LO QUE ME COSTÓ EL AMOR DE ÁFRICA

“Ya veremos cómo nos adaptamos” – le dije a Lau arriba del vuelo de South African Airways que nos repatriaba después de 15 meses de intenso viaje a dedo por África, desde Cairo hasta Ciudad del Cabo. Tras pronunciar la última palabra me quedé mudo por la revelación: no había necesitado autoconsolarme con semejante lema de esperanza a la ida. Y eso que marchábamos frescos hacia ese continente donde los noticieros tamborileaban los mismos apocalipsis trillados de siempre: niños con la barriga inflada y sus ojos apestados de moscas, guerra civil y aldeas enteras masacradas a machetazos, epidemias de ébola, malaria, SIDA y helicópteros de la ONU arrojando víveres por paracaídas a madres desesperadas.

En cambio, lo decía ahora. De regreso. Y el lugar al que supuestamente tenía que readaptarme no era África sino mi casa y mi país, lo conocido, las empanadas y los amigos, el agua corriente y la conexión wifi constante, los cubiertos y los semáforos.

Hay muchas historias atrasadas en el blog, muchos destinos sobre los que quiero escribir guías prácticas, porque pienso que África está subestimada por los viajeros y este blog podría ser un punto de partida para los que se animen. Pero hoy, lo que me urge contarles es mi desconcierto hormonal en este regreso, las vueltas de este extraño amor africano.  

Hay que empezar diciendo una verdad sin adornos: África fue el continente que más puso a prueba mis pasos hasta ahora. No porque me haya encontrado con la temida África de fusiles y mosquitos infectados de los noticieros sino porque África –sobre todo cuando uno viaja con bajo presupuesto y duerme, come y se mueve en los mismos sitios que los locales- despliega una intensidad en lo cotidiano que puede corroer cualquier temple, desde la monotonía gastronómica (nunca antes había pensado en la combinación de arroz y frejoles como un instrumento de tortura) hasta el asedio en sus múltiples versiones.

¿El qué?

El asedio. Es muy frecuente en África, sobre todo cuando uno es muzungu (ya explicaré lo que esto significa, pero andá sabiendo que si estás leyendo esto probablemente vos también seas muzungu) Sucede cuando, sin coordinación ni complot previo, una multitud de personas deja fluir su impulso febril de acercarse, hablarte, tocarte, venderte lo que tengan a la mano, empujarte, o cumplir con el feliz ritual de congelar en vos una mirada espectral (este, sin dudas, es un arte desarrollado hasta los bordes del autismo por los somalíes) e intensa.  En África, cuando entrás a un espacio repleto de gente, sin necesidad de mirar hacia los costados, te hacés sensible a la energía que tejen esas miradas, las sentís en la nuca…

accra-road-nairobi

Welcome to the jungle.

 

En Nairobi, por ejemplo, hay un sitio llamado Accra Road. Ahora, en esta nostalgia apañada por cerveza artesanal, me parece un sitio inofensivo, exótico. Caminar por allí, sin embargo, era otra cosa. La ciudad, de 4 millones de habitantes, no tiene una estación terminal. El resultado es una calle entera tomada como parador informal por flotas de matatus (furgonetas destartaladas que son el principal transporte público), buses de larga distancia y mototaxis (seamos justos, se llaman boda-bodas), estacionados sin órden ni intención de tenerlo en cualquier parte, con gente apelotonada por doquier, hormigueando entre bocinazos, perros que lamen los pies de mendigos vencidos, y charcos que, como si fuera poco, lo duplican todo.

Sólo es posible escurrirse entre la muchedumbre calculando tus pasos con tres metros de anticipación para zafar de las legiones de revendedores de boletos que, si sos muzungu y en un acto de marketing físico, te van a meter en su vehículo de un tirón de antebrazo, sin preguntarte a dónde vas.

Esta desvalorización del “espacio personal” (leo lo entrecomillado y surgen en mi cabeza coros de carcajadas africanas) es algo a lo que uno se acostumbra bien pronto. Espacio personal, más africanos cagándose de risa. Yo terminé de entender el tema, o mejor dicho, me resigné, el día que me gritaron “Hey, muzungu, this is Africa!”. Les cuento.

Las palabras salieron de la boca de un tipo que venía como pasajero de un taxi-motocicleta. El hombre –en realidad sólo vi su dentadura de marfil mandibulear en la penumbra- había girado medio cuerpo para geolocalizarme, como si no supiera dónde estaba.

“This is Africa!” – el sentido traspasaba lo geográfico.

La lección que el “cara pálida” debía aprender eran las reglas de esa África, donde cada quien hacía lo que se le antojaba: el ejercicio de las migas de poder de cada uno dentro de su esfera, sin miramientos al prójimo, el auto que se come a la moto, la moto que atropella al peatón, y los dictadores de turno toman el poder por las armas y los gobiernan a todos por treinta años. Pero ¿por qué el tipo me había dicho eso?

Estábamos en Kampala, la capital de Uganda, durante la desafortunada coincidencia de una tormenta y un apagón. La ciudad ya caótica se había desbordado de almas errantes en busca de refugio. Las calles estaban congestionadas y las aceras servían como pista auxiliar para las motos que pasaban rasantes atropellando a las personas que no se movían o no las veían. Muchos se zafaban de un salto, para caer de lleno en una cloaca desbordada. Al costado, sobre la tierra, había mujeres atendiendo míseros puestos de chucherías iluminados por lámparas de kerosene.

