HITCHGATHERING 2014: ENCUENTRO DE AUTOSTOPISTAS EN QEPARO

Cuando el  ferry Aurelia que nos cruzó desde el puerto de Bari, en el sur Italia, a Durrés, en Albania, hizo algo más que navegar 217 kilómetros a través del Mar Adriático. Lo que hizo fue cambiarnos de canal, sacarnos de la histérica Europa de la eurozona para liberarnos en un país donde las mujeres vendían botellones de aceite sobre paños en la vereda y los hombres relojes usados, donde los semáforos no funcionaban, los policías pegaban pitazos y señalizaban en vano y las marañas de cables colgaban desde las mamposterías descascaradas de los monoblocks. Es eso, Albania es un país con alma de monoblock, que todavía se despereza de los 40 años de dictadura comunista de Enver Hoxha, un megalo-paranoico que prohibió la libertad de expresión y  la propiedad privada y llenó el país de bunkers de concreto porque esperaba la guerra como a la lluvia.

Llegué a esas banquinas polvorientas y respiré satisfecho, hacía calor y me sentí abrazado por la gran madre del subdesarrollo. Después de tres meses en la Europa rica, acostumbrándonos a tener que pedir disculpas por la marginalidad, a estar siempre en offside, al fin podíamos cortarnos las uñas de los pies en la vía pública sin que nadie nos mirara por sobre el hombro. ¡Me sentía libre! Teníamos que ir a Qeparo, una aldea costera en el sur del país. Allí tenía lugar un encuentro europeo de autostopistas, el Hitchgathering 2014, autoconvocados por la sucursal europea de nuestra logia desde el grupo de Facebook de Hitchgathering así como de www.hitchwiki.org.

rebaño de ovejas en albania

El camino al Hitchgathering

Habíamos comprado un buen mapa y ubicado el pueblo. En la rotonda de las afueras de Durrés, los propietarios de furgons (taxis compartidos) se peleaban por nosotros. Los ignoré como siempre, pero por dentro casi les agradecía, porque ya extrañaba los países donde las viscisitudes han inculcado el acto de compartir. El segundo vehículo al que le hicimos señas frenó. Todavía no hablábamos una palabra de albanés pero él hablaba quizás unas veinte de inglés. “Today no coffee, no coffee!” – dijo el hombre, como si no haber todavía tomado un café esa mañana fuera riesgoso para la conducción. Pronto frenamos en un café, en dónde nos invitó unas latitas de jugo. En Fieri cambiamos a un Audi A4 de tres pibes que se iban a la playa de vacaciones. La carretera tenía baches aquí y allá, y cada tanto, había que esquivar vacas o rebaños enteros de ovejas, porque en Albania todavía hay pastores y bajan cuando quieren de las montañas con sus bestias. A pesar de esta ruralidad, de esta sencillez, la gran mayoría de los autos en la ruta eran Mercedes Benz. No he visto un solo concesionario de la marca en Albania, pero todos tienen uno, incluso el verdulero que te vende el kilo de sandía en 20 Leks (€0,20). Alguien luego me explicó que Albania es el principal destino de autos de alta gama robados en Europa. Albania me cayó más simpática todavía.

Campamento de una caravana de exiliados.

 

Nuestra carpita y al fondo el pueblo antiguo.

Si los mochileros-autostopistas fueran una nación, sus sesiones de parlamento se llevarían a cabo en parajes alejados o playas vírgenes. Y quizás los viajeros seamos una nación dispersa, una única caravana cuyos puntos de apoyo mutan, esplenden y desaparecen constantemente. No nos une la raza ni la lengua, pero sí un acuerdo sobre el valor del movimiento. Qeparo era una aldea a 4 kilómetros de la playa. Al llegar, nos encontramos con un pueblo de casas de piedra, la mayoría abandonadas durante la oleada migratoria de los noventa, cuando los albaneses se fueron en masa a trabajar a otros países. Detrás de las casonas con sus techos caídos, con vigas inclinadas y flores y enredaderas se abría un valle repleto de olivos, repartidos en escalonadas terrazas. Entre los árboles se divisaban las carpas coloridas, cada una calculada bajo un olivo para tener sombra toda la mañana. Al vernos llegar, un rubio de bandana nos dio la bienvenida. Era Mika, de Finlandia, uno de los colaboradores principales de Hitchwiki. A su lado, sentados en el suelo alrededor de un fogón, lo que había era una tribu multinacional. Éramos sesenta personas de casi treinta países distintos, convocados por la aparente singularidad de que nos gustaba pedirle a la gente nos llevara en sus autos.

