SAFARI EN TARANGIRE, SAFARI PARALELO

Antes de venir a África, cuando miraba mapas y pensaba itinerarios, tenía un dilema en cuanto a los safaris. Por un lado me parecía imperdonable venir a este continente y no hacer uno. ¿Cómo no iba a pasar a saludar a las fieras, el ingrediente salvaje que para muchos resume la identidad africana? Pero al mismo tiempo, me reconocía más un viajero social al que le llamaban la atención las culturas, las aldeas, los idiomas y todo lo que estuviera atravesado por el factor humano. ¿Cuántas veces en estos once años de blog me viste cruzar un parque nacional, ascender un volcán o recorrer las costas de un lago si no había una población aislada y remota, llámese monasterio tibetano o aldea mursi que justificara el tramo? Seguramente pocas. No obstante, no me cabían dudas de que debía dejarme sorprender por la poderosa naturaleza africana y, acompañados por los guías y la logística de UDARE dejamos atrás la seguridad de la ciudad y el asfalto para realizar un safari de acampada de seis días en el norte de Tanzania, empezando en Arusha y visitando el Parque Nacional Tarangire, el Lago Manyara, el Parque Nacional Serengeti (dos días completos) y la Ngorongoro Conservation Area.

No se trataba sólo de ver animales salvajes, sino de recuperar una lógica primordial perdida, de entender a qué hora bebían, cuando cazaban, cómo posicionarse ante el viento para no ser olidos y merecer un lugar (de lo posible no el de la presa) en ese ecosistema privilegiado. Fueron seis días de acampada, de saltar al Land Cruiser con las primeras luces del alba con la adrenalina de no saber qué animales encontraríamos, de no poder creer lo veían tus ojos. Siento que antes de ser testigo de este caleidoscopio, mi idea del mundo estaba incompleta. Este es el primero de una serie de posts sobre el safari que realizamos con Udare. Elegimos esta agencia porque sus guías hablan fluidamente español y tienen un conocimiento capilar del área. Además, están involucrados con iniciativas de turismo sustentable como organizaciones que buscan mejorar las condiciones de vida de los porteadores del Kilimanjaro.

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El equipo a pleno: Edgay y Ana, de Madrid, Iván de Barcelona, nuestro guía Emile y nosotros junto al Land Cruiser de Udare.

Creo que parte de la magia de un safari está en el vehículo. El Land Cruiser de Udare nos acomodaba a los cinco viajeros además del cocinero, el conductor y todo el equipamiento de camping, tenía techo rebatible (cada vez que veíamos un bicho nos poníamos de pie de un salto sobre el asiento y asomábamos por el techo abierto para tener una panorámica perfecta para tomar fotografías), enchufes para recargar teléfonos y baterías de cámaras (fundamental), binoculares, guías de observación de aves, refrigeradora (llena de refrescos provistos por la agencia más los vinos que consideré indispensables para la ocasión). No tardé en darme cuenta que el vehículo y sus rutinas (descalzarse ni bien entrar para estar listo para pararse sobre el asiento si aparece una manada de elefantes, ir parado con los binoculares buscando leopardos y otros felinos elusivos en los árboles). Como la agencia apunta al mercado español/latino, nuestros compañeros de viaje eran una pareja madrileña (Edgar y Ana, a quienes luego visitamos en Madrid y fueron nuestros guías en el menos salvaje mundo de las tapas españolas)) e Iván, un chico de Barcelona. Poder compartir la emoción del safari en nuestro idioma también fue parte del combo.

El Parque Nacional Tarangire tiene 2080 km2 y se encuentra unos 100 km al sudoeste de Arusha. El precio de la entrada es de 70 dólares por persona, aunque si vas en un safari contratado con una agencia estos gastos están incluidos. Tarangire es un parque famoso por su extensa población de elefantes, aunque su nombre en idioma masai significa “río de facóqueros” y por sus majestuosos baobabs, árboles cuyas ramas bajas son el alimento favorito de los paquidermos.

Si bien no es la zona de safari más famosa, Tarangire cumplió la función de carta de presentación de muchos de los animales que se volverían nuestra compañía en los días sucesivos. Fue más que eso: fue el empalme entre las representaciones de esos mismos animales que me acompañaban desde la infancia y su versión real. Por momentos me encontré haciendo un safari paralelo, revisitando esos ecos metabolizados en forma de dibujos animados o expresiones lingüísticas.

A continuación los momentos del safari en Tarangire que nos robaron la respiración.

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Los elefantes y los árboles baobab son los dos íconos de Tarangire.