Se escuchaban gritos de euforia, como si la tormenta portara un hechizo. Un perro atado a una reja recibió un carpetazo en la cabeza y un par de patadas de parte de un grupo de estudiantes que pasaron por allí como una pandilla sobreexitada. La moto en cuestión me pasó de refilón, rasgándome la pierna con el filo del caño de escape, y dejándome con el estupor de estar vivo.

Tampoco puedo olvidar que el día que intentamos bordear a pie el Lago Tana, en el norte de Etiopía. En cada aldea, una estampida de niños descalzos, con hilachas de ropa colgando y los pelos enmarañados endurecidos por la tierra salían en estampida a perseguirnos, esculpiendo en nuestro cerebro las palabras sagradas “you, you, you, money, money, money”. Eran las únicas que sabían en inglés y las repetían con un tono de exigencia sórdida que desentonaba con su condición de niños. Cada tanda nos escoltaba, cercados por la circunferencia de su ronda, hasta ser relevados por una nueva oleada en la aldea siguiente. Al cabo de una semana, estaba exhausto como no recuerdo haberlo estado ni en Afganistán ni en la India.

Esos niños, inocentes y corrompidos al mismo tiempo, las muchedumbres de Accra Road y los motociclistas asesinos de Kampala me habían enseñado algo. Que ninguno de mis viajes anteriores -y yo me consideraba un tipo viajado- me había preparado para África.

Al contrario, venía malcriado por colombianos que te daban la bendición antes de acostarse e iraníes que te invitaban a almorzar sobre la alfombra, pueblos que anteponían el ritual de la hospitalidad a sus propios problemas. En África, en cambio, los conductores rara vez nos invitaban a sus casas, sino que cumplían a secas con el acto del traslado. En los pueblos la gente era amistosa, bochinchera, my friend por todas partes y choques de puño, charlas de fútbol y risotadas por cualquier cosa. Pero en contadas oportunidades esos picos de sorpresa ante el muzungu derivaban en una tarde compartida en familia.

Los africanos eran distintos y me llevó un buen tiempo entender por qué. Los más desposeídos, las poblaciones rurales o los habitantes suburbanos que vivían en chabolas eran gente que, con sobrados motivos no disimulaba su fatiga ni caía en el artificio de abstraerse de sus propias vidas para agasajarte. Además, la vergüenza que sentían de que un extranjero visitara sus casas terminaba por dinamitar el puente. Es difícil cuando el que te pone en un pedestal en función de tu color de piel es el otro.

Me tomó más tiempo comprender el motivo de la apatía de los más acomodados. Aunque no es un dato suficientemente sensacionalista para aparecer en las noticias, África es el continente donde la clase media crece a un ritmo más vertiginoso. Pero donde y cuando la pobreza cedía, lo que crecía era una abundancia amurallada, ensimismada hacia una vida funcional, con restaurantes italianos y hoteles cinco estrellas, pero sin bohemia ni demasiado interés por el intercambio cultural. La pobreza está, evolutivamente hablando, demasiado cerca como para coquetear con ella.

Lo extraño es que, a pesar de eso, me fui enamorando de África, aún mientras puteaba por el enésimo plato de ugali y me sentaban un niño sobre mis rodillas en una furgoneta hacinada. Empecé a entender que si bien no existía el encanto estético de Europa ni la hospitalidad de Medio Oriente ni la cercanía de las historias latinoamericanas, África era único en una forma que hasta entonces no había entendido. Y es que ningún otro continente era tan sincero.

No había comparación con la Europa de la ley y el orden o el parque de diversiones mochilero en que se había transformado el Sudeste Asiático, donde los elefantes paseaban gente y hasta los ríos estaban a merced del visitante (caso del río Nam Song en Laos, donde la juventud australiana sobrepotentada practicaba una suerte de tubing etílico hasta que la cantidad de muertes hizo que las autoridades tomaran cartas en el asunto.)

No había en África ningún intento de maquillar la lucha cotidiana por la supervivencia ni de agradar a nadie. Cualquier calle, mercado o parada de buses eran una ventana inmediata a la brutalidad y la austeridad del día a día. Empecé a buscar la riqueza y las historias, las preguntas y las respuestas, en ese lienzo expuesto de lo colectivo, en lo que comencé a llamar espacios africanos.

La lucha por la supervivencia configuraba espacios únicos, dónde todos buscaban salvarse en el mismo lugar. Comencé a entender su belleza, ya no recuerdo, si en Tanzania o en Uganda. Porque la belleza, otra enseñanza de África, hay que saber dónde buscarla.

campesinos en uganda yendo al mercado

Mis compañeros de viaje, a bordo de la caja de un camión, en Uganda. Iban a un mercado. La bondad de algunas miradas animó mi camino.

A veces eran mercadillos paralelos a las rutas por donde pasábamos haciendo dedo, al salir de una ciudad. Mujeres envueltas en túnicas multicolores –las legendarias mammas africanas con sus bebés sujetos a la espalda por una tela- vendían paltas, mangos o se paseaban con baldes plásticos repletos de saltamontes condimentados –una verdadera delikatessen callejera- mientras otras vendían recarga para celulares (porque en cualquier esquina de África puede darse el caso que una mujer que no sabe leer te venda una raspadita que te permita conectarte con un satélite) o trampas para ratas y mil almas hormigueaban en busca de busetas.

