MYKINES: LA ISLA DE LOS PÁJAROS TORPES

Nadie sabe en realidad quién les dio licencia para volar a los puffins. No voy a decir frailecillos, me niego, por el mismo motivo por el que en África nunca pude llamar facóceros a los warthogs, que a su vez Lau prefería llamar pumbas, aunque ese sólo fuera el nombre de uno de ellos en El Rey León. Aunque puffin tampoco es la palabra en idioma feroés (que sería lundin), tiene una esencia onomatopéyica, retiene algo de ese espíritu de accidente que define, para mí, a estas aves del Atlántico Norte.

Nos habían dicho que el mejor lugar de las Islas Feroe para ver puffins era Mykines, la isla más occidental del archipiélago, y a dónde sólo se llegaba en barco. Era una isla perdida con un faro y tan sólo 14 habitantes permanentes en su aldea principal. Ya la habíamos visto desde la costa en nuestra caminata de Bour a Gasadalur por la vieja ruta de los carteros y me había llamado la atención que una nube con forma de hongo o sombrero la cubría por completo.

Al parecer, Mykines quedaba muchas veces aislada del resto del país cuando las tormentas periódicas impedían la navegación. Pero tenía que ver a los puffins. Laura no había podido verlos en su viaje por Islandia en 2014, y al parecer me había embanderado a mí con la misión.

De Gasadalur hicimos dedo, primero, con poca suerte. Un hombre y su hijo en un BMW nos dijeron que tenían el auto lleno, aunque apenas llevaban unas cámaras y lentes en el asiento trasero. Eran de Suecia, y nos miraron con tal cara de asco que se me hizo imposible imaginarlos felices o disfrutando su viaje.

Finalmente salimos del pueblito en la caja de una Partner conducida por un viejito feroés que no hablaba una palabra de inglés. Simplemente abrió la puerta de la caja y nos indicó que nos acomodáramos entre rastrillos y bolsas de papa, con esa misma solidaridad rural que mamé en mis primeros viajes por las Pampas argentinas.

En el ferry cabrían unas 50 personas y, aunque había que reservar, pusimos cara de sudamericanos espontáneos pobrecitos-ellos-que-viven-sin-horarios y pudimos abordar, por delante de una familia inglesa que protestó. “It’s not fair”. Pero ellos habían llegado después, prepoteando, y además su rubiez los exceptuaba de la excusa sudaca. Las dos hijas de la familia patalearon como meninas rechonchas a las que el mundo les había sido arrebatado.

bandera de Islas Feroe

Vimos a las meninas hacerse más pequeñas en el muelle mientras el barco comenzaba a negociar las olas y la bandera feroesa flameaba con un fondo dramático de fiordos devorados por nubes. El placer nerd de ver flamear banderas de países no reconocidos o regiones autónomas allí donde más pertenecen.

La costa sur de la isla era inaccesible y abrupta, pero el barco le dio la vuelta y atracó en un puerto improvisado entre peñascos en la costa norte, cerca de la única aldea, donde nos ayudaron a saltar a tierra dos ursos. Las Islas Feroe no son el destino más barato de Europa, y pagar siete euros por una parcela para acampar sin ningún tipo de servicios (porque había que poner monedas hasta para ducharse) no nos llenó precisamente de alegría, pero el sitio se veía demasiado abocado al turismo para buscar alternativas con los locales.

Desde nuestro campamento vagabundo y periférico, al menos, teníamos un panorama envidiable de toda la aldea con sus techos de hierba, el helipuerto, y el sendero que se perdía hacia el faro. El pueblo parecía una maqueta preciosista, pero la mayoría de las casas estaban vacías o eran viviendas de fin de semana. Hasta los años 60 vivían unas 170 personas, pero la falta de caminos, electricidad y acceso a atención sanitaria tentó a la mayoría a mudarse a las islas más pobladas.

Supongo que nunca fui un fan de la observación de aves, esa afición que los ingleses bautizaron “bird-watching” y que moviliza a legiones que recorren en planeta binoculares en mano. Pero los puffins eran un caso distinto. Seguimos el sendero hacia el faro, mientras la isla se hacía cada vez más angosta. Al borde del acantilado en el que anidan, comenzamos a verlos. Fotografié al primero como si fuera el último, sin saber que vería miles en las próximas dos horas.

