A EUROPA EN LA CABINA DE UN AIRBUS 340 DE AEROLINEAS ARGENTINAS

Como mochilero, lo que siempre me molestó en ser pasajero en los trenes o buses es la ausencia de esa vista preferencial del camino. ¿Qué es eso de viajar en el enésimo asiento junto a un tipo que ronca y otro que reclina su asiento sobre tus rodillas? Siempre me pareció que la acción de viajar implicaba pegar la nariz contra el parabrisas, no perder de vista ni por un segundo la línea blanca intermitente de la carretera. Estoy acostumbrado a ir conversando con el conductor o camionero, a estar cerca del timón, lo que acrecienta la sensación de estar liderando ese movimiento. En los aviones lo mismo, siempre esa vista lateral mezquina, recortada, donde uno no sabe ni por donde vuela ni qué es lo que hay debajo. Para un viajero acostumbrado a tener el control del movimiento, nada peor que esos desplazamientos pasivos.  
Y entonces muchos, cuando quieren pincharnos el globo, disfrutan de preguntarnos: “¿Y cuando tienen que cruzar el océano cómo hacen? ¡Porque a los aviones no se les puede hacer dedo…!” Pero este viaje a Europa fue distinto. El vuelo 1644 de Aerolíneas Argentinas  a Madrid no fue un vuelo más, porque el piloto de ese avión era Atila. Atila nos había escrito un año atrás. Cuando un piloto te escribe ofreciéndote cruzarte el océano de onda, primero pensás que es un chiste, una jodita para Tinelli. Pero no, Atila nos ofrecía uno de los pasajes anuales «no name» que los pilotos disponen cada año para endorsar a familiares o amigos. Había sabido de nuestra quijotesca vuelta al mundo a dedo a través de una entrevista de C5N. Fue Laura la que abrió el mail. Yo estaba visitando a mi familia en Mar del Plata, y por el volumen de sus gritos pude saber que también estaba dando saltos.
Todo era demasiado sincrónico para estar sucediendo, pero estaba sucediendo. Ambos recordamos nuestro viaje a Antártida… Como aún estábamos escribiendo el libro contuvimos la tentación de aceptar esos pasajes en el acto. Un asado en Adrogué sirvió para conocer a Atila en persona, para compartir planes y desafíos. Nuestro nuevo amigo fue categórico: «En lo que los pueda ayudar, si vuelo a ese destino, estoy a sus órdenes». Cuando llegó el momento, meses después, Atila nos dijo que lo esperáramos en la terminal C de Ezeiza y allí fuimos, con las mochilas cargadas para un viaje de un año por tierra a Asia Central que comenzaría en Europa. No estaba nada mal que nuestro primer salto hacia oriente fuera de la mano de alguien que compartía nombre con el gran jefe de los Hunos.
La ayuda de Atila –lo nombro aunque su deseo era el anonimato- fue estratégica para cruzar el charco y seguir con este sueño. Pero además nos regaló el viaje en avión más increíble de nuestras vidas. Luego de dormirnos todo el Atlántico, fuimos invitados a la cabina justo cuando el Airbus llegaba a la costa occidental de África. Habíamos explicado que documentábamos nuestro viaje como parte del futuro libro y Proyecto Educativo y el comandante de abordo aprobó esta excepción siguiendo el protocolo.
cabina de un airbus
La cabina era mucho más pequeña de lo que pensaba, pero los controles, perillas y relojitos no dejaban un centímetro cuadrado libre. O estábamos en la oficina de Dios. Lo primero que me llamó la atención era que el avión se guiaba prácticamente sólo. Atila nos explicó que salvo en los –sagrados- momentos del despegue y del aterrizaje, piloto y copiloto se limitaban a supervisar el piloto automático. Noté en sus ojos cierta resignación, como si pilotear manualmente a ese Pegaso fuera el néctar de su existencia y la tecnología un arrebato insolente.  
– Eso que se ve ahí abajo es Dakar – dijo Atila sonriendo ampliamente debajo de sus Ray Ban, el termo listo en la mano derecha para cebar un mate estratosférico.
Entonces fue el descubrimiento, el punto de contacto y reconciliación con lo primordial. Me di cuenta  que el avión no dejaba de compartir ciertos rituales con su pariente más humilde: el camión. Tanto en los Scanias como en los Airbus, los humanísimos tripulantes, los engranajes humanos de la globalización de pasajeros y mercancías, toman mate. Era como si hubiéramos apuntado nuestro dedo al cielo y el Airbus hubiera aterrizado en alguna ruta para volver a batir sus alas. Tenía que ser así, si estábamos tomando mate en la cabina, era porque en forma encubierta, le habíamos hecho dedo.
Durante uno o dos minutos pudimos observar la rompiente de las olas contra una costa desértica, dorada. Las nubes proyectaban su sombra sobre el Sahara y lo cruzaban en lentas caravanas que nuestra velocidad condenaba a la desaparición. De una forma cómoda y surrealistamente poética, nosotros también lo cruzábamos. La primera tanda de mates arrancó en Senegal, y cuando el avión llegó a la frontera de Mauritania, hubo que cambiar la yerba. ¿Cuántos camellos, cuántos exhaustos éxodos cabían, cielo abajo, en nuestro sobrevuelo a chorro? ¿Cuántas almas descalzas habían dejado todo en busca de una mejor vida en Europa, esquivando patrullas de frontera que los cazaban como en safaris para tener una chance de navegar en balsas clandestinas los 14 km que separan Africa de Europa? Ibamos demasiado alto y rápido para compararnos con esos gladiadores. Por eso, guardé internamente algunos segundos de silencio en debido homenaje.
Al llegar a Mauritania, Atila tomó la radio y comenzó a hablar en código con la torre de control de Nouakchott. La clásica: Nouckchott, Argentina, one, two, three, alfa, tango… Si en los camiones había hojas de ruta, acá arriba había cartas de navegación aérea, con códigos aeroportuarios y líneas punteadas, y cada vez que pasábamos por encima de un aeropuerto, Atila se anunciaba con los protocolos del aire. Esos intercambios no eran meros pleitesías. Alguna que otra vez, desde tierra le habían sugerido cambiar de ruta, molestarse en caso que considerara necesario esquivar un foco de rebeldes ansiosos de probar sus lanza misiles portátiles. Cuando un avión nos pasó en sentido contrario por la izquierda, a apenas un kilómetro, Atila nos explicó que antes del despegue hay una central a nivel mundial que asigna las rutas a cada avión para que no colisionen en el aire. 
Vimos Africa cambiar de color, al Sahel volverse Sahara. Luego emergieron las montañas Atlas y antes de que se volviera a lavar la yerba  el Estrecho de Gibraltar ya estaba debajo nuestro. Nuestras pupilas estaban en contacto con Europa. Atila sonreía, su misión de catapultar a estos Acróbatas en su nueva misión estaba cumplida. A mí, más que llegar a Europa, me reconfortaba comprobar que también del mundo aeronáutico se podía esperar héroes más pendientes del intercambio humano que del económico. 

