LOS CASTILLOS DEL RIN DE KOBLENZ A BINGEN EN 10 ESTACIONES VAGABUNDAS

Entre Coblenza (Koblenz) y Bingen se extiende el tramo más pintoresco (65 km) del Rin Medio, llamado Rin Romántico desde que varios pintores y poetas del s.XIX quedaron extasiados ante su justa combinación de castillos en ruinas, glorias pasadas, y pobreza presente (de ese entonces). Por eso la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad, y por eso este escritor entrometido aceleró su bicicleta “Mulata” —con las alforjas indecorosamente repletas de comida de supermercado y sanguchitos— por sus prolijas ciclovías.  A medida que visitaba cada emérita ruina, fui paseando mi pintoresca marginalidad, haciendo amigos y malabares para encontrar dónde dormir cada noche. Abajo, las historias del paso de este viajero por los castillos del Rin. (Hacé clic acá para ver las historias del tramo de Bonn a Koblenz)

Episodio cero: la banderita

Desde que salí de Bonn que quería ponerle a “Mulata” una banderita argentina. ¿Pero dónde comprar una bandera argentina en Alemania? En Koblenz me di cuenta que, como se aproximaba el Mundial, los kioskos turísticos vendían banderas de todos los países participantes. Así, sobre la alforja trasera “Mulata” pasó a exhibir una bandera argentina y una alemana, como si fuera un vehículo diplomático (y tal vez lo era, porque qué somos los viajeros sino horizontales y populares facilitadores de entendimiento). ¿Qué buscaba con las banderitas? Romper el hielo, iniciar conversación, salir del anonimato en un país donde todo el mundo pasea en bicicleta y atraer la atención para relacionarme con los locales.

1. Castillo de Stolzenfels

stolzenfels
El Castillo Stolzenfels se encuentra apenas 8 km al sur de Koblenz, y parece más obra de un artista que de ingenieros, como si lo hubieran colocado sobre la colina para surtir un efecto estético. Fue construido en 1259 y destruido en el siglo XVII por Luis XIV. Después, y por 150 años, fue sólo ruinas, hasta que en 1824 el príncipe prusiano Federico Guillermo lo restauró para usar como residencia estival. Pero claro, en esa época, el trámite era algo pomposo, y el buen Federico tomó posesión de su castillito de verano con una procesión de antorchas y vestido a lo medieval. Porque hay que aclarar una cosa, ya en el siglo XIX —mucho antes de Game of Thrones— había nostalgia de lo medieval. A mí lo que me impresionó fue el interior. Era una muestra de cómo vivía la nobleza prusiana de la época, con muebles barrocos y sillas labradas con los escudos de sus familias  y respaldos de pana abultada. Desde sus torres, observé la curva que hacía el Rin y el castillo de Marksburg posarse bravamente sobre otra colina a pocos kilómetros. La densidad de castillos en el Rin Romántico es tal (la mayor de Europa) que uno puede siempre ver el siguiente…                                               

Para visitar el Castillo de Stolzenfels

Entrada €4. Los que no hagan dedo pueden llegar tomando el Bus 650 hasta el estacionamiento del castillo y de allí caminar 15 minutos.

2. El castillo de Marksburg desde una copa de vino

vinos del rin
Marksburg, en la orilla derecha, es el único castillo sobre el Rin en que jamás fue conquistado desde su construcción en el siglo XII. Es el arquetipo del castillo perfecto y el más fotografiado. Al punto que si tienen sólo tiempo para ver dos castillos del Rin, con Stolzenfels y éste se llevarían una idea del asunto. Hace tiempo descubrí que a los castillos y afines disfruto mucho más observarlos desde lejos. Por instinto uno quiere entrar, pero en algún momento me cayó la ficha de que lo que enamora, emburbuja y hace evocar son las formas, es la ilusión más que las esencias. Por eso, antes de visitarlo, me senté a espiarlo desde una Weinstube (vinería) con balcón al río en Spay, el pueblito que está justo enfrente. Pedí una copa de vino seco, el típico del Rin, y lo miré a través del néctar de los dioses. Había infinitos castillos de Marksburg posibles, a medida que la luz tornasolada, sepiada del atardecer vertía tonos caramelo sobre sus muros y torreones.  Al otro día fui al castillo. Porque si estaba ahí y no entraba me iba a sentir un perejil. Dicho y hecho, su salón gótico, su cocina y sus bodegas y sus cámaras de tortura me impresionaron menos que su postura sobre el Rin.
rin romantico