Cebras y ñus: cooperación animal

No bien entramos al parque, nuestro primer encuentro fue con una manada de cebras y otra de ñus que, mezcladas, bebían del mismo charco de agua. Las cebras se metían hasta que el agua empezaba a cubrir las rayas de su panza, y luego bajaban el hocico para sorber de la fuente de agua. ¿Pero por qué estaban juntas? – le pregunté al guía. Resulta que las cebras tienen muy buena vista, y los ñus serán algo fuleros (te encontrás peluches de osos, leones o tigres pero nunca de ñus) pero tiene un oído envidiable. De esta manera, si uno no escucha al león el otro lo ve o viceversa, y ambas especies se benefician de la capacidad de alerta del otro. Me quedé pensando: la naturaleza es sensata y ninguna especie desarrolló especialmente el sentido del tacto. (De poco  serviría identificar al león por cómo te posa las garras…)

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Entre estos dos animales, la cebra y el ñu, la cebra ha tenido evidentemente un asesor de relaciones públicas y mercadeo más ducho. Todos sabemos perfectamente lo que es una cebra, y hasta las franjas pintadas en el pavimento que señalan el paso de peatones en todas las esquinas del mundo, están bautizadas en su honor: zebra crossing. El ñu, en comparación, es un jorobado maldito. De hecho, nadie sabe lo que es un ñu, y cuando te ponen uno enfrente y te dicen “es esto” sería perdonable pensar que se trata de una criatura compuesta por retazos cocidos a lo Frankenstein de otros animales salvajes.

El pantano de los elefantes

A los pocos minutos divisamos un pantano en el que una manada completa de elefantes se estaba dando un baño refrescante, cosa que hacen para regular su temperatura corporal. Empecé a entender que para encontrar animales teníamos que buscar, siempre, el agua. Aun de lejos me impresionaba su cráneo severo, el tamaño monumental de sus cabezas, la manera en que desplegaban y contraían en forma de espiral sus trompas elásticas para que nunca falte hierba en sus bocas ocultas. Esta especie de brazo y mano adosados le vienen bastante bien a esta bestia herbívora que debe ingerir 100 kg de hierba al día y beber 20 litros de agua. Las crías vivían revolcándose y brillaban de la capa de lodo que los cubría.

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Al estar frente a elefantes reales, me fue imposible no recordar cuando mi hermana Verónica me llevó a ver Dumbo al cine Nuevo Belgrano, que hoy es una iglesia evangélica. O sea que mi primer elefante había sido uno imposible, un elefante que volaba, cosa que me parecía totalmente lógico a los seis años  debido al tamaño de sus orejas. Los elefantes del pantano también aleteaban sus orejas, pero no alcanzaban a levitar siquiera, sino que lo hacían para ventilar la sangre que circula por las venas de esas orejas que son como grandes enfriadores. Lo que extrañé mientras miraba a estos elefantes reales y no-voladores era el gusto crocante de los confites Sugus, que eran parte infaltable del ritual de ir al cine.

Convivencia de jirafas

La diversidad crece a medida que te acercás. Si antes sabía que existían las jirafas, ahora me enteraba que había cuatro especies que, incluso, pueden compartir territorio. En la foto se ven dos, la jirafa meridional y la jirafa masai, en una especie de maniobra de observación cruzada. Ver jirafas estaba muy alto en mi lista: desde chico me habían comparado con una debido a mi altura precoz y desmedida (1,74 metros a los quince años). Por ende, era una cuestión de honor estar cara a cara con mi alter ego animal. Por otro lado, el recuerdo infantil me hizo reflexionar sobre cómo los animales africanos se han escapado de los parques nacionales para imprimirse en el imaginario colectivo de gente que nunca los vio en persona. De ahí el “alto como una jirafa” pronunciado en las Pampas argentinas donde no hay más que vacas. Cambiando de tema, me parece fantástica la coevolución de las jirafas y las acacias de las que se alimentan. Las primeras se han especializado en ser altas para alcanzar las ramas de las acacias y éstas han proyectado sus ramas de forma cada vez más vertical.

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El verdadero Impala

La Impala ya se había presentado en mi vida, aunque también de una forma enmascarada. En nuestro mundo globalizado de marcas y logotipos, como sucede con Dumbo y los elefantes y con las cebras de las esquinas, los destellos de los animales llegan a nuestro conocimiento antes que ellos mismos. Porque para mí, hasta la semana pasada, Impala era un modelo de Chevrolet, uno de esas interminables lanchas americanas de los años sesenta, dignas de la ruta 66 o de La Habana Vieja. Cuando era chico, mi viejo nos sacaba a pasear en el Falcón y, siendo fines de los ochenta, cada tanto se veía aún algún viejo armatoste old school, y mi viejo, mientras daba volantazos al Falcón, los iba nombrando con solemnidad y volumen, que Chevrolet 51, que Fairlane, que Studebaker. Pero el Impala, ese era el rey de los hallazgos de ese safari automotor. Tengo el recuerdo del tono y la cadencia exacta de su voz mientras modulaba cada sonido y lo anunciaba como si su presencia nos fuera a salvar: “’Mirá Juan…  ¡un IMPALA!”. Y acá me encuentro que don Impala, a quien nunca consultaron ni pagaron derechos de autor, pastando cerca de una manada de cebras….

impala

Elefantes de lejos

A este grupo lo escuchamos primero por el ruido que hacían mientras se abrían paso entre los arbustos y las acacias hacia el río donde beberían. El líder de la manada es el que está más cerca de la cámara, el de los colmillos más grandes, que en un momento empezó a revolear tierra y lodo con la trompa como para indicarnos amablemente mantener distancia. Las dos crías (los elefantes bebés dan ganas de correr a abrazarlos) jugaban a pelearse enredando sus trompas, como perritos gigantes. Así se mueven en familia por la sabana estos gigantes sensibles, dando pasos de astronauta.

