DE BONN A KOBLENZ: CÓMO HACER AMIGOS Y QUE LAS COPAS SE LLENEN SOLAS

La ciclovía EV-15, o Rhein Radweg, recorre íntegramente el curso del Rin desde su nacimiento en los Alpes hasta Rotterdam, y es parte de una red de ciclovías de larga distancia de 70,000 km que integra casi toda Europa. En este post quiero contarles cómo fue mi viaje de Bonn a Koblenz, aproximadamente la mitad del #DesafioRin cuya meta final es Mainz. ¿Qué puede aportarle un escritor argentino al afamado Rin Romántico de castillos y viñedos, ya aclamado por los reyes prusianos y pintores ingleses? ¡Bienvenidos a mi pirueta-monigote ciclopropulsado por el Rin!
No voy a hablar mucho de Bonn, solo decir que fue la cuna de Beethoven y las gomitas Haribo, y también la capital de la República Federal Alemana desde 1949 hasta 1991. La salida de Bonn no fue fácil. Era fin de semana y alemanes de todas las edades (pero principalmente, no me pregunten por qué, gente de más de 50 años) habían salido en masa a las ciclovías. Todos con sus bicicletas perfectas y alforjas último modelo, pasaban a mi lado con un zumbido atlético y dejaban en el más rezagado de los anonimatos a mi bicicleta de paseo prestada y adaptada a las corridas para un viaje larga distancia. En Sudamérica, cualquiera que viaje en una bici llama la atención, pero en Alemania la bicicleta es parte de la cultura y no un medio de locomoción para pobres. Vi mucha gente estacionar sus Mercedes Benz para salir en bici por la EV-15. Pero más allá de lo económico, merece un elogio la vitalidad de la gente de la tercera edad en estos países.  

Las casas en Alemania, desde afuera

En Oberwinter, pocos kilómetros al sur de Bonn, ya comencé a encontrarme con exquisitas casas en estilo fachwerk –paredes de madera entramada-, con himnos dedicados al vino inscriptos en sobria letra gótica en sus paredes, o versos sobre cervezas frías que esperan a los viajeros.  Cada vez que veo una de estas casas, desvisto a su entorno de modernidad para adivinar cómo se verían en su época. Y en Alemania eso es fácil, basta con hacer desaparecer algunos automóviles y trocar la indumentaria actual por una más clásica y la alquimia está lista.  Una de las posadas era del año 1642. Y eso, en mi primer día de viaje por el Rin, todavía me sorprendía. Claro está, tenía otras cosas de que preocuparme. Al ser mi primer viaje en bici, vigilaba de cerca la presión de los neumáticos, pues la bici iba pesada y cada tanto tenía que bajarme a inflarlos.

Camping en Remagen

Así llegué a Remagen. Como era el primer día, y estaba más pendiente de la bicicleta  que de hacer contacto social, decidí, por única vez, pagar un camping. Los campings europeos, ya lo dije alguna vez, dan asco. Es decir, son limpios como aeropuertos, pero rebozan de casas rodantes y de jubilados panzones. Es muy raro ver una carpa. No sólo tenés que pagar 10 euros la noche, sinó que ducha, electricidad o acceso a internet se cobran aparte. Si, la ducha funciona a fichas, que cuestan 70 centavos de euro, y al lado de la máquina que te da las fichas, hay otra máquina que te da el cambio para usar en la primera. Cuando me señalaron los baños no los reconocí: podrían haber sido la entrada a un museo, con mástiles y banderas de cada país europeo. No entendí si eso significaba que hasta  los momentos más escatológicos debían estar al servicio de la fraternidad europea o, al contrario, que se cagaban en Europa.

Las casas por dentro: el mochilero reconciliador

 
Leubsdorf

La casa de las torrecitas es donde se ambientó el encuentro.

