LOS ACRÓBATAS DEL CARIBE Y EL CARNAVAL DE LOS BUDAS PLAYEROS


Quizás la TV tuvo la culpa de que desde niño asociara al Caribe, no sólo con las previsibles arenas blancas adornadas por palmeras oblicuas, sino con los asedios de piratas y ataques a fuertes amurallados. Como en esta vuelta al mundo cada país o escenario alguna vez imaginado va cayendo lentamente presa de la experiencia presente, tuve al fin la oportunidad de trazar el garabato de mi destino también por estas costas. Después del robo de la mitad de nuestro equipaje, Laura y yo nos habíamos refugiado en Bucaramanga, Colombia, donde repusimos lo perdido gracias al apoyo de muchos de nuestros lectores. Otra vez en Venezuela, decidimos trazar un itinerario que nos permitiera, además de explorar la costa caribeña, vender nuestras postales artesanales en las playas. No sabíamos que ese derrotero   nos iba a brindar interesantes perspectivas sobre los venezolanos como sociedad.
Así, con el mismo sentencioso esmero que debieron haber tenido aquellos piratas originales, desplegamos sobre la mesa de madera el mapa de Venezuela. Junto a nosotros estaba Ana, una profesora de bellas artes de La Plata, momentáneamente convertida en artesana para costear su viaje por Sudamérica. Nos habíamos conocido en Montañita, Ecuador. Aunque viajábamos con proyectos distintos, decidimos unir rumbos por el mes que duraría nuestro paso por la región. Entre arepas rellenas con atún, canela y cilantro (cortado este último del mismo jardín) subrayamos los nombres de las playas y pueblos donde previmos nuestros propios ataques corsarios. En lugar de balas de cañón, nuestros desembarcos dispersarían nuestras mejores fotografías enmarcadas, con cuyas ventas a los turistas esperábamos propulsar nuestro “cruce del Caribe”. Venezuela es el primer país donde los costos nos obligan a recurrir con más frecuencia a la venta. De esta manera, armados –no con un cuchillo entre los dientes- pero sin con un speech de venta playero y con la resignación de acampar en todas partes, estos piratas se aprestaban para su embate.


Estábamos en Choroní, ocupando una cabaña de bareque que nos fue prestada por Leander, un industrioso joven de 19 años que tenía allí mismo una pequeña finca de flores. Los alrededores de su casa, encumbrada en lo alto del Parque Nacional Henry Pittier, eran un frondoso paraíso de frutales y  picaflores. Detrás de la casa, reinaba un anfiteatro de paredes verticales de granito con sus cimas completamente forestadas. Hacia abajo: la carretera que serpenteaba junto al río hasta la playa, pasando antes por el colonial caserío del pueblo. 



Si bien vendimos algo en Choroní, nuestro primer encuentro –¿debo decir impacto?- con el ritual playero venezolano fue en Playa Colorada, donde acampamos en el parque de una posada económica. Desde allí descendíamos a la playa cada mañana a vender nuestras postales. Nuestro primer descubrimiento fue que en Venezuela la  gente no acude a la playa a relajarse bajo el sol ni a leer un libro. Más bien, se trata de instalaciones familiares, con papá y mamá, tías, hermanos y primos reunidos sin excepción alrededor de una conservadora repleta de cervezas, ron y whiskey. A primera vista, parecía imposible vender libros o postales de nuestro viaje entre ese un público desbocadamente ensimismado en su propia fiesta.
Un malón de gente había llegado para el carnaval. Al principio nos acercábamos a cada grupo tímidamente, postales y mapa en mano. Tengo que admitir que nuestra primera impresión fue algo trágica. Muchas veces terminábamos hablándole de proyectos culturales, de charlas en escuelas, y de perder el miedo a las culturas distintas a gente ebria que miraba el horizonte con las mandíbulas colgantes y la cerveza en la mano como si esperaran el fin del mundo allí mismo. Tampoco estábamos acostumbrados a ser evaluados por personas que, en muchos casos, nos miraban de reojo sin dejar de beber su   whiskey, estancados en su postura, casi sin pestañear. En una variable que será inmortal, un hombre dejó de leer la sección de farándula del diario, nos desaprobó con un refunfuño de perro guardián, y luego, con un imperativo que combinaba estupidez y asombro instigó a su familia a leer el siguiente titular del periódico: “Desfile de canes roba la escena del Carnaval de Río”. Lástima que su mujer no dejó de enseñarle el “perreo” a su nena de dos años para acatar la orden…
Con el paso de los días, sin embargo, fuimos encontrando cantidad de gente amistosa y cordial que hoy son el botín mejor atesorado de estos piratas en sus saqueos venezolanos. Cierta vez dos hombres, que se entregaban con monástico abandono empinaban hasta la última botellita de cerveza Polar Light, nos invitaron a sentarnos -y beber- con ellos. Cada vez que vaciaba una botella, me extendían otra sin preguntar y decían: “Una para el estribo”. Ellos se autodefinieron: “Acá la cultura es esto: trabajar para pasarla bien”. Según Ronald y William el venezolano promedio ahorra para poder darse el gusto de  obtener la mayor densidad posible de placer en el menor lapso de tiempo durante sus vacaciones. Le dije que se notaba en la cantidad y la calidad del whiskey y del ron que circulaba, y que a mi entender eso explicaba la liquidez y el consumismo que abundan en Venezuela. Nuestros nuevos amigos, lo reconocían entre risas: “Es que a nosotros no nos molesta. Esto es lo único que uno se lleva en la vida” Y frotaba su barriga como si esperara que saliera un genio. Eran dos Budas panzones, serena y triunfalmente postrados ante la luz menguante del atardecer caribeño.
Los otros vendedores ya nos conocían: a los niños que vendían huevos duros les regalamos algunas postales, ya que primero miraban desde lejos sin acercarse. Los vendedores de ostras y camarones en escabeche, que garantizan las propiedades afrodisíacas de sus frascos anunciándolos como “rompecolchones” o “salvamatrimonios” creo que nunca entendieron lo que hacíamos, y sólo el último día nos preguntaron si hacíamos tatuajes en henna, acaso confundidos por nuestra carpeta. Cada vez encontrábamos más gente  que extendía un vaso con ron y nos daban la bienvenida a Venezuela a los gritos. “¿En qué te puedo ayudar hermano? ¡Cuéntanos!” Así nos recibió una familia de Puerto Ordaz que luego nos dio su dirección para cuando visitemos aquella localidad. Comenzamos lentamente a enamorarnos de esa efusividad.

