PORT SUDAN IDENTIDAD DOMINO

Hacé poco leí que uno no anda para encontrarse, como aseguran algunos poetas de San Telmo, sino que el andar es precisamente lo contrario, un escape a la idea misma de identidad, su anticoagulante. Nos volvemos un fluido, una conciencia líquida que se expone al planisferio. No sabía que podía disfrutar un pancito con grasa pura de cerdo hasta que no conviví con la gente de Transilvania.  Cada vez que digo gracias me llevo la mano al pecho como los sirios, extraño la arepa como un venezolano y no pasa un mes sin que cocine con masala, porque la comida más barata en los supermercados irlandeses eran delicatesen hindúes en bandejas listas para el microondas. (Cuando trabajás dieciséis horas por día en una fábrica, no tenés tiempo de cocinarte.) Entonces uno se construye y refunda en cada estación. Pero claro, quienes viajan para salvar su pellejo, disparados por coletazos de la historia a tierras lejanas y no por placer como nosotros los neo-nómadas, sufren los cambios de una manera distinta. Nuestro viaje hacia Suakín y Port Sudán fue un muestrario de historias de vida para reflexionar sobre el tema.

Salimos de Khartoum, la capital de Sudán, sabiendo que mi cumpleaños me iba a agarrar arriba de un camión. La idea no me molestaba para nada, todo lo contrario: cada cumpleaños en movimiento es una copa bebida de la fuente de la eterna juventud. El tiempo en viaje se expande por la densidad de eventos y en la memoria tres meses se vuelven un año. Nos había frenado un camión MAN último modelo que transportaba harina, conducido por un hombre mayor, afortunado de haber estudiado cuando la educación pública mantenía aún los altos estándares dejados por los ingleses, a quien el país pertenecía. (Ahora que son independientes, se dedican a memorizar el Corán). “El pan del país entero depende de estos camiones” — comentaba, y pasaba los cambios con sentido del deber. Ese era mi regalo, un camión cruzando el desierto, mirando desde el aire acondicionado y el asiento con suspensión a los nómadas Beja cruzar el desierto en camello como si fueran naves.

En un comedor básico, en alguna parte de las colinas que separan el desierto central de la costa del Mar Rojo, le comenté a nuestro camionero que era mi cumpleaños. Entonces vi sus dedos grasientos avanzar como tarántulas por la mesa y arrojar sobre mi plato una de las patas de pollo que correspondía a su ración.

— Happy Birthday – me dijo con una voz grave y solemne.

Volvieron a mi mente otros cumpleaños en el exilio. En Belfast, antes de empezar la vuelta al mundo en 2005, me indemnicé por privaciones futuras empinando enésimas cervezas Guinness. Otra vez me tocó en Teherán, donde la mitad de los invitados a mi fiesta improvisada en una clínica privada sospechaba que la otra mitad eran informantes del gobierno. En Bangkok viajaba con un circo ambulante bici-transportado, y Channing, el acordeonista —el jazz era su plato principal— me estrelló una torta en la cara al mejor estilo American Comedy. En el Chaco Boliviano la fecha certera me encontró en Ñaurenda, una comunidad guaraní munido de un pan casero y una lata de átún, caminando por una ruta de tierra. Hubo más pero no me quiero ir de tema. Esta vez, el grand finale fue llegar de noche al antiguo puerto de Suakin.

ruta de khartoum a port sudan

Cuando digo que la ruta cruzaba el desierto, quiero decir exactamente eso.

