Confesiones de otoño

Desde que viajo, busco construir en este blog un reflejo compartible de mi aventura, de los avatares de ser nómada y vivir en el camino tanto tiempo como sea posible. Quiero que llegue a otros como un conspirador de sus propios instintos de fuga, que patee tableros, que ametralle oficinistas que reencarnen en sus sonrisas. Entonces aliento a viajar, a no tener miedo al mundo, y escribo sin premoniciones posts sobre la hospitalidad, sobre lo rico que sirven el cafecito turco los campesinos albaneses, en bandeja, para cumplir con la más accesible expresión de nobleza. Pero en esa dictadura del propio estilo, en esa carrera por estar al día con el ritmo —voraz— del viaje, me dejo atrás a mí mismo. Nunca encuentro el tiempo o el párrafo adecuado para colarme entre mis propias líneas, me quedo siempre atrincherado de éste lado de las letras, que se vuelven así pájaros vacíos.

Por eso hoy no quiero escribir sobre ciudades, culturas o episodios espectaculares, sino sobre asuntos que me parecerán mundanos tan pronto salga de este trance de sinceridad. Sobre el otoño, por ejemplo. Empiezo con el otoño porque esta escritura imita su danza nudista, su elogio de la liviandad, y va descargando sentimientos en palabras-hojas. Desde hace un mes vengo cruzando este otoño balcánico. Empecé este viaje en mayo con una mochila preparada para el verano europeo y tengo que admitirlo, los primeros escalofríos me tomaron por sorpresa en Kosovo.

 

prizren

¿Les gustó la foto? ¿Y si les digo que es Kosovo?

 

Tenía sólo mi pulóver peruano comprado en Chinchero y una pashmina que me había prestado Laura. Cada vez que caía la tarde, entre estornudos, yo me prometía comprar una campera. No es que no me gustara la pashmina— tenía círculos ocres, carmesís y dorados intercalados, era como meterme un fresco bizantino al cuello— pero no alcanzaba. Y entonces llegamos a la casa de nuestro anfitrión de Hospitality Club. Era un cuarto en desuso carcomido por los hongos y la humedad. Ahí lo ví, sobre el sofá-cama, al lado de la estufa: un espléndido y huérfano saco gris, a cuadrillé y con botones dorados. Él no tenía dueño y yo no tenía saco. Me calzaba justo. Lo miré y me dijo: ya nos conocemos. Recordé el otoño en Tíbet, cuando también tuve que salir a carroñar mercados de segunda mano y encontré esa chaqueta color caqui con la que aparezco en la foto de cabecera de mi blog. Un honor deberle el abrigo al descuido de un croto kosovar.

Lo que me gusta del otoño es que pone la vida en movimiento, la despabila de la comodidad estival de vivir en sandalias y remera, obliga al trotamundos a buscar una campera y al campesino a vigilar su stock de heno y leña. Nos arrodilla hasta la humildad primordial de adaptarnos al clima. Y parece una pavada, pero redescubrir que hay algo que limita a esta humanidad de topadoras y eternidad binaria es un salvavidas de optimismo. Qué joda el día que realmente podamos controlarlo todo. Me gusta el otoño porque sabotea una independencia imaginada.

 

koprivshtitsa

Koprovshtitsa, aldea en la Bulgaria profunda.

 

Hay muchas señales en el ambiente, además del frío incipiente, de que la estación está cambiando. En Mitrovica, ciudad donde el río evita que serbios y albaneses se maten unos a otros (les cuento en el próximo post) las mujeres asan en plena calle los pimientos con los que prepararán conservas de paprika para el invierno. Los Balcanes huelen a pimiento, como la India huele a curry y los domingos argentinos a asado. Calles enteras los venden por lote como si el resto de las frutas y hortalizas no hubieran sobrevivido al apocalipsis vegetal. En Pristina los hombres compran castañas asadas tan sólidas como sus facciones y sus imperios, y las degustan una por una, camino a mezquitas cuyas piedras arrullarán. A pesar de su historia de masacres, Kosovo es capaz de albergar castañas y hojas secas.

