El camino a Santa Clara y los signos de la otra revolución

Nuestro contacto más íntimo con las preocupaciones reales de los cubanos lo tuvimos viajando a dedo entre Matanzas y Santa Clara. No llegamos a Santa Clara en el día, sino que trastabillamos con la dificultad inesperada del autostop en Cuba. Los motivos de esa dificultad, todavía no los comprendo. Casi ninguno de los automóviles antiguos que bucólicamente recorrían la carretera se detenían, ni siquiera los que funcionaban como taxis. Y bien que estaba dispuesto a pagar un poco para avanzar en esos carromatos inflados como carabelas. Pese a todo, logramos avanzar tramos cortos.

Primero, en un pequeño automóvil moderno, nos frenó un alemán que trabajaba para una aerolínea. Luego un taxi cubano moderno accedió a llevarnos de onda hasta Cárdenas, una ciudad donde había más carros tirados por caballo que automóviles. A la salida de Cárdenas un viejito accedió a compartir su miniatura de automóvil, un Ford Taunus modelo 59.  Simplemente sonreía al volante y nos miraba, se diría con ternura. Entre tramo y tramo pasábamos entre media hora y una hora haciendo señas, sin mucha respuesta.

ford taunus 1959

conductor-cubano

rutas cubanas

Una excepción fue un viejo Ford de 1927, que aunque era taxi se dignó a llevarnos un par de kilómetros. Lo grato de ese tramo es que pude batir mi record de modelo más antiguo que me había llevado a dedo, siendo el anterior un De Soto modelo 1954 que me había llevado en Siria.

ford a 1927

Celebrando el récord!

Otra curiosidad fue una grúa Mitsubishi, que nos llevó hasta Jovellanos, todos apretujados en la cabina, y que cuando le contamos lo lento que estábamos viajando, sonrío y dijo:

— Suave se llega al fin del mundo.

Desabordando la grúa Kato. Foto de Emiliano León.

Desabordando la grúa Kato. Foto de Emiliano León.

Claro que a mí no me importaba viajar de prisa. Y de hecho esa noche entendería que esa lentitud y el quedarnos varados al atardecer en Jovellanos tenía un sentido. Y ese sentido era conocer a Milagros.

Milagros era una mujer de unos cincuenta años que conocimos en la banquina, mientras hacíamos dedo infructuosamente. Ya atardecía cuando ella se acercó a preguntar si necesitábamos ayuda. Nos contó que trabajaba de mucama en un hotel particular en  Varadero, y que estaba regresando a su casa. Como no trabajaba para el estado, no gozaba de subvenciones de transporte, sino que lo hacía, como nosotros, a dedo, en camión, en lo que encontrara.

Milagros siempre hablaba con una dicción de radiofonista, con voz pausada al punto de que no perdía una consonante ni en la queja más emotiva. Escudó en su carácter de cristiana su voluntad de ayudarnos, pero me di cuenta que no lo decía para expresar su fé, sino para que no pensáramos que quería aventajarse de nosotros de alguna manera. Fue así que propuso llevarnos a su casa, para que no pasáramos la noche a la intemperie. Accedimos contentísimos.

atardecer en cuba

Atardecer en las rutas cubanas. Foto de E.León.

Como ahora éramos tres, menos todavía querían frenarnos. Me sorprendió esa falta de solidaridad de los motoristas cubanos hacia sus conciudadanos. Si hubiera sido un actitud exclusiva hacia los mochileros extranjeros lo podría haber entendido como el miedo ante la novedad, pero me entristecía que gente local como Milagros padeciera eso todos los días para llegar y regresar del trabajo.

Para colmo, un loco borracho andaba por la banquina proclamando, con el mismo tono de voz, que había muerto su hija y que nosotros, los extranjeros, éramos los dueños del país. Finalmente Milagros logró detener un Buick modelo 52 que nos llevó hasta el paraje donde vivía, llamado Gratitud. El paraje se había desarrollado anexo a un centro de experimentación de caña de azúcar. Llegamos de noche, cruzamos  una vía y seguimos por una calle de tierra donde había viviendas y gente charlando en los porches a ambos lados. Una de esas era la casa de Milagros. Vi los haces de luz de Buick alejarse entre la caña.

buick 1953

— Esta casa, para el gobierno, está terminada. Ellos cuentan con que tú estás viviendo con todas las comodidades, para que queden lindas las estadísticas. Y la diferencia de dinero se la quedan ellos…

Fue lo primero que dijo Milagros cuando nos presentó su casa y nos explicó que se la entregaron con piso de tierra y con las paredes de los cuartos a medio levantar. En Matanzas, una panadera me había explicado que Cuba sufre de una corrupción asociada a la supervivencia. Es decir, al panadero le entregan harina para hacer cien panes. Los hace más chiquitos. Con la harina restante hace veinte panes para vender por izquierda y compensar su mísero sueldo de diez dólares mensuales. El constructor hace lo mismo. Le dan ladrillos para hacer casas, se queda con un porcentaje, hace las casas por la mitad y los vende en el mercado negro.