Suakin, el puerto más antiguo de Sudán, conectado a las rutas caravaneras del Nilo y otras provenientes del África Occidental profunda, había sido abandonado en la década del ‘30, cuando los ingleses construyeron Port Sudán a apenas 50 km para dar amarra a los vapores de gran calado que llegaban por el Canal de Suez. Suakin, y los sultanes otomanos que lo gobernaban, llevaban siglos enriqueciéndose en base al doble tráfico —y a una doble moral— de peregrinos camino a Mecca y de esclavos africanos. Era la época en que Sudán era una posesión turco-egipcia. Llegamos al legendario puerto de noche, y nos costó encontrar una lokanda — como se llama al estrato más bajo de la hotelería sudanesa. Teníamos que despertar a los serenos que, desde dentro del catre cubierto por una tela mosquitera, al vernos extranjeros, nos decían que no tenían lugar. Aunque nuestro permiso de viaje decía Suakin, nadie quería arriesgarse a tener problemas con la policía. Finalmente encontramos a uno que se animó a rentarnos uno de sus calabozos, trabamos la puerta con un ladrillo y a la mañana siguiente salimos a recorrer las ruinas.

Todas las antiguas oficinas de gobierno, el correo, una sucursal del Banco de Egipto, la mezquita, la estación de policía y la casa del déspota y ex comerciante de esclavos Osman Digna seguían allí, a medio desfallecer. Increíbles edificios construidos en piedra coralina abandonados al viento por un siglo. De algunos era poco lo que quedaba, muchas veces fachadas, con tremendos portones decorados con estrellas y medialunas —emblema del Sudán turco-egipcio— o anclas y flanqueados por cañones. Caminé como entre sueños hiper-estimulado por el aroma a salitre —soy marplatense— y lo consideré un bis de mi regalo de cumpleaños. Como toda ruina, estas también susurraban alguna que otra lección sobre los riesgos de la ilusión de trascendencia, sobre lo rebatible que es toda esencia y condición.

suakin sudan

Ruinas del siglo XIX alla voy.

suakin

La antigua estacion de policia.

La vida sigue entre las ruinas sin que nadie entienda su valor, y mucho menos que podrian vivir del turismo si fueran mas astutos y menos islamistas.

La vida sigue entre las ruinas sin que nadie entienda su valor, y mucho menos que podrian vivir del turismo si fueran mas astutos y menos islamistas.

puertos otomanos

Poco pudo hacer la artilleria contra el paso del tiempo.

ruins qt suakin

Suakin fue ocupqdo por Egipto y abandonada al pie de las olas quedo una sucursal del Banco de Egipto para atestiguarlo.

No lejos de las ruinas encontramos a un pescador. Su piel era más pálida que la del resto de los sudaneses, y me imaginé que descendía de algún mercante árabe. Durante el siglo XVI, toda la costa sudanesa sufrió un proceso de “arabización”, debido a las oportunidades para el comercio que ofrecían los puertos. El pescador  conocía las mareas del mar pero no se resignaba a que había sido despachado a estas costas por las mareas de la historia. Cargaba su identidad mixturada como una cruz:

— Nosotros somos de Sudán, pero no somos de Sudán. Venimos de Arabia ─ dijo, a metros de su colorida barcaza de madera, donde su nieto limpia la captura del día y la arroja en una cesta.

Lo decía con una dignidad y orgullo que no le cabían en su turbante, y enfatizaba su discurso sacudiendo la palma de su mano en ademán de lejanía. “De Arabia….” ─ repetía señalando el mar que alguna vez había arrimado a sus ancestros. Cuando su nieto sacó un segundo pescado del agua, la mano que antes se agitaba hacia su Arabia imaginaria señaló al niño y se reconcilió con esa fuente de orgullo más próxima. Aún en existencias tan atravesadas por migraciones y confusas etiquetas de origen, el corazón termina siempre recordando las prioridades y latiendo por lo que está cerca, como un pájaro en busca de luz.

pescadores suakin

Ser arabe o sudanes, o simplemente un pescador orgulloso de su linaje. Pelear por una etiqueta puede volverte un paria de la historia.

