BLOGUEROS ASCETAS Y COMENIÑOS EN LA TIERRA SUELTA DE LOS WAYUU

El caño de escape del camión despuntaba a un lado de la cabina, lanzando bocanadas de humo negruzco hacia atrás con un intolerable olor a gasolina. Todos los que viajábamos en la caja nos retorcíamos. Laura se tapaba la cara como podía con un pañuelo que en otros contextos le da ese aire bohemio que la hace todavía más linda, pero ahora parecía una musulmana desterrada de algún harem, y se acuclillaba en una esquina de la caja del viejo Chevrolet como si estuviera en penitencia. Yo aprovechaba mi longitud jirafesca para estirar el pescuezo por sobre la cabina y curarme con viento. En esa cámara de gas móvil, viajaba además un joven peón que había optado por envolverse su cabeza en un pareo como un tuareg. Conversaba algo con nosotros desde la hamaca que había tendido diagonalmente en la caja del camión. Fue el quien nos dijo que el camión iba a Puerto Bolivar, en la desértica Alta Guajira, a buscar mercancías de un barco que acababa de llegar de Aruba.

Sí, habíamos descubierto que Colombia escondía un desierto en su extremo norte, y yo amo los desiertos. Más aún cuando me enteré que la Guajira era el hogar de los Wayuu, una etnia originaria que gracias a la aridez de su tierra había logrado retener cierta autonomía. Los wayuu fueron apenas molestados por los españoles, y se transformaron en señores de su propio desierto, que antaño recorrían a caballo, recalando en sus rancherías, Mantuvieron su lengua, su matriarcado y costumbres tan curiosas como el segundo entierro o tan bellas como el putchipu o palabrero.  No podíamos irnos de Colombia sin visitarlos, por lo que apretujamos todas nuestras pertenencias en La Maga y salimos a la ruta. Y así terminamos arriba de la cámara de gas rodante…
Sin detenerse, nuestro camión pasó por la pequeña localidad de Uribia. Unos wayuu borrachos nos saludaron desde un banco tan efusivamente que uno de ellos luego cayó al suelo y terminó junto a las latas de cerveza abolladas. La ciudad parecía un chiquero, y la gente se limitaba a dos actividades: beber cerveza y llenar su vacío con música alta en amplificadores baratos que rechinan (actividad que hace suspirar a los románticos europeos que al verlos dicen: “¡ay… son pobres pero son tan alegres!) Pero bueno, después en otro post, o directamente en el próximo libro les contaré lo que pienso del lado oscuro del Caribe. La cuestión es que en Uribia, la gente chupa y se faja con decibeles sin mayores preocupaciones. Como sucede cada vez que la moral civilizadora occidental funda un asentamiento en tierras indígenas sin que nadie se lo pida, los originarios terminan –comprensiblemente- migrando como polillas a la luz y en la práctica viven de subsidios que ayudan a que pierdan su identidad. Pero nosotros queríamos conocer a los otros wayuu, a los que siguen habitando dignamente sus rancherías y criando ganado, por lo que no nos bajamos en Uribia.

 

´La “cámara de gas rodante” llegó finalmente a Puerto Bolívar de noche. El sitio no figuraba en nuestro mapa. Se trataba de un pequeño puerto, que al lado de la aldea wayuu parecía una fortaleza, con su seguridad privada, grúas, y decenas de camiones que entraban y salían. El camión entró, y con Lau nos quedamos con la reja romboidal de alambre en las narices, decidiendo si buscar hospitalidad de noche en el caserío desierto o conmover a los guardias del puerto. Lo segundo nos pareció más práctico. El guardia de seguridad llamó al jefe de operaciones portuarias, y los dos, que somos oriundos de ciudades con puertos, destilábamos nostalgia. El hombre, como todo colombiano, no por formal dejó de ser hospitalario, y nombrólos incisos del reglamento que nos impedían ingresar sólo para hacernos saber que las pasaría por alto a todos y nos designó una habitación en desuso donde pudimos estirar las bolsas de dormir. Por la ventana observamos los inmensos cargueros fondeados en el puerto natural. Sabido es que todas las mercancías electrónicas que se con pueden comprar baratas en Maicao ingresan por esta de zona franca. Sin embargo, el ajetreo que azuzaba al puerto esos días era por Navidad. Sí señores, los cargueros estaban atiborrados de juguetes, muchos de los cuales no podrían ser descargados a tiempo para el arbolito. Juguetes chinos para niños colombianos transportados por barcos de Aruba. De niño, para estas fechas, recuerdo que el Canal 8 de Mar del Plata bombardeaba siempre con películas yankees ochentosas sobre “el Espíritu de la Navidad”. Bueno, nosotros sin buscarlo dimos con la relojería mercantil que está detrás del arbolito, y no se parece nada a un finlandés en trineo… Más que los juguetes, yo banco el juego, estoy con Schiller cuando afirma que “el hombre sólo es libre cuando juega”. Y por eso viajo.

