NOLSOY O CÓMO EMBORRACHARSE CON VIKINGOS

No todos los días te emborrachás en una aldea de pescadores en las Islas Feroe y terminás cantando sagas vikingas en un idioma desconocido. Y por eso, no puedo dejar de incluir esta acrobacia, este tropezón buscado, que fue caer sin querer en la Ovastevnan en la isla de Nolsoy.

Porque claro, hay maneras y maneras de viajar. En el post anterior recomendé una lista de lugares para visitar en Torshavn, la capital de las Islas Feroe. Hay tan poca información en español en internet que consideré casi un deber hacerlo. Pero quienes me siguen ya saben que no voy por ahí tachando imperdibles de la lista, al menos no todo el tiempo.

El evento tuvo lugar en nuestra primera tarde en Torshavn. Habíamos llegado a las Islas en vuelos distintos, pero ambos con amplias escalas y noches incómodamente dormidas en salas de espera de aeropuertos. Cuando finalmente nos encontramos, estábamos ambos muertos de hambre pateando las calles de una de las ciudades más caras de Europa. Si, ya sé: parece una mala combinación. Pero no olviden que en los viajes las dificultades maquillan oportunidades.

Habíamos rebotado ya en dos o tres pizzerías (pizza simplona catorce euros, no gracias) y debatíamos si aprovechar o no la vieja excusa de “vamos a celebrar que estamos acá” para romper el chanchito y sentarnos a comer un regio salmón como reyes que no éramos, con culpa de postre. Comida caliente, billeteras vacías.

Motivos para celebrar había. Matías y yo habíamos empezado a entrever la posibilidad de visitar juntos las Feroe entre cervezas negras sentados sobre la mesa de madera del Dickens Pub de Mar del Plata, mi oficina favorita en las tardes de escritura.

Entonces fue una de esas trampas del cosmos. Como pisar la hoja de otoño ganadora y descubrir que su crujir esconde un trampolín de fuga hacia una realidad alternativa. El hombre se llama Oli, le acabábamos de preguntar si conocía algún sitio donde probar pescado barato. Después de todo, estábamos en una isla.

fiesta en nolsoy

No estaba en los planes terminar cantando por las calles, ni conocerlo a Oli.

Oli tendría unos cincuenta y tantos años, una gorra raída y la pinta del pescador que era. Señaló casi con desgano dos o tres lugares para comer, pero estaba más interesado en contarnos que recién regresaba de un mes en altamar y que había un festival en Nolsoy, la isla de enfrente, adonde iría mucha gente.

Caminábamos los tres por la calle durante algunos minutos, con nuestro nuevo amigo dando manotazos para compensar su inglés, tan rústico como sus manos curtidas que se movían en el aire como gaviotas impredecibles. “Será fantastisk”, decía en referencia al festival y supuse que era el avikingamiento de fantástico.

Además de fantastisk le entendimos que quería visitar a otros compinches pescadores y capitanes que vivían en la isla y a quienes no veía desde antes de embarcarse. El ferry –enfatizó tocando su reloj- salía en 20 minutos, pero había ferris para regresar durante toda la noche, cuando quisésemos.

Entendí que lo que Oli estaba haciendo, tomando los rodeos prescriptos por la etiqueta escandinava, era invitarnos a sumarnos a su programa. Y entre un plato de salmón cenado con culpa y pimienta, y una fiesta popular adonde además caeríamos con gente local, la decisión estaba tomada: nos íbamos de caravana nórdica.

Como dije, era la primera vez que viajaba con Matías, y sentí que era buen momento para refrescar algunos términos y condiciones, no míos, sino del camino.

–          Ahora sí, cruzamos el punto de posible retorno, ni idea qué nos depara el destino esta noche, si dormiremos en la isla, se moriremos de hambre o si nos casaremos con las hijas de los pescadores.