Al día siguiente estábamos en Port Sudan, como su nombre lo indica la conexión de este país de desiertos con el resto del mundo. Un puerto industrial con grúas, dársenas y cargueros en constante maniobra. Los ingleses que lo fundaron en 1908 como reemplazo para Suakin fueron fríos visionarios: el comercio trajo una prosperidad que se nota en los bulevares prolijos, en los restaurantes y sucursales de fast-food de cadenas árabes para nosotros desconocidas, en los licuados de mango que nos desayunábamos cada mañana. No quedan asientos libres en las modernas pizzerías de la avenida principal, donde las familias sudanesas pasean en pose de gala islámica, las mujeres con sus velos y túnicas con filigranas y bordados, los hombres con sus reglamentarias túnicas blancas y birretes. No nos costó acostumbrarnos a un Sudán de pizzas y milk-shakes, después de un mes vagando por aldeas donde sólo encontrábamos ful —habas guisadas— y tamía —croquetas de garbanzos—. Además llevábamos meses sin ver el mar, y cargábamos como costras los 43 grados de temperatura diaria refrescando a 36 en la noche que nos habían acompañado en todo el viaje.

Dicho esto queda claro que lo que nos urgía era darnos un reverendo chapuzón y lo hicimos, con el extraño fondo de las instalaciones portuarias. Aunque con aguas cristalinas y tibias de un turquesa furioso, casi no hay facilidades ni balnearios ni paradores pensados para el turismo. La falta de espíritu emprendedor es absoluta. El turismo es una de las industrias que más divisas genera a nivel mundial y, aunque los sudaneses tienen delante de sus narices este recurso, eligen de propia voluntad desanimar la llegada de extranjeros con visas complicadísimas y permisos de viaje adicionales para llegar a esta parte del país: cargamos en la mochila una carpeta de papeles fotocopiados para que cada policía que cruzamos en el camino entienda que somos turistas y no espías. Un local me explicó sin avergonzarse que temía que con el turismo la ciudad se llenara de prostitutas. Conociendo la mentalidad árabe, sé que en su mente prostitutas equivale, por igual, a mujeres en bikini, o mujeres solas tomando una cerveza en un bar, o grupos mixtos de hombres y mujeres no unidos por una libreta de matrimonio. Para él una foto de Mar del Plata en verano es una congregación de prostitutas y no una postal de distensión y recreación. Aún así, guiados por otro local buena onda visitamos algunas playas vecinas, usando las chabolas de los pescadores como  base. Lau debió bañarse vestida hasta las rodillas para respetar el código de vestimenta islámico impuesto por la sharia.

playas port sudan

Ella suenia con el Caribe, yo la llevo a Sudan.

El ritual de cada tarde era pasear por la corniche o costanera, donde los hombres se reunían a jugar al dominó como si el futuro del mundo dependiera de ello, mientras fumaban shisha y bebían té en medio a un alegre bullicio. No había mujeres salvo las acompañadas por sus esposos. En un puesto de jugos nos pusimos a hablar con Nuridin, quien además de prepararnos dos exprimidos de naranja exprimió su historia personal ante nosotros. Nuridin era un refugiado sirio harto de su soledad. En algún momento había tomado el barco equivocado y no sabe bien cómo había terminado en Sudán donde, se quejaba, no había trabajo. Con primos refugiados en Alemania y Canadá, Nuridín se sentía poseedor de una fortuna desgraciada. Hablaba y le daba pitadas a su cigarrillo mientras los cargueros iluminados como dioses descargaban containers de Hamburg-Sud. Deseaba quizás dejar de ser humano y transformarse en mercancía, para poder así surcar los mares libremente y sin documentos. Era marinero de profesión, nacido en el puerto de Tartous, y había recorrido medio mundo antes de que los sirios fueran considerados como leprosos . A diferencia del pescador de Suakin, que sufría un destierro colectivo y heredado, el de Nuridin era personal y vivencial. Estaba sólo en Sudán, no tenía amigos, y pesaba sobre él la gravísima etiqueta: era un refugiado sirio. Por ende, no podía alistarse como tripulación en ninguno de los barcos que atracaban y zarpaban. Nuridín me preguntó si quería un cigarrillo y supe que debía responder que sí. No importaba que habláramos poco árabe: necesitaba, primero, que lo escucharan, y en segundo lugar, que lo comprendieran. Era lo mínimo que podía hacer para reconfortar al hijo de ese puerto, Tartous, cuyos marinos me habían alojado en mi paso por Siria en 2006.

