SAFARI EN SERENGETI: LA LLANURA SIN FIN

El safari en Serengeti fue sin dudas la joya del safari de acampada de una semana en el norte de Tanzania que realizamos con Udare. Desde que la “llanura sin fin” (tal su nombre en idioma maasai) se abrió delante nuestro entendimos que el Serengeti era la imagen que todos evocamos en nuestra mente cuando pensamos en África, la matriz original de esa postal de sabanas doradas donde el atardecer enciende los pastizales poblados de fieras. Desde el Twiga Camp cerca del Lago Manyara, donde habíamos hecho noche tras visitar Tarangire, viajamos hacia el oeste, tatuando nuestra huella alrededor del cráter del Ngorongoro, al que pasamos de largo para visitar de regreso. A esa llanura absoluta la interrumpen, al menos hasta el portal del parque nacional, las chozas circulares de los maasai y sus enormes rebaños. Los maasai cuidan de cada vaca como si fuera su madre, tal es el amor que tienen por su ganado. Tradicionalmente, incluso, se abstenían de comer su carne salvo en ocasiones especiales, prefiriendo alimentarse de su leche y de su sangre, que extraían con arte del animal vivo a través de un mínimo tajo en una vena. También vemos grupos de adolescentes deambulando fantasmalmente al costado de la carretera con sus torsos y rostros pintados: según nuestro guía se preparan para afrontar la ceremonia de circuncisión, todo un rito de pasaje.

Chita: elegancia consciente

El primer regalo de Serengeti fue una chita, que algunos conocen más por su nombre en español: guepardo. El más rápido de los animales terrestres (cuando caza alcanza los 110 km/h) estaba quieto, echado bajo un árbol, y nos miraba con más interés a nosotros que a las gacelas que pastaban cerca aunque en perpetuo alerta de que el felino no activara su instinto de caza. Yo siempre solía confundir leopardos con guepardos. Ahora aprendí que los últimos, además de tener la cabeza más chica y la cabeza más pequeña en relación a su cuerpo, nunca se trepa a los árboles. Nos quedamos varios minutos observándola y ella a nosotros, hasta que en un momento desplegó su andar de elegancia consciente y fiereza latente y pasó a dos metros de nuestro vehículo dejándonos a todos al borde de la lágrima, perdiéndose en esa “llanura sin fin” que con su velocidad aprendió a dominar.

Elefantes en procesión mística

elefantes en serengeti

 

safari en serengetiHabía decidido descalzarme y pararme sobre el asiento para ver el atardecer desde el techo del Land Cruiser. Todavía ni habíamos ni llegado al campamento y nuestro primer día de safari oficial en Serengeti era el siguiente, por lo que ya estaba feliz con la chita que habíamos avistado. El viento me pegaba en la cara y aunque sea el cliché más fácil de la libertad, juro que la sensación me hacía comulgar con el recuerdo de un Juan que todavía no viajaba pero lo deseaba muy fuerte y pensaba en las mil y un maneras de hackear el sistema para liberar los momentos cumbres como ese de la condición de excepción. El sol descendía hacía el horizonte como un balón herido y entonces los vi. Una familia de elefantes avanzaba a paso solemne en tangente hacia la ruta. A diferencia de los que habíamos visto en Tarangire, que se revolcaban en un pantano o bebían familiarmente de un río, esta era una procesión de carácter místico. En medio al convoy de adultos, dando pasos rápidos para no quedarse rezagadas, iban dos crías. El guía nos explicó que nunca van ni a la cabeza ni a la cola del grupo, sino en el medio, para poder ser defendidas. Vi muchos elefantes antes y después que estos, pero esta es la postal más gloriosa que guardo en mi memoria.