Los puffins habitan en las costas del Norte de Europa, Islas Británicas, Islandia y Groenlandia, y es imposible no enamorarse de ellos. A primera vista este amor tiene algo del flechazo fácil que generan los peluches. Bicho estridente. No me quedan dudas de que su pico anaranjado de curvatura bonachona hubiera estado más a tono en el trópico. Pero el plumaje denso y blanquinegro lo pone ahí no más de los pingüinos y lo hace definitivamente una criatura de frío. Es fácil quererlo con esa cara tan de abuelita de cuento. (A Lau, por ejemplo, le hubiera encantado que le llevara uno en la mochila.)

pareja de puffins

familia de puffins en Mykines

Digamos que esa simpatía la gatilla hasta la foto de un puffin y la puede sentir alguien que nunca tuvo uno en frente. Pero sólo en vivo aparece el segundo encanto: su torpeza famosa que le valió el apodo de “payasos del Atlántico”.

Los puffins apenas aprobaban el examen de las destrezas plumíferas básicas. Que vuelan me consta. A cada rato, cuando los pisotones y el barullo de los turistas los asustaba, despegaban desde los bordes del precipicio y daban un giro en “u” hasta que el intruso hubiera pasado. Pero era un vuelo en pose literalmente despatarrada (y era imposible no ver sus dos patas de pato anaranjadas una para cada lado). Parecía otra cosa a la que algo o alguien había obligado a ser pájaro.

Cuando tocaba aterrizar el problema para los puffins parecía agravarse, porque lo hacían mirando hacia abajo, aterrados, como si ellos también presintieran el desastre, como si hubiera una posibilidad de no lograrlo.

Supongo que parte de la gracia de ser pionero en algo es que las imperfecciones quedan perdonadas. Ejemplo. Lilienthal era un alemán medio loco que soñaba con que el hombre podía volar. El loco Lilienthal, allá por 1890 no pensó en un avión, más bien se fabricó dos alas de alambre y lienzo y con tan enclenque prótesis se arrojó aleteando desde una colina. Por supuesto que murió en el primer intento. Quizás, soñando con ser pájaro. Pero su fracaso no le impide ser celebrado hasta hoy como un pionero de la aviación.

Bueno, los puffins podrían ser quizás los pioneros no reconocidos de todos los pájaros actuales, unos aeronautas abruptos y osados, aprendices sin referente, de sí mismos, marginados en estas islas donde el destino también aisló a los feroeses.

Seguimos nuestro camino por un terreo cada vez más accidentado. Cuando bordeábamos el precipicio aparecía una soga de la que sujetarse, por lo que mi vértigo no jugó en contra. De pronto apareció un puente, y cruzamos hacia Mykineshólmur, el desprendimiento de tierra más extremo de las Feroe, que muere obstinadamente en el Atlántico Norte.

Nos habíamos propuesto caminar hasta el faro. Por sobre nuestra cabeza pasaban nubes fugazmente, haciendo variar la luz y el paisaje a cada minuto. Me quedó claro por qué Mykines era la isla favorita de los feroeses y motivo recurrente en los lienzos de los pintores de la isla.

Los puffins se habían vuelto parte invariable de ese paisaje y ya casi no los fotografiábamos a menos que hicieran alguna gracia, algún aterrizaje particularmente penoso. Uno de ellos se tiró en clavado a pescar y ahí entendimos que lo torpe de su vuelo se compensa con sus habilidades subacuáticas. Se zambullían como torpedos y volvían al acantilado con tres peces apilados en el pico. Por algo, quienes han comido alguna vez puffin juran que saben a pescado.

puffin con tres pescados en la boca

En una isla donde durante siglos la gente apenas sobrevivía y todo, incluso las ballenas, era una fuente de proteína, la torpeza de los puffins no les ayudó para escaparse del menú. De hecho, aún los feroeses le entran al puffin sin permiso ni perdón, y en la vecina Islandia su corazón crudo es una delikatessen digna de ocasiones memorables. Eso me genera intriga: porque si desde la época de las cavernas el ser humano creía en que se adueñaba de los poderes de los animales que cazaba ¿dónde quedaría el negocio de comulgar el corazón de un pájaro torpe?