Cuando sabés que el otro tiene una tristeza inconmensurable por realidades que ni vos ni él pueden cambiar, buscás que las palabras se vuelvan caricias. Se me ocurrió contarle a Nuridin lo bien que la había pasado en Siria, y él lógicamente se alegró de que alguien supiera que su país, alguna vez, había sido algo más que un campo de batalla. Y fue entonces que recordé que los sirios de esa zona tomaban mate. El mate también se había subido un día a un barco. Al puerto de Tartous había llegado de la mano de los sirios que habían migrado a Argentina en la primera mitad del siglo XX, y que luego habían regresado a su tierra para solucionar la  nostalgia por la patria, pero apegados a algunos ritos gauchos como el mate. Puse el ancho de espada sobre la mesa y le nombre el mate a Nuridin. Fue como si hubiera adivinado el nombre de su madre: se le humedecieron los ojos y me contó que lo extrañaba horrores, que en Sudán no conseguía yerba, y que de todas maneras no tendría con quien tomar mate. Fue más lejos y recordó que en un viaje su carguero había anclado en Montevideo, y la manera de cargar el termo de los orientales lo había impresionado. Me hacía la mímica, con un termo invisible bajo el codo, y atornillaba el índice en su sien para ilustrar riendo la locura que le parecía esa desmesura materil uruguaya. En un puerto de Sudán, el mate había hermanado impredeciblemente a un refugiado sirio y dos mochileros argentinos.

Pool a la intemperie en Port Sudan.

Pool a la intemperie en Port Sudan.

El domino, los puertos y otras metaforas que te persiguen como gatos en la oscuridad.

Otra noche, caminando por ese mismo bulevar, un grupo de hombres nos invitó a sentarnos a jugar al dominó. Quien tomó la iniciativa es Mustafá, un sudanés orgulloso de vivir en Londres y tener un pasaporte británico (el que ventila para zafar cada vez que la policía le encuentra una botella de whiskey en el auto). Nos pregunta si Argentina queda cerca de Panamá. Me enternece que dos puertos con dos océanos de por medio se reconozcan a pesar de la distancia, como si fueran eslabones de sinapsis remotas. Yo miro a las fichas de dominó que las manos ordenan y reordenan sobre la mesa de madera. Hay metáforas que te persiguen como gatos en la oscuridad, que te guiñan un ojo desde envoltorios siempre distintos, como si fueran diosas de la reencarnación, espías ansiosos de auto-delatarse. En el encastre de las  fichas de dominó veo a la humanidad, a las migraciones, a los cumpleaños en el exilio. Veo al pescador de Suakin que busca ansiosamente hallar un día entre sus redes la respuesta al acertijo de su identidad, a Nuridín rebotando entre puertos y extrañando el mate, al orgullo british y cosmopolita de Mustafá, casi feliz de ser menos sudanés que el resto, y  a los puertos  con sus cargueros como fichas de dominó gigantes, cumpliendo con su misión ancestral de mezclar, conectar y alborotar un poco todo. Los puertos, en definitiva, tienen un sospechoso parecido con la escurridiza identidad de todo viajero: somos lo que éramos, más lo que se sube y lo que se dejó de ser, descargado en algún muelle remoto de la existencia.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

23 Comentarios

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  • ¡Increíble historia! Por momentos no sé si estoy leyendo sus relatos de viaje o se trata de un argumento de una película de aventuras…. no hay nada más motivador para emprender un viaje que leer y saborear todos y cada uno de sus relatos. ¡Abrazo!

