mi conductor contó incluso que había trabajado en la mina en alguna ocasión, y que se había llevado algunas rocas con pepitas de oro que terminó vendiendo a unos hippies de Córdoba. Una vez en Aconquija, se forma una fértil pampa de altura en la que los locales siembran zapallo y papa semilla. Es además, una zona de turismo local. Cuando le dije que pensaba hacer dedo, un lugareño de voz pausada me dio su opinión, que hubiera dejado perplejo a cualquier erudito de los silogismos: “Los camiones en general te llevan o no.” Es lo que yo pensaba….





Tras un breve tramo en un camión de Vialidad Provincial me subí a la Ranger de un productor de papas que galopaba hacia Concepción, ya en la Provincia de Tucumán. Fui testigo admirado de la transición hacia las yungas, en la ladera oriental del Aconquija. Mientras en el oeste, mirando hacia Catamarca, es designio de cardones y arbustos ralos, aquí en las laderas occidentales, que retienen la humedad que llega del Atlántico, los cardones pegan un salto y se vuelven enormes alisos y otros árboles cuyos nombres desconozco. La humedad deja de ser una noción abstracta, es aquí una niebla que nos envuelve como una nube. Ya en Concepción, hago dedo en un semáforo cercano. 


En frente hay una estación de servicio, galpones industriales, talleres mecánicos, en fin, la usual arquitectura urbana de rotonda que bien conoce quien viaja a dedo. En diez minutos se detuvo el Renault Megane de un arquitecto. Viaja con nosotros una maestra que también ha alzado en la ruta. Con las yungas envueltas en niebla a la izquierda, subimos hacia San Miguel de Tucumán. Las yungas tucumanas fueron durante los años 70 la guarida de Montoneros, ERP y otras milicias populares menos conocidas como Uturundu. Desde una un locutorio de Lules, en el camino, intento contactarme con Charly o con Diego, dos colegas mochileros de Autostop Argentina. Pero ninguno de los dos números contesta. Algo tristón, me vuelvo a subir al Megane. Parece que voy directo a una enorme ciudad, sin contacto o techo previsto.





Caos y destino a veces pactan treguas, se complementan. Me los imagino como dos ángeles tejiendo la trama del futuro, tejen sentados espalda con espalda, sin ver lo que hace el otro. No sé cual de los dos ángeles bajó la baraja que vaticinó que el Megane se detuviera exactamente en la esquina de la casa de Diego, a quien intentaba localizar. Despedí a mi conductor, que se iba a su clase de yoga, y volví a marcar el número de Diego desde un locutorio. Y me respondió, luego me indicó su dirección, que era a exactos veinte metros del locutorio, en un piso doce en el urbano corazón de San Miguel de Tucumán. ¿Pensaban que Tucumán era una colección de casitas colonias donde algunos próceres firmaban agrestes independencias? Wrong. Welcome to the jungle.




Diego y Selva me reciben en su departamento de la calle 24 de septiembre. Lo único que sabía de Diego, cuando lo conocí en el Encuentro de Mochileros de Cerro Colorado, organizado por Autostop Argentina, era su habilidad para lanzar clavas al aire. Así lo recordaba, con su melena rizada malabareando allí en el antiguo terruño comechingón. Allí todos le decían “el Tucu”, apodo que automáticamente pierde vigencia en pleno centro de San Miguel de Tucumán, donde medio millón de personas podrían identificarse bajo el mismo nombre. “El Tucu” que conocí en Cerro Colorado era malabarista y punto, mientras que Diego es arqueólogo forense, excava fosas comunes, identifica restos de desaparecidos con ADN, y viaja, aveces con Selva, para colaborar en otros países en similares escenarios de crímenes de lesa humanidad. Para aumentar mi sorpresa, Diego me cuenta que Charly, casualmente, había quedado en pasar esa misma noche con su chica, para cenar.





Charly es de Buenos Aires, pero estudia lutería en San Miguel. Hacía al menos un año que no lo veía, desde los tiempos en que caía por Buenos Aires a vender mis libritos artesanales, y Charly me hospedaba en el mítico “Campo de Refugiados”, es decir, en su departamento, que recibía tal apodo porque uno entraba allí a la una de la mañana con mucho cuidado de no pisar a los numerosos seres que roncaban en sus bolsas de dormir, o acaso se despertaban con un “¿Cuál es la vaina?” o un “ ¿Todo chévere?” Artistas, viajeros, vagos, Charly no dudaba a alojar a los integrantes de la internacional trashumante, siempre que cumplieran con algún grado de anormalidad. Estaba por ejemplo Osvaldo, un venezolano que ansiaba ya no ser vegetariano, sino llegar a alimentarse con sólo mirar el sol. Otros eran amigos en común, como Javi, que ahora se dice que da clase de iniciación al yoga en jardines de infantes, y que antes trabajaba en un restaurante vegano. Con Charly tenemos miedo a que Javi de un momento a otro desaparezca y se eleve a los cielos, convocado por alguna confederación de Budas.