Un poco harto de estar rodeado de turistas de fin de semana, decidí cruzar en el ferry  a la otra orilla del Rin, menos turística pero sin bicisenda, y fue como frotar una lámpara. En la aldea de Leubsdorf me había detenido a fotografiar una casa burguesa del siglo XIV cuando un hombre salió de adentro con la bolsa de los mandados. No era un noble con capa y un blasón, como hubiera sido estética e ingenuamente correcto,  sino un alemán de mi edad con un brazo tatuado y una muñequera de cuero. Alexander  -así se llamaba- me preguntó que hacía, y cuando le dije que recorría Alemania en bicicleta buscando gente real además de lindas postales, me invitó a conocer la granja de su familia, donde criaban caballos. La casa en cuestión –aseguró- llevaba más de setecientos años pasando de generación en generación en su familia. Es decir, desde antes que Colón llegara a América, aunque casi toda la memoria oral se había perdido. 
 
Subimos hasta la granja. Con esa magia típica de Alemania, en un segundo estás en un pueblo, y a dos minutos estás bajo las copas de los árboles. Una cerveza llegó a mis manos (sí, Radler con limón, de mis favoritas, gracias) y caminamos por la granja. Alexander me presentó a su novia, y luego le dio un fuerte abrazo. Y quiero decir, fuerte, sentido como el alivio de quien se asfixiaba. Caminamos luego los tres por la granja, saludamos a los caballos por sus nombres (Macao, Don`t Worry y Lady) y nos sentamos luego en un Traumbank (literalmente, banco de los sueños), de respaldar sinuoso y sumamente cómodos instalados adrede frente a paisajes espectaculares. Allí Alexander me contó su vida diaria, trabajaba para la compañía eléctrica cortando la luz a quienes no pagaban. Había conocido a Ana María, su novia, tomando con ella lecciones de equitación. Esa mañana habían peleado, y cuando lo ví salir de su casa no llevaba la bolsa de los mandados, sino una vianda para irse a dormir a donde sus padres. Pero obra de la sincronicidad, al salir de su casa, se había encontrado con un mochilero argentino, y éste –yo- se había vuelto la excusa, un evento lo suficientemente atípico para ser puente y reconciliación.
– Si hubiera salido de asa cinco minutos más tarde, todavía estaría peleado con Ana”.
Me sentí caja de bombones entregada para el sonrojo y el perdón. Y me sentí bien, útil a otros humanos que ni conocía, tan lejos de casa. Y pensé para mis adentros:
– Cuando viajás como mochilero recibís un montón, pero también das, a veces sin darte cuenta.
Esa noche dormí bajo las crujientes vigas de madera de la casa cuasi milenaria que había fotografiado.
Alexander y Ana María fueron los primeros que escribieron un mensaje para unos amigos que vivían en Fischbach, más al sur, en una de las postales diseñadas especialmente para este#DesafioRin. Ahora, este cartero tenía un misión, a más de 170 km de distancia.
en bicicleta por el rin

Qué lindo cuando desaparece el asfalto…

                                
Con una vianda con budín, yogur bebible y sándwiches entregada por mis nuevos amigos salí a la ruta, aún por la orilla del Rin. Seguí una senda por el bosque marcada con el cartelito del Rheinsteig, una red de senderos para caminar, que obviamente no estaban diseñados para bicicleta. Pero siguiendo esa senda conquisté el silencio, comencé a rodar por una Alemania sin turistas chinos, sobre el pedregullo y con Cristos de piedra que bendecían cruces de caminos centenarios, con depósitos de leña, huellas de tractor. La verdadera Hinterland.
 