En palabras de Atila: “Lo que me gusta de este trabajo es que ves gente que lleva años esperando viajar, abrazos de familiares que no se ven hace una década, gente que luchó mucho por su sueño”. 
Allí a diez mil metros de altura, le firmamos un ejemplar de nuestro libro Caminos Invisibles, el testimonio de nuestro sueño anterior, y consumamos ese trueque primordial. Dejamos también algunos libros de regalo a las azafatas y asistentes de vuelo. Nos agradecieron con una emoción que nos sentimos casi familia. Nuestro viaje a Asia Central, había comenzado de una manera mágica… Para finalizar, les comparto un breve video para que compartan unos segundos de ese viaje con nosotros…


Para recibir en tu casa nuestro nuevo libro “Caminos Invisibles – 36.000 km a dedo de Antártida a las Guayanas” sólo nos tenés que mandar un mensaje desde nuestra Tienda Virtual. ¡El libro espera a todas las almas nómadas que necesitan un empujón para salir a recorrer el mundo con la mochila! Los enviamos por correo a todo el mundo, y nos ayudan a seguir viajando. Agradecemos de corazón cada consulta

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

13 Comentarios

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  • No voy a permitir que me sorprendan más, jaja, desde hoy voy a creer que dentro de 20 años le van a hacer dedo a un cohete para irse a Marte. Con ansias espero las crónicas de su nuevo viaje. Bon Voyage!

  • Que post tan bueno!! Me motiva aún más para viajar y comenzar mi propio blog de viajes (y de mi arte). No veo la hora de recibir sus libros, para tenerlos conmigo en mi próximo viaje. Un saludo grande desde Colombia!

  • Genial el post! Tuve la suerte de tener a Atila de instructor, de socio, de copiloto y sobretodo como mentor. Es una de esas personas que uno agradece todos los días haberse cruzado. Un tipo apasionado que transmite su amor por lo que hace y siempre deja una huella positiva por dónde pasa. Gracias por este post y gracias ati

  • Qué lindo todo lo que les pasa. La vida siempre retribuye de una forma u otra a las buenas personas y siento que ustedes, sin conocerlos son de esa madera.

    Partiendo desde la base que con su libro hicieron volar mi imaginación, me emocionaron hasta las lágrimas e impulsaron más todavía mis ganas de viajar, no tengo dudas que todo lo que les sucedió, les sucede y les sucederá lo merecen. Muchos éxitos en éste viaje, aca espero ansiosa todas nuevas experiencias que nos puedan contar como ésta que es realmente hermosa!!

    Un abrazo grande para los dos.

  • hicieron dedo en barcos y porque no a un avion! que grande! aun queda un año de aventuras! dos Argentinos grosos por Europa y Asia.

  • ¡¡¡que lindo!!!…ya «hicieron dedo» a un barco que los llevó a la Antártida….ahora un»dedo aéreo»….solo les falta hacer dedo a un submarino…

  • solo decir….gracias a la vida….que me ha dado tanto….muchas veces me decia…»panchito…..como llegaste hasta aca….ni yo lo sabia…..pero ahi estaba….» y pues suerte…esa vibra se irradia….se transpira….suerte….delotro lado del mundo….

  • Un grande, Atila fué uno de mis instructores de vuelo en Alas Argentinas. Uno de los mejores, sin duda, y una alegría verlo volando internacional!

  • ¡Se lo merecen! por tanto que nos dan… por amar la tierra como casa… son unosss geniosssss!!!
    Juan Pablo, me mato tu miradita abriendo los ojos… y Laura gritando como contas. ¡Sois terribles! Mucho amor les mando.

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