Elefantes de (muy) cerca. (Respeto)

Si los elefantes ya eran mis favoritos, ahora en persona defendieron  el título y me conmovieron hasta la lágrima por su combinación de lenta torpeza y fortaleza. En los parques nacionales, los animales aprendieron a aceptar la silueta de los vehículos de safari. No huyen ni la atacan, sino que siguen con su elefántica vida. Repetidas veces quedábamos rodeados por grupos de elefantes que cruzaban el camino rumbo a algún pozo de agua. En esos casos deteníamos el motor (y, casi, los latidos del corazón) para quedarnos en sigilo, observando esa pacífica emboscada.

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Y cuando se acercan y te miran, dejás de respirar…

 

Los elefantes me inspiran paz.  Las grietas de su piel y sus ojotes da ballena hacen que les adjudique una sabiduría animal que quizás tengan. Hay algo de budismo en esa tremenda fuerza latente de una criatura que se alimenta de hierba y te mira con ternura, una criatura que no se mete con nadie. Al menos hasta que alguien se acerca demasiado a una de sus  crías. Entonces empiezan a aletear sus orejas de manera furibunda, como advertencia, y si el intruso persiste se mandan a la carga. Eso le pasó al 4×4 de la foto de abajo, que venía escapando despavorido del reverendo mamut que se le venía encima. Entonces me acordé de Aníbal el Cartaginés, que cruzó los Alpes con una armada de mil elefantes con los que aterrorizó a las legiones romanas.  Apenas el relato, en boca de mi profesora de historia del secundario, había alcanzado para ponerme la piel de gallina. Ahora tenía en frente a un elefante de verdad, cargando sobre el perfil menos romano de un Land Cruiser.

 

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Buena suerte si te persigue un elefante…

Hay que decir que si bien de vez en cuando algún vehículo de safari puede quedar involuntariamente demasiado cerca de una cría y molestar a un elefante, el turismo es lo mejor que le está pasando a la vida salvaje africana. Los cientos de dólares que deja cada turista en concepto de entradas de parques nacionales, son fundamentales para mantener toda una estructura de guardaparques entrenados y armados para contrarrestar el acecho de las mafias de cazadores furtivos.  En cambio, las tierras que no generan divisas a través del turismo son destinadas a la agricultura, por lo general por políticos populistas, y los campesinos que las reciben proceden luego a rastrillar esos terrenos de toda fauna, cazando, envenenando, y fusilando a cualquier hipopótamo o elefante que pise sus cultivos o león que cace su ganado.  El turismo, en cambio, está logrando que conservar sea más rentable que sembrar esa misma tierra con soja o maíz o vacas.  Es, al menos,  una manera de comprar tiempo hasta que desarrollemos una manera sostenible de convivir con el resto de las especies.

Si te gustó este post, no quisiera generar falsas expectativas, pero fue sólo un aperitivo. Después del safari en Tarangire nos fuimos al glorioso Parque Nacional Serengeti, quizás el más famoso de los parques nacionales de Tanzania y uno de los destinos de safari por excelencia a nivel mundial. El artículo y las fotos están en camino, ¡gracias por seguir este viaje por Africa

Cómo visitar Tarangire

Un safari en Tarangire suele estar incluido en casi todos los itinerarios de safaris en el norte de Tanzania que parten de Arusha. Suele visitarse en el primer día. Nosotros reservamos con Udare, porque sus guías hablan castellano fluidamente, y tiene mucha experiencia en turismo responsable, además de tener vehículos impecables y muy cómodos.

Camping en Tarangire

La mejor opción para acampar en Tarangire es el Twiga Camp, que queda en realidad fuera del parque, sobre la ruta de acceso al Lago Manyara. Este es también un buen lugar donde aprovisionarse de víveres, sancks, vinos y demás amenidades viajeras ya que está en una zona poblada con comercios. Si van con UDARE los gastos de acampada están cubiertos, al igual que todas las comidas que fueron de muy buena calidad y siempre distintas. Nota: el acceso a internet cuesta TSH 6000 por hora (aprox 3 USD). 


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

6 Comentarios

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  • Reconforta no sólo ver a semejantes ejemplares en estado puro, disfrutando de su sabia y salvaje condición de animal, si no también saber que lo recaudado por el a veces despiadado mundo del turismo, en este caso llega a donde tiene que llegar y defiende lo que tiene que defender.
    De tu relato y las fotos, nada para agregar que no se hubiera dicho antes. Como siempre, les deseo los mejores caminos y espero con una pequeña sonrisa que se va dibujando en mi cara esa postal desde Lesotho que esta cada vez más cerca…

  • Me gusta de tus lecturas que siempre me disparan interrogantes, y consultas a don google como “cuantos tipos de jirafas existen?”, “impala (animal) > imagenes”, etc.
    Muy buena la nota!
    Saludos, Fede

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