Muy feliz, cantando sobre mi bicicleta, llegué a Ariendorf. Pero lo lindo es que en Alemania no sólo llegás a un pueblo sino que, bajando hacia un valle desde una ruta de montaña, primero lo ves aparecer abajo tuyo y observás como un águila su iglesia y sus casas de madera con sus techos curvos como si los siglos estuvieran sobre ellos a caballo. Y de pronto el mapa dice que a pocos kilómetros de ahí está el castillo de Arenfels, del siglo XIII. Y avanzo con fe ciega por mi sendero de pedregullo sin un alma. De pronto un arco de piedra, y allí aparece, encumbrado sobre una colina tapizada de viñedos. Me quedo un rato observando la heráldica, los escudos con dragones y banderas. Converso con un hombre quien dice que vive en el castillo, y me señala los orificios de artillería de la Segunda Guerra Mundial. ¿Habrá algún rincón de Europa donde no se haya disparado? El hombre viste una camisa cualunque manchada con pintura, me dice que están restaurando el castillo. Investigué previamente que el castillo no es un museo, sino la propiedad privada del Barón de Scweppenburg. Quizás sea él o un descendiente. De seguro que no es un empleado, porque asegura conocer Argentina gracias a un viaje en crucero… Para no ser cholulo, prefiero quedarme con la duda. Si hubiera sido más  tarde, hubiera tenido la excusa perfecta para pedir permiso para acampar allí, y con suerte hubiera sido invitado por los descendientes del barón a pasar la noche en el castillo.Pero prefiero no forzar las cosas. Hay luz y aún mis piernas tienen ganas de pedalear.
Vuelvo a cruzar a la orilla con ciclovía, porque de este lado, la Rheinsteig se hace imposible para mi bici, que viene con las alforjas super cargadas. Otra vez por bicisenda asfaltada, llego a la ciudad amurallada de Andernach, que estaba firme en mi lista. Al revés que en otros pueblos, aquí la muralla no había sido derrumbada, y la zona nueva se había añadido extra-muros sin dañar el anciano perímetro. Pero antes hubo un “Permiso, ¿puedo pasar al baño?”  en una Weingut –vinería, taberna- y al salir varios curiosos que me habían visto desmontar la bicicleta me preguntaron si quería unirme a su mesa redonda y repleta de copas de vinos blancos. Las copas eran elegantes, y al ser llenadas por la camarera se volvían doradas, y así resplandecía por contraste el escudo de la ciudad con sus llaves cruzadas. Fue el primer punto de probé el famoso vino blanco del Rin, provenientes de los viñedos cada vez más frecuentes.  Hablamos de la familia Hohenzollern(de la que provenía el Kaiser y todos los reyes prusianos), del papa Francisco (porque ahora hay un argento con más influencia que el Kaiser), y también de un curioso géiser de agua fría que hay en las cercanías pero que no logró llamar mi atención. Tras la tercera copa deserté y salí a hacer un tour beodo de Andernach, en ese estado de glucklichkeit (felicidad) y sobre pedales.
Andernach

Y por estas calles, si mirás bien…

                                                                                              

…hay gente dispuesta a sumar una silla a la ronda…

                                                     
vino de andernach

… y llenar tu copa.

Andernach y el método preguntín, preguntón…

Fotografié algunas de sus torres y murallas, y al ver las fotos en la pantalla digital noté los nubarrones de fondo. “Mejor busco dónde pasar la noche.” Y pregunté a un pelilargo canoso pinta Led Zeppelin. Dije “este es medio hippie, me invita a su casa“, pero el hippie me consejo acampar en la colina de Krahnenberg, afuera del pueblo. Camino a ese sitio, seguí –como es de rigor- preguntando a la gente en busca de lo de siempre. Segundo intento: chica onda cool-alternativa flequillo teñido caoba, muy polite ella me mandó a  acampar al Rin. Un tuerca con el labio partido que restauraba –por el amor de Dios- un Renault 5, no tenía ni idea. Y entonces el cuarto intento, me dijo “Hello” antes que yo “Entschuldigung”, percantándose de mi extranjería antes que ellos entraran en mi radar. Cuando hacés eso conmigo es como que fuiste. “Perdiste” dije en español audible pero por nadie entendido. Cuando miro, zas, un hombre en bata de terciopelo, sacando a pasear a un gato llamado Antón. Le volví a preguntar. “¿Dónde puedo acampar?” –pregunta que en realidad, siempre apunta a que el interrogado me invite  a su casa- y él se frotó el mentón y al cabo de treinta segundos, llamó a su mujer. “Ella habla muy bien inglés”. Y la mujer llegó, intercambiaron miradas y frases que no entendí, y me dijeron que tenían una habitación sencilla. Estaba salvado. 
Esta pareja sexagenaria hizo mucho más que hacerme zafar de armar la carpa bajo la lluvia que ya caía. Su casa era prácticamente un museo. La familia de la familia Salzman era prácticamente un museo: había una sala dedicada a los recuerdos de familia, y rebosaba de relojes de pared, retratos de antepasados húngaros llegados a Alemania en 1890, mobiliario barroco del 1700, y libros con tipografía gótica. Me fui a dormir pronto, pero durante el desayuno, la mujer me narró todo el árbol genealógico de la familia, con guerras mundiales, éxodos, y migraciones a las lejanas colonias alemanas en Ostafrika a sembrar café incluidas. También torturas en sótanos de la resistencia, padres viajando en bicicletas con patente francesa en la Alemania ocupada de posguerra para visitar novias, madres que escapaban de un bombardeo en Kassel con un violín bajo el brazo, todo lo que había podido manotear entre el ulular de la alarma antiaérea y el kabúm de la bomba. La mujer tenía memoria enciclopédica, recordaba fechas, la profundidad de las heridas o los amores, el nombre de barcos llenos de inmigrantes y todo mientras untaba otra prolija tostada. Me sentí profundamente atravesado por la historia, como si además de recorrer el Rin éste se volviera un eje, un nodo de encuentro, me sentí agradecido.
 