 

pimientos

 

El cambio de estación me hace tomar conciencia de la longevidad del viaje, de que el tiempo pasa y mis pies acompañan a la tierra. Es ya momento de ir meditando los pasos, porque en diciembre habrá que dibujar en el mapa alguna chicana para esquivar el crudo invierno. Estoy en medio de un viaje por los Balcanes que nunca planeamos, sino que surgió para llenar el vacío resultante de la decisión de posponer el viaje a Asia Central para el marzo próximo. Por eso no hay objetivos pretensiosos. La brújula quedó temblando en la bifurcada y lo que resultó fue un viaje slow.

Dicen que el Movimiento Slow tuvo su piedra fundacional en las protestas contra la apertura de un McDonald’s en la Piazza di Spagna de Roma en 1986, pero la expresión slow travel la escuché hace relativamente poco. Es increíble como el packaging de una actividad le puede dar una reputación totalmente renovada a algo que no la tenía. Antes, si viajabas lento y relacionándote con la gente local eras un hippie idealista y punto. Ahora somos slow travellersen el universo hipster.

La cuestión es que en los Balcanes nosotros liberamos pasos despistados, perdimos las ambiciones de grandes itinerarios. En vez de ir tachando mezquitas y ciudades-museo de una lista como locos, declaramos un estado de no sitio, de flotación distraída, nos desnudamos del viajero y nos dedicamos a leer escritores locales y escribir en nuestro diario foráneo, a tomar té con miel en tardes frías como dos abuelos que se lo juraron al tiempo, o a mirar series por internet desde la cama. Cuando el viaje dura toda la vida, uno sigue donde puede con esas pequeñas cosas que haría si estuviera en casa. Incluso, dediqué varias tardes a pensar sobre posibles viajes que aún no afloran bajo mis pies.

Hubo días donde mis pensamientos anduvieron por Etiopía, acompañando en espíritu a Richard Burton en su ruta a Harar en 1854. Para eso, compré su libro First footsteps in East Africa, que todavía saboreo, y que empecé a leer en el bazaar de Skopje, Macedonia, mientras sorbía chai en vasitos de té con forma de tulipán, es decir, como se debe beber el té turco. Otras veces, sobrevolé con el pensamiento la taiga de Tuva y busqué en vano las obras de Nikolai Roerich en una librería local. Hubo días donde estuve y no estuve donde estaba, al mismo tiempo.

 

 

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bulgaria en otonio

En la campiña donde estábamos se veían cielos como este.

Pero los Balcanes te perdonan estas infidelidades del pensamiento. Sus ciudades no están en pose ni buscan acaparar la atención como niñas con vestido nuevo. No hay parises ni barcelonas ni pragas. Esa clase de ciudades tiene merecida su fama, pero ello las ha vuelto pesadas y estresan a los viajeros con el desafío de abarcarlas. En los Balcanes, por el contrario, hay ciudades sorpresa que se visitan sin místicas aprendidas, que se dejan recorrer con la curiosidad súbita de quien baja una fruta del árbol. Uno no asocia capitales como Belgrado o Sofía a nada en particular. Ni hablar de los países nuevos. En Pristina, capital de Kosovo, nos encontramos con Bill Clinton y a la Madre Teresa compartiendo los pedestales de los monumentos, con un país tan joven que la selección de fútbol juega de local ante tribunas vacías mientras la gente sintoniza en su casa los partidos de los países vecinos. En Macedonia, otro país perdido en la neblina, el gobierno decidió llenar la ciudad de estatuas de próceres ajenos, con tal de fingir orígenes como orgasmos. Los Balcanes están en estado de creación y mutación constante, son un flujo como la sangre y la miel encriptados en su nombre, acuñado a los gritos por los invasores turcos que llegaron blandiendo espadas y coranes en el siglo XIV y allí conocieron la victoria pero también su precio.

 

tranvia-bulgaria

 

Yo estaba feliz caminando por las calles de Sofía, fotografiando tranvías y puestos de flores. Habíamos descubierto que los búlgaros ataban nudos de lanas a las ramas bajas de los árboles, y recorríamos la ciudad en busca de esa clase de tesoros. Creo que amé a Laura más todavía cuando me confesó que ella también encontraba trofeos en la basura, que podían ser desde diapositivas viejas hasta un diccionario de arameo. También era feliz tirado con ella en el césped de un parque, acariciándonos para entretener a la vida, mientras dos trompetistas deformaban melodías kitsch en monedas de lástima. Pero todo otoño necesita nidos.