La realidad es que desde que le había preguntado a Oli dónde podíamos comer había intuido que era una persona sociable, y por eso acompañé su caminata gesticulante hasta que sucedió algo que estaba en las posibilidades. El pescador había mordido el anzuelo o el mochilero había sido pescado, depende cómo lo mires. Pero de allí en adelante no tenía idea cómo se desencadenarían los eventos.

Me di cuenta que habíamos tomado la decisión correcta cuando observé que todos los que hacían fila para subir al ferry tenían un vaso plástico de cerveza en la mano. El cruce a la isla duró apenas veinte minutos, pero Oli tuvo tiempo de contarnos el motivo del jolgorio.

nolsoy

Vista de Nolsoy desde el ferry.

… y llegando al muelle.

barco diana victoria

El bote de Ove, centro de la celebración.

La Ovastevnan, como se llama la festividad, conmemoraba a Ove Joensen, un joven marino local que en 1986 remó en solitario, para recaudar fondos para una piscina municipal, hasta la estatua de la Sirenita del puerto de Copenhague, a donde arribó 41 días después. Al año de su hazaña, sin embargo, el buen Ove resbaló hacia su muerte desde la cubierta del barco en que pescaba, en las gélidas aguas de noviembre. Desde entonces, es un héroe local y todos los agostos cientos de personas se congregan a beber y cantar en su honor.

Desembarcamos a unos quinientos metros de la aldea, y de camino Oli entró en el cementerio, poco más que una veintena de cruces rodeadas de una pirca de piedra. Allí ubicó la tumba de Ove, le rindió sus respetos, se acomodó la gorra y se dispuso a emborracharse.

–          Todas estas personas están aquí por Ove –dijo pensativo Oli señalando a la animada muchedumbre que bebía y conversaba entre los puestos de comida del muelle.

La aldea de Nolsoy era, como todos pueblos feroeses, una maqueta de casitas armoniosas y perfectamente pintadas. Pero ese día la gente tiraba la casa por la ventana. Gente de todos los rincones de Feroe llegaba en ferry o en sus propias embarcaciones, y los locales agasajaban en sus casas a puertas abiertas a familiares, amigos, y a cuanto el destino les arrojara de un coletazo en la puerta, mochileros argentinos incluidos.

Para no tener el estómago vacío, nos aseguramos una fisksuppa (sopa de pescado con pan) en uno de los puestos y le echamos una ojeada de cerca al Diana Victoria, la idolatrada embarcación de Ove que año a año era expuesta públicamente cual reliquia de un santo, para luego ser guardada celosamente en un cobertizo. Entonces Oli preguntó si estábamos listos, y fuimos directo a visitar a sus primeros amigos.

Pasamos debajo de un arco que según juró Oli eran las quijadas de una enorme ballena cazada en la aldea hacía lustros, y entramos en una casita de madera oscura, de techos tan bajos que tuve que bajar la cabeza. Dentro, la casita resguardaba uno de los ambientes más cálidos que recuerde. Había una larga mesa repleta de bandejas con galletas y dulces, y teteras, los restos de un festín dulce aparentemente recién concluido, y unas diez personas sentadas a la mesa.

Tan pronto detectaron nuestra presencia nos sentaron a todos en unas comodísimas poltronas y nos pusieron en la mano una copa de Aquavit sueco. Sólo después de que hubimos bajado el primer vaso se molestaron en preguntar nuestros nombres. Si estas eran las normas de la hospitalidad feroesa, nos aguardaba un viaje interesante.

El dueño de casa se llamaba Trondur y pertenecía a una antigua familia de pescadores. Las fotos y retratos de sus antepasados impregnaban de alma la casa tanto como la lumbre ambarina de las lámparas y el reloj de péndulo. Parecía que allí dentro sobrevivía el siglo XIX.

Al principio me quedé callado en la poltrona, quieto como los animales que se saben acechados por un predador y buscan camuflarse en la quietud. Supongo que no me cerraban la pompa y elegancia del sitio con la facilidad con que nos habían incorporado. Pero pronto Trondur y Oli se sentaron con nosotros a dar charla.