Así pasé varios días en San Miguel, armando nuevos libros artesanales y postales, y saliendo a la noche a bares culturales como Managua o Pangea, donde vendía y conocía a la fauna local de músicos y artistas. No faltó una visita al Abasto, y a otros sitios que tanto me habían nombrado. Tucumán fue también lugar ceremonial para comprar un nuevo pantalón de viaje, un Northland cargo desmontable color oliva. El reemplazado lo compré en Lhasa, Tíbet, a finales del 2006, y ya cumplió su ciclo.





En San Miguel de Tucumán tuve la oportunidad de ir a una peña, donde se siguen agitando los pañuelos, y las zambas y las chacareras siguen perpetuando sus compases. El involucramiento con la música que se ve en quienes bailan folclore me pareció muy particular: es como si “vistieran” la música con orgullo, más allá de acomodarse al ritmo. Y hablando de ritmo, también acudí a una función de la murga “Pechando el camión”, en la que tocan Charly y Diego, en un encuentro por la diversidad sexual organizado en Parque Avellaneda.


De Tucumán seguí mi cacería de horizontes, por la ruta 34 que cruza el corredor de las yungas a través de las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy. Preferí esta vía a la clásica entrada a Bolivia por la Quebrada de Humahuaca, que por otro lado ya conocía. Pero las yungas iban a cobrarme peaje. La salida fue rápida, en un camión que llevaba 27 toneladas de queso en su cámara frigorífica. Manejaba un hombre que procuraba mantenerse alejado de su propio gremio, ya que decía que los camioneros sólo hablaban de putas y camiones. Su sueño parecía ser vivir en Miami. En un momento debí ayudarle a trasladar parte de la carga para que la desigual distribución no forzara la puerta trasera del acoplado. Sentí entonces ese aroma lácteo que no sentía desde que era operario de la fábrica Golden Cow, en Irlanda del Norte, en 2003. Que este Acróbata alguna vez fichó tarjeta…




El camión me dejó en Rosario de la Frontera. Caminé por la rotonda, alejando con cada paso sobre el césped a diversos condominios de langostas e insectos indescriptibles, lo que significa que estamos en las yungas. Tras sólo 5 minutos detuve una Mercedes Sprinter de un ingeniero que trabajaba para una compañía de automatización industrial. Me dejó muy cerca de Guemes. Allí comenzó a dilatarse mi marcha. 


Tardé 48 minutos en detener un bus escolar que me llevó los 10 Km que faltaban para Guemes. Los niños quedaron pasmados ante un “escolar” con una mochila tan grande. Antes de bajar les tomé una foto, y la desordenada felicidad con que posaron me hizo pensar que uno anda por ahí con mochila -además de para goce propio- para arrojar a pentagramas ajenos algunas notas de alegría.

En Guemes caminé hasta el semáforo de la terminal, lugar clásico para hacer dedo, pero no pude salir antes de que oscureciera. Como Guemes es un lugar que me parece peculiarmente insulso, decidí hacer trampa y tomar un colectivo hasta el próximo pueblo, fuera cual fuere. Y así caí en Pampa Blanca, ya en provincia de Jujuy. Fue una noche entretenida, acampé en una estación de servicio YPF, y conversé larguísimo rato con el dueño. Eso sí, mientras armaba la carpa debí soportar las pobremente vocalizadas jactancias de un propietario de camiones. Machado el hombre, se quejaba de que tenía 7 camiones que valían 300.000 pesos cada uno, y que el gobierno le quitaba sus ganancias con los impuestos. Señalaba a sus choferes y decía, por pagar las cargas sociales de estos vagos no me queda nada…”. Los choferes bajaban la cabeza, y alguno que otro incluso asentía.




Llovió toda la noche, y la mitad de la mañana, lo que me retrasó enormemente. Debí pasar hora y media bajo el alero de la estación de servicio, en donde no entraba nadie. Aún con cierta garúa salí a la ruta, pero necesité una hora y media para frenar una camioneta que en su caja me llevó hasta Los Lapachos, apenas a 10 km. La frontera boliviana me parecía inalcanzable. En Los Lapachos un hombre de vialidad con un teodolito media los ángulos de la carretera bajo la molesta garúa. Con su capote, parecía un general de la Primera Guerra observando las líneas enemigas. Me tentó preguntarle si él también andaba detrás de esta presa llamada horizonte, pero algo me dijo que no me entendería. Yo no miro al horizonte con teodolitos, pero también le ando acechando. En Los Lapachos, mis dados sacaron un seis: “se detiene un Corsa, próspero comerciante buena onda lo invita a almorzar y lo lleva hasta Pichanal, avanza 200 kilómetros”.