Entonces Ramiro, un amigo que estaba cuidando una casa en un pueblo de Bulgaria llamado Yablanitza, nos invitó a visitarlo. Como es programador, decidimos contratarlo para rediseñar nuestros blogs (sí, después de nueve años con una plantilla cuadrada de Blogspot). Ramiro es un sacerdote del wordpress ortodoxo que amanece a las siete de la mañana tecleando código html y vive descalzo. Una vez a la semana caminamos dos kilómetros hasta el pueblo para abastecernos en el mercado, verduras para la salud, chocolate para los caprichos, y algún vino búlgaro para una picadita. A este monje digital sin suelas los niños gitanos del mercado le corren alrededor con una mezcla de burla y empatía trazada de pueblo descalzo a hombre descalzo.

 

sacerdote-del-wordpress

 

Desde hace tres semanas vivimos en su casa. Pasamos el día cada uno en su computadora, solicitando pausas de té con chocolate y mirando una película por noche. Tal vez, lo mágico del otoño es que obliga a los nómadas a rozar la paradoja de sentirse cómodos en una casa, aunque ésta mute de forma y ubicación en reencarnaciones algorítmicas. Me volví feliz propietario de rutinas que sé efímeras, líneas de tiempo ucrónicas, reescritas desde la experimentación de saberme otro y, barajado entre tantas capas, quizás nadie.

Así soy feliz cada mañana cuando camino hasta el cobertizo con un canasto de mimbre para buscar leña. Desde la cocina de piedra y vigas de madera, con el fuego encendido, disfruto mirar por la ventana y darme cuenta que la niebla sembró azules en los campos o que la luna indecisa de la tarde nos ama desde lejos con su miel fría. El día que nevó como dentro de una fantasía, llevábamos cuatro años sin ver nevar, exactamente desde nuestro viaje a Antártida (2010). Ese día dejamos de dormir en la casa rodante y armamos un colchón dentro, procesión seguida por los tres perros de la casa con amplios movimientos de cola. Lo que siguió fue una semana de frazadas en los pies y gatos en el regazo. Lau horneó tortas de mandarina, banana y chips de chocolate —el otoño te vuelve glotón— y preparó almuerzos de pimientos rellenos y guisos de lenteja.

¿Y por qué terminamos hablando de gatos y nevadas? Supongo que me aburre la urgencia de náufrago con que, cada vez más entre los blogs, se escribe con una obediencia perruna a los criterios del SEO (Optimización para motores de búsqueda) sobre temas predecibles que la gente buscará en Google. No digo que esté mal hacerlo de vez en cuando, pero la tendencia actual es preocupante (aunque al menos marca la clara frontera entre la literatura de viajes y la producción en serie de contenidos). Prefiero los lectores a los clics. Me importa infinitamente más posicionar mis artículos en los corazones y no en los rankings de un robot. Lo segundo es, lejos, más fácil, pues para ello hay reglas mecánicas. Como escuché decir a otro colega, prefiero viajeros sin blog que blogueros sin viaje. Menos SEO y más visas en el pasaporte. Lamento ver cómo algunos pares consumen su talento en esa lucha por el espacio virtual-vital, y cada vez me convenzo más que necesitamos una oleada deblogueros malditos. Cuando me siento muy solo, leo la poesía de Magalí Vidoz, o las andanzas quasi monásticas de Antonio Aguilar.

 

deforestacion

 

nieve-en-bulgaria

 

También hablo del otoño, del frío y de los guisos de lenteja porque son minucias excluidas del discurso idealizado y copypasteado de la realidad viajera, que bien criticó Aniko Villalba en su post “El lado oscuro de los viajes o elsíndrome de París”. Creo no necesitar apelar a tus pasiones básicas para que me leas. Si llegaste hasta acá leyendo es porque no tengo que sacarme fotos con la camiseta argentina y una cultura exótica de fondo para capturar tu atención. Ni poner la cámara en automático y dar un saltito para quedar fotogénicamente congelado en el aire, en lo posible con un salar de Uyuni de fondo. Paso de ello, por el amor de Jehová con guarnición de qué otra cosa sino de pimientos rellenos, porque no sería real a menos que los brincos marsupiales fueran mi modo de transporte habitual.