 

Los nunca bien ponderados búfalos

bufalos

Seamos sinceros: nadie se muere por ver búfalos. Sin embargo, son uno de los integrantes de los “Big Five”. Tengo cierto sesgo como argentino, y no puedo evitar verlos como una vaca tuneada. Eso sí, estas vacas pueden estallar de furia y embestir a cualquier enemigo potencial, a pesar de que su cornamenta curva se parece a los peluquines de los jueces. Seguramente alguien pueda decir, con todo derecho, que no vibro con los búfalos.

Atardecer africano

atardecer africa

 

acaciasComenzó a atardecer en el Serengeti, y las acacias se transformaron en siluetas de acacias, recortadas contra un sol que destellaba naranjas y un estrato de polvo bajo y constante que sobrevolaba las pasturas doradas. Es la imagen primordial de África. Es fácil caer en la trampa y olvidar que ese clímax cromático no fue un invento de Kodak para vender postales y teleobjetivos a los amantes de los atardeceres. El arte con que la luz se fuga es para todos los animales un telón que inaugura el drama cíclico de la supervivencia. Es con las últimas y las primeras luces que salen a cazar los leones y demás predadores, y cada herbívoro en la llanura sabe que quizás esa puede ser su última noche. Por eso, también, son momentos de muchísimo movimiento.

Leopardo milagro

leopardo

Fue un milagro llegarlo a divisar con la escasa luz que restaba, pero creo que eso prueba que el equipo funcionaba: ya sabíamos hacia dónde apuntar los binoculares y dónde era más probable avistar qué animal. Aun así consideramos un triunfo distinguir a este leopardo echado, con confianza de predador, sobre la rama de una acacia añeja. Reposaba con las zampas colgantes, casi imperceptible, como un maestro del camuflaje.

Empacho de leones

leones en manada

En dos horas habíamos visto leopardos, guepardos, búfalos y elefantes. Ya no pedíamos nada más, pero manteníamos la esperanza de ver nuestros primeros leones. Y de golpe, el guía dijo: “Allá, ¡leones!”. Y todos estiramos las narices hacia el horizonte porque esperábamos ver un león allá a lo lejos, pequeñito, huidizo, pero no vimos nada. “No, no… ¡abajo!”. Y entonces miramos ahí no más, junto al jeep, para quedarnos boquiabiertos ante una manada de once, lo digo con número y letras, once (11) leones. Eran tres machos y ocho hembras y estaban echados junto a un pozo de agua, marcando su territorio ante una manada de hienas que patrullaba esperanzada de la carroña de sus futuras cacerías. Los leones apenas acusaron recibo de nuestra presencia y, como si fuéramos invisibles, nos quedamos a compartir el atardecer con ellos.

Instinto “reloaded”

jirafas

El segundo día de safari en Serengeti empezó con algunas jirafas y siguió con un leopardo intentando cazar cerca de un grupo de gacelas que terminaron siendo más listas que él. Esperamos veinte minutos siguiendo cada movimiento del felino, pero cada vez que intentaba acercarse causaba algún sonido que terminaba inquietando y alejando a los herbívoros. El desafío de observar a los animales te obliga a recuperar el instinto perdido de cazador, y recordar cómo aguzar los sentidos, mirar entre la hierba alta el contorno ligeramente más oscuro del predador, hacer silencio y pensar con la lógica de un momento evolutivo para nosotros obsoleto. Y sin embargo, no fue hace tanto que nuestros parientes estábamos allí, con las boleadoras en las Pampas o con las lanzas en África, cazando en igualdad de condiciones. Si la tierra tuviera un día de edad, dejamos de ser cazadores en los últimos segundos…

No hay dos manadas iguales

manada de elefantes

Una segunda manada de elefantes me hizo dar cuenta que no hay dos elefantes iguales. Siempre aparecen en distinto contexto, con distintos filtros de luz, a mayor o menor distancia, y uno siempre pone foco en distintos aspectos de los animales. La manada del segundo día me capturó por la templanza de su hechura. Los huesos del cráneo de los adultos les imprimían expresiones severas y avanzaban como mufándose de su tamaño. Pero cuando se acercaron me dio como un ataque de ternura, porque noté que el cuero se le cuarteaba como a un anciano venerable, una de esas criaturas irrealmente longevas que aparecen en las fábulas infantiles. También había un dejo de tristeza en sus ojos y un pájaro posado sobre el lomo de uno de ellos. Pude verlo todo y escuchar su respiración agitada cuando pasaron a un metro de distancia del Land Cruiser, espabilándonos con un sobresalto de ternura y pavor, mezcla que sólo puede inspirar un elefante.