 

Por la mañana siguiente desayunamos en la casita de los guardias de seguridad, donde nos dejaron hervir el arroz que llevaríamos en la incierta caminata que nos esperaba hacia el Cabo de la Vela, y nos regalaron queso, obleas y una leche saborizada con etiquetas de algún subsidio escolar… Salimos bien cargados cerca del mediodía: en la mochila llevábamos cantidad de latas de atún, tomate, pan, galletas y agua en bolsas de 200 ml, curioso formato endémico. Antes de abandonar el caserío, bebimos un jugo de sandía en una tienda como premio anticipado por la caminata al rayo del sol que nos esperaba, y le suplicamos a una mujer que nos enseñara cómo saludar y agradecer en wayunaaki, el idioma local. Adoro el bilingüismo, cuando cambia el idioma, empieza el rock and roll…
Dejamos el caserío de Puerto Bolívar, honestamente, sin tener idea de si pasaría algún día algún vehículo en dirección al Cabo de la Vela. Avanzábamos con nuestras humildes viandas a la espalda tirándonos de vez en cuando bajo los escasos y bajos arbustos que apenas daban sombra. Sí señores, éramos dos ascetas bloggeros camino a un stio ceremonial wayuu. Pasábamos caseríos curiosos, que incorporaban como materiales de construcción los despojos del comercio exterior que llegaba por el vecino puerto. Había casas con paredes laminadas con barriles de lubricantes multinacionales aplanados, y árboles de navidad montados sobre viejos neumáticos Firestone. A nuestro lado, un carguero de 140 vagones lleva a puerto el carbón de la mina El Cerrejón. Se desliza con impunidad como un ciempiés de acero, como un ejército de hormigas que todos los días a la misma hora saquea la misma planta y regresa al mismo hormiguero. Los pastores wayuu lo miran como un fantasma, resignados a la porosidad de su ancestral tierra inexpugnable. De hecho, lo que me sorprende de los wayuu es cómo un etnia tan sí misma puede aún retener rasgos propios cuando su territorio ya ha sido abordado por los intereses de un mundo que no es el suyo.  La excepción a esta lógica sería Ayatawacoop, una cooperativa indígena binacional que permite que los wayuu ingresen legalmente gasolina venezolana en el mercado colombiano, algo que de todas maneras venían haciendo para ganarse la vida durante más de 50 años. Hoy, las ganancias del emprendimiento van a un fondo social destinado a obras comunitarias a ambos lados de la frontera.

 

Cuando llevábamos una hora de marcha unos ingenieros en camioneta nos frenaron y nos dieron un aventón hasta el Parque Eólico, el más grande de Colombia. Desde este extremo, abastece de electricidad a la lejanísima ciudad de Medellín, pero no a las rancherías wayuu que están a cien metros, que utilizan generadores a gasolina. En el Parque Eólico esperamos apenas unos minutos, y abordamos la caja de una camioneta que llevaba mercadería al Cabo de la Vela. Bingo. Si bien el viaje fue como un subibaja, no sólo llegamos a destino, sino que compramos a los conductores piñas frescas a precio mayorista. Cabo de la Vela es una remota aldea de pescadores con un nivel tolerable de etnoturismo.

 

Nosotros acampamos plácidamente en la playa. Disfrutamos mucho nuestros días allí, y debo en realidad agradecer que el Parque Eólico se lleva la electricidad a Medellín y no aquí, porque si tuvieran electricidad estarían con los parlantes al máximo a toda hora, as dictated by Caribbean soul. Caminamos por la playa ancha y casi desierta, Lau recolectaba caracoles y leíamos el libro Barón Rampante de Italo Calvino. Las mujeres wayuu, distinguibles inmediatamente por sus mantas, que son en realidad vestidos livianas túnicas multicolores. Con el fondo de color arenisca de su entorno parecen flores, flores caminando por la playa. Una de nuestras caminatas nos llevó hasta el Faro, caminando entre espinos y añejadas osamentas de cabras. Desde allí observamos todo el Cabo de la Vela, considerado sagrado por los wayuu, quienes creen que aquí moran en gracia las almas de los muertos antes de despegar hacia la eternidad. O sea que fuera de la tercera dimensión que percibimos estábamos en un sitio con bastante… tránsito. Quizás por eso el viento era tan persistente. Allá arriba, nos dimos cuenta también que estábamos en el extremo norte de Sudamérica. Un año atrás estábamos en caminando hacia la Estancia Tunel por el Canal del Beagle, cerca de Ushuaia. En el medio ha acontecido tanto que no amagaré enumeraciones. También pensé que la Guajira sería buen escenario para otro libro de Federico Gargiulo. Presenta una geografía aislada, casi sin caminos, con escasas rancherías aisladas, algo muy similar a la Península Mitre de Tierra del Fuego en el otro extremo del continente.