Gervasio, el esposo de Milagros, llegó con un habano en la boca, prendió un ventilador, y se sentó en el marco de una ventana que no existía. Del otro lado de la ventana, pared de por medio con el comedor, la familia mantenía una chancha que acababa de parir a seis o siete chanchitos que se revolcaban para alcanzar sus ubres en el lodo. Era el emprendimiento familiar. Le preguntamos si se quedaría algunos chanchitos para hacerlos reproducir o al menos para venderlos cuando fueran más grandes. El hombre sacó algunas cuentas en el aire y se lamentó: engordar a los chanchitos todo un año le costaría setenta dólares. Lo dijo como si fuera una fortuna. Emiliano y yo cruzamos miradas en el aire viciado de humedad.

Gervasio.

Gervasio. Foto de Emiliano León.

Una vida de trabajo arduo le había impuesto a Gervasio facciones huesudas, pero nunca había dejado de poseer un gran sentido del humor y una mirada luminosa. Además, era buen cocinero, y comenzó a preparar el pescado fresco que le habían traído sus hijos de la costa, que al rato sería servido con aguacate. Pero más que el techo oportuno, Milagros me dio la oportunidad de escuchar lo que una familia de campesinos cubanos tenía que decir.

— Después de hacer el mercado para el mes, a mí no me sobra un peso cubano. Lo único que nos da un ingreso extra, de vez en cuando, son los animales. La primera vez que parió la chancha pudimos poner el piso de cemento. La segunda vez compramos un caballo para ir al pueblo. En este país uno se cansa de trabajar sin ver los frutos de su esfuerzo, eso es lo más terrible de este sistema. Yo quisiera comprarme una cafetera. Tendría que guardar lo poco que me sobra de cada mes durante siete meses para poder comprarme una. O la cancha debería parir de sorpresa como diez chanchitos…

Me interesó la idea de, ante la falta de efectivo, el precio de una cafetera se terminara midiendo en chanchitos. Milagros prosiguió lo que entendí desde el vamos era una catarsis pero más que eso un mensaje, pues le había contado que era escritor.

— Aquí, un pescado vale un sueldo. Y en el mercado te dan pollo por pescado. La carne de vaca está directamente prohibida. Ni nosotros, como campesinos, podríamos matar nuestra propia vaca para comer, si la tuviéramos. Y si te roban tu vaca, te multan a tí. Si la robas y te descubren, son ocho años en la cárcel. Sólo a ciertos enfermos les permiten algo de carne de res en su dieta.

Recordé que en un mercado, al verme extranjero y en voz baja, me habían ofrecido carne de vaca en 20 dólares (2 meses de sueldo) el kilo. Por izquierda, quien tiene dólares, consigue lo que quiere. Desde ya, los turistas. Los rusos, antiguos camaradas de la Guerra Fría, ahora vacacionan en los all inclusive de Varadero y disfrutan de la langosta que les está prohibida a los cubanos, y le sacan fotos a los Ladas de fabricación soviética que ya no se ven en la globalizada Moscú.

Milagros. Foto de Emiliano León.

Milagros. Foto de Emiliano León.

— Por eso mis amigos, aquí estamos esperando que se mueran los tres viejos decrépitos que quedan. Por todo esto es que se van, se van de Cuba en balsa, en cámaras de camión, en lo que puedan. No por política, si el cubano es la persona menos política que existe. Se van porque están cansados de sobrevivir e ingeniárselas en vez de disfrutar la vida.

Milagros preparó baldes con agua tibia para que nos bañáramos antes de acostarnos. A la mañana siguiente, nos acompañó hasta la ruta y nos abordó a un camión que se dirigía a Santa Clara. Antes de dejar la casa la llamamos a la habitación, y le entregamos un sobre con la suma de dinero exacta que requería la inversión en los chanchitos. Consideré oportuno un preámbulo explicando que no lo hacíamos por lástima, sino para retribuirles la ayuda desinteresada participando con un pequeño impulso de algo que iba a generar abundancia. Milagros se nos quedó mirando largamente con una mirada serena y tibia. No dijo una palabra, y nos abrazó como hijos.