Entonces, si me bancaste hasta este último párrafo, puedo por el contrario dar rienda suelta a esta sinceridad de otoño y confesar los detalles no espectaculares de mi vida, lo que no vende. Como el hecho de que estoy intentando tomar jugo de naranja cada mañana y viendo la manera de llevar un exprimidor plástico en la mochila. O que estoy pensando seriamente en cargar una bolsa de granola para mezclar con leche, yogur o miel según lo que el azar haga disponible. Por primera vez en mis viajes busco alimentarme a consciencia dentro de lo posible. Eso no es fácil, porque a la vez busco no perder peso. Hace un mes caí de la línea límite de los 70 kg, como si mi cuerpo estuviera buscando un ascetismo himaláyico. Tuve que perforar un nuevo agujero a mi cinturón, porque los pantalones se me caían por la calle. Imagínense si además anduviera a los saltos para sacarme fotos fashion. Como si esto fuera poco, tengo un par de botas que me apretan los dedos, porque mis pies son una canoa tamaño 46 y las Quechua que compré en Barcelona me quedaron chicas.

Termino de escribir este artículo, esta libreta abierta, sobre el tren que une las ciudades búlgaras de Plovdiv y Veliko Ternovo. Espero, lector humano, que hayas sentido una pizca de este otoño con la punta de los dedos del alma. Y tu robot, que nunca entenderás una bufanda, te lo pierdes.


Para recibir en tu casa nuestro nuevo libro “Caminos Invisibles – 36.000 km a dedo de Antártida a las Guayanas” sólo nos tenés que mandar un mensaje desde nuestra Tienda Virtual. ¡El libro espera a todas las almas nómadas que necesitan un empujón para salir a recorrer el mundo con la mochila! Los enviamos por correo a todo el mundo, y nos ayudan a seguir viajando. Agradecemos de corazón cada consulta

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

60 Comentarios

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  • Gracias! tus palabras y experiencias me parecen tan valiosas, que hasta he sentido la necesidad de copiar algunas de ellas en mi diario de viaje.. unas porque las siento en común, otras como guía de algo que aún estoy en proceso de comprender…

  • estos son los posts que yo quiero leer!!! quiero MAS de estas nimiedades cotidianas no vendibles masivamente que encierran tanta magia!! ves. por ESTO quiero viajar. culpa de gente como vos.

  • ¡Eso es eso es! ¿Hacìa falta tanta poesìa che? Mirá que andar sintiendo el otoño en estos sures invadidos por un Federico García de la gran siete. Hasta me dio el impulso de ir a buscar el poncho, ja! Gracias por invitarnos a viajar en tus días Juan. Y sí, menos SEO y más corazón.

  • Muy buen post!
    Mas alla de no leerlos siempre, trato de hacerlo seguido y este fue genial!
    El post de Viajando por Ahi, tambien muy bueno.
    Saludos.

  • Tiempo largo sin visitarlos Juan, pero en dos días me puse al día. Ya no estoy en México, ahora Uruguay y el regreso (inocente apelación a que mi nick “MaGauruguaya”, que no sé porqué cornos no aparece más, me rescate en tu añeja memoria de ciberlectores). Leerte, leerlos, hace bien. Cada viaje es único, algunos son más slow, más hacia adentro, pero creeme (ya lo sabés), sus experiencias son una gran enseñanza/aprendizaje de vida. Un abrazo agradecido. MaGa

  • Hola Juan. Muy lindo relato, hermosas fotos de lugares que como bien dices, no es Paris, o Barcelona ni Praga, y sin embargo son tanto o más bellos como los otros. También es cierto que el otoño nos predispone al cambio, las hojas caen, el verde deja paso a los ocres, amarillos y naranjas que aparecen ante nuestra mirada. Por suerte Ramiro les pudo dar un lugar desde donde pueden escribir y pintarnos con tus palabras esta hermosa experiencia. te felicito por hacer lo que muchos ansiamos y pocos se atreven. Me reí con algunos comentarios tuyos sobre tu fiel compañera (La Maga) y disfruté de las fotos. Les mando un abrazo a los tres y un pedido, CUIDENSE, se viven tiempos muy locos y violentos en ciertos lugares del viejo mundo. Los saludo afectuosamente, claudio miguel 🙂

  • Es la 1am en Córdoba, y la temperatura de 16°, pero senti el frio del otoño balcanico, me gusto lo que escribiste, sos un buen escritor!!!! Saludos!!!!

