Sabuk: intimidad con la naturaleza en el norte de Kenia

Como anticipé dos posts atrás, mientras viajábamos por Kenia nos hicieron una oferta que no pudimos rechazar, casi una propuesta indecente para dos mochileros al estilo clásico, asiduos al Couchsurfing, la acampada libre y el infaltable hostel. De catar estilos de viaje y trovar el resultado del experimento se trataba la encomienda. La versatilidad es la virtud que más estimo en un viajero. No se trata sólo de ser capaces de soportar los reveces, perfeccionar la paciencia y soportar lo rudimentario.  También es meritoria la versatilidad hacia arriba: hay que aprender a disfrutar sin culpa ni miradas talibanas las ráfagas inesperadas de confort que el camino sabe convidar.

Como diría el dandy con agujeros en el pantalón, todos los tonos, desde la lata de atún hasta el sushi, me abrigan el alma. Y es en el contraste entre las terminales de ese espectro que se dibuja el arco del placer. Después de tres duros meses de viaje en Etiopía y recién llegados a Kenia, llegó un mimo del destino: nos invitaban a hacer glamping en Sabuk, un lodge en medio de las colinas de Laikipia, en el norte del país. Allá marchábamos sin saber qué íbamos a encontrar. Si no sabés qué es el glamping, te mando en penitencia por no haber leído ese post. Sólo decir que esperaba algo que el lujo por el lujo mismo. La propiedad prometía confort en la naturaleza, y transformarlo a uno en espía etéreo de aquellas sabanas salpicadas con vida salvaje.

La civilización termina en Nanyuki, cuatro horas al norte de Nairobi, un pueblo que supo ser capital provincial durante la administración colonial británica. Supe que íbamos lejos cuando vi el Land Cruiser de Verity aparecer puntual en el sitio acordado, cargado de provisiones como para la guerra. Consultando mapas, posteriormente, resultó que fueron no más 88 km, pero la travesía de dos horas por huellas de tierra entre los pastizales y las acacias alcanzaron para eyectarnos hacia un remanso donde el mundo se había tomado un descanso del ser humano.

sabuk

Camino a Sabuk a bordo del Land Cruiser.

jirafa kenia

¡Nuestra primera jirafa!

Verity mantenía firme el volante como si no hubiera tenido los más de setenta años que le calculé. Había nacido en Kenia, hija de padres británicos llegados en tiempos de la colonia. Sus ojos claros de genética foránea se habían curtido y apropiado de la belleza salvaje de África desde siempre, y contaba con orgullo haber sido la primera guía se safaris mujer del país. Por ende, todo aquello era normal y no se detuvo un segundo para celebrar el caballo a rayas blancas y negras que a mí me dejó boquiabierto. “¡Lau, eso es una cebra!”. A lo que Verity respondió: “Perdón olvidé mencionarles que veremos algunos animales en el camino.” Y cinco minutos después, es Lau quien da la alarma:

–          ¡Juan, un pumba, un pumba!

–          ¿Un qué?

En ese episodio quedaron claro dos cosas, que en el camino a Sabuk había “pumbas”, al parecer vocablo más universal que el nombre real del animal, facóquero, y que yo no había tenido suficiente infancia y debía descargarme el Rey León. A los pumbas le siguieron una jirafa que nos miraba, quieta, en medio de la ruta, un elefante con su cría que estiraban sus trompas para almorzarse las ramas tiernas de una acacia, y manadas de impalas saltando alambrados como para recordarnos a todos quien estuvo primero.

No habíamos pagado un safari en un parque nacional, sino que la zona donde se encuentra Sabuk es tan remota y el tránsito es tan poco, que los animales no huyen de la carretera. Y si bien Verity adornaba el paraíso con anotaciones (como que la cría de elefante avistada debía tener unos cuatro o cinco años porque le empezaban a asomar los colmillos, o que un huevo de avestruz alcanzaba para veinticuatro personas) me di cuenta que lo mejor estaba por llegar.

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Limonada de bienvenida en el balcón.

Hace un par de minutos que estoy intentando empezar este párrafo, y me doy cuenta que se me complica explicarles cómo es Sabuk. Podría empezar diciendo que a cada ambiente, habitación o sala le falta un muro. No por un defecto de construcción, sino porque todo el lodge está encaramado en un risco que es como un trono sobre un terreno de 1.800 hectáreas de colinas y sabanas atravesadas por un río, al que todas las tardes descienden a beber familias de elefantes.

Enseguida entendimos qué hacía un telescopio junto a la mesa donde almorzábamos, y por qué había un balcón todo a lo largo. Por más gourmet que fuera la comida (y lo era), la acción siempre estaba fuera, y el plato principal llegó justo cuando unos elefantes bebés se habían molestado con un grupo de camellos y comenzaban a torearlos. La semana anterior un camello había perdido un ojo al acercarse demasiado a una de las crías, tras una embestida de colmillos maternos.