Milagros nos acompaña hasta la ruta paqra continuar viaje hacia Santa Clara. Emiliano, retrasado, toma la fotografía.

Milagros nos acompaña hasta la ruta paqra continuar viaje hacia Santa Clara. Emiliano, retrasado, toma la fotografía.

Los camiones cubanos son literalmente camiones cuyo acoplado fue adaptado con un par de bancos para llevar pasajeros. No respetan horarios ni normas de confort, pero son la única manera que los cubanos tienen para movilizarse por su país. Pagamos menos de dos dólares cada uno por tres horas de viaje. Desde las rendijas veía, en la ruta, carteles con refranes como “Por esta libertad habrá que darlo todo” o “Nos sobran motivos para estar orgullosos. Yo recordaba las palabras de la familia de Milagros. Luego vi una fábrica de cerveza con el confuso rótulo de “planta en proceso de perfeccionamiento empresarial”. Esos lemas progresistas eran a veces dejados en offside por la súbita aparición de carruajes, volantes y demás estropajos mal sobrevividos del siglo XIX, tirados por equinos macilentos de mirada amarillenta.

Santa Clara es un ícono de la Cuba socialista. Fue la primera ciudad grande en ser liberada de la dictadura de Batista y caer en manos de los revolucionarios cuando el Che Guevara y sus secuaces lograron descarrilar un tren blindado que transportaba 350 soldados y material bélico hacia el este. La topadora que fue utilizada está hoy en exhibición. Por algo fue la ciudad elegida para construir el sublime mausoleo que atesora los restos del Che y otros 37 revolucionarios muertos en combate en la fallida toma del poder en Bolivia. Había estado en Valle Grande y La Higuera, por lo que con esto mis pies completaban un ciclo.

monumento al che

 

Aunque la mayoría de los viajeros llegan rastreando la historia del Che, a mi Santa Clara me aportó desde otro lado. Fue la ciudad donde observé un ambiente universitario más vibrante y, también, más vida nocturna. Se notaba, a su vez, una herencia europea menos mestizada, patente en la tez clara de muchos pobladores. De noche, toda la plaza era una pasarela constante de adolescentes y jóvenes vestidos a la moda para impresionar y exhibiendo los teléfonos inteligentes que Western Union les legó. La escasa criminalidad que se registra en Cuba permitía a los grupos de chicas que ni siquiera tenían edad para una matinée caminar solas por la ciudad. Era un clima tan sano que Emiliano se lamentó:

— Chamo, esto en Venezuela se perdió hace décadas. Te puedes mover con tu tribu, pero ya sabes, dentro de la tribu. Nosotros las plazas, por la noche, las hemos perdido.

Frente al Hotel Santa Clara se había armado una bailanta espontánea de salsa con una banda callejera. Un negro que se meneaba con la boca abierta había sacado a bailar a dos morenas y éstas se movían como trompos que repartían caderazos, convocadas como un resorte o expulsadas como un big bang por el eximio bailarín. El negro mantenía su boca abierta, no sé si como reflejo de su alta concentración, o cómo ovación a su propia coreografía. Pensé que quizás Cuba entera se gozaba a si misma a través de la diáspora danzante de sus hijos. No faltaban cervezas y guitarreadas en las gradas de la iglesia.

Cerca de allí una cola de gente que esperaba por su hamburguesa en un sucucho con el nombre de “McDunalds”. Eso me llamó poderosamente la atención. Supuse que Cuba había descubierto que una inocente falta de ortografía bastaba para falsificar el paraíso. La escritora croata Slavenka Drakulic en su magnífico libro Café Europa, analizó con minucia de socióloga cómo la adopción de nombres occidentales en los comercios había sido el primer distintivo de pertenencia a ese mundo antes vedado que había tenido la gente en Europa del Este y los Balcanes. En la ciudad emblema de la Revolución, un McDunalds en plena plaza central era todo un síntoma. Sobre todo considerando que antes de 1959 era en Santa Clara donde se ubicaba la embotelladora cubana de Coca Cola.

MacDonalds en Cuba

McDunalds La Cubanísima. SIn desperdicios.

Esa misma tarde había visto este cartel publicitarios de unos de los centros comerciales estatales, mostrando a una mujer, el claro estereotipo de chica cosmo que revienta la tarjeta en un shopping, con apenas suficientes dedos para aferrarse a todas las bolsas de compras y, debajo, en letra más desapercibida: “TRD Caribe le desea feliz año nuevo y celebra el aniversario 56 del triunfo de la Revolución”. Camaradas, nos estaríamos contradiciendo un poquito, volvamos a mirar hacia dónde señalaba el índice de Lenin, porque en algún lado le pifiamos feo. Hablando en serio, este tipo de iconografías, evidentemente fruto de los más vanguardistas o perestroikistas de los dirigentes cubanos, muestra, y con más pelotas —¡hay que poner la palabra revolución y la foto de una minita de shopping en el mismo afiche eh!— el tipo de fronteras que ya están cruzando muchos cubanos, incluso sin dar un paso.

trd caribe

Celebrando el 56 aniversario de la Revolución a puro shopping!

cdr comies de defensa de la revolución

La celebración de la vigilancia.

