EL FERVOR AUTONOMISTA Y EL ROL DE LOS AYOREOS EN LA POSMODERNIDAD

 

Estudiantes de la Alianza Francesa festejando el día de la Unión Europea.
Dentro de una vivienda de la comunidad ayorea en Santa Cruz
El conductor del camión que nos llevó de Villamontes a Camiri fue un fiel representante de la mentalidad cruceña. “Acá somos progresistas” – había dicho “no queremos que nos regalen nada, sólo queremos herramientas para trabajar”. Eso equivalía a acusar de haraganes al resto de los habitantes de Bolivia.
Fumando, mascando coca, y tomando cerveza alternadamente, fue muy pedagógico al comparar a Evo Morales con el espejito retrovisor (“se mira pero no se toca”). Entre insultos dispensados contra indios y kollas, el tipo tiraba datos interesantes, como que habían sido los mineros indemnizados por el MNR en 1954 los que invirtieron en plantaciones de coca en el Chapare.
Pero luego volvía con que el kolla, aunque se fuera a la luna seguía siendo kolla. Y usaba luna y mierda con sorprendente sinonimia. La obviedad del silogismo venía a colación de que los migrantes del altiplano se denominan cruceños cuando les preguntan su procedencia, a su juicio sin derecho.
Luego frenó una Toyota 4-Runner de una familia adinerada, con quienes llegamos a Santa Cruz, con tanta suerte que nos dejaron en la puerta de la casa de Toti, nuestra anfitriona…
 

La ciudad fue fundada en 1561 por Ñuflo de Chávez, un expedicionario español que llegó desde lo que hoy es Paraguay. El asentamiento resistió a duras penas los embates de las tribus locales. Su fin era aprovisionar con arroz, azúcar y frutas al resto de la colonia. A fines del S.XIX, sin embargo, se abrieron rutas de comercio entre La Paz y la costa peruana que hicieron que los productos importados fueran más baratos. Entonces el auge económico de Santa Cruz comenzó a decaer. Fue recién en 1954 que la red de carreteras llegó. Paralelamente, una conexión ferroviaria con Brasil multiplicó las oportunidades de exportación para las cosechas.
Desde entonces la ciudad experimenta un despegue económico constante, siendo la más rica de Bolivia. Pero no es el ingreso per cápita lo que diferencia a Santa Cruz del resto de Bolivia, sino su identidad. Los cambas hacen un notable esfuerzo en diferenciarse de la Bolivia altiplánica de descendencia indígena, y hacen gala de su cosmopolitismo sin resignar su talante conservador ni sus aspiraciones de autonomía.
Ya en nuestro primer día en la ciudad pudimos comprobar la afectuosa afiliación de Santa Cruz a la influencia extranjera. Con Toti y sus amigos asistimos a una celebración por el aniversario de la fundación de la Unión Europea. Los estudiantes de la Alianza Francesa y del Goethe Institut se habían dividido en grupos y representaban en embanderados stands la gastronomía de cada país. Había que ver a las cruceñas disfrazadas de cabareteras parisinas vendiendo brochets de dulces mientras sonaba la música electrónica.
En las rotondas que forman las anchas avenidas las cholitas siguen vendiendo naranjas en sus puestitos callejeros debajo de carteles que celebran “¡Ahora Facebook en tu celular!” Esbeltas cruceñas maquilladas hacen de las aceras su pasarela mientras un muchacho dobla la esquina en su Hummer y les arroja una mirada rapaz. Santa Cruz es una ciudad de identidad híbrida, en fase de modernidad creciente…

 