La manipulación cultural del león

leon cazando

A este león macho lo vimos desplomado bajo la sombra de un árbol, a metros de lo que quedaba de un búfalo sobrevolado por decenas de buitres ansiosos de carroña. No estaba descansando tras la cacería, ya que son las leonas las que cazan y sirven la comida en bandeja a los machos, y estos quienes duermen hasta 16 horas por día. Dejando de la lado el debate de qué tipo de sociedad podríamos construir inspirándonos en los roles de género leoninos, el caso es que este macho, de pronto, se puso de pie y caminó hasta los restos de la presa, la mordió y la arrastró hasta sus dominios inmediatos bajo el árbol y volvió a tumbarse. Cuando vi la fuerza con que clavó sus garras, recordé sólo la carrocería de un 4×4 japonés me salvaba de no convertirme en presa en ese instante.

persepolis

En ese instante me vinieron a la mente unos relieves que observé en las ruinas de Persépolis, Irán, en donde tras dos mil años sigue destacando con claridad la escena perfectamente tallada en mármol blanco, un león clavando sus garras en el lomo de su presa. Pero los artesanos, con el sesgo machista de su cultura, cincelaron un león macho y no una hembra, como debió haber sido. A cuenta de sus propias fantasías culturales, además, le habían agregado alas. Y es fácil reírse de los persas, pero Occidente no estuvo tan lejos, al declarar al león como el “rey de la selva”, mote que dice mucho más sobre las representaciones culturales de lo exótico en la Europa del siglo XIX que sobre los leones reales, que viven en la sabana. Los dictadores progresistas del Paraguay decimonónico, que sí tenían selva pero no leones, no dudaron ni un segundo en hacerlo cruzar el Atlántico y elegirlo como símbolo de su república y acuñarlo en sus monedas. Al parecer, el yaguareté no tenía la suficiente pinta. La moraleja es que ni las garras ni los fatales colmillos le sirvieron al león para impedir su manipulación por parte de nuestra cultura.

La elevación de los búfalos

buitres comiendo

A la mañana siguiente descubrimos que el león había finalmente abandonado lo que quedaba del búfalo y una legión de buitres corcoveaban sobre su carcasa, tironeando de sus tripas, rescatando cada gramo de su ser. En los resquicios entre las costillas y en cualquier recoveco donde la bocaza del león no llegó, el pico de los buitres triunfa con precisión quirúrgica. Y así los ochocientos kilogramos del búfalo, en menos de 24 horas, se elevan por los aires y llegan al cielo en las entrañas de los buitres. Aunque la transferencia de datos no fue impoluta: estos buitres-valquiria vieron interrumpidas sus funciones sacerdotales por pandillas de hienas ruidosas, chillonas y más carroñeras que ellos, que incursionaron entre picotazos para zamparse un trozo de carne, que luego debieron defender de las otras hienas de la manada. Así funcionan la vida y la muerte en el Serengeti, donde reciclaje y reencarnación son la misma cosa.

leon-en-serengeti

Cuando ya nos marchábamos, en la mañana del tercer día, nos cruzamos con este león caminando lentamente en dirección al sol que recién salía. La imagen me reconfortó, me envolvió en la esperanza de que Serengeti duraría para siempre, con su ciclo de vida, muerte, buitres y reencarnación, de que se salvaría del mucho menos sustentable ciclo humano. Por un segundo no pensé en la tendencia abrumadora de la superpoblación, y de la consecuente siembra de alimentos para humanos sobre tierras antes pertenecientes a las fieras. Quise creer, de una manera u otra los dólares de los turistas mantendrían a los parques nacionales al margen de las tierras afectadas al asentamiento humano. Todavía hay esperanza, todavía los leones siguen pisando lento y fuerte, saludando al sol con las primeras luces del alba africano.