A la tarde llegó nuestro turno de involucrarnos con ese paisaje. Verity nos presentó a los guías que nos acompañarían en nuestra caminata.  Te das cuenta que no es joda cuando los ves debidamente munidos de un rifle para el caso de que topáramos algún predador. Uno de ellos era un ex cazador furtivo recuperado que pasó de cazar elefantes a mostrárselos a los turistas. El otro era un samburu, tribu pastoralista del norte de Kenia, que portaba con orgullo su falda roja y la pluma obligatoria en la cabeza.

¡Pero no ves los elefantes, nene?

¡Pero no ves los elefantes, nene?

Entre pastizales dorados por el sol, acacias y quebradas caminamos largo trecho, en dirección a una manada de elefantes que los ojos avezados de nuestros guías habían ya visto a cientos de metros.

–          ¡Ya los ves? – me preguntó uno de ellos

–          Todavía no.

–          ¿Ves aquellas piedras grandes en la colina de enfrente?

–          Sí.

–          Bueno, esos son los elefantes.

Es increíble como tus ojos no pueden ver algo que no conocen, aunque lo tengas delante. Con el tiempo aprendería a divisar a la distancia el aleteo de sus orejas como diferenciarlos de árboles, piedras, etc. Seguimos caminando con la idea de interceptar a la manada que bajaba hacia el río.

El problema para los intrusos voyeristas como nosotros es que los elefantes son demasiado listos, y tienen un sentido del olfato ejemplar, por lo que siguiendo el consejo experto del excazador caminamos en contra del viento, para que éste no transportara nuestro inconfundible aroma humano.

El estar a pie, persiguiendo animales salvajes, atentos a la dirección del viento y en silencio sólo interrumpido por el sonido de nuestros pasos, me inyectó una adrenalina, que también, imagino, debe haber sido una regresión emocional al abandonado estrato evolutivo de cazador que dormita en nuestros genes.

mandada de elefantes

La manada al completo.

¡Shhh...! ¡Que no nos vean!

¡Shhh…! ¡Que no nos vean!

Llegamos a estar cerca de ellos, en metros, pero separados por bosquecillos de acacias en donde se escondían. Podíamos escuchar el crujido de las ramas que arrancaban con sus trompas. Los vimos llevárselas a la boca como si fueran ramos de flores. Perdimos la batalla cuando uno de ellos, y luego toda la manada, curvó su trompa hacia adelante: el viento había cambiado de dirección y nos habían oído. Los paquidermos emprendieron retirada en una dirección y nosotros pegamos la vuelta, ya que estaba atardeciendo y el samburu temía que apareciera algún león. Y cuando alguien que lleva un rifle y una pluma en la cabeza te dice que mejor vamos, hay que hacerle caso.

Satisfechos y extasiados de haber, por un momento, revisitado esa dinámica primordial donde elefantes, humanos, el viento, el olfato y hasta el fantasma de leones imaginarios son todo lo que cuenta, regresamos al lodge que después de haber pasado toda la tarde en la intemperie me pareció un castillo salvador.

Verity nos esperaba con una botella de vino tinto abierta junto a la chimenea encendida, que bebimos sin perder de vista las colinas donde acabábamos de caminar. No sé si ella se percataba, pero era para mí la anfitriona ideal para semejante lugar, desempolvando archivos enteros de anécdotas con acento británico. Una vez, más de 300 guerreros samburus con lanzas y antorchas irrumpieron en su tierra para reclamarle el derecho a pastar su ganado, agitados por políticos populistas locales que culpan a los terratenientes blancos de todos los males imaginables. Demás está decir que la ganadería y los animales salvajes no son buena combinación. Donde se abre un hábitat natural al pastoreo, desaparecen los animales salvajes, sea porque compiten con las vacas por las pasturas o, en el caso de leones y otros predadores, porque son fusilados por los hombres que se anticipen a que estos maten su ganado.

Verity nos contó que la táctica de los masai, por ejemplo, consiste en envenenar a las vacas que serán cazadas por los leones. Se desprende entonces que la conservación de la vida salvaje parece no haber sido una prioridad o algo de lo que las etnias originarias de África se encargaran activamente y por consciencia. Más bien, se daba naturalmente debido a los bajos niveles poblacionales de entonces. Con la superpoblación descarrilada de nuestro siglo XXI, las cosas han cambiado y cada hectárea dedicada a la agricultura para alimentar más y más niños es una hectárea menos para todo el resto de las especies. En Uganda, el 40% del hábitat original de los gorilas fue cedido a los campesinos para su ganado. Otra prueba de que cuando se habla de mejorar las condiciones de vida, es en exclusiva referencia a la vida humana.