La constante era la precariedad, lo yuxtapuesto. Y eso me permitía observar todo el espectro de la vida pública sentado en un tacho de pintura invertido como todo banco y engrasándome los dedos con un rolex –derivado generoso de rolled eggs–  una bomba oleoginosa de chapati con huevo frito enrollados que se preparan en todas las esquinas de Uganda con una estandarización, prolijidad y consistencia de precio que a McDonalds le hubiera costado millones de dólares. Y mientras degustaba mi rolex otros llegan a comprar leche vendida directamente del tambo o sandalias de goma chinas y pasaban niños con sus uniformes limpios galopando sobre la tierra colorada y las nubes de polvo levantadas por los vehículos. El mercado, las casas, la escuela, los héroes no celebrados del continente maldito pasaban delante mío, sin mayores esfuerzos. Sólo tuve que aprender a estar.

Me amigué así con las situaciones que antes me repelían y África cicatrizó su sentido lentamente sobre la herida inicial.   Me di cuenta de ese cambio de marea interna cuando, caminando de noche en Kampala, se me dio por sentarme en medio de una muchedumbre que esperaba la partida de un bus a Juba, la capital de Sudán del sur. Me quedé quieto entre los rostros sudados de esa legión de viajantes. Estaban sentados sobre sus bártulos y valijas.

Algunos venían de la región de West Nile, otros eran bagandas, y hasta me pareció ver las cicatrices decorativas de un karamajong. Mientras escuchaba historias de exilios y esperanza (“Sudán del Sur tiene petróleo, cuando la guerra acabe será un país rico y podremos enviar dinero a nuestras familias”) me di cuenta que había empezado a entender el sentido de la pertenencia a una tribu. El abc me lo había enseñado un venezolano expatriado en Uganda, con quien compartí semanas, y de quien ya contaré más en este blog.

rolex comida tipica de uganda

Siempre hay un puesto de “rolex” en Uganda, no importa el lugar ni la hora.

Y la piedra fundamental de ese entendimiento era que yo también, sin saberlo, pertenecía a una: ¡la tribu de los muzungus! Como los blancos no teníamos tribu, los africanos nos habían inventado una. Era la limosna africana a los occidentales pálidos y destribalizados. El pack venía con una serie de características asignadas por prejuicio: todos éramos, a saber, blancos, teníamos dinero, culpa por tenerlo (de lo que se derivaban una amplia gama de oportunidades), estábamos poseídos por una inexplicable pulsión por viajar, alejándonos de nuestra aldea y nuestros animales, y éramos desconsiderados con Dios, a quien no le dedicamos mucho tiempo, y como si fuera poco, nos daba pereza tener hijos, qué egoístas.

Por la calle, en los buses, en el mercado, los niños, los ancianos, todos, al vernos por la calle, como si una fuerza mayor los obligara a etiquetarnos, como memorándum de nuestro lugar: “¡Eh, muzungu!”. Lo pronunciaban con toda la negritud sonriente de sus bocotas swahili. La fuerza, me di cuenta con el tiempo, la eficacia demoledora del “tag” caía en el zumbido acelerador de la zeta, que sincronizaba con una levantadita de mentón y/o cejas como para enfatizar.

La primera sensación es de complot o de magia, porque parece que de la noche a la mañana todos se pusieron de acuerdo en llamarte por un nombre que no es el tuyo. Y después te cae la ficha de que te sentís raro porque nunca en tu vida de occidental caucásico te englobaron en una categoría, ni te llamaron por tu color de piel o tu etnia. (ambas, en África, nociones fundamentales.) Pero mientras el faranji en Etiopía tiene un tono hostil, casi despectivo, el muzungu del este de África es un puente, un guiño.

Y así fue que entendí cuál era mi lugar, y no ese lugar no estaba tan mal. Como muzungu, tenía licencia para vagabundear con agujeros en mis pantalones, hacer dedo, acampar o cometer cualquier otro de los vicios objetables del mochilerismo sin que nadie alzara un dedo. En África, la realidad no era mucho más perfecta que nosotros. Mientras que en Argentina o algunos países europeos mucha gente lanza miradas desaprobadoras al verte en una posición ligeramente marginal, en África esa desposesión voluntaria y momentánea, esa volatilidad del ser, nos acercaba a ellos y nos bajaba de pedestales.

nene africano en mercado

Este niño, en un puesto callejero donde frené a desayunar fruta, no supo cómo reaccionar y quedó tildado, pero seguro pensó la palabra mágica…

arroz con frejoles y pescado

Sentado a la mesa de cualquier mercado, en cualquier comedor callejero, uno accede a las infinitas variantes del “rice and beans”.

Después estaba el factor económico: África hace todopoderosos a los mochileros más pulguientos. Hay que decirlo: la libertad económica que uno experimenta en África siendo muzungu es uno de los antídotos que permiten la reconciliación con la dureza de las condiciones. Aunque en el segundo tercio del viaje, de Tanzania hacia Sudáfrica, volvimos a apostar al alojamiento espontáneo y dormimos en todo tipo de sitios desde estaciones de servicio hasta escuelas o iglesias, sabíamos que, si queríamos, nada nos impedía dormir en un hotel.