Si, ya sé, las fotos comienzan a verse borrosas. Reflejan fielmente la manera en que veía a medida pasaban las copas.

La primera pregunta, que se repetiría durante todo el viaje, fue ineludiblemente: ¿Qué se les dio por visitar las Feroe? Aquellos remotos isleños se habían acostumbrado a vivir en un sitio que el resto del mundo ignoraba.

–          Cuando viajamos a Europa, tenemos que decir que somos de Dinamarca, es lo más fácil. Nadie sabe dónde quedan nuestras islas.

Y tenía razón, junto con Transnistria y Somalilandia, las Feroe son uno de mis países visitados que cuando los nombro obtengo de respuesta, casi siempre con estas palabras:

–          ¿Y eso dónde queda?

Pero bien, ahí estábamos argentinos y feroeses tomando aguardiente y acortando en ese humano acto de compartir el eskabio cualquier abismo cartográfico. De hecho, cuando buscamos en Google la distancia entre las Islas Feroe y Buenos Aires, y el teléfono interpelado respondió “No hay resultados para esta búsqueda”, todos nos morimos de risa y volvimos a brindar.

Trondur me resumió un poco la historia de las islas. Empezó contando que el genoma de los feroeses era un cóctel de vikingos noruegos y de las mujeres irlandesas que éstos raptaban de camino. El problema era que por cada siglo de historia que contaba volvía a llenar nuestro vaso de aguardiente, y pronto era evidente que a ese ritmo no llegaríamos al siglo XXI con la capacidad de recordar nuestros nombres.

Para intercalar con el líquido cristalino, una mujer mayor trajo con paso ceremonial una bandejita unos bocadillos de ræstur fiskur, pescado seco y fermentado. El hombre se llevó un trozo a la boca y luego explicó que durante siglos esa práctica le había permitido a su pueblo almacenar las proteínas necesarias para sobrevivir los inviernos y que cada casa tenía su propio secadero. Le dije que en el norte de Argentina preparábamos charqui con la carne de llama, aunque tuve que buscar una foto de una llama n el teléfono para que entendieran de qué diablos hablaba. Hubo un murmullo en el salón celebrando que, al parecer, no eran los únicos locos en el planeta que comían carne seca.

Al lado del pescado seco había un trozo de grasa blancusco que no era ni más ni menos que grasa de ballena. La poco que se sabe sobre las Islas Feroe es que continúa permitiéndose la caza ritual de ballenas piloto con el fin de consumo, previa distribución de su carne en partes iguales entre todos los habitantes.

Siempre que había visto imágenes por televisión, la práctica me había indignado, pero en mi visita a Feroe pude pensar ese hábito desde otros puntos de vista, que me hicieron dar cuenta que no era quien para colocarme como juez de nadie. ¿Acaso no convertíamos en tiritas de asado en mi país a millones de vacas que, como agravante, no eran animales salvajes sino que el espacio necesario para su cría implicaba la depredación de ecosistemas como las Pampas? Pero como esas reflexiones y contrastaciones no sucedieron el día del festival en Nolsoy, trataré el tema más adelante.

Sólo decir que, para no rechazar lo que para mis anfitriones era indudablemente un manjar y retribuir la confianza, acepté probar con cautela el trozo de grasa. En cada cultura hay alimentos cuyo ofrecimiento al foráneo va mucho más allá de compartir comida. Son un ritual de aceptación temporal en la cultura anfitriona, una especia de comunión encubierta. Quien te ofrece un mate en Argentina o un tazón de chicha en la Amazonía ecuatoriano, está trazando una línea y espera que la cruces.

Ya no me acuerdo con quienes hacia la casa de alguien.

cerveza foroya bjor

La cerveza nacional feroesa.

Pasada la prueba de fuego y felices los anfitriones de que no hubiéramos rechazado sus hostias de Moby Dick, continuamos hacia la segunda casa. Lo miré a Matías con cara de ésto va para largo.  Serían las nueve de la noche, pero el sol aún estaba sobre el horizonte.