Y sin embargo, se trataba de otra cosa. Lo que se compartía, lo que iba y venía en distintos formatos era una cosmovisión. Como si en realidad todos fuéramos otros posibles “yos” y estuviéramos compensando retroactivamente la desaprobación general al conversar entre víctimas de locuras similares. En el Hitchgathering, era normal que alguien admitiera que vivía sin dinero o que, a pesar de tenerlo, prefería comer de la basura para no contribuir a las emisiones de carbono. Nos quedamos una semana, acostumbrándonos a otros relojes, a otros parámetros. Sabíamos que era hora de levantarse al escuchar el tintinear de las campanillas de las ovejas, que bajaban cada día a horarios regulares a pastar (y hasta un día fuimos despertados por dos hippies que serenateaban con voces espineteadas “Wake up, wake up, wake up… but only if you want to”). Pasábamos las tardes sobre aislantes, entre workshops de comida vegana para viajeros, clases de cultura albanesa dictadas por Besa, la única mochilera local participante, y filosofadas surgidas en torno a una ronda de sandías. Igor, el ruso hiperkinético y políglota, estaba aprendiendo español, y repetía las frases que consideraba más útiles para el uso cotidiano: “No tengo ninguna certeza”o “Mis zapatos están rotos”.
mochileros en fogón
Era común que las personas cambiaran el idioma a media conversación, quizás después de darle un meditativo mordisco a una sandía. Aunque en general conversábamos en inglés, había además de nosotros dos argentinos más, un par de españoles y otros tantos que habían aprendido español en sus viajes. Otras veces era como si de pronto hubiéramos sintonizado una radio francesa y todo se volvía un capítulo de Rayuela. Lo que no variaba era la deliberada liviandad de las intenciones, de flotar muy lejos del sistema. Se hablaba de alquilar departamentos en países baratos con fondos colectivos, y ponerlos a disposición de los viajeros, a la manera de bases nómadas.
Lo primero que quiero decir es que conocí gente muy valiosa. Cristina, la alemana que había vivido un año en Uruguay (la misma que el primer día había recorrido el pueblo tocando el ukelele y golpeando puerta por puerta pidiendo una olla grande para el fogón, aunque sólo recibió a cambio abrazos de viejitas vestidas de luto y un montón de albahaca). En los pagos charrúas la habían apodado la gurisa indecisa. Como el resto de los viajeros, tampoco sabía bien qué hacer luego del Hitchgathering. Para casi todos los vagabundos europeos, el verano es una estación muy ocupada.Desde pisos compartidos, casas okupas y granjas, desde ciudades universitarias y asentamientos formados por contenedores, es una legión que arma sus mochilas para no regresar en varios meses, al menos no hasta que el invierno haga más difícil el ambulante ejercicio de la pobreza y sugiera una estancia más prolongada. Y van de festival en festival, de encuentro en encuentro. Gurisa Indecisa menciona un festival de trompetas en Kruja, una reunión sufí en las montañas Tomor y, por supuesto, el encuentro rainbow en Rumania. Todos al parecer, iban hacia allí. Ella, naturalmente, aún no lo sabía. Su alma universal tenía un límite. Cuando en el desayuno del tercer día descubrimos que el pan tenía hongos, le afloró el vitalismo teutón y dijo, pero en español, “lo que no te mata te fortalece”.

Pasar una semana acampando en Qeparo fue estar una semana fuera del tiempo, como los mayas. Lo importante no era la fecha, lo importante era encontrar la ducha, un manantial natural señalizado con piedras tres terrazas de olivos más arriba, un poco a la derecha de un tronco caído. Que por supuesto nunca encontramos. Lo importante era llegar a tiempo al único bar del despoblado poblado para las reuniones del atardecer entre cervezas “Tirana” de un euro el litro y frapé estilo griego, y regresar a tiempo al campamento para las cenas comunitarias.
Las comidas eran, naturalmente, grupales y vegetarianas. A decir verdad, creo recordar que Nico, el otro argentino y yo, cruzamos miradas nostálgicas que invocaban mugidos y chorizos siendo pinchados, pero lo reprimimos en pos de la consensuada paz y amor hacia el vacuno ser. Más que la carne, al menos yo, extrañaba el argentinísimo ritual de compartir un vino, y eso hicimos la segunda noche del Hitchgathering, apartándonos prudencialmente para no terminar tomando una gota de vino cada uno entre los sesenta asistentes (la riqueza se redistribuye, no así el vino). De misteriosa etiqueta “Kabernet”, lo había comprado a sabiendas de que Nico asistiría al encuentro, y no tenía otros beneficiarios. Si algo admiraba de Nico era su sinceridad. Mientras en el encuentro sólo era políticamente correcto decir que todos éramos apátridas que renegábamos de nuestras nacionalidades y pasaportes, y afirmar estoicamente y hasta con orgullo que no veíamos a nuestras familias más que una vez al año, Nico no tuvo pelos en la lengua y dijo, cuando le preguntaron: “No, para mí, Tandil es todo…”. Es que, como ya es sabido, también en la bohemia hay poses y fórmulas cliché.
montañas en albania