Lo mismo con la comida: por monedas nos sentábamos a degustar un sabroso pilau –arroz con cardamomo- preparado por una mamma tanzana, con toda su cocina improvisada bajo un árbol, y por cinco dólares podíamos ordenar un pulpo entero en las playas de Mombasa. Mamma Africa nunca dejó de alimentarnos.

Las guesthouses locales donde nos alojábamos no aparecían en ninguna Lonely Planet y también tenían su mística. Por entre siete y diez dólares conseguíamos siempre habitaciones privadas que por lo general eran limpias, sin contar a las arañas residentes, pero que, en algunos casos, no tenían agua corriente.

Era entonces el momento triunfal cuando el encargado nos arrimaba el típico bidón amarillo con agua hasta el tope, ese que cargan las mujeres en la cabeza en toda postal del África rural. Algo usual era que no pudiéramos dormir porque los encargados ponían la tele, películas norteamericanas de acción o novelas de Nigeria, a un volumen que atravesaba los muros endebles del hotelucho. Y aún así, le tomamos mucho cariño a esas nobles pocilgas, ya que nos permitían tener un techo cada noche a precios irrisorios.

Aguas cristalinas en la Playa de Paje en Zanzibar

Africa tiene playas como ésta…. (Paje, Zanzíbar)

Atardecer en Nkhata Bay, en el Lago Malawu

… atardeceres como éstos (Lago Malawi).

Pasadas todas esas adaptaciones y aceptaciones, África nos regaló momentos únicos. A diferencia de otros continentes, donde hay rutas turísticas preestablecidas, llámense banana pancake trail (Sudeste Asiático) o gringo trail (Sudamérica), en África la sensación de descubrimiento es constante. Pasamos una larga temporada en la costa de Kenia y Tanzania, yendo y viniendo, comiendo cocos recién bajados de la palmera en aldeas costeras con playas vírgenes hasta el horizonte o durmiendo arriba de un barco pirata en Kilifi, donde vivimos descalzos durante semanas, aprendiendo a trabajar la madera y comiendo pulpo hasta el hastío. Perpetramos el escapismo más hedonista en islas como Zanzíbar o Lamu y, en países como Sudán o Somalilandia, la adrenalina de sabernos los únicos viajeros en kilómetros a la redonda nos erizó la piel.

La naturaleza, también, empezó a ejercer sobre nosotros una magia lenta pero efectiva.  Yo era de los que siempre ponía el foco en lo social, a la hora de buscar y contar historias, pero no me costó enamorarme de la sabana africana. África te obliga a desnudarte de cuanto sofisticó a la humanidad desde la rueda hasta el barroco y recuperar lógicas primordiales que el hombre digital, más sensible a la señal de su Smartphone que a la posición del sol, dejó en el vestuario de alguna de sus “evoluciones”.

Un día, caminando por una zona remota del centro de Kenia, quisimos acercarnos a pie a una manada de elefantes. Nuestros compañeros, dos guerreros samburu con rifle al hombro, nos advirtieron: teníamos que marchar en contra del viento. De otra manera, esa autopista invisible de átomos hubiera transportado nuestro aroma y, como había crías en el grupo, alguna de las elefantas podría haber cargado contra nosotros. Jamás se me hubiera ocurrido.

elefantes bebes jugando

Cariño elefántico espiado.

Familia de gorilas en el Parque nacional Virunga,

A metros de una familia de gorilas en las selvas de montaña de Congo. Increíble lo que pueden decirte y enseñarte sin decir una palabra.

En la llanura sin fin del Serengeti con sus acacias recortadas contra atardeceres rojizos de folleto, aprendimos más. Estábamos de safari y, si queríamos ver animales, había que pensar como ellos. ¿Qué tipo de árboles prefieren los esquivos leopardos para echarse a descansar? ¿Por qué no hay gacelas en los pastizales altos? ¿Por qué las cebras y los ñus se mueven siempre juntos? Factores como la longitud del pasto, la presencia o ausencia de agua, o la hora del día se volvieron clave para predecir los movimientos de la naturaleza. Saber a qué prestar atención en un ambiente tan ajeno, creo, me dio cierta ilusión de pertenencia.

Cuando miré a los ojos a uno de los últimos gorilas de montaña en la selva de Congo, que acababa de correr hacia mí marcando territorio y fijando en los míos sus ojos casi humanos, algo dentro mío cambió para siempre. Quizás porque semejante encuentro me conectó con mi primera capa de humanidad, con lo que tengo en común con mis ancestros del paleolítico. Por más libros que hubiera escrito, de pronto, era un animal comestible más en el ecosistema. En esas situaciones igualadoras, una partecita de África se trasvasaba de la realidad a mis pupilas. Siguen allí presentes, como un filtro o recordatorio.

Además, la mirada del gorila condensó en un microsegundo lo que venía pasando en mí desde hacía meses pero en otro plano. El encuentro directo, cara a cara, a los ojos, con la belleza cruda de una realidad inesperada: la africana. Había tenido que aprender a lidiar con la intensidad de esa belleza pero, antes de poder percatarme, se había metido bajo mi piel.

La última noche en nuestro hostal de Ciudad del Cabo también sucedió algo que nos marcó a fuego: la vi a Lau sentada sobre el inodoro, envuelta en un llanto convulso.

–          No me quiero ir de África.

La realidad me superaba. Un año antes la había visto suplicar una fuga mágica durante lo peor del shock cultural en Etiopía.