  • Qué bien que me siento mientras te leo Juan! Ah ,feliz cumpleaños 🙂
    Te voy a hacer una pregunta directa aunque -creeme- no quiero joder mucho con el tema en este momento, pero en líneas generales ¿ISIS ,boko haram, el islamismo extremista existe o es todo verso occidental? (¿alguien te ha hecho algún comentario al respecto por allá?)
    Te mando un gran abrazo, para Laura también

    • Sabés que no? Aunque yo he siempre he sido un paladín de visiones más realistas del mundo islámico, y escribí un libro sobre el tema (Vagabundeando en el Eje del Mal) y me re copa la hospitalidad musulmana, hay que decir que el extremismo islámico es real, y no un verso. Incluso, que muchos musulmanes buena onda que te llevan a dedo y todo bien, cuando hablas en profundidad sacan a relucir una intolerancia madre hacia lo que nosotros entendemos por libertad (a ver, no hablo de nudismo, sino que una mina salga a pasear sla y se siente a tomar una cerveza sin ser apedreada). Tema largo! Abrazo!

      • Qué bien me senti con ese “sabés que no?” de arranque!
        Creo que inconcientemente te lo pregunté esperando esa respuesta, gracias Juan buenas rutas, aquel abrazo

  • Ya es como el tercer post desde Sudan y no me canso de leerlos!!! La verdad estuvo todo muy interesante, en especial tu lista de cumples on the road jaja. Lástima que no pudiste expandirte más pero coincido en que te hubieras ido del tema.

    A propósito…en alguno de tus posts anteriores me parecio leer que Somalia era parte del itinerario. Me llamó la atención ya que según wikitravel la primera manera de estar seguro en Somalía es no viajar allí. Justamente te quería preguntar si al final se animaron a entrar?

    • En realidad fuimos a Somalilandia (subo album de fotos a la Fan Page mañana) que es una república separatista dentro de Somalía, independiente de esta a los efectos prácticos y relativamente segura. Te debo el post sobre los cumpleaños en el exilio!!! jaja buen título!

  • Juan haz pensado luego de terminar tu vuelta al mundo en dedicarte a ser profesor de historia? Te quedaría como anillo al dedo. .. este post me encantó, siempre aprendo a caudales contigo; y aunque, en honor a la verdad, no es sencillo leerte apenas veo un post tuyo o de Laura ingreso a la velocidad del rayo. Un abrazo para los dos

    • Hola Ale! Amo la historia! ¿Se nota? Uhh yo pensaba que era bueno disimulando. El único problema es que necesitaría vidas paralelas para estudiar el profesorado, aunque siento en realidad que viajar me va inculcando la historia, con cada investigación que hago al llegar a un sitio. Quien te dice un día no me siente en una esquina como un Diógenes docente, sobre mi mochila, a conversar sobre historia con quien desee sentarse a escuchar jajaja

      • Reconozco que la historia no es mi fuerte, pero con tu Blog ha empezado a tomar mucho sentido para mi. .. así que si te decides te hago carta de recomendación! ! Jaja. Un abrazo gigante

  • Juan leer tus relatos me emocionan, como siempre sigo viajando con uds. Espero con ansias el libro q me llevará a esos sitios increíbles y q me han cambiado la mirada del mundo. Los abrazo junto a Laura!!!! Buenos caminos!!!

  • jUANPABLO PARA DESCRIBIRTE NO CONSIGUO A ENCONTRAR MUCHAS PALABRAS….SOLO GRACIAS POR SER ASI’, TU MISMO….UNA PREGUNTA: COMO PUEDO HACER PARA IMPRIMIR Y PUBLICAR MI LIBRO? PUEDER DECIRME ALGO, UN CONSEJO VISTO QUE TU YA HAS HECHO ESTAS COSAS?…PERDONA MI ESPANOL……..ANDREA

  • Hola Juan! Hace dos dias que “Los descubri”, los felicito x tremendas azañas! a partir de ahora viajo con Ustedes! (recien compre “Caminos Invisibles”… estoy ansiozo x empezar ese viaje!!!.
    Les mando un abrazo a la distancia y prometo seguirlos desde ahora.
    Todo lo mejor xa Ustedes!!!!

  • Juan, ya me llego tu libro y estoy arrancando, pero a la vez tengo el blog y no me dan las horas de lectura!. Una aclaración, me mato lo del mate en Siria, estoy leyendo varias notas en internet y es muy interesante. Abrazo

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