  • Hola buenas Juan Pablo. Soy un nuevo lector que se adentra en tu blog en búsqueda de información y ganas para empezar mi propia andadura. Aun tengo 19 años, lo mismo un poco joven y con pocos recursos pero espero poder empezar este verano. Quería felicitarte por simplemente ser como eres. Tal vez no todo el mundo pueda ser así (por cultura, personalidad… o porque simplemente se necesitan sedentarios para poder crear civilizaciones que visitar) pero pones conocimientos y sueños en los corazones de muchas personas y eso ayuda a vivir mejor. Solo una dudilla que al ser nuevo en el blog no sé si habrás mencionado ya (perdona si es así) ¿Cuántos idiomas hablas?¿Cómo haces para comunicarte con personas de zonas remotas aisladas con idiomas muy distintos a los habituales?¿Solo con gestos?

    Soy de España de una ciudad “pequeña” (capital de provincia) llamada Badajoz (lo mismo Mérida por su cultura romana te suena más). Si alguna vez estáis Laura y tú cerca de aquí o de Salamanca (donde estudio) estaré encantado de haceros de guía y si es en Badajoz ofreceros alojamiento (a mi madre le haría una gran ilusión pienso yo).

  • Juan, ya te he leído en Caminos Invisibles, en estas palabras no dejo de admirar dos cosas: por un lado tu encantadora forma de transmitir cada sensación y situación en la que te estas encontrando, viviendo, sintiendo y por otro la capacidad de inspirarme y hacerme vibrar con cada uno de esos lugares y situaciones (que no son grandes capitales o exóticos lugares). La búsqueda incansable de los viajes que no pierde el valor de lo cotidiano y la necesidad de hogar que a todos aflora, ya sea que estemos sedentarios o en versión nomadismo slow traveller. Un abrazo gde y te sigo leyendo a ti y a Laura, Gracias, un placer siempre!!

  • Fueron muchas las veces que me vi tentado a comentar en alguna de tus publicaciones, pero siempre me vi frenado, ya sea por falta de ideas claras (síntoma propio de un lunes 7 am) o por un exilio de palabras repentino. No voy a aburrir con un revisionismo histórico sobre todas las veces que te leí y me quede con un buen sabor de boca, pero si quiero decirte que es un placer y una tranquilidad saber que todavía queda gente que hace de la palabra un bien, un valor a conservar.

    En este caso, me gustó mucho la idea de que todavía se puede escribir lo que uno quiere y no lo que los demás requieren, haciendo hincapié en pequeños detalles para muchos insignificantes, pero de una valía inconmensurable para el ojo propio. No todo tiene que ser un best-seller, no todos son Dan Brown y su “Código Da Vinci”, no todos son Paulo Cohelo y su “Alquimista”. Agradezco que un día Milan Kundera se animó a escribir “La Inmortalidad” y que Paul Auster hizo lo propio con “El País de las Últimas Cosas”. Celebro también, que nos traigas hoy un poquito de nieve balcánica.

    Abrazo grande!!

  • Excelente post! Se me dificulta esto de la objetividad cuando alguien habla del otoño, el invierno, y todo lo relacionado con ellos, ya que amo el frío, la nieve, estar abrigada hasta parecer un ekeko.
    Hermosa la vista en la campiña búlgara, la casa de tu amigo Ramiro (llena de libros, parece muy acogedora!) y las ramas y el techo nevados. ¿Esta última foto dónde es?

    Te cuento que es la primera vez que comento en el blog, pero los estoy leyendo a vos y a Laura en mi ejemplar de Caminos Invisibles que mi hermano me regaló para mi cumpleaños, y debo decirles a ambos que logran emocionarme mucho, hasta las lágrimas o la carcajada, con cada uno de sus relatos. Y cada vez me dan más ganas de viajar adonde sea.
    Les mando besos a ambos desde una lluviosa Buenos Aires :)

  • juan, muy bueno el relato! estoy sin vivir un otoño hace un tiempo y me has traido un poco más de nostalgia! buenisimo lo del exprimidor, hay elementos que aunque a algunos le parezcan innecesarios a otros nos es elemental, aunque sea de manera momentánea. Yo en este momento no tengo saco de dormir pero tengo almohada! un gran abrazo para vos y lau!