Vistas desde el campamento, hacie el mar (arriba) y hacie el interior del valle.

Eran muchos los que tenían una historia interesante que contar. Lara era argentina, y también creía que nuestra voluntaria marginalidad nos reconciliaba con la conciencia del instante. Había escrito sobre el tema en Caminos Invisibles pero no siempre encontraba gente que se sentía abrigada por esas mismas palabras. La última vez que había estado en Buenos Aires todos los amigos le preguntaban con ansiedad por qué no buscaba un buen trabajo en Europa para ahorrar en euros. Pero Lara, como muchos otros, vivía minimizando el uso de dinero. Enseñaba en una escuela libre en Dijon, donde no había exámenes ni planes de estudio. En la comuna donde vivía se turnaban para hacer dumpster diving y abastecerse de comida para toda la semana. En Alemania solamente se tiran 14 millones de toneladas de alimento por año y hay normas fiscales que prohíben que esa comida se done a los necesitados. En los conteiners de los supermercados de todo el mundo hay todo tipo de manjares, higiénicamente dispuestos, botados por el sólo hecho de que están próximos a vencer.
– Una vez encontramos cajas de peras de la Patagonia. Y lo más cómico era que en la caja había fotos de supuestos campesinos patagónicos sonriendo y slogans que decían que esas peras habían sido producidas según las normas del comercio justo y respetando el ambiente.
Es decir, habían enviado las peras en un carguero desde la Patagonia hasta algún puerto europeo, Rotterdam probablemente, para luego meterlas en un camión hasta el supermercado, quemando diesel en toda la cadena, para luego tirarlas a la basura, disponiendo además medidas de seguridad para ocultar esa basura, no tanto por la materialidad de esos alimentos, sino porque los mismos encarnar la vergüenza más aciaga de Europa. La pulpa de la miseria de Europa es su abundancia.
– Había tantas peras que comenzamos a regalarlas por la calle. Pero claro, en Francia, nadie las aceptaba. Más cuando nos preguntaban de dónde habían salido y les decíamos que de la basura.
pueblo abandonado qeparo

Por las callejuelas del pueblo abandonado.

Viajar a dedo y hacer dumpster diving, es decir, reciclar las sobras de una sociedad gordinflona, son soluciones provisorias. Lo ideal sería que no hubiera automóviles impulsados por combustibles fósiles. Lo ideal sería que no se explotara la tierra para arrancarle alimentos destinados a un tacho con candado. Pero mientras, tenía sentido compartir esos automóviles y esas peras, aunque estuviera mal visto y hubiera que saltar algún que otro paredón en el proceso.

– En Suiza conocía gente que ganaba diez mil euros por mes y que decía ay yo envidio cómo vivís la vida, así de simple… pero yo no podría, necesito cierto confort. Entonces jodete, les respondía yo – remató Lara.
Mientras hablábamos una vaca se había acercado y movía sus orejas como pidiendo permiso para masticar las cáscaras de sandía que habíamos dejado. Katjia, una chica que puede haber sido alemana o polaca, enfundaba su acordeón para emprender viaje hacia Uzbekistán. Medi y Simona hacían malabares. Tuve de pronto una visión, la de la generación neo-nómada acampando sobre los bastiones abandonados —o en proceso de abandono— de la agricultura tradicional. Para llegar a la bohemia es requisito haber abandonado la agricultura y haber pasado a la sociedad industrial para decepcionarse de ella. Por eso, nuestro campamento en Qeparo implicaba una nostalgia de lo jamás conocido, y también una reconciliación —¿no éramos acaso quienes rescatábamos los frutos de esos campos de los vertederos— , un abrazo casi imposible.
viajeros mirando mapas

Naturalmente, viajar a dedo era lo que nos unía. Pero no todos viajábamos por el mismo motivo. Para algunos en el Hitchgathering, viajar a dedo era otra manera de boicotear el sistema, de protestar contra el exceso. Abandonar la propia cultura, llegar más lejos, aparecía como una consecuencia lateral, secundaria. Muchos de ellos no conocían Sudamérica porque, aunque vivían en los países más ricos del mundo, nunca trabajaban dos meses seguidos para ahorrar el dinero para el pasaje. Si un país les pedía visa, automáticamente lo eliminaban de su lista. Su rango de acción quedaba así más o menos limitado a la large Europe, como la definió Guillaulme el francés, la Gran Europa que incluía las periferias, desde Marruecos hasta Azerbaiyán.