Para visitar el castillo de Marksburg

Hay que tomar un ferry (€1,50) desde Boppard, 20 km al sur de Koblenz, a la orilla derecha del Rin. Desembarcan en el pueblito de Flissen y de ahí retroceden (es decir, vuelven hacia el norte) unos kilómetros hasta Braubach. Desde ahí es una caminata de 20 minutos colina arriba. Me dijeron que el bus 570 va directo desde Koblenz, pero no pude confirmarlo.
pubs en alemania
Después de jugar al caleidoscopio con el castillo me di cuenta que aún no sabía dónde iba a dormir. Decidí probar el método irlandés, es decir, meterse en un bar y hacer amigos. Y así entré en “Zum Grunen Brunnen” una taberna llena de ancianos, porque todos los jóvenes de estos pueblitos huyeron a estudiar o trabajar a otra parte.  Yo pedí una cerveza y mantuve mi sonrisa de idiota –sacra defensa- desde la punta de la barra, hasta que uno me miró, alzó su copa y dijo pros”.In meine Land wir sagen Salud! (le expliqué cómo se decía en Argentina) y de ahí ya hablamos como antiguos amigos. Mis compañeros de trago eran Wilhelm y Ludwig, un pintor y un viejo conductor de locomotoras. Era una taberna típica, con gente que al entrar golpeaban la barra como si fuera una puerta, con gente que fumaba dentro y meseras que anotaban las cervezas pedidas por cada borrachín con una marca de birome en el posavasos. Invité a los locales a enviar una de las postales del Desafío Rin pero estaban ya tan pasados de copas que se las enviaron a sí mismos, por lo que a la mañana siguiente di vueltas por el pueblito dejándolas en sus propios buzones. 
 
camping en spay
Antes de irme pregunté si alguien sabía dónde podía acampar. Al unísono dijeron que en la plazoleta del pueblo, cosa que hice previa aprobación del delegado del pueblo, que no era una figura solemne sino uno de los borrachines que dio su aprobación levantando una mano ahogada por el porrón que estaba empinando.

3. Un pinchazo en Boppard 

Teehausje bopard
Cuando llegué a Boppard no sabía que iba a colgar allí dos días. Boppard es un pueblo de 16,000 habitantes que se usa de base para caminatas en las montes Hunsruck pero tiene además mucho para ver, como la Teehausje, una estrecha y alta casa de té de 1519 donde uno esperaría ser atendido por elfos o duendes o los 55 metros de muralla romana original del siglo IV. También es cuna de Michael Thonet (1796-1871) el inventor de las sillas Thonet que podemos encontrar en muchos bares porteños. Igualmente, mi approach fue vagabúndico. Un pinchazo en la rueda trasera de Mulata me dejó varado en el pueblo. 
cambiar una camara
Un empleado de DHL que venía a doscientos por hora con su bicicleta desde Frankfurt y ya había hecho 116 km –según el GPS que llevaba en el manubrio- se frenó a ayudarme. Juntos descubrimos que no sólo la cámara estaba pinchada, sino que a la cubierta tampoco le quedaba perfil. Jan –así se llamaba- me regaló una cámara. Me qeudé admirado de la sincronicidad: necesitaba una cámara y me llegaba en bici al minuto y por DHL. Pero para comprar una cubierta nueva tenía que ir a la única bicicletería de Boppard, y era domingo. (Lo pude hacer el lunes, pagando €27 euros con mucho dolor). Así que con la bici pinchada empecé a caminar por donde me llevaban los pies. No sé si me estoy volviendo muy místico o qué, pero escucho a mis pies más que a cualquier guía de viajes. Me puse a hablar con el dueño de una cafetería italiana que me preparó y envolvió unos sándwiches y, al doblar una esquina, alguien me gritó: “Are you from Argentina?” Y era el tipo de la foto de abajo.
 
escuela pestalozzi argentina
Heinrich había visto la banderita argentina en mi bicicleta –siempre procuraba que estuviera flameando y no enrollada- y me contó que era investigador. Había visitado Argentina 14 veces para investigar la resistencia al nazismo en las escuelas alemanas argentinas durante la década del 30, especialmente en la Escuela Pestalozzi de Buenos Aires. Me invitó a desayunar y con abundante gesticulación de bigote me contó vida y obra de pedagogos que habían activamente boicoteado el plan nazi de lavarle el cerebro a todos los descendientes de alemanes que habitaban en Sudamérica. Heinrich también consiguió que acampara en el jardín de una amiga suya que era enfermera. Fue el primer milagro de la banderita argentina.
 