En Pichanal, importante cruce que recibe el tránsito que baja desde Bolivia, pero también el que viene transversalmente por la ruta 81 desde Formosa, hice dedo. El cruce está lleno de pequeñas comercios y automóviles privados buscando pasajeros, ya estamos más cerca de Bolivia. Pronto un camión me llevó hasta Orán, última ciudad fundada por los españoles en América (1794) en el extremo noreste salteño. Me pasé una hora y media haciendo dedo, pero lo único que pasaban era vehículos taxi, repletos de rostros trigueños, con los baúles repletos de mercancías. Otros vehículos volvían, también repletos de textiles y acolchados. Estando a 15 km de la fontera, y con ganas de descansar en Bolivia, tomé transporte público hasta Aguas Blancas, donde una mínima embarcación a motor me llevó del otro lado del Bermejo. ¡Bienvenido a Bolivia! Tras haber viajado 51 días en territorio argentino, era hora de recuperar el pulso de la extranjería.





Al otro lado del río, me aguarda la población de Bermejo, en el departamento de Tarija. Gran parte del departamento de Tarija está cubierto por yungas, y está culturalmente más próximo a Formosa o a Paraguay que a la Bolivia altiplánica, quizás más imaginada desde el exterior. Esta diferencia se refleja en la composición racial y en el poco entusiasmo que genera en la región – o en sus elites- el proyecto nacional de Evo Morales, con más base demográfica en las comunidades postergadas del altiplano. Los carteles de las próximas elecciones departamentales y los proclamas lanzadas desde los altavoces de automóviles que patrullan las calles condimentan el de por sí intenso ritmo humano de la población de frontera con su interminable mercado de textiles y baratijas. Tras cenar un picante de pollo (arroz, pollo, ensalada) con su correspondiente sopa con entrada (por cinco pesos argentinos) camino por la plaza principal, donde el calor y los mosquitos acechan.




Con La Maga a cuestas camino y guardo silencio. Pronto Bolivia mandará su primer señal. Y la señal llega desde una parroquia, en donde se escuchan los cantos de un grupo de chicas que han concluido una coreografía. Al salir son ellas las que me indican cual es la vivienda de Victorino, el cura. ¿Será el inventor de las cortaplumas? El hombre, atento, sorprendido, entiende perfectamente que mi viaje es demasiado largo para pagar hoteles, aún en la baratísima Bolivia. Acampo bajo un cobertizo de paja, contento de estar ya del otro lado de la frontera. Mientras armo la carpa apoyo a La Maga junto a un tanque que dice “Agua Bendita”. Enhorabuena inerte compañera, han regresado para nosotros los días de extranjería e insolente cortejo de lo absurdo.

¿Querés salir a recorrer el mundo mochila al hombro y te falta un empujón? ¡Lee nuestros libros de viaje. “Vagabundeando en el Eje del Mal” y “Un Tango en Tíbet” que esperan como alfombras mágicas a todas las almas nómadas, con anécdotas, fotos, mapas y recetas para tomar por asalto la libertad.

Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

12 Comentarios

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  • Juan,

    Sí el absurdo tiene un significado para ti y para quienes seguimos con ilusión tu historia en lo cotidiano; he de sentir que el absurdo deja de ser absurdo. Se convierte en nuestro todo y en nuestra nada… Se convierte en un lugar común, un lugar en donde nos reconocemos.

    Acróbata del Camino, indómito, estoy pendiente de ti, de tus letras, de tus vivencias. Te confieso que estoy feliz, (parafraseándote un poco) de que estés cada vez más en soberano en tu lejanía y retornando a la extranjería.

    Por lo pronto me queda mucho… la curiosidad del color oliva de los Northalnd en los pueblos Bolivianos… una senda que no es la mía, y que desde luego no querré encontrar, porque de encontrarla siento que la perdería. Sin embargo, curiosamente siento que voy de la mano. De tu mano.

  • Amigo bienvenido a la tierra de los aguayos, los papachos y las mamitas, la chicha, el papel hig color rosa, los surubis, los cambas y los collas, los anticuchos y las sopitas, los naturales mercados, los sabrosos ¨pique a lo macho¨ y toda la magia de su gente.
    La nota me encantò, me hiciste volver por unos minutos…
    Un abrazo parcero…

    PD: 1 ¨quintin¨ para NOMADE, yo tambien me imagino los lindos pantalones color olivas…

  • Juan como mucha gente ya lo ha dicho es fascinante poder leerte y antes que nada por que siempre me olvido gracias por hacerme saber que los pueblos de medio oriente no son lo que el mundo norte.americano lo plantea.

    Desde una habitacion en la joven Buenos Aires te dejo un fuerte abrazo

  • Solo a vos puede la SELVA arroparte en un departamento, jajaja siempre lindo seguir tus huellas en el suelo, parece que el mundo se vuelve más blando que de costumbre…
    éxitos juancito!!
    Vane

  • Como te dije en la anterior entrada… ¡hoy la he publicado!

    *abril 01, 2010. Andalgalá (26.10) Zona de Sacrificio: Juan Villarino

    (Publicado por Juan Villarino el domingo 21 de marzo de 2010 en el blog Acróbata del camino. PAQUITA) acrobatadelcamino.blogspot.com/
    ANDALGALÁ: ZONA DE SACRIFICIO (Y PUÑOS EN ALTO) (…)

    … veo que eres andorrero. Tu forma de narrar es ligera, me gusta.
    Besos y hasta otra: PAQUITA

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