Mi relación con “lo hippie” no siempre fue igual. Recuerdo que cuando en mis primeros viajes me cruzaba gente vestida con demasiados colores me sentía intimidado. Enseguida me comparaba y me encontraba demasiado convencional, con ese pelo tan corto y tan pocos viajes (a fecha 2001) a mis espaldas. Cualquiera que supiera hacer unos nudos con macramé o vistiera un pantalón boliviano me parecía un probable sabio. Con el tiempo aprendí a mirar a través de esas corazas de colores hasta que se hicieron invisibles a mis ojos. También yo tuve mi pelo largo y mis rastas, pero cuando ya había aprendido que eran adornos y no condecoraciones. Lo más importante es que hice mi propio camino, que no siempre aparece en el mapa de los lugares comunes del hippismo. Por ejemplo, algunos declaraban que vivían sin dinero y miraban con ojos extraños  -aunque siempre con muchísimo respeto- que yo le pusiera precio a mis libros y no los distribuyera gratuitamente a través de una licencia Creative Commons.
Antes, me hubiera sentido mal. Ahora tengo mi relación con el dinero mucho más asumida. Aún así, por momentos, me costaba explicarles que no veía nada de malo en el dinero en sí mismo, porque lo obtenía a mi modo, gracias al oficio de escribir que es mi pasión y que veía genial y recomendable que todos los artistas vivieran de su esfuerzo y no a la gorra. Nadie me explota ni exploto a nadie. Bueno, tal vez alguna vez me explotaron un poquito cuando trabajaba 16 horas por día en una fábrica de queso en Irlanda del Norte, pero aún entonces estaba conforme porque gracias a eso pude echar a andar mi sueño. Creo que, al revés, estoy orgulloso de haber pasado por puestos de mierda como guardia de seguridad en el lento camino a la emancipación económica. Tal vez encontrar un lugar saludable en el sistema me parecía más importante que despotricar contra él. Pero quizás por miedo a ofender no le pregunté a algunos de ellos si no consideraban más cómplice del sistema vivir de la seguridad social de los países del primer mundo, es decir, quejarse del dinero y del sistema, pero aceptarlo del mismo sistema.
Y como tapiz de fondo ese pueblo descascarado, esas vacas que tiraban por tierra , como en todo Albania, cualquier esfuerzo de higiene europeizante, por más fuerte que Eros Ramazzoti cantara desde las pantallas de los bares. Algo era seguro, para nosotros, Qeparo fue la bienvenida a otra Europa. Ahora miro hacia atrás a los tres meses viajados en Italia, Alemania, Suiza… y por contraste descubro que todo ese tiempo estuve habituándome a una sostenida tensión —tan constante que al final pasaba desapercibida—, a saber que mis hábitos iban contra la costumbre y la corriente, que siempre había que justificar la “pobreza”. Ahora, en Albania, me siento otra vez en la vida real, donde nadie tiene demasiado y por eso nadie nota si uno tiene poco, donde nadie juzga, donde todos pisamos las mismas baldosas rotas. Estamos ansiosos de explorar este país, el segundo más pobre de Europa según las estadísticas, y el que más sonrisas nos ha regalado hasta ahora. Vaya a saber por qué, cuando falta lo primero sobra lo segundo…
Para leer la visión de Laura del mismo episodio, leé su artículo Hitchgathering o qué tan hippie soy.