Para nosotros, ya con ganas de alternar con un poco de comodidad, la casa de Toti nos devuelve a ese mundo donde hay lavarropas y donde al girar la canilla correcta sale efectivamente agua caliente de la ducha, y no cucarachas en zafarrancho de tsunami… ¡En fin, una casa!
Lavamos ropa, nos ponemos al día con Internet, preparamos un asado junto a Edgar y Queralt, dos ingenieros ambientales catalanes en busca del voluntariado perfecto. La casa, además, es un ir y venir de jóvenes universitarios progresistas con remeras que dicen “Rock Boliviano”, lentes a la moda y una postura a favor de la autonomía del departamento.
Estos jóvenes trabajaban en talleres con niños de la calle y se involucraban de diferentes maneras en cuestiones sociales. Sin embargo, no le creían una sola palabra al gobierno de Evo Morales. En su opinión, el poder cambió de manos sin que el bienestar se filtre al pueblo. “Lo que antes hacían otros gobiernos ahora lo hacen ellos”. Acabo de entrar al país y me limito a escuchar.
Por un lado, es extraño que los cruceños, tan devotos de la dolce vita, se vean tan irritados por algún que otro iniciático exceso de la sumak kaway (vivir bien – en quechua) de la nueva dirigencia masista. En algo coincido con ellos, el antagonismo Santa Cruz – Altiplano ha sido exacerbado hasta la hipérbole por Evo Morales en su retórica de campaña que nunca ha dejado de apuntar al divide et impera a pesar de hablar de plurinacionalidad.
El país nunca estuvo tan al borde de la desintegración como en 2009. Para ser justos, encuentro un tanto infantil la fantasía secesionista de Santa Cruz y su obsesión por mezquinar los porcentajes de las regalías petroleras.
Entre estos jóvenes destaca Lino, fotógrafo especialista en fauna, quien nos cuenta, vaso de whiskey en mano, cómo se contrabandean pichones de tucán a EE.UU en cajas de dentífrico. De cada cien sobreviven tres, y eso ya es negocio.
Pasamos además una mañana de semáforo en semáforo intentando localizar a un malabarista belga que tenía las llaves de una habitación que se nos prestaría en Samaipata. Cumplida la operación “Donde está Wally?” Lino y yo realizamos una tarea de documentación fotográfica de una cooperativa de recolectores y de una comunidad ayorea.


 

Ya había escuchado hablar de los ayoreos en Paraguay. Aparentemente, se trata de la última etnia que “salió del monte” en la década del 90’. En tanto y en cuanto su hábitat les abasteció de alimentos, prefirieron mantenerse al margen de nuestra modernidad.
Estos “no contactados” tuvieron finalmente que salir a las ciudades para buscar empleos cuando los desmontes cercaron su tierra y su cultura, y solo los amuralló su propia soledad. La comunidad a la que llegamos está situada en las afueras de Santa Cruz, en el barrio Plan 3000. Nos encontramos con un caserío de adobe y caña. Son gente de las tierras bajas, de pómulos prominentes y gran carretilla, y cabellera tupida como los montes que añoran.


 

Al llegar algunas mujeres preparaban ensaladas en sus tutumas. Otro grupo se concentraba en artesanías. Hasta aquí yo no tenía la menor idea de cómo subsistían, y me imaginaba que recibirían alguna compensación del estado o mensualidad. En cambio, me encontré con que el principal ingreso de estas familias es la venta de las artesanías en el centro de Santa Cruz…
Si bien algunos morrales tejidos a punto fino eran preciosos, los collares de guayruru y pulseras otras semillas me parecieron más bien una desesperada y rápida salida de emergencia que la valorización de una artesanía autóctona.
Frente al embate del mercado, los ayoreos reaccionaron como el mochilero promedio amenazado por la bancarrota y se pusieron a hacer macramé. Quizás sea metafórico, pero a mí me parte el alma: su producto principal son funditas para celulares.
Me carcome la conciencia pensar que el lugar que en nuestra sociedad ocupa esta cultura milenaria sea tejer fundas para celulares. Algo tiende que andar mal. ¿No son ellos los herederos de saberes ancestrales, ahora un frágil intangible en decadencia?
Mientras camino por los recovecos de su poblado se me antojan infelices, allí lejos de su monte, los hombres tirados contra los muros de adobe, algunos borrachos, todos ociosos. Muy a mi pesar, me es más fácil verlos como el despojo de una cultura que como reservorio de una visión más sustentable de humanidad Me prendo su lágrima en mi alma y me preparo a seguir caminando por Bolivia.

Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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