–          Yo tampoco. Tenemos que volver.

Sentíamos que se nos arrebataba del continente que habíamos aprendido a amar. En las antípodas de Cairo, donde habíamos comenzado el viaje 15 meses antes, en la otra punta de África, vi a Lau derramar una lágrima por cada país recorrido.

–          Va a ser raro estar en un país donde son todos muzungus. –dije, y en ese mismo acto fusilé a la lógica.

Pero era real:  me había acostumbrado a estar entre africanos y me ponía en jaque la perspectiva de regresar a una sociedad occidental contracturada con sus gentes pendientes de las apariencias.

Laura me miró y sin decirnos una palabra compartimos un duelo que a duras penas podíamos explicarnos, tan confundidos por ese amor que se había abierto paso a la africana, sin pedir permiso, como una madre elefanta enfurecida, como los motociclistas de Kampala, que necesité siete páginas de Word para explicártelo, para explicármelo.

Recién ahora, desde un balcón en el barrio de Gracia, en el corazón bohemio de Barcelona, comienzo a entender y procesar, al ponerlo en palabras, lo que me costó el amor de África.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

79 Comentarios

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  • lo que mas escuche y lei en distintos paises africanos fue “If things aren’t quite right at times grit your teeth,count to ten,and remember :this is Africa, but we are trying” primero lo vi escrito en un hospedaje en Malawi y despues en otras partes, en otros viajes, y si bien mis viajes son vacaciones, siempre quiero volver, para mi Africa es como el primer amor.Estuve en Madagascar este año y fue impactante, fue muy diverso todo.. Dsifruto mucho tus relatos Juan, es un continente fascinante para mi.Gracias!

      • Grande Juan es asi, hay que escribir mas para que otros chicos se animen a conocer el “continente madre”, nos cruzamos sin ni siquiera conocernos en el camino muy cerca de Nata por Botswana. Tal como dices en tu relato es dificil recorrer siendo Muzungu, pero hay que aprovechar la instancia para conocer mas las diferentes realidades y aprender de estas personas maravillosas, te dejo el registro de Malawi pais completamente rural, la mayoria de la gente en bicicleta, siempre una sonrisa en la cara, un saludo hermano viajero! https://www.youtube.com/watch?v=-MHLNxb7-is

  • Debo reconocer que estaba esperando que vuelvan y leer para comenzar a pensar en Africa, espero ansiosa más entradas cómo está.
    Gracias Juan y Laura😊

  • Que gran relato. Muchas gracias por compartir 🙂 Para quienes recién empezamos este tipo de experiencias vívidas a la imaginación y el sentir son todo!

  • Hola 🙂

    Lo que mas me deja impactada es cada fotografía acompañada de un titulo que deja volar la imaginación y sentir el momento justo..

    Que impactante y que contraste, creo nunca me habia planteado África, antes del bicho viajero, me parece ni siquiera mas de un país, al menos en la realidad… esa historia a cambiado, para bien.

    Pero sera interesante seguir leyendo y derrumbando esos mitos e historias de un África como bien cuentas al inicio tipo fin del mundo… y por que no anotarlo en la lista del destino no muy lejano a visitar.

  • Que relato bañado de belleza Juan. Tus palabras transportan. Te admiro y espero impaciente el resto de los relatos, quiero ir a Africa! Saludos!

    • Gracias Sami! Tenía muchas dudas sobre este texto. A veces escribo con la necesidad de procesar las cosas, y me pregunto si cumplen o no con la función literaria, de transportar al que no estuvo allí. Es mi principal miedo como escritor. Un abrazo!!

  • Hace días regrese de Fort Portal, un pueblo chico pero con personas tan grandes, ubicado a 7 hs de Entebbe por un camino de tierra. Entiendo y siento como propia cada palabra que decís. Gracias por hacer lo que hacen..mantiene viva la mecha en mi! Me está costando readaptarme a este lugar que solía ser mi lugar. Mucha energía! Abrazo Muzungu!!!!

  • Grande Juan!!!
    Fantástico relato. Se viene nuevo libro? Necesito leer algo más!!!!
    Ya acabé todos tus libros.
    Quedo a la espera! No me falles,😀

  • ¡Hola, Juan!

    Me emocionó mucho este post. Hace años que te sigo y los sigo y nunca te había comentado nada. Ya me leí todos sus libros y sigo aun hoy leyendo posts viejos sobre Europa… Y ya estaba ansiosa por empezar a leerte sobre África. Es el continente que nunca pisé porque siempre encuentro una buena excusa para no ir, seguramente encierra un poco de miedo. Así que espero que leyéndote pueda derribar algunas barreras o entenderlas o amigarme un poco de antemano.

    Hasta hace poco viajaba sola (por eso África quedaba para más adelante aunque ya estuve en la India), hoy tengo el mejor compañero de viaje y estamos en Pristina, ya hace unos meses recorriendo los Balkanes. Con la magia/ayuda de tus posts sobre Albania anduvimos como un mes por ahí y nos quedamos enamorados. Ahora en Kosovo nos volvemos a encontrar con los albaneses y estamos encantados.

    Que encuentren toda la inspiración que necesiten en el barrio de Gracia (también estuve ahí en mi paso por Barcelona y creo que es ideal), seguramente haya mucho, mucho para contar!

    Les deseo todos los éxitos y sepan que acá tienen a una fiel seguidora!