Llegaron los días más concurridos del carnaval. La suerte quiso que conociéramos la dueño de una posada llamada “Casablanca” con mesas de pool, piscina y todos los lujos, que comprendió nuestro proyecto y nos permitió quedarnos sin costo en esa habitación, que existe en todos los hoteles, donde se depositan los televisores descompuestos y colchones agujereados. Allí conocimos a Juan Bautista, un pintor de larga barba que también tenía alojamiento mientras pintaba murales decorativos en la posada. Imaginé que pintaría lo más lento posible para prolongar su estadía en el paraíso. Pero su filosofía era más interesante: “Hay que estar preparado para lo malo, porque lo bueno no necesita preparación. Por eso, hay que desear NADA. Lo mejor, es NADA. Yo donde caigo estoy contento. Porque todo es más que lo que espero”  Nos había traído una olla enorme repleta de tallarines con pollo, y agregó: “lo lindo es que están aquí, y que tienen delante esa olla”



El siguiente hito en esta ruta de los piratas era el Parque Nacional Mochima, conformado por una serie de islas áridas que esconden en sus pequeñas bahías playas paradisíacas. Llegamos al puerto de Mochima en un camión que llevaba cerveza a la Isla Margarita. A la playa Las Maritas uno accede únicamente en lancha.(Consejo, nunca paguen el viaje de ida y vuelta de antemano porque, al menos a nosotros, nunca nos pasaron a buscar) Mientras que los turistas regresan al puerto, junto con los empleados de los comedores, en la última lancha de la tarde, nosotros instalamos nuestra carpa, Ana su hamaca, y los tres montamos una cocina de campaña. Nos habíamos abastecido de gran cantidad de verduras, lentejas, arroz y fruta y por supuesto agua dulce, inexistente en la isla. Por la mañana nos emplazábamos a la sombra de una palmera, exhibiendo el mapa de la vuelta al mundo, nuestras postales, y las artesanías de Ana sobre el parche. Y así la gente se iba acercando. Cada venta era sellada con obsequios de mandarinas, vasos de ron, ostras, refrescos, y –no es deja vu sinó justicia a la verdad- más vasos de ron. Cada día las lanchas con turistas iban y venían, y por la tardecita nos quedábamos con toda la playa para nosotros solos –y constelaciones de chapas de cerveza- El paraíso rebobinado cíclicamente. A esa hora, ya no se escuchaba una nota de reggaetón, éramos emperadores del silencio, podíamos nadar desnudos o correr como locos gritando como Tarzán entre las palmeras.




