CADAVERES EXQUISITOS DE GUAYAQUIL – OTRAS LITURGIAS

“Los guayaquileños somos toquetones, abrazotes, kinestésicos,
Como el clima…” – vaticina Betty Blue, nuestra amiga guayaca que siempre se define con trípticos. Soy una mujer inconclusa, fragmentada y cubista, la he escuchado declamar con ritmo mientras daba volantazos en el tráfico de Guayaquil. Cuando la conocimos sugirió que nuestra historia le haría bien para su crisis amorosa posmoderna. “Hay tanta gente y al mismo tiempo tanta soledad… La gente flirtea frenéticamente por la vaina sexual, y cuando lo logra, ya.” Asegura que los hombres guayaquileños son para salir corriendo campo traviesa. Y se sorprende cuando dos palomas tienen sexo sobre el capó de su carro durante el lapso permitido por el semáforo castrador. Cuando el Salón de Arte Municipal prohibió contenido erótico en las obras, artistas amigos de Betty alquilaron por $50 una casona abandonada y la colmaron de provocadoras obras pintadas con vello púbico. Betty Blue es Quijote montando un unicornio. Ante la utopía, hipopotamizada… Y en realidad no se puede quejar, porque a los cuatro años un profesor ruso le dispensaba lecciones de piano –y algún que otro golpe de vara- lo que en términos más o menos freudianos puede llegar a explicar porque tenía fantasías sexuales con Franz Lizt.
Suena Sabina – evocó todas las noches y todas las copas:
“Sentados en corro, merendábamos besos y porro, y las horas pasaban de prisa entre el humo y la risa” arpegian dedos entre un universo de seis cuerdas, y yo bebo acaso mi copa número cien mil. La memoria se dispara hacia un lugar sostenido en el tiempo que reencarna desde el escenario del Teatro Cortázar de Mar del Plata, y se vierte como líquido atroz hacia este apartamento frente al Malecón de Guayaquil. Con algunos años de más, bosquejo como retratista callejero esos ritos de mi propia cronología. La poesía, aluvión impredecible, codifica mi pulso mientras sobrevivo a mis propias biblias.
El dilema de Jonathan – defender a Montañita o vagabundear
En la casa de Jonathan, en Montañita, bebemos cerveza. El pucho y la cerveza te hacen comandante de tu propia deriva. Afuera los artesanos venden macramé. Algunos de ellos incluso aseguran que a través del macramé se expresa el alma de la Pachamama. Quizás sea mucho decir, pero no soy quien para juzgarlo. Un amigo de Jonathan arma un faso con un capítulo del Exodo arrancado de la Biblia. “No conozco ningún dealer llamado Mateo o Lucas” – explica. “el éxodo es más preciso”. Jonathan quiere comprar tierras junto a una playa virgen y formar una comunidad. Vislumbra que llegaría gente cansada del sistema a intercambiar saberes, desde poesía hasta artes marciales. También quisiera salir a caminar por el Ecuador sin equipaje junto a su perro. Y si demora ambos proyectos es porque siente que Montañita lo necesita. Hay gente que quiere transformar Montaña en un Ibiza. Jonathan había invitado a dos chicas noruegas a pintar mariposas en los muros de su casa, mientras él contorneaba constelaciones de verdes hojas de marihuana. Otro mural conmemora el día en que los peces del estero amanecieron flotando. En el estero desemboca toda la mierda de los hoteles, el turismo culmina en las cloacas.
Laura cocina fideos con crema. Jonathan declara sus principios: “La planta amenaza las principales industrias mundiales: el petróleo, el plástico, el papel. Si fuera permitida, cualquiera podría convertirse en un mini-empresario. Su prohibición es una de las mayores injusticias de nuestros tiempos”
La injusticia más próxima: un gringo quiere convertir Montañita, antiguo santuario de surfers sin cajeros automáticos ni asfalto, en Ibiza. El gringo construyó el Hotel Dharma, porque está convencido de que Montañita tiene que ser como la isla de Lost. El sitio era famoso por full moon parties con drogas, y ahora llegan familias serranas a conocer el mar…. Jonathan recuerda la primera vez que se sorprendió al ver una mujer arrastrando desorientada su cochecito por la calle principal llena de artesanos, rastas, pipas, mandalas, y malabares. Ahora las mismas familias que pasean por el Malecón de Guayaquil llegan a Montañita. No son gente que viene a conectarse con el lugar, sino sólo a consumir. Estacionan sus Hyundai Tucson en la calles como si estas no fueran acaso para pasear descalzos y sentarse en los cordones a tomar cerveza. Llegan con esos extraños valores que suelen tener las familias: gastar el dinero para complacer los caprichos de sus mocosos hijos y esposas con cara de nada. Claro que la familia va a ser la base de la sociedad, es una simple cuestión de mercado: gastan más dinero en los restaurantes. Acaso habrá que guardar las formas para no impresionar a las familias endomingadas…
La historia de Christiania se repite – todo el mundo está condenado a ser un espacio de consumo.
Llega otro amigo de Jonathan, dice que la municipalidad envió a una grúa, y que están abriendo una zanja para que el agua contaminada del estero se vaya hacia el mar. Algunos han festejado esta curiosa “limpieza”.
Una italiana escribió con marcador en la heladera: “cerco in vano qualcosa de fare in mutande”. Y está más cuerda que todos nosotros.
Los amigos de Jonathan se siguen fumando la Biblia.
Acto final: Betty Blue da vuelta en su auto por la ciudad nocturna buscando una fiesta. Cruza cintas de seguridad, entra en el carril exclusivo de la Metrovía, interrumpe un partido de fútbol callejero. Luego dice:
“Sólo arrojen mis cenizas al río Guayas”

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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