    Un cariño para los dos.

    Rocío

  • Espectacular…hago salidas en moto pero todo programado y cerca..no pude escapar al sistema…asi que admiro ese espiritu viajero e indomable…cuidate y buenas rutas como decimos los moticlistas!!!!

  • Bello relato el que haces! Bien dicen por ahí que lo difícil no es irse de casa sino volver y más aún después de un cambio tan radical.
    Esperaré ansiosa más relatos tuyos y de Lau, un abrazo viajero a ambos.

  • Alguna vez descubri tu aventura leyendo un diario de mi MAR DEL PLATA,( antes nuestra…pero te fuiste:ahora te queda chico pq sos del mundo) y supe conectarle contigo maravillado por tu osada propuesta. Y me contestaste desde afganistan!!!!….recuerdo haber leido y disfrutado tu primer libro como si el que viajara fuera yo. Miles de kilometros despues, miles de conocidos en el mundo, miles de recuerdos y maravillas descubiertas….y seguis siendo el mismo tipo amable y empatico que comenzo el camino. Mas viejo, mas sabio, mas ductil y paradojicamente mas concreto….

    • En definitiva: un orgullo haberte conocido. Un autentico ciudadano del mundo, pero buscando y encontrando la escencia descifrandola para ser cada vez mas humano. Felicitaciones……te mando el abrazo mas grande y profundo agradeciendobtus viajes que, al fin de cuentas,
      son nuestros viajes.

  • Hola, Juan. Hace tiempo en una biblioteca de Barcelona cayo en mis manos un libro tuyo Vagabundeando en el eje del mal…gracias por compartir y hacernos sentir tu mirada en cada rincón del mundo. Muy bueno tu recorrido por Africa…desde el desconcierto y la humildad de aprehender AFRICA

  • Estuve en ethiopia hace un par de meses, el rol de faranji fue fuerte pero la naturaleza me deslumbró totalmente, no sé si era lo que mi cabeza había imaginado de África y de ahí me fui a Egipto y casi por cruzar a Sudán, es increíble lo que puede ofrecer el contiene africano tanto mito y tanto miedo a lo que las noticias difunden nubla mucho la realidad que en realidad es, muy buen escrito!!! La verdad que voy necesitar info para seguir viajando para allá. Saludos 😀😀😀

  • Gracias Juan. Me dejas con un pequeño temblor en el alma…. ansiaba leer algo como esto, encontrar más alla de las descripciones esas sensaciones contagiosas, entender esos sentimientos que te llenan el alma, te perturban y que no logras comprehender….

    Tambien me ha pasado que me atacan y luego me doy cuenta que es solo una manera de acercarse, que debes hacer una pausa, callar, escuchar y atender, y poco a poco comienzas a ceder, a relajarte a ponerte en los zapatos del otro.

    Que bien pones el alma en cada texto, Admiro el viaje que hacen luchando, por salir del confort para entender el continente , y por supuesto lo envidio. <3

  • Juan, acabo de leer tu post y cuando terminé, grité “joder!”. Victor, sentado a mi lado, pegó un salto porque no sabía que había pasado. Le dije que acababa de leer tu post y que tiene que leerlo.

    Has captado la esencia del continente negro. Desde luego no lo conozco tanto, pero lo que vi, me ha dejado atrapada y con ganas de volver.

    De momento seguimos en Asia (desde hace 16 meses), pero llegará el día para África y cada vez los posts tuyos y de Laura me están convinciendo de recorrer África a dedo. Siempre soñaba con un todoterreno viejo y la libertad que te da tu propio medio de transporte en estas tierras tan lejanas. Pero al mismo tiempo pienso qye un coche te alejaría de la gente y de comprender qué significa ser muzungu y qué significa ser africano. Tus reflexiones me han hecho ver más y que es más importante, entender un poco más el mundo en que vivimos. Por eso te doy las gracias!

  • Gracias por compartir juan Pablo y Laura!
    Agradecemos lo que hacen ya que viajando nos enseñan a conocer distintas cultural y ayudan a que entre todos nos conozcamos más.
    Esperamos la oportunidad de que algún día puedan organizar algún viaje para compartir con personas interesadas en conocer al mundo y a ustedes.
    Son realmente admirables, les deseamos lo mejor.
    Cariños Pablo y Carolina

    • Hola chicos, tomamos nota de esa propuesta/curiosidad. Es algo en lo que venimos pensando hace rato, pero que a veces con tantos proyectos a la vez…. no alcanza el tiempo para coordinar! Pero seguimos en contacto, todo aliento nos ayuda a darle forma.

  • Wow! Que relato más honesto y parador de pelos.
    Tengo África en la mira hace años y es cierto lo que dices, es tan poco lo que se comparte de África que todo parece un enigma para mí.
    Muchas gracias por compartir tu visión y espero con ansias los datos prácticos, a ver si por fin me animo!!
    ¡¡¡Son unos grossos!!!!
    Un abrazo!

  • Que tal Juan! que gran relato.
    Si Africa te cautivo el corazón de esta forma con lo castigada que está de corrupción, militares y carencia de alimentos o servicios básicos, no me quiero ni imaginar lo que sería si esa gente tuviese trabajo y mejores servicios sociales. Quizás una utopía pero espero poder verlo algún dia.
    Soy viajera, pero no tan valiente como uds, ver lo que vieron quizás me hubiese partido el alma.