Hoy, Mykines es la única isla de las Feroe donde el puffin está protegido, aunque la reducción en sus números año a año promete extender la veda a toda la región. Claro que, cuando los puffins no están en Feroe, están en otra parte. Normalmente, Marruecos, a donde migran en invierno en busca de temperaturas más suaves. Supongo que allí se encontrarán con otras aves más normales (como las que sí aprendieron a volar) y tomará nota, mejorando año a año…

faro de Mykines

acantilados de mykines y frailecillos

Nuestro camino continuó hacia el faro, de 1909. Es la primera luz que avisa a los barcos que vienen navegando sin obstrucción desde Groenlandia y América que las Islas Feroe están cerca. Increíblemente, tres familias vivían en este peñón ventoso el extremo oeste de las Feroe, utilizando la casa del guardafaros, hasta los años 60. Desde aquí el panorama de toda la costa de Mykines y de otras islas del archipiélago es épico.

Después de la caminata regresamos al pueblo. Comenzaba a refrescar, pero me reconfortaba saber que dentro de la carpa me esperaba la botella salvadora de whiskey. Darle un par de tragos antes de dormir cada noche fue como tener una segunda frazada. Esa noche no conté ovejas, sino puffins. ¿De verdad eran torpes? Ellos, que convirtieron en su hogar los acantilados más abruptos de Europa. ¿No eran como los viajeros entonces, que hallan comodidad donde otros ven un límite? Quizás no eran torpes, sino que habían descubierto otra forma de volar.

Datos prácticos para visitar Mykines

Cómo llegar

Hay ferry desde Sørvágur a Mykines de mayo a agosto, y en la segunda y tercera semana de octubre (temporada de carnear las ovejas). Es fundamental reservar por adelantado (como conté en el post, casi me quedé sin boleto). Normalmente hay dos partidas diarias, aunque pueden ser canceladas debido al mal tiempo.

Se puede también viajar a Mykines en helicóptero, ya que el servicio se encuentra subvencionado. Hay vuelos desde Sørvágur una vez por día los lunes y miércoles y dos veces los viernes. Es necesario reservar semanas antes. Los horarios los puedes ver aquí.

Alojamiento en Mykines

El único hostel en Mykines es Kristianshus (www.mikines.fo), con apenas cuatro habitaciones (recomendable reservar en verano). Sólo abre de mayo a fines de agosto y tiene el desayuno incluido al módico precio de 1150 DKK la habitación. El cambio es de aprox 7.7 con el euro. La otra opción (la que nosotros usamos) es el camping, que en realidad no es más que el permiso para acampar al lado del arroyo, colina arriba del pueblo, por sólo 50 DKK.  Para las duchas podés preguntar en el café, que tiene duchas que funcionan con monedas de 20 DDK. (Al  margen de que uses la ducha a monedas, podés entrar libremente a los baños públicos, que están impecables y tienen calefacción).

banios publicos mykines

Refugiándonos en los baños públicos durante un chubasco pasajero.

Dónde comer en Mykines

Si vas al hostel, allí mismo ofrecen menúes, pero si acampás, el tema ese complica, porque no hay negocios, ni almacenes ni nada en la isla. Nosotros cargamos comida con nosotros (sandwiches, ensalada, fruta, etc) y pedimos permiso para sentarnos en el único café de la isla, donde ya habíamos consumido un par de cervezas (50 DKK), para poder comer al reparo del viento. El café sí ofrece algunos platos sencillos.

Mejor época para visitar Mykines

Los mejores meses son mayo y junio, ya que hay mucha menos gente. Una noche alcanza de sobra para la visita. A menos que estén haciendo un doctorado en puffins. Si hay tormenta, existe la posibilidad de que te tengas que quedar más de lo planeado (una vez el ferry no navegó en una semana por el mal tiempo).

Si tenés comentarios, consultas o querés añadir tu experiencia a esta guía de Mykines, ¡dejanos tu comentario!


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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