Para recibir en tu casa nuestro nuevo libro “Caminos Invisibles – 36.000 km a dedo de Antártida a las Guayanas” sólo nos tenés que mandar un mensaje desde nuestra Tienda Virtual. ¡El libro espera a todas las almas nómadas que necesitan un empujón para salir a recorrer el mundo con la mochila! Los enviamos por correo a todo el mundo, y nos ayudan a seguir viajando. Agradecemos de corazón cada consulta

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

10 Comentarios

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  • Yo tampoco veo nada de malo en que vendan sus libros, yo fui una de sus compradoras y de verdad me han inspirado y preparado para mi futuro viaje largo. Ya en sus blogs, tú y Lau, y muchos otros viajeros, nos regalan muchas cosas por montones que ni se imaginan. Es un valor de cambio, no todo puede ser trueque, hacen unas excelentes narraciones que seguro les llevan mucho tiempo y esfuerzo, una forma de agradecer que aporten eso al mundo es pagando por ello, otra, extendiendo su mensaje de voz en voz. Espero explicarme bien.
    Grande post, saludos.

  • Excelente como siempre Juan!

    Ayer lei el post de Lau, y ahora fue el turno al tuyo. Me parece genial ver como cada uno de uds tienen su mirada y su pensar sobre una misma vivencia.

    Soy Nicolas, al que hace pocos dias le contestaste un mail porque compre tus 2 libros y me mandaron 1 jaja (con tantos mails ni debes acordarte).

    Gracias por tanto inspiracion! por gente como uds decidimos con mi novia el año proximo salir y dejar que el camino nos guie. Ya estamos en proceso de planeamiento, lectura, etc. Nos cansamos de ver fotos de los demas y no hacerlo nosotros que tanto nos gusta viajar.

    Muchas suerte en donde esten, sigan asi que son un gran ejemplo para muchos de este lado.

    Saludos!
    Nico

  • Buenísimo el post como siempre Juan!

    Leí el post de Lau hace unos días y ahora al leer tu post, encuentro dos visiones complementarios de las mismas historias compartidas que le dan a su camino un toque muy completo.

    Les mando un abrazo grande y buena vibra para el camino!
    Marian.

  • Para mí lo más destacable es cómo me trasmitieron esa vivencia a través del relato. Es bueno conocerlo, saber que está ahi, enriquecerse y poder seguir viaje a la espera de lo que sigue. Me encantó!!

  • Estoy de viaje con ustedes, me catalogo como “persona invisible”, jajaja. Que grato se me hace leer tus vivencias al igual que las de Laura, gracias por eso.

    Hace poco me pasó algo muy loco. Caigo el dpto de una compa de la facu y le chusmeo la biblioteca, es a lo primero que dirigí mi mirada al llegar a tan amable espacio bajo techo, super calido realmente !!!
    -Boludaaa!!! leíste Caminos Invisibles? lo quiero leer, la puta madre, te envidio! como lo conseguiste? son estos chabones que viajan a dedo por el mundo !! (mi exaltación, casi literal)

    -Si bola, te fijaste los autores? ……….
    -Siii, a ver.. (leí ante mi duda) Juan Pablo Villarino y Laura Lazzarino… esperá Lazzarino!!!!! es tu hermana Charly!!!! jodeme!!!

    Jajaja la abracé por 5 minutos y su terrible alegría y sinceridad no dejaron de contenerla, supo entenderme aunque creo que por dentro abra pensado “que exagerada” !! todo esto se simplifica en que consigo el libro de la manera que menos hubiese imaginado y esa pequeña noticia me motivo. Sentí el Sueño de Viajar por el mundo, aún más cerca, no se la respuesta, solo es que sentí familiarizacion con todo aquello que veía imposible.

    Gracias por tus post y los de Laura!! sigan viajando, que cada kilómetro que hacen, es una patadita en el culo para mi que me acerca a tirarme y viajar!!
    Abrazo viajero!!!!

  • Qué lindo relato! Es tal cual, todo son adornos y no condecoraciones, esa frase está muy buena y hay que tenerla siempre presente, para los adornos reales y para los simbólicos también, y va para los dos lados, porque a mí toda la vida me pasó al revés: tendía al desprecio de la gente que se emperifolla de hippismo y ya de tanto adorno y pelo bajo las axilas no les creía nada. Hoy por hoy me he cruzado con tanta gente sin moverme de Montevideo, que me doy cuenta de que, como todo, la mirada, la sonrisa y lo que alguien comparte con uno es mucho más importante que muchas otras cosas. Aprendí que hay gente que piensa distinto y no me juzga, que se puede tener una parte en un mundo y otra parte en otro, que no todas las decisiones tienen que ser radicales, que hay muchos que nos van a aceptar con nuestras ambigüedades y nuestras contradicciones, que no hay que tomar postura ante todo, y que podés cambiar y podés estar inseguro sobre un montón de asuntos, y eso no te hace ni menos auténtico ni menos comprometido.
    Gracias por sus crónicas y relatos, son preciosos!

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