Tengo que agradecer a la gente de la hermosa hostería Schinderhannes por haberme recibido en mi segundo día en Boppard (ya necesitaba una ducha y aggiornar el blog) Lo más llamativo es que en la taberna de la hostería el vino te lo sirve Dhana, hija de la dueña y reina del vino del Rin…  Dato importante: en la hostería hablan español.
sesselbahn vista panoramica
Ya con base en la pensión me subí al Sesselbahn (€6,20 ida y vuelta) una telesilla que te sube hasta un punto de vista panorámica. Desde ahí puede ver la curva más cerrada en todo el Rin, justo delante de Boppard…
 cruceros por el rin romantico
… y también espiar los pueblos que me tocaría recorrer el día siguiente.

4. Holzfeld y las cabras

El instinto lateral, ese que te lleva desbandarte y buscar caminos invisibles me impulsó a seguir una ruta pequeña que salía de costado. Casi sin saberlo me metí en los montes Hunsruck. La ruta era en subida per me sentía inmensamente feliz de salirme de la línea del Rin y escapar un poco del turismo. Mientras pedaleaba pesadamente vi conejos y cabras y llegué al pueblo con una sonrisa. Ahí fue el segundo milagro de la banderita argentina. Otro grito llegó desde atrás de una tapia: “Do you come from Argentina?”. Y una hora después la mesa estaba puesta para este vagabundo… Como siempre, los castillos en ruinas, los paisajes obligados están en la ruta principal. Pero apostar fuera de ese paño tiene su recompensa. Estaba feliz de volver a comprobarlo.
frutillas alemanas
Pero antes, Rheinhardt y su hija Marion me llevaron a conocer la Holzfelder Ziegenkase, una granja de cabras a la que apoyaban comprando cantidades desmedidas de queso, leche y cualquier otro derivado caprino. Al punto que la cena consistió de té con frutillas –las más ricas que probé en mi vida, lo juro-, cerezas y queso de cabra. A la mañana siguiente, no sé por qué no me sorprendí cuando Rheinhardt me preguntó: “¿Le ponés leche de cabra a tu café?“ pero sí me sorprendí cuando antes de irme me extendió su mano con un billete azul de €20. “Para tu aventura…” Me fui de esa casa con una bolsa de frutillas y queso de cabra –estaba cantado-. Amo cuando voy sumando a la canasta alimentos que sin producidos en la región donde estoy viajando, porque eso me une más al lugar, y porque, si hubiera sido un bardo medieval en el 1300, también me hubiera ofrecido queso de cabra y no una lata de Coca Cola… 
queso de cabra alemania
Lo curioso de Alemania es la mezcla de tradición y vanguardia. Mientras un hombre insiste en producir quesos de cabra con recetas medievales…
… al lado hay otro que construyó su casa según los principios del Feng Shui. O quizás para que haga juego con su BMW. Y eso que estamos en una zona de Alemania considerada pobre…
 

5. Castillo de Rheinfels: salvado por un caballo

Salí envalentonado de Holzfeld siguiendo  un sendero llamado “Burgweg” que cruzaba el bosque. Me juraron que estaba señalizado, pero me perdí y empecé a andar en círculos. Perdido, después de una hora apareció esta mujer a caballo, que me remolcó hasta un camino seguro….
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El castillo de Rheinfels aparece 10 km al sur del pueblo de St. Goar y visitarlo cuesta €4. Fue construido en 1245 por el conde  Dieter de Katzenelngbogen. Y si me preguntan la verdad, a esa altura estaba tan saturado de castillos, que me juré no entrar a ninguno más. Mirarlos desde lejos con una copa de vino en la mano era más satisfactorio… Dos cosas me llamaron la atención de Rheinfels, sin embargo, los restos de la bodega donde alguna vez hubo un barril de 200.000 litros (se calcula que en la Edad Media el consumo de vino per cápita era de 2,5 litros) y una fuente en la que la orden de St. Goar bautizaba a sus nuevos miembros (que no eran nobles ni eruditos, sino, a saber, cualquier extraño que pisara el mercado de St.Goar, democráticos los tipos)
castillo de katz
Y enfrente de Rheinfels, como un amante o enemigo enterno, el Burg Katz (cerrado al público), o Castillo de Katz, que en alemán significa gato. Muy cerca de él (no tengo foto) hay otro, llamado Burg Maus (ratón)que había sido construido previamente por el arzobispo de Trier. Era la época en que los curas construían castillos…