Este se les escapó a la del comité.

Este se les escapó a la del comité, aunque por algo el de la bici ya está relojeando.

Cada año Cuba celebra el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución que, básicamente, son unidades creadas para fomentar la vigilancia colectiva frente a la influencia extranjera. ¿Será por eso que el McDunalds se apellidaba la Cubanísima?

Nosotros salimos a buscar nuestro lugar en esa noche tan social club. En un centro cultural llamado El Mejunje conocimos a un grupo de músicos y pronto estuvimos todos a merced de un trance de ron, el gran elixir que fortalece los vínculos entre cubanos y visitantes. Supongo que eso me dejó la lágrima fácil y cuando vi un capítulo de Rayuela enmarcado en una galería me puse a pucherear como un chiquillo. En ese grupo estaba Iuniesky, profesor de filosofía y dramaturgo frustrado.  A medida que avanzaba el ron por nuestras venas el debate sobre Nietzsche se volvió cada vez más inverosímil. Cuando su amiga María, doctora en artes visuales, se unió al grupo, el tema viró hacia la situación actual de Cuba. Todos se preguntaban por esos días si el levante del embargo de EE.UU daría más aliento al régimen o si la continuidad de algunas falencias pondría en evidencia que éstas eran propias de la mala administración y no mérito de una potencia enemiga. Nadie se atrevió a responder a la pregunta de qué pasará cuando muera Fidel.

— Esa es una pregunta sin respuesta — dijo el profesor de filosofía mientras le echaba un ojo a una chica.

María, en cambio, mantenía un optimismo algo pasado de moda en Cuba con respecto a la Revolución. Era la primera persona que me hablaba bien del asunto desde que había llegado, sin contar a la gente del ministerio de Turismo, ni a un anciano descendiente de españoles que cobraba una jubilación en euros con la que, gracias a la diferencia cambiaria, vivía a cuerpo de rey en el Centro de Residentes Canarios de La Habana.

santa clara

María tenía otra manera de entender los mecanismos de la felicidad.

— Yo tengo arroz y frejoles en mi alacena y con eso soy feliz, el problema es que en Cuba la gente es demasiado ambiciosa, y quiere siempre más y más. Si sabés pedir, En Cuba, el estado te da todo…

Nunca se me hubiera ocurrido que el éxito de una sociedad podía llegar a pasar por el perfeccionamiento del asistencialismo. De hecho, me parecía un último recurso compasivo para palear contextos de emergencia, pero no un estado deseable o vital. Pero María sonreía y enumeraba incisos, nombres de leyes y funcionarios gracias a cuya Gracia y Carisma uno podía, haciendo la fila el día correcto, recibir algo…  Cuando me encuentro con alguien que ve el mundo al revés que yo, revuelvo hasta encontrar puntos de coincidencia. Y María y yo estábamos de acuerdo en algo: los dos podíamos vivir con muy poco. Para ella lo importante era que el estado te concediera esos frejoles en la alacena. Yo sobrellevaba con éxtasis mi frugalidad voluntaria, comprando “mis frejoles” tras la venta de un libro o aceptándolos como regalo providencial del camino al llegar a casa de un extraño, durante mis viajes. Pero en definitiva, los dos elogiábamos la esencialidad como valor.

Mi encuentro con Cuba fue como mi encuentro con María, un pacto que me permitió disfrutar de la diferencia sin intentar torcerla, pero sin dejar de analizarla. Escuché a familias  campesinas como la de Milagros y a jóvenes intelectuales rebeldes en la plaza de Matanzas, conversé con mendigos que dormían en estaciones de tren y con empleados ministeriales, viajé en sus almendrones destartalados, me emborraché en sus plazas, putee como local por no poder conectarme a internet. Espero, en el transcurso de esta crónica, haberles dado voz a los héroes de la supervivencia cotidiana cubana. Esos héroes sin fusiles ni glorias que andan en bicicleta, y que en poco se relacionan con las consignas y lemas de propaganda, sea a favor o en contra, de quienes se tirotean por la conquista abstracta de la isla en la cancha de las pasiones discursivas.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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