    Las fotos de los animales me lleno el corazón! gracias por compartir su experiencia.

  • Wow! Quede impresionada con tu relato Juan, creo que fuiste capaz de acercarnos (aunque sea un poco) a esa África que viviste esos 15 meses. Me choco mucho la frase “Hey, muzungu, this is Africa!”, no me imagino como debe haberte llegado a vos y a Laura, realmente son realidades que transportan y te dejan coqueando un rato. Gracias por compartirnos tus viajes! No sabia prácticamente nada de África y ahora quiero saberlo todo. Estoy a punto de comprar su libro “Caminos Invisibles” y ansío el próximo jaja. Saludos y un abrazo enorme a ambos!

  • Hola Juan Pablo
    Hace unas semanas descubri tu blog , me gusta la forma en que describes tu experiencia, me impacto tu post de Etiopia , la parte que cuentas de la señora que le dijo a Laura que se fuera porque no supo realizar un sistema de riego. No hay mucha información de Africa autoctona, del Africa de color por lo que leer tus futuros artículos sera conocer de forma mas real esa Africa. Estare al pendiente de más post y las guias que compartiras, me gusta como relatas. Te escribire pronto para poder conseguir tu libro del eje del mal Saludos desde México, trotamundos ( ahora si que cada pais es un mundo diferente)

  • Que bestialidad de post Juan (y lo de “bestialidad” va en el mejor sentido de la palabra: sincero, apasionado y desenfrenado), fuí siguiendo todos los relatos de sus periplos africanos y los encuentro a todos en este cierre de camino. Se siente desde acá que África se los fue fagocitando de a poco, país a país, bocado a bocado, hasta que por fin, digestión de tierra mediante, terminó vomitándolos transformados; iguales, pero distintos, PRIMITIVOS.

    El broche de oro para terminar de enamorarme del post es sin dudas el título Dolinesco… (falta ver si llegará también la opereta africana, jeje)

    Abrazo y buenos caminos, siempre!

  • Hola Juan… sólo quiero dejarte un saludo y un aviso de lectura de este artículo. Creo que sobran las palabras… me describiste un paisaje, unos colores, sonidos, sabores y miradas que no quiero contaminarla con pensamientos y lógicas occidentales. Los abrazo a la distancia y con Carlos seguiremos la lectura…

  • Hola Juan! Nuevamente, me gustó mucho tu post!. En el párrafo donde contás que viste a Lau llorando sobre el inodoro se me empañaron los ojos, ý no solo por empatía, sino también porque me movilizó muchas cosas internas. La pregunta es, ¿por qué decidieron volverse?. ¿Fue un motivo económico o porque como muchas veces, a mi me ha pasado, sintieron que se cumplió un ciclo a pesar de las ganas de seguir?.

    pd: Ahora estoy por Cancún habiendo culminado Latinoamérica y en menos de un mes vuelo para Europa para hacer el Camino de Santiago, recorrer un poco por allá y viajar por Asia (sin esquivar Siria) por lo que compré tu libro del Eje del mal en formato digital para volverlo a leer.

    Abrazo grande!

  • Lloré con tu post, jamás he estado en África, pero sin duda ahora tiene un lugar en mis lugares pendientes por descubrir. Gracias Juan y gracias Lau. Un abrazo desde México y mucha buena vibra!

  • Fantastico articulo. De lo mas atrapante que te lei…y eso que en general suelen estar todos buenos.
    Felicitaciones por ese viaje y un bajon haber vuelto a la normalidad.
    Eran como muggles en el mundo de los magos jaja.

    Saludos.

  • Me encanto el relato, ya esperaba con ansias las crónicas de África, gracias por compartir historias, llenas de emociones, sinceridad y pasión. Un gran saludo hasta España.

  • Qué buen relato, Juan!! Los fui siguiendo a lo largo de esos meses, sobre todo por el instagram de Lau, ya con fotos me entraron ganas de ir a Àfrica, con este relato doy por sentado que VOY A IR. Ya entra directo a mi lista de lugares a conocer!
    Viste como esas películas taquilleras que de repente ponen a algún destino del mundo “de moda”? Tengo la sensación de que el libro de ustedes va a provocar lo mismo con ese continente! Eso espero!

    Muchos saludos!!

    • A eso ahora le llaman “influenciadores de viaje”, pero al margen de las palabritas de moda, nos encanta dar a conocer lugares que están subestimados por la comunidad viajera. Ojalá el libro sea un puente para muchos hacia Africa! (pero todavía falta jajaj)

  • ” África te obliga a desnudarte de cuanto sofisticó a la humanidad desde la rueda hasta el barroco y recuperar lógicas primordiales que el hombre digital, más sensible a la señal de su Smartphone que a la posición del sol, dejó en el vestuario de alguna de sus “evoluciones” ”
    Hace un tiempo que vengo pensando en la posibilidad de empezar un viaje largo por África, creo que me terminaste de convencer con esa frase.