Del otro lado, Verity también podría volverse estanciera y poblar Sabuk con vacas. Sabe que monetizaría más sus tierras, pero sigue apostando al turismo como modo de hacer conservación sustentable. El altercado de los guerreros samburu terminó cuando Verity salió a la tranquera y, al ver que se trataba de una anciana y retrocedieron con respeto reverencial a tal investidura.  Tuve que hacer un bollito con mis estereotipos porque yo pensaba que las culturas locales eran santas y libres de pecado en este asunto del respeto por el medio ambiente. Cuanto más viajo y más conozco al ser humano, me doy cuenta que no sé nada. O mejor dicho, que cuando creía que sabía y ventilaba mis verdades, eran erradas o incompletas.

Al fin me toc´+o vivir mi logo: ¡avanzamos en caravana de camellos!

Al fin me tocó vivir mi logo: ¡avanzamos en caravana de camellos!

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Nadie se baña dos veces en el mismo río, pero es momento de tubing y no de filosofía.

El día siguiente fue aún más activo. Por la mañana temprano nos anunciaron que nuestras monturas estaban  listas. A bordo de los camellos mejores cuidados y alimentados que vi en mi vida (y creeme que vi millones de camellos) hicimos un safari por toda la propiedad. Marchamos durante dos horas, rodeando manadas de cebras y deteniéndonos a desayunar bajo unos árboles, donde la logística invisible había dejado ya la mesa con el mantel puesto y las teteras humeantes y el jugo frío, todo con vistas a un pozo de agua del que bebían elefantes.

Tras el almuerzo nadamos en el río, no un río calmo de aguas transparentes, sino un caudaloso torrente encajonado entre rocas que llegaba helado y batido en su propia furia. Nuestras guías se tiraron de clavado, jurándonos que no había cocodrilos, al menos no en esa curva del río. Nosotros preferimos reptar hacia el agua con prudencia de abuela. Pero después nos envalentonamos y nadamos contracorriente e incluso terminamos tirándonos en una cámara de camión. Todos los ríos del mundo se volvieron uno sólo cuando me asaltó el recuerdo de cuando navegué el río Jáchal, por kilómetros, sobre una cámara y remando con una escoba vieja y casi me atropella un caballo que cruzó el río al trote.

La última tarde la pasamos observando el paisaje desde una terraza natural de rocas a la que llegamos a pie con nuestras guías. El muchacho de la pluma sacó de la heladera un cabernet sauvignon sudafricano. Levantamos las copas y brindamos, cada uno en su idioma, y en definitiva, entre quienes comparten una copa de vino, ya están compartiendo lenguaje. Nunca el laboratorio lunático de mi mente hubiera osado combinar el modo alcohol con la contemplación zoológica, porque sería como comer un asado mientras mirás ballet clásico. Pero la mezcla sentó bien. Y ahí me quedé quietito, observando a los elefantes beber del pozo de agua como un mufasa borrachín.

Después de cada día agotador, la habitación que nos esperaba era como la torre de un castillo, con tres muros y suelo compuestos de largos bloques de piedra y un lado abierto como balcón a la colina, los elefantes y el río. Lo amoblaban una cama kingsize con mosquitera y una sala de living con sofás y una chimenea propia. La combinación del ambiente cálido, resguardado, que crea automáticamente aquella y cualquier chimenea con el espacio abierto hacia la intemperie conformaban casi un oxímoron. Ese maridaje de intimidad-intemperie es casi para mí una constante de Sabuk.

samburu

La barrera cultural y de idiomas desaparecen tan pronto como se llenan las copas.

Para mi esta foto explica la diferencia entre el lujo como burbuja y el glamping. ¡Bañera con agua de río!

Para mi esta foto explica la diferencia entre el lujo como burbuja y el glamping. ¡Bañera con agua de río!

Esa frontera se vuelve a desintegrar cuando abrís la canilla de la bañera y sale el agua del mismo río en que habíamos ganado, pero calentada con energía solar y filtrada. Sobre el balcón hay otra cama enorme colocada con el sólo propósito de que te arrojes a mirar las estrellas. Le creí completamente a Verity cuando me contó que cinco parejas ya se habían propuesto matrimonio en esa misma habitación.

Mi recuerdo de Sabuk es el de una intimidad con la naturaleza. Necesité hacer mi primer safari en Tanzania (aún no he escrito sobre ese evento en el blog) para ganar perspectiva y entender a Sabuk como una experiencia que apunta más a la calidad del contacto con la naturaleza que a la cantidad de “contactos” o avistamientos que podés tener en un safari. En Sabuk caminás hacia los animales sin vehículos que te separen, sin prisa. Los safaris condensan toda la variedad de la fauna africana en una sola actividad guiada, pero también suceden a una velocidad más desgastante. Lo que me gustó de esta experiencia de glamping fue que en ningún momento sentí que el lujo le quitara protagonismo a la naturaleza, sino todo lo contrario: era ante todo un atajo, un “facilitador” que, al hacerla accesible, la reforzaba. El lujo real de un sitio como Sabuk esjugar a las escondidas con los elefantes, tomarte un vino con dos samburus, y echarte en una bañera con agua de río. Estaré muy atento a nuevas oportunidades de hacer glamping: la mezcla de glamour y naturaleza, es adictiva.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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