Un día llegaron como por arte de magia dos yates privados y pusieron al máximo los parlantes. No era nuestra música favorita, pero la escena que se formó quedará en mi retina para siempre, como la aproximación más exacta al sueño bolivariano. ¿Por qué, si hay un American Dream, no puede haber un sueño bolivariano? La gente, que ya estaba con el agua por la cintura y con sus cervezas y vasos térmicos repletos de ron Cacique, comenzó a menearse. Las parejas inmediatamente se buscaron y trasladaron su seducción al mismísimo elemento que acunó el primer hálito de vida. Algunos agitaban sus brazos por sobre sus cabezas, cantaban, y los que estaban en sus reposeras en la playa les respondían. Parecía la coreografía final de una película de Bollywood, o la imagen de una fiesta caricaturizada, químicamente pura,  como en las publicidades de Quilmes. El sueño bolivariano, no es de una casa modelo, una hipoteca paga, y una familia rubiecita y bien peinada, sino de un jolgorio con intensidad de cataclismo, unificado por el ingrediente etílico. Eso es lo fino. Despojado de sus lejanos confines políticos –demasiado implícitos y abstractos para la inmediatez que adoran nuestros amigos venezolanos- el sueño bolivariano se hace carne en una versión algo pomposa pero admirable del superhombre nietzcheano, con inclinación visceral por las ráfagas de abundancia en el aquí y ahora sin proyección, por los placeres sencillos de la vida, pero con la nobleza para compartirlos. Este superhombre metió a Dios en la conservadora, y no le para bola al tiempo.


Y lo último es fundamental, nuestros Budas playeros y pipones, lo comparten todo, porque es una cuestión cuantitativa, como los borbotones del petróleo de la faja del Orinoco, como los granitos de harina de maíz que se aglutinan y forman la arepa. Cuantas más personas participen, cuando la ronda sea más grande, mayor es el arrobamiento, la experiencia cumbre. Y así llegó el día del cumpleaños de Laura. La sincronía del cosmos proporcionó una fiesta. No teníamos torta de chocolate, pero una familia que el día anterior nos había prometido una sorpresa llegó en lancha y desembarcó con una bolsa de churrascos condimentados y chorizos marinados en chimichurri. “Tomen, si son argentinos seguro les gusta la carne” – nos quedamos boquiabiertos como lo habrán estado los indígenas de estas mismas tierras cuando llegó Colón (en la vecina Península de Paria) en su tercer viaje. Por más Parque Nacional que fuera, ¡había chori!, y la circunstancia ameritaba salir a los machetazos rebanando cactus secos y vociferando el himno nacional. Pronto hubo braza, y a seguido, gloria. Los benefactores no quisieron probar bocado. Se fueron como llegaron, en otra lancha, saludando y diciendo no se qué sobre la Revolución, Chavez y Cristina, y nosotros les respondíamos, desde la costa, con saludos, reverencias y eructitos.



Nos dimos cuenta que podríamos haber vivido en esa isla toda la vida, vendiendo nuestras chucherías, y trocándolas por los regalos traídos desde tierra firme por los visitantes. O, lo mismo, continuar toda la vida vagando de isla en playa, de playa en pueblo colonial, con esa misma actitud corsaria, sin pagar tributo al sedentarismo, y con plena independencia económica. Podríamos hacer como Cósimo, el personaje de la novela El Barón Rampante, de Italo Calvino, quién subió a los árboles a los 12 años, y no bajó nunca más. Los árboles, las carreteras, pueden ser una malla tan sutil  como para enamorarnos, pero poderosa en suficiencia para acomodar allí nuestra vida. En todo caso, son visiones de eternidad que abarcan parpadeos, mientras me balanceo en la hamaca y un pájaro carpintero y dos colibríes parecen, en suspensión, aprobarme con su vida etérea…

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

6 Comentarios

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  • Juan, muy buen post. Chévere que hayas mencionado a Cósimo, nuestro buen amigo. El símil es válido: como el barón rampante de árbol en árbol, siguen ustedes por la carretera su marcha imparable. Allí, pienso yo, está latente el argumetno para una novela de ficción. Muy buena la pintura que haces de de las personas. Una parte me remite a los primeros capítulos de “La peste” de Camus, esa donde el narrador dice que los oraneses tienen un sólo propósito: trabajar de lunes a viernes para entregarse a los placeres los sábados y domingos en la playa. Me alego de que les esté yendo bien. Seguimos en contacto. Abrazos.

  • pensás que sería diferente el conurbano bonaerense y todo el litoral de lo Rios de la Plata, Paraná y Uruguay si en lugar de agua marrón e inviernos fríos tuviéramos el calor y el mar caribe? Todo el día música, alcohol y laburar un poco nomás + lo que arroje el gobierno para los placeres básicos, el alcohol y nada más, sin mayores aspiraciones. Más que el sueño bolivariano yo veo una granja de votos, pero….. ME PARECE BARBARO de todos modos, si al fin de cuentas PA QUE MAS PANA!
    Saludos desde VM

  • Interesante descripción de lo que viste en Venezuela. me gusto mucho tu post.

    lastima que no seamos ni la tercera parte de lo que fuimos.

    saludos,
    Una Venezolana mas en Panamá.

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