6. El Rin romántico, Lorelei y la aduana de Kaub

 
Entre St. Goar y Bacharach se encuentra el tramo más mítico del Rin, donde el río ha cavado un profundo cañón y las laderas son realmente verticales y los viñedos parecen estar colgando. Entre este sinuoso devenir hay hitos que han alimentado las leyendas y mitos germanos, dando sustancia a óperas de Wagner y letras de metal gótico contemporáneas por igual. Uno de ellos es la roca Lorelei, un peñón  traicionero en donde los navíos aprendieron a naufragar. Así creció la leyenda de una especie de sirena, que hechizaba la atención de los marineros que, al intentar alcanzarla, rompían sus embarcaciones y se ahogaban a los pies de la mujer montaña. 
aduana kaub
Siguiendo por la orilla izquierda del Rin, aparece de golpe la aduana flotante de Pfalzgrafenstein, frente al pueblo de Kaub. Desde esta fortificación construida sobre un islote en 1326 se levantaban cadenas hacia ambas orillas que impedían que nadie pasara sin pagar peaje. Si alguien lograba pasar, había cañones apuntando río arriba. Otra que el AFIP…  Para visitar el castillo hay que tomar un ferry desde Kaub.

7. Bacharach: “Le gritamos a todos los ciclistas que pasan”

 
bacharach
Llegué pedaleando bajo la lluvia a Bacharach, mi lugar favorito sobre el Rin. Aquí ya había estado en 2007, y un tipo que tomaba cerveza frente al río me había invitado a beber con él, y luego me había dado posada en una casa rodante en su jardín. Me sentí tentado a buscarlo, pero quién sabe si se acordaría de mí. Decidí buscar nuevos mecenas, pero antes tenía que preocuparme por lo elemental: llovía. Entonces, caminando por la Obberstrasse vi un cartel con la corneta postal, que en todo Europa simboliza, desde tiempos medievales, los correos. Era la Alte Posthof, una mansión que, desde 1724, había sido una antigua posta, donde las diligencias que llevaban correo entre Colonia y Frankfurt cambiaban sus caballos. Entendí súbitamente que era el lugar ideal para que un cartero bicitransportado como yo se refugiara de la lluvia. Ahora, la Alte Posthof era un restaurante, pero de precios normales. Decidí gastar diez de los veinte euros que me habían regalado en Holzfeld y sentarme a comer una típica salchicha alemana con guarnición. A los ojos de muchos era un pobre ciclista alcanzado por un chaparrón que contaba las monedas para pagar la cuenta, pero yo me sentía un épico y coherente cartero. Tenía que entregar una postal en Fischbach, por lo tanto, además de recorrer el Rin y sus castillos, tenía una misión postal (leé los primeros post del Desafío Rin si no sabés de qué estoy hablando).
Después de comer, caminé entre viñedos hasta una torre medieval para sacar la foto panorámica del pueblo(super recomendable) y salí pedaleando con la idea de acampar a los pies de unas ruinas cercanas en las que, ya había averiguado, no había vigilancia. Pero antes fui detenido por otro grito: “Do you like beer?” Ante semejante frase clavé los frenos como si hubieran dicho mi nombre, apellido y DNI. Había un grupo de personas haciendo una barbacoa y tomando cerveza bajo una sombrilla enorme, en su jardincito frente al río. Cuando vieron mi determinación latina se quedaron algo confundidos: “Ah, ¡frenaste! Hace una hora que le gritamos a todos los ciclistas que pasan pero ninguno frenó. Eres una persona espontánea, ¡felicitaciones!”.
Después de felicitarme por lo regalado que estaba me acercaron chuletas y cerveza. Cuando mi bicicleta cayó al suelo –me pasaba seguido, porque las alforjas estaban cargadas y el pie era muy endeble- uno de ellos, que estaba algo más borracho, comenzó a pedirles a todos silencio, porque según él mi caballo estaba durmiendo.Silence, horse sleeping” – repetía, y yo recordaba que hasta minutos antes estaba en la vieja posta de correos jugando a que mi bicicleta era un caballo. “La mística que simulamos se filtra en la realidad” – me dije. Orbis Tertius, Borges estaría feliz de escucharme. El hombre se llamaba Michel y trabajaba en la planta de tratamiento de aguas. Estaba de fiesta, pero no con los nobles, sino con los humildes. Salvo él, el resto de los presentes era una familia de croatas emigrados a Alemania hacía diez años. Esa noche me alojaron en su casa. Antes, en un punto de borrachera interesante, Michel tomó las banderas de mi bicicleta y se puso a hinchar por Argentina…