grua antigua

Antigua grúa medieval junto al Rin. (Andernach)

hochwasser

Cuando viene una inundación, los alemanes, prolijamente, colocan una placa para señalar hasta dónde llegó el agua en cada Hochwasser.

 

señales de transito para tanques

Señor invasor: no acelere demasiado con su tanque de guerra, niños jugando.

                     
El desayuno se extendió tarde que salí tarde hacia Koblenz, la única ciudad grande en la zona, 30 km al sur. Como la lluvia me seguía pisando los talones decidí quebrar el chanchito y comer un buen plato de típica comida alemana. Lo que sucedió esa noche en Koblenz me hizo pensar que a veces mi inconsciente se me adelanta varios pasos. Hago cosas y sólo un rato después entiendo por qué las hice. En el barrio de Neudorf entré a una pintoresca taberna llamada “Zum Alten Braurei” (La Vieja Cervecería). Le pregunté a dos hombres que fumaban afuera qué cerveza alemana me recomendaban y entré. Solo eso. Allípedí un pato de Schnitzel, y me reconforté, sin perder de vista que al terminar mi pequeña recompensa, tendría que buscar dónde acampar. El scnitzely la cerveza blanca Erdinger llegaron y me puse a hablar con una pareja que cumplía 25 años de casado. Y les pregunté dónde acampar. Y ellos hicieron un par de llamadas, y a los dos minutos me dijeron que el camping estaba pago a mi nombre.
Cuando la cuenta llegó estaba paga por el hombre a quién le había pedido que me recomendara una cerveza. Todo se alineaba, Koblenz no le cobraba un doloroso peaje a este argento bicitransportado sino que levantaba las barreras para que siguiera rodando. A este punto, ya me quedaba bien claro que la supuesta frialdad de los alemanes era una exageración, un estereotipo, quizás a alguien no le funcionaba el termómetro. 
Coblenz es sede del Deutsces Ecke (la esquina de Alemania) o ese punto donde el Rin se cruza con el Mosela para abrir otro valle encantado repleto de castillos. Para ver desde el aire este encuentro, lo mejor es tomar una aerosilla hacia la fortaleza de Ehrenbreitstein, antiquísimo, sede de cañonazos y plumas poetas por igual, ya que en los salones literarios que los nobles organizaban, Goethe escribió la masa principal de su libro  “Poesía y Verdad”. 

Esta foto no está tomada en un museo….

                                            

puentes de koblenz

… sino abajo de un puente cualquiera. Glamour hasta para un picnic en el camino.

El Coblenz comienza la zona del Rin conocida como el Rin Romántico, el tramo hasta Bingen, declarado Patrimonio de la Humanidad. Me dijeron que era como un túnel del tiempo. Me pregunté si podía ser más lindo de lo que ya había visto, mientras conciliaba el sueño y las gotas de lluvia se volvían tambores sobre el cubretecho de mi carpa.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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