Consejos para un safari en Serengeti

Precio de la entrada a Serengeti  y cómo visitar

Lo ideal es visitar Serengeti en combinación con Tarangire, Manyara y Ngorongoro en un safari de acampada de varios días, como los muchos  ofrecidos por Udare. El que nosotros hicimos es éste. No sólo porque de esa manera están incluidos el transporte, el guía especializado y en español, todas las comidas y la tarifa del camping, sino porque también queda cubierta  la entrada al parque nacional, que es de 80 USD. Aunque se puede visitar independientemente con vehículo propio o alquilado, a mí me parece fundamental hacerlo con un guía de safaris especializado, porque sólo ellos conocen los senderos invisibles del parque, las aguadas donde se reúnen elefantes, a qué hora y dónde es más probable encontrarse con leones, jirafas, etc. Dicho de otra manera, por nuestra cuenta no hubiéramos visto ni la cuarta parte de lo que comparto en este post. Desde ya, les recomiendo los servicios de Udare Safaris.

Desayunando en Nyani Camp.

nyani-camp

La zona de acampada.

 

Camping en Serengeti

Hicimos noche en el Nyani Camp que, mucho más agreste que el Twiga, está situado en medio de la nada, sin alambrados que separen el área de acampada de la “llanura sin fin”. Las duchas sólo tienen agua fría, pero como todos los campamentos del circuito de parques, tiene un área cubierta para las comidas. Quienes no vayan en safari organizado deberán pagar la tarifa de 30 dólares por carpa.

Si también hiciste un safari en Serengeti y tenés comentarios y tips que puedan enriquecer este post, somos todo oídos. Lo mismo, si pensás hacer uno y tenés alguna duda, dejala a modo de comentario que intentaré ayudarte. Es una aventura que todo viajero merece experimentar una vez en la vida.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

9 Comentarios

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  • ¿viste Juan esas acacias? estas ahi, el aire huele a lluvia y la planicie no tiene fin,ese verde….! creci viendo Daktari,y soñaba conocer estos lugares, cuando pude hacerlo, me quede sin palabras, pura emocion, cada elefante, cada cachorro de leon, las cacerias , las risas de las hienas tan cerquita de la carpa….el andar de las jirafas, como embrujamiento….que genial que hayas podido ir al Serengueti, es maravilloso ver ese ciclo sin fin, ajeno o asi quisiera, a nuestro ritmo,abrazo!

  • Hola Juan!! No pregunto como estas porque lo presiento. Es uno de mis tantos sueños hacer ese recorrido… tengo muchas imágenes de pequeño viendo documentales sobre África en sí. Espero cumplirlo pronto y aguardo su visita a Resistencia para que me cuentes en persona lo que seguramente es indescriptible. Abrazo desde Chaco!

    • Hola Andrés! Es una experiencia que recomiendo al 100% Si al volver por Argentina pasamos por Resistencia, para alguna charla o algo seguro nos untamos y te cuento en detalle, pero vale la pena empezar a planearlo y buscarle la vuelta para que suceda. Como decía una amiga, todo sueño nos es dado con el poder para hacerlo realidad….

  • Hola! Estoy empezando a averiguar para ir, y me meti en la pagina de la agencia y tiene tantas opciones que me perdi un poco, sabes bein como se llaman los tours q uds hicieron como para recomendar? Hay tantas cosas q siempre siento q me voy a quedar corta con los dias :p
    gracias por compartir!

  • Hola, viajero! Che, para que lo hables con quien administra tu web: el menu funciona muy mal desde algunos celulares, desde un samsung s3 con chrome por ejemplo . No se pueden consultar tus destinos. Segui así!

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