La segunda casa estaba a menos de cien metros. Allí, nos esperaba una fiesta de cumpleaños, de una abuela de cuento con lentes redondos que, metida en un suéter tejido a mano, servía café y porciones de torta a todos los presentes. Me sentí aún más infiltrado que en la casa del siglo XIX de donde veníamos, pero nos relajamos tan pronto un hombre, que había sido director de turismo de las islas hasta el 2001, nos empezó a sacar charla.

Otra vez tuvimos que explicar por qué diablos nos habíamos tomado la molestia de visitar las Islas Feroe, y enseguida las temidas copitas de aguardiente y latas de cerveza local Føroya Bjór se abrieron paso por la mesa como soldaditos de plomo, destronando al café de la abuela. El nuevo personaje se llamaba Thor, tal como el dios vikingo del trueno, y era un fanático del folclore feroés, aunque luego entendería que todos los feroeses son fanáticos de su folclore.

–          Hay dos cosas que hace que seamos feroeses: la danza y la caza de ballenas. Y yo practico ambas.

Las islas Feroe, explicó, eran uno de los últimos lugares de la tierra donde la gente seguía practicando aquellas antiguas danzas medievales en cadena, donde la gente entrelazadas codo con codo formaban rondas concéntricas y seguían un protocolo de pasos.

–          Hay danzas que llegaron desde Normandía en el año 1100. Allá desaparecieron, pero nosotros las seguimos practicando.

También memorizaban largas sagas al estilo Nibelungos. Y aquí no sé si su alcohol o el mío impidieron que comprendiera el resto del mensaje, porque si le creo a lo que anoté en mi libreta dijo, a saber: que eran óperas para hadas, y que ellos participaban en esas óperas. Ambas cosas no son compatibles, a menos que ellos fueran una logia de hadas ebrias y vengativas. ¿Habríamos caída en una isla encantada de dónde sólo te librabas al beber cierta cantidad de aguardiente?

Oli llegó y dijo que nos preparásemos, que iríamos todos a cantar. El otro se levantó sin chistar como si eso hubiera estado concertado de antemano. Yo solo esperaba que no se les ocurriera hacer la famosa danza en cadena porque llevaba suficiente alcohol en la sangre para hacerlos despatarrar a todos.

Mucho antes de llegar al muelle ya se escuchaba la música del acordeón y las voces al unísono. Familias enteras, y notablemente legiones de mujeres con cochecitos de bebé –con 2.4 hijos por mujer, las Feroe van a contramano de la tendencia europea-. Era la imagen que podría acompañar a la definición cliché de felicidad en una enciclopedia. Todos cantaban con sus mejillas sonrojadas, meciendo sus cabezas al ritmo de la melodía de forma mesurada y acompasada.

Para un nativo del subdesarrollo como yo, la cosa podía ser hasta ligeramente irritante. Maldita sea, ¿por qué no tienen problemas? – podría preguntarse uno en su fuero íntimo. Tengo algún que otro amigo más expresivo –u explosivo- que tomaría sin titubear un bate de béisbol para ahorrarles el sufrimiento a esa convención anual de Flanders.

Pero esos Flanders vikingos se habían ganado su paraíso en el medio del Atlántico Norte, sobreviviendo a siglos de austeridad, sin posibilidad de ejercer la agricultura, sobreviviendo a ballena y pescado seco. Ahora todos eran prósperos pescadores con un ingreso mínimo de veinte euros la hora, y las Feroe uno de los mayores exportadores mundiales de salmón.

La cuestión es que Oli y su amigo me enchantaron un cancionero. Matías me miró como diciendo “no vas a ser tan caradura de cantar”. Y ellos miraron con cara de “te animaste a probar ballena, ahora cantá en nuestro idioma.” En la encrucijada, abrí el maldito cuaderno y puse cara de niño cantor de Viena.