  • Que relato! Lo leí tan concentrada que me imaginaba los escenarios. Qué magia poder transmitir así. Escritos así, me ponen tan feliz de haberlos descubierto hace un par de años. Toda mi admiración. Gracias

  • Otro hermoso relato entre tantos juan, mis mejores deseos para ti y Lau 😀
    justo hoy me sentí tan conectada con ustedes como nunca antes, ahora estoy en Brasil y viajando realmente se me ha hecho muy dificil poder comprar sus libros que tanto deseo la verdad, y en un camping aca en canoa quebrada conoci una chica de Colombia que tiene Caminos Invisibles y pude leer un poco, se me salieron las lagrimas, la verdad me senti muy identificada, con todas sus anecdotas de viajes, como siempre la verdad… ustedes han sido mi inspiración en este viaje, les deseo toda la suerte del mundo y algun dia espero cruzar nuestros caminos. besos y abrazos de una fan de Venezuela que tambien recorre esos caminos invisibles gracias a ustedes.

  • Qué gran relato, Juan. Me encantó volver al continente a través de tus palabras. Creo que a veces es difícil de explicar lo que se siente estando allá. En mi caso había algo de felicidad plena que deseaba que no se fuera jamás. Eso sí, después de dos semanas tenía muchas ganas de comer ensalada fresca harta del ugali… Pero ahora casi cinco años después podría decirte que extraño el ugali y mojarlo en las salsas de Mamma Agnes con las manos.

    Ansiosa espero las guías para inspirarme. Me encantaría conocer el Congo pero tengo muchos reparos por los conflictos que hay, sobre todo en República democrática del Congo y la frontera este. No sé si estuvieron por ahí…ya nos contarás.

    Un abrazo y te felicito por excelente artículo

    • Si, las fotos de los gorilas son en DRC. Esa zona es segura dentro de todo, y abierta al turismo, con operadores que ofrecen la excursión. Aunque claro, hay que estar muy al día de las noticias porque es un país volatil. En pocas palabras, Africa… Gracias por comentar!

  • Simplemente maravilloso tu relato Juan. Cada expresion de cada pais es de alguna forma para mi conocer la cultura y el pensamiento de cada region, me nutre conocer cada experiencia vivida por vos Juan segui asi, saludos de otro Marplatense

  • Me hiciste llorar juan y reírme a carcajadas!!!! Muchas gracias por este artículo, confirma algo que yo ya creía, que son nuestros orígenes, orígenes en crudo… y la base de todo es el amor, ese amor que ustedes encontraron ahí.
    Gracias!!!

  • Hola Juan, es la primera vez que me cruzo con un relato tuyo. Una amiga me viene hablando de vos hace muchos tiempo, pero por mil excusas que me invento a diario, nunca pude leerte; y caer justo acá, en este relato, me hizo replantearme mil cosas sobre mi vida, mi percepción, mis valores y mis objetivos.

    Me emocioné al final con el llanto de Lau, como si fuera yo la que está sentada queriendo no irse, pero con la sensación inversa en la que estoy en el lugar del que me quiero ir, porque sé que me aliena, que no me deja vivir lo que soy, porque oprime cada célula de mi ser para no permitir que me aventure a caminar el mundo desnudo, tal cual es, como lo narraste acá.

    Definitivamente, como dice tu descripción, estas escribiendo para contribuir a la revolución nómade y además, sabé, que sembraste con tus 7 hojas de word, una nueva inquietud que intentaré resolver de hoy en adelante, aunque me cueste todo el tiempo que me queda de vida, que espero sea bastante. Y no me queda más que agradecerte, por compartir cada uno de tus pasos por el mundo, que van dejando un camino trazado para los que aún nos falta un poco de valor para poder salir a recorrerlo.

    • Hola Cris, gracias por plasmar tan emotivo mensaje en mi blog, cada palabra que puedas servirte de él es toda tuya, para liberar esos caminos. El motivo por el que posponías leer el blog era quizás posponer ese replanteamiento masivo de valores y objetivos, esa tormenta de reinvención vital. Momento que sabías llegaría, tarde o temprano. Nosotros también pasamos en su momento por luchas similares (tal como narramos en nuestro libro “Caminos Invisibles”). Mucho ánimo y felicitaciones por asumir tu propia libertad.

  • Excelente descripción de tu shock cultural al llegar finalmente Argentina… No he estado en África tanto tiempo ni a tantos países africanos como tú, pero entiendo perfectamente a lo que te refieres con extrañar todo aquel caos, que si bien te llega a frustrar por momentos, a la que se esfuma, echas de menos aquella libertad total de la que todo ser humano y en especial el viajero, le gusta disfrutar. Acabo de tener una experiencia similar en Pakistán, de donde acabo de llegar después de más de 2 meses de estar viajando por ahí. De Pakistán no me fui a casa sino a Asia Central, en donde todo funciona relativamente bien (a comparación de Pakistán) y en donde a menudo, a los locales no les despierto ni el más mínimo interés. Por las noches, a veces me aburro, y es que no recibe mil y una invitaciones y la gente no hace el esfuerzo de aprender inglés. Me encanta este país, pero extraño el caos, la salvajería y la hospitalidad que reinaba en Pakistán. Un saludo Juan!

  • Juan Pablo: ya te lo comenté en la Comu Viajera, pero este conmovedor artículo es lo que de verdad me atrajo a tu escritura. Definitivamente tienes un talento y he usado indiscriminadamente este artículo para comprobarle a mis amigos y colegas periodistas que sí hay blogueros talentosos. Estoy en varios proyectos nuevos y me gustaría recomendarte como escritor de viajes. A ver si sale algo.

    Mi experiencia en África sólo se limita a Egipto, pero hace tiempo que tengo planes de visitar.

    Un abrazo a la distancia.

    Fran*

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