  • Se vino el otoño en Mardel… ah no! pará! está llegando el verano… qué lío, qué mezcla, no sé si hacer té o té helado ahora… Bueno de los dos.

    El año pasado Nacho bajó 15 kg. en un viaje de 4 meses! sabemos de lo que hablás sobre hacerle agujeritos al cinto. Pero también estamos pensando en cómo alimentarnos mejor el próximo viaje. Sino no hay viajero que aguante 🙂 Seguí escribiendo estos interines que están geniales, abrazo a ambos!

  • Para los que tenemos más sueños y ganas que tierras andadas bajo las suelas esto es una cachetada, directamente. Y qué bien dada! Un sacudón a los sentidos (para el último párrafo, hubiese jurado que en Baires también era otoño), y un golpe frío al idealismo, al calendario y a los planes futuros.

    Gracias por ubicarme en la palmera con tu sinceridad. Me llevo algunas de tus frases en mi libreta y casi todas en mi cabeza. Ya los ví un par de veces por ahí, pero letras como estas hacen que piense que realmente no pueden ser seres reales!

    Aplausos y abrazos, a la recontra distancia.
    Ah, hay unos exprimidores medio fálicos que son chiquitos y muy aptos para mochila! Mirá: http://img04.taobaocdn.com/bao/uploaded/i4/T1EyxjFFNdXXXXXXXX_!!0-item_pic.jpg

    Giu

  • Siempre te leo Juan. Aunque es la primera vez que escribo.
    Quiza el sigilo en esto de viajar con vos en cada uno de tus relatos es parte de la magia de dejarme llevar y transportarme a cada rinconcito del mundo que detallas palabra por palabra.

    Romper un poco con lo “tipico” podría decirse creo que hace bien.
    Yo soy de los que prefiere leer el cómo más que el dónde.
    Es que estoy próximo a emprender mi propio viaje, y los miedos logicos se hacen mas livianos cuando dejamos los paisajes un poco de lado. porque estos, estoy seguro, llegaran solos.

    Gran post hermano!
    Ojala pueda salir pronto a las rutas. Y dios quiera algún día nuestros caminos se crucen.
    Tu experiencia alienta, y sos para mi (como creo para muchos de tus lectores) como un gurú en el arte de vivir viajando.

    gran abrazo (aún desde Argentina)

    MARTIN

  • Gracias por este relato Juan, increíble y exquisitamente escrito… viajé con cada palabra y sentí cada sabor y olor de esos pimientos y el guiso de lentejas.

  • Es muy difícil de llegar a esta conclusión con vos… pero creo que este es mi posteo favorito! (hasta el próximo, seguramente…) (GRACIAS)

  • Puff! gracias Juan!!! me estaba haciendo falta una lectura así, llena de sentidos. Le o muchos blogs de viaje y, es cierto, podríamos ya ir pasando de los temas para ser buscados por google a lo que están sintiendo los viajeros. Y si… el otoño balcánico se coló en el verano patagónico.
    Abrazos!

  • Otra de las reglas SEO que rompés es que no posteas muy seguido. Pero cuando salen los post, a la mierda! Siempre que leo pienso, ya fue, me saco un pasaje para donde estén y viajo un tiempo con uds.! Ja, pero estoy en la etapa de financiación acá en Nueva Zelanda e igualmente se disfruta el proceso, a pesar del contrasentido del calendario, que marca lo que debería ser un verano mientras tengo puesta la estufa al máximo. En fin, ya nos veremos por ahí! Abrazo.

  • Buenísimo todo lo que nos contás! Debe ser bueno para un nómada experimentar de vez en cuando esas “ceremonias de interiores”, más cuando el otoño acompaña. Saludos!

  • Excelente post Juan!
    Celebro dejar de lado el SEO para escribir desde el corazón. Me llega tu post cuando recién acabo de terminar de leer Rayuela, así que imaginate que es más que bien recibido.
    Buenísimas las fotos y el relato también!