8. Castillo de Rheinstein

Pasé por el Castillo de Rheinstein fue la primera residencia estival construida por los reyes prusianos sobre un castillo en ruinas, en 1824. La entrada vale €4, pero vale la pena. Está repleto de armaduras y cornamentas de ciervo como trofeos, vitraux y gruesas alfombras colgadas como cuadros con escenas de caza. Hay detalles, como acuarelas del castillo pintadas por la princesa Guillermina Luisa de Prusia. Una pequeña torre había sido transformada en una sala de lectura y rebozaba de libros viejos y pergaminos. Me quedé pensando en esa princesa amurallada, poeta y pintora, pero prisionera en su castillo, observando al Rin y al mundo desde la torre.

9. El monumento a Germania en Rudesheim

De Bingen tome el ferry a Rudesheim (un poco más caro que el resto, €2,30) para luego tomar el Seilbahn, o telesilla (€7) hasta el monumento de Germania. Era la época en que todas las naciones del mundo fundaban imágenes alegóricas para reflejar su gloria. Estas efigies luego aparecían en monedas, ministerios, escuelas. Eran el marketing del siglo XIX. Así, Inglaterra tenía su Britannia, Francia su Marianne y Suiza su Helvética. Siguiendo esa tendencia los alemanes eligieron a Germania. En 1877 construyeron este monumento de 32 toneladas y 38 metros de altura. Tienen el águila alemana a sus pies, sostiene una corona y, si bien se lo puede ver como un símbolo militar, hay que considera que Alemania se había unificado apenas seis años antes, dejando de ser una confederación de estados, principados y reinos orgullosamente soberanos para ser una nación. Todos los castillos que acababa de ver por el Rin son una muestra de que la tierra cambiaba de dueño cada cinco o seis kilómetros…

10. Fischbach: misión final

El último día de este viaje en bicicleta fue también el más largo. Tenía que entregar una postal en Fischbach,  una aldea en las montañas Taunus del otro lado del Rin. Por eso, en vez de terminar el viaje en Mainz, que hubiera sido lo más lógico, pedalee 78 kilómetros, algunos de ellos en subida (lo admito, a veces con la bici al costado) Era una zona rural y como la bici era silenciosa, tomaba por sorpresa a ciervos y jabalíes que a último momento daban una zancada para alejarse.
recibir postales

Cuando encontré el número 7 de Waldstrasse estaba super emocionado. Toqué el timbre y le expliqué a la mujer que salió que le traía esa postal de parte de sus amigos de Leubsdorf. Ella se quedó paralizada, dudó unos instantes, luego recordó que no los veía hace años, me agradeció y, para mi decepción, cerró la puerta. Allí estaba, como un perrito mojado, sorprendido de que esa mujer no se había conmovido por el hecho de que hubiera levado esa postal en persona por más de 200 km. Por suerte para mí, otra familia me adoptó por la noche. Eran completos desconocidos, pero me abrieron un departamento que tenían en desuso y a la mañana cuando me iba me encontré con el desayuno en bandeja y una notita.

desayuno en bandeja

El viaje por el Rin terminaba con un recordatorio de que cualquiera puede ser tu familia por un día, el que sea, ese hombre que abre el periódico en un banco de la casa o esa familia que merienda en su balcón. En mi viaje por el Rin, de 12 noches, sólo tuve que acampar 3. El resto dormí siempre bajo techo. Creo que el mito de la frialdad de los alemanes queda, sino derribado, al menos cuestionado. Patrick Leigh Fermor, escritor inglés que hizo recorrió el Rin a pie en 1933, dijo que los alemanes se mostraban siempre benévolos hacia los jóvenes errantes. Hoy, en 2014, esta realidad se mantiene, y con esa certeza doy por justificado mi viaje y me subo al tren de regreso a Bonn con “Mulata”. Además de los castillos del Rin, es la gente la que se queda en mi retina y en mi alma.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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