El feroés es uno de las únicas dos lenguas vivas que descienden del Nórdico Antiguo, idioma hablado por los vikingos. El otro es el islandés. Como tal, está lleno de letras extrañas, tuneadas, como æ, ø y para más desconcierto ð. Ese karaoke era un verdadero campo minado fonético y quien intentaba leerlo era un acróbata entrado en copas, pero quizás también animado por ellas. Lo imaginé también a Jorge Luis Borges, autor de Literaturas Germánicas Medievales, alentando desde una nube. El problema era cuando te encontrabas con palabras largas como fuglafjørður.

Una vez resuelto el problema de entender cómo pronunciaban estos tipos sus “o” tachadas y de descubrir que la “ð”, después de tantos aspavientos, no era más que un sonido mudo, un perro que no ladra, no fue tan difícil canturrear aproximadamente las sagas, aunque sin entender el significado. Algunas, me enteré después, eran los lamentos de pescadores que tras largas temporadas embarcados, regresaban a casa con fortuna pero, a pesar de todo, seguían sin conocer el amor debido a su vida errante.

El resultado esperado de la operación “Villancico”, era que Oli estaba aún más eufórico y sacaba pecho alardeando de que los extranjeros que había traído, no sólo habían animado a probar ballena, sino que también cantaban en feroés.

Terminado el cancionero (sip, tenía diez páginas), nos movilizamos a una tercera casa, la del primo de Oli, un hombre taciturno que era capitán de un barco que pescaba en Groenlandia.

–          Aquí el tempo de la vida es lento. Pasamos dos meses en altamar, y dos en casa.

Me dijo mientras me servían más aguardiente y yo me aseguraba de que Matías siguiera vivo en algún rincón. Me agradó que ese hombre usara una noción proveniente de la música para describir la vida de los pescadores. Eso comprobaba el rango de la música en aquel universo en el que, acababa de comprobar, la gente aprovechaba cualquier ocasión, santo o día patrio para salir a cantar a la calle.

Según algunas interpretaciones, en la quinta casa.

A partir de aquí me cuesta seguir el hilo del relato, porque conforme pasaban las copas mis anotaciones en la libreta se vuelven confusas. En los márgenes hay anotaciones que dicen “cuarta casa” o “quinta casa”, pero es imposible realmente establecer un orden o saber en cuántas casas más fuimos admitidos e interrogados entre copas sobré qué se nos había perdido en esas latitudes. Una línea de la libreta, ya escrita con caligrafía temeraria dice:

“5° casa. Oli desapareció. Mesa servida. Todos pescadores. Nos vamos con un x que es cantante y pescador que nos lleva a otra casa.”

En realidad, ya nadie sabía de quien éramos invitados, y por propiedad transitiva pasábamos de casas de unos a las de otros, y cada vez se hacía más difícil recitar o recordar el linaje entrenzado de “conocidos” por medio del cual llegábamos a la nueva casa.

Terminamos a las cuatro y media de la madrugada esperando el ferry de regreso a Torshavn, todavía con una cerveza en la mano y confraternizando con los últimos borrachines. Uno de ellos quiso explicarme por enésima vez la historia de Ove y cómo había remado hasta Dinamarca. Le dije que me parecía algo muy lógico, ya que al fin y al cabo eran todos descendientes de vikingos que habían llegado, como Ove, navegando en poco más que una cáscara de nuez. Dentro de la embriaguez creo que el hombre le encontró sentido porque había alzado un dedo para decir algo y lo bajó y asintió mirando al suelo.

Yo no sé qué palito del destino pisamos Matías y yo esa tarde en Torshavn para terminar filosofándole en kurda su origen a los feroeses, cantando por sus calles en idiomas que nos eran desconocidos o entrando con licencia en toda casa. Algo es claro: hay que viajar con plena consciencia de esos trampolines ocultos en las hojas de otoño, de esas gambetas que te sustraen del itinerario de imperdibles, de las listas de cosas para hacer y te arrojan, espabilado, sobre el momento. Ahora sabíamos que, en el resto de nuestro viaje por las las Islas Feroe, podíamos esperar cualquier cosa.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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