    Un abrazo grande para los dos!

  • Super buen relato ! no sólo he sentido el otoño, además hasta me llega la humedad balcánica a mi reumática rodilla.. Desde Madrid te mando una idea para tus desayunos con consciencia. Hay en el mercado unos exprimidores manuales de cítricos , te paso el link : http://www.conasi.eu/utensilios-de-madera-y-bambu/531-exprimidor-manual-de-citricos.html?gclid=CKXw44PalsICFUgOwwodpTEAzQ
    Quizás algún artesano Balcanico te pueda hacer algo semejante? llevar en la mochila es mucho mas fácil que el exprimidor de plástico y le puedes buscar otros usos.. como arma Ninja o similar 🙂 Buen Otoño Acróbata !

  • Qué lindo lo que escribís !! Creo que el mundo virtual se colapsó tanto de blogueros de viaje (incluidos nosotros que estamos empezando) que el contenido quedó un poco atrás… espero no caer en la tentación de escribir para google en vez de escribir para personas !

  • ufff! Juan, qué alegría leerte; me despertastes tantas inquietudes y emociones que, ahora, me gustaría salir corriendo de este pedazo de oficina. Pero, hace poco también leí unas líneas tuyas en donde decías haber pasado muchas horas de explotación laboral para llegar a donde estás, yo espero correr con un poco de tu “suerte”. Te conocí a tí y a Laura en una sala del Gaumont, en un documental y desde allí los vengo siguiendo. Me inspira lo que hacen y espero pronto cruzarlos en alguno de los tantos viajes que tengo en mi cabeza.
    Gracias por tu palabra honesta y porque no le temes a ella y sus consecuencias. Abrazos desde la capital argentina! (ah, me dio mucha alegría que visitaran uno de los lugares preferidos de mi país, Choroní)

  • Qué intenso este post, Juan. Gracias!
    Me pegó la frase “Como escuché decir a otro colega, prefiero viajeros sin blog que blogueros sin viaje”, me hizo sentir tristemente identificado, jeje. La palabra “camino”, la idea del viaje, el escribir por escribir siempre estuvieron antes de lo que sucedía en mi vida real. Me costó mucho tomar la decisión y empezar a preparar un viaje serio para, entre otros grandes motivos, dejar de ser un blogger sin viaje. Voy aprendiendo de a poquito, je. Dan ganas de ver el otoño en Córdoba, espero que me despabile. Un abrazo!

  • Hola Juan! Hoy navegando por internet nos encontramos con este post tuyo y nos llamó la atención el título (que nos hizo tararear por dentro el tema de Sui Generis “Confesiones de Invierno”) así que nos mandamos a leerlo con la merienda… hacía un tiempo largo que no nos topábamos con reflexiones que nos identificaran en ningún blog.
    Hace un año empezábamos nuestro primer “viaje largo” por Europa y nos fuimos con la cabeza llena de “info útil” que habíamos leído en otros blogs (presupuesto, como viajar, como hacer dedo, como encontrar descuentos o hacer couchsurfing) y todos nos sirvieron para darnos cuenta que no hay guías, que cada uno hace su viaje como quiere y que es una lástima que muchos piensen que solo sos mochilero si viajas por latinoamerica con un sweater de alpaca. Que los blogs de viajes se hayan frivolizado a tener cientos de seguidores, estar bien posicionados en las búsquedas de google (cosa que nunca entenderemos como funciona, maldito SEO jajaja) y llenos de guías sobre como viajar nos hace sentir que el sistema le ganó a los ideales. Sabemos que un año de viaje no es nada en comparación con muchos otros pero también sabemos lo que queremos y como lo queremos, y nos pone contentos leer tus reflexiones de otoño para sentirnos menos solos en esta vorágine.
    Gracias por dejar lugar para hablarnos a los que no buscamos “como viajar barato” en google.
    Abrazo!
    Flor y Seba

    PD: Fuimos a Veliko Tarnovo por recomendación de una amiga griega y nos encantó! Ni que hablar que entramos a las ruinas de Tsarevets super barato presentando identificación de estudiantes 😉

  • Hola Juan Pablo, es la primera vez que entro a tu blog y me encanta que mi primera lectura haya sido precisamente esta, no necesitamos llenarnos de palabras promocionales para visitar los lugares, creo que tu poética forma de escribir hizo una evocación exacta de aquellos espacios donde el frío te iba anunciando un otoño, cuyas pisadas de hojas caídas se vienen a mi mente y la brisa fresca anuncia tiempo de reflexión y recogimiento, creo que me quedaré por aquí un rato más, de seguro buscaré más poesía en tus letras, y aunque creas más en el lector que en los clics, me veré obligada a compartir tus lecturas en alguna red social para que alguien tropiece contigo, así como yo hoy he tropezado con una lectura viajera inspiradora y poeta.
    Saludos!

