3er semana de Junio de 2005. Futbol en Dresden. Cargando una cruz en Dusseldorf. Llegada a Holanda.



Semana número 7. País número 10. Ciudad número 22. Automóvil número 100. La semana comenzó con mi llegada a Dresden, en Sajonia, Alemania, célebre por haber sido reducida a escombros una noche de febrero de 1945 en el que fuera el mayor bombardeo convencional de la historia. Durante la época de la DDR la zona era conocida en cambio como “el valle de la gente que no sabe” por haber estado en una posición desfavorable para recibir las ondas de TV del oeste y saber lo que pasaba del otro lado. En Dresden me esperaba Veit, fundador del Hospitality Club. Se trata de una base de datos para el intercambio de alojamiento gratuito, con 60000 miembros en todo el mundo, 900 de ellos en Argentina. Esto explica por qué no utilizo hoteles y gente me espera en todas las ciudades que visito.Hace dos anios que los mochileros argentinos organizados en AutostopArgentina.com.ar venimos colaborando con Veit en la promoción del Club entre los viajeros latinos, y por ende conocerlo en el mundo real tenía mucho sentido para mí. La estadía en casa de Veit encontró pronto una rutina. Ambos nos levantábamos y trabajábamos en nuestras notebook como dos neuróticos, yo preparando la futura página de este viaje, Veit manteniendo en línea el Club en cuestión. Esta rutina tuvo dos fisura. Una tarde de calor insoportable hizo que Veit cambie su bunker por la piscina en casa de su abuela. Sorpresa para mí, latino pudoroso en tierra de hippies jubilados, la abuela era una naturista radical que no permitía a nadie entrar en su casa calzado o baniarse en su piscina con malla. La playa de Moria un poroto. La segunda escapada del bunker fue para ver Argentina- Alemania en un bar del centro histórico. Vale aclarar recién este anio culminó la reconstrucción del centro histórico de Dresden, luego de 50 anios de lucir como un gran rasti a medio armar. En el bar eran todos alemanes, por lo que la bandera estuvo en el bolsillo bien guardadita hasta que hubo motivos para festejar.
El Miércoles llegué a Dusseldorf, en el famoso Ruhrgebiet, a orillas del Rin, corazón de la industria alemana del acero hasta los 50s, un impresionante tejido urbano en el que unas 12 ciudades han avasallado sus limites para devenir una sóla mega ciudad de 7 millones de habitantes. Hasta allí me llevó un empresario ansioso por cambiar su vida de oficina por un largo viaje. “Si muriera maniana, no habré sido féliz” decía. Y remató con un “…y la muerte es buena consejera”. En Dusseldorf me esperaba Sanna, una estudiante sueca que vivía junto a muchos otros jóvenes de su país en una residencia estudiantil (de la que yo entraba y salía por la puerta trasera). Las chicas de la “emabajada sueca” se empeniaban esos días en preparar las celebraciones del solsticio de verano, el día más largo del anio, fieles a esa costumbre de los nórdicos de hacer barullo y adorar al sol ni bien el termómetro llega a 21. La celebración consistía, en palabras de Sanna, en bailar y brincar todos como una rana alrededor de una cruz de madera revestida de yuyos y flores. Con ese programa quien va ir al cine. Es el tipo de actividades que merecen para mí el máximo cuidado y cooperacion internacional, por lo que a la noche estaba merodeando las orillas del Rín en bicicleta y depredando su flora (la costumbre exijía al menos 7 flores distintas como decoración) Mientras, Sanna diseniaba la cruz en papel milimetrado (estudia arquitectura). Con ese espíritu Scania, la cruz estuvo lista en la maniana del viernes como planeado. “Y como llevamos la cruz de dos metros de alto, tan pesada, nosotras sólas?” Los suecos se borraron y fui presa fácil de la persuasión que diez barbies suecas pueden ejercer sobre un sudaca, y no es que quiera dar a mi viaje connotaciones religiosas, pero al mediodía estaba cruzando el centro de Dusseldorf cargando la cruz a mis espaldas. Algunas mujeres se persignaron, los autos cedían el paso en las esquinas, en fin, logré todo menos el truco de la foto en la toalla. En un gran parque junto al Rín las chicas dijerón “acá” y con un martillo y un par de estacas tutoras plantamos la cruz. Si la cosa parecía apuntar a una morosa evangelización de las riveras del Rin, quedó claro que no era así cuando llegó el resto de la comitiva con los salmones, los arenques, las cervezas… y se pusieron a cantar en sueco y a hacer rondas en torno a la cruz, ya decorada con las flores y yuyos. Y sí, tuve que bailar como una rana. En la reunión apareció de sorpresa un grupo de Hospitality Club de Dusseldorf, muy interesados en sacarse una foto con la banderas de la paz de HC que estoy llevando en mi viaje. Estaban orgullosos de que una de las banderas hubieses llegado a su ciudad. Había en el grupo miembros de HC de Polonia y de EE.UU.
El sábado partí rumbo a Delft, Holanda, donde me esperaba Stephen, un ingeniero hídrico holandés que toma mate y dice a la perfección: “Mira como bailo esta cumbia mi negra”. Terrible lo que el virus argentino ha hecho a los mochileros europeos de regreso en sus países. Cinco meses en Tapalqué (diseniando una defensa contra las inundaciones) fueron suficientes para Stephen. Lo encontré en estado lamentable, con un paquete de Rosamonte y otro de Cruz Malta en la alacena. El viaje hasta Delft fue medio complicado al inicio debido a la aglomeración de ciudades del Ruhrgebiet. Tengo que admitir que mi primer auto me llevó en la dirección opuesta, hacia Bochum. (Por suerte el segundo se apiadó de mi y me llevó hasta la frontera con Holanda, aunque no tenía motivos el hombre para ir allí.
En esta semana mis finanzas se recuperaron un poco, de la mano de amigos y miembros de HC. Algunos días logré gastar cero, y eso es bueno después del robo del equipo sufrido en Calais.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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