  • Juan claro que lei de corrido y con entusiasmo hasta el ultimo parrafo y me deje tomar por el otoño, este otoño que aqui donde estoy ( cordoba, san Javier, argentina) recien comienza a despuntar en esta tarde gris que se ha tragado los cerros. Hermoso lo que contas porque tu relato pinta esos grises y oscuros que le dan profundidad a un viaje y un sentido que va mas alla de los chiporrotazos multicolres de un click fotografico, un yo visite tal o cual destino. Tus viajes son en busqueda de algo y de transmitir que en el viaje ese algo se puede encontrar ( sea lo que fuere el algo para cada uno) Cada pequeña cotidianidad que contas cada hoja que se cae mientras te desnudas, como decis, como el otoño transmite la sustancia de lo que es un viaje, la savia que corre por dentro del viajero.
    te felicito. Y espero ansioso el momento de salir a la ruta, ya falta poco. Un Abrazo Santiago

  • No dejar de admirar el bonito modo en que nos “transportas” hacia esos lugares tan lindos Juan, es muy placentero leer y sentir esa brisa otoñal a través de tus palabras y esas hermosas fotos, particularmente no soy partidario de las grandes ciudades o ir a donde va todo el mundo, de mas esta decir que me encantan los post donde nos acercas un pedacito de nuestro planeta. Apoyando la literatura y la hospitalidad que ejerces en tus caminos. Desde el otoño Bonaerense saludos y un gran abrazo.

  • Hola Juan Pablo,

    Gracias por la increíble prosa, la interpretación familiar y clara y por hacernos sentir que ese bichito viajero sigue vivo, en especial para los que ya dejamos nuestro país de origen hace mucho tiempo.

    Me encantó este relato otoñal, soy nueva en tu blog pero sin dudas me vas a ver por acá seguido.

    Gracias de nuevo,
    Ana

  • Hace tiempo que leo de forma salteada algunos de tus posts, disfruté como niña que todavía llevo dentro de mi (que se acabe el mundo el día que no sea así) el libro de Caminos Invisibles y hasta me topé con un artículo tuyo sobre Bali el único día que se me ocurrió comprarme una revista de viajes… Pero este relato, simplemente me ha llegado a lo más profundo del corazón. Gracias!

    • Hola! Muchas gracias por tus palabras!! Qué loco que justo te cruzaste esa crónica de Bali. De casualidad ayer estaba viendo uno de sus escritos sobre Marruecos que subieron a La Comu, y como andamos por Africa entré porque me gustó la foto, deseando que fuera un sitio en nuestro itinerario, pero no! 🙂 También había visto lo que escribieron de Manila y encontrar la belleza “endondesea”. Compartimos filosofía viajera, sigamos comunicados!

  • Ay! en buenos aires, entre frazadas, tés, pañuelos… husmeando posteos de la comunidad viajera para ver como empiezo a pensar un futuro viaje por aquellos parates. Que hermoso leerte, me renueva el aire todo esto que compartiste, Gracias, nada mas que gracias.
    Salud!

    • UN abrazo viajero hasta ese frío que desde esta Africa se me hace irreal. Estoy en Djibuti y ya no recuerdo cómo era sentir frío porque acá de noche la temperatura es de 35 grados y el aire un vapor saunesco que te deja boqueando como humano en otras atmósferas…. Brindo por esos viajes tuyos que se viene con cerveza etíope. Buenos caminos!

  • Aguanten lxs viajerxs lentos que no sólo recorren monumentos sino también corazones! Y Gracias, gracias a ti por este maravilloso blog que crea lectores reales y no visitantes instantáneos. Un besazo desde Zaragoza, Aragón.

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