De regreso a la playa, encontramos una bote de pesca algo raído y nos sentamos a conversar. “¿Seguimos viajando, monona?” “¿Y…vos qué decís?” Hay tantas geografías que a Lau y a mí nos llaman la atención, que nada nos cuesta entrar en un trance y soñar con Uzbekistán o Bután. Pero Sudamérica está primero, es una cuestión de coherencia ideológica. Necesitamos entregar nuestra voz sobre lo que estamos caminando en forma de libro antes de zarpar hacia cualquier otra parte. Viajar es como pescar, implica la misma incertidumbre, pero también la misma postura ante la vida, los pasos atentos e intencionados como redes. Y mientras imaginábamos la captura de futuras redes que aún no existen, llegó un barco… Un pescador de langostas con sus dos hijitas, llegaba desde Punta Gallinas a vender su captura del día. Con el agua a la cintura me acercamos, para un gratuito comercio de sonrisas con las dos princesitas wayuu.

 

Como los buses con turistas eran cada vez más frecuentes, decidimos ir a  ver a los wayuu en su entorno real, en las tantas rancherías que habíamos visto en la ruta. Para esto no hay método: al igual que cuando visité a los beduinos sirios, fue cosa de bajarnos en el primer camino de tierra que nos tentó, y comenzar a caminar. El camino pronto pasó a ser apenas una senda impalpable en el desierto, que zigzagueaba entre matas y espinos insistentemente mordisqueados por cabras. Cada tanto, pasaban en sentido contrario bicicletas, cuyas huellas nos habían indicado seguir. Nuestra esperanza era localizar a un hombre llamado Alberto Rodríguez, a quien habíamos conocido en Maicao, que habitaba algunas de las múltiples rancherías de la zona. Los niños en bicicleta que navegaban el desierto nos dieron direcciones que nos guiaron a un caserío donde terminó viviendo un homónimo. No era nuestro hombre, pero lo mismo sonreía desde su hamaca, como si fuera un capullo de una mariposa y pronto fuera a salir volando. La hamaca era, aparentemente, una especie de trono, pues el Alberto era el jefe de la ranchería. Junto a él estaba su mujer, ataviada con una manta rosada wayuu. La mujer no dejaba por un momento de tejer un chinchorro, hamaca artesanal que demora un mes y medio en completarse. El resto de los familiares ocuparon pronto unos troncos de árboles y se acercaron a la ronda. Aunque primero nos miraban con una detenida sonrisa sin pronunciar una palabra, como haciendo una digestión de la sorpresa, luego la mujer se puso de pie, como recordando de improviso un guión preestablecido, y nos preguntó –en un gesto de medición cultural del otro que me pareció fino – si bebíamos café.

 

La conversación no era fluida: los wayuu son gente adusta y no están muy acostumbrados al contacto con forasteros, pero demostrando un poco de interés por su cultura, empezaron a contarnos historias. Explicaron que en su sociedad se hereda el apellido materno, y que se dividen en clanes. Pero más allá de estas cuestiones de arquitectura genealógica, quedé fascinado por su relación con el desierto y con la ley. Los wayuu siempre estuvieron un poco al margen de todo Antaño montando a caballo sobre las infinitas estepas guajiras, hoy en viejas camionetas, armados por si las moscas, contrabandeando gasolina desde Venezuela para sobrevivir, el espíritu es el mismo, el de un pueblo que dibuja sendas en el desierto, como esperando hallar un destino que, hasta ahora, les es esquivo. Cowboys modernos de un desierto latinoamericano.
Mientras la luz del atardecer va caramelizando el desierto con su luz lateral, Roberto me cuenta de otra tradición interesante: la del palabrero. Cuando dos familias wayuu entran en litigio, la parte ofendida envía a un apaciguador que soluciona los problemas mediante la oralidad. A este acto se lo conoce como “llevar la palabra”  Como jueces, son mediadores en los resarcimientos por muertes de animales o personas. En una región donde los tiroteos son frecuentes, los palabreros tienen mucho trabajo, asegurándose que el clan agraviado reciba el arma con que se sometió el delito, y estimando la cantidad de  chivos, reses, y colares de oro y tuma que compensarán la muerte. Estos elementos, chivos, vacas, oro, son moneda de cambio en caso de muertes, pero también en esas magnitudes se expresan las dotes por casamiento. Con los años los palabreros ganan experiencia y –según dicen- seguridad, y recorren las costuras invisibles del desierto blandiendo su waraarat (bastón) y evitando las guerras entre clanes.
Como atardecía hicimos una pausa para armar la carpa. Roberto dictaba el acontecer familiar con su dedo índice desde la hamaca, como en “La Creación de Adán” de Michelangelo, y apunto a una especie de tinglado techado por troncos. Era idéntico a la estructura que me facilitaron en 2010 los huarpes del desierto mendocino. Me quedé por un segundo imaginando un parentesco entre estos dos pueblos habitantes de desiertos y criadores de chivos. La instalación de nuestra carpa fue todo un acontecimiento social. Desde rancherías cercanas llegaban en bicicleta para verla.  Entre ellos, muchos niños.

 

Los niños fueron un capítulo aparte. Al vernos, corrieron a las faldas de las mujeres, y desde allí nos observaban con un dedo en la boca y las piedras listas para correr. Laura, que es experta en socializar con estos diminutos humanos, empezó a dispararles besos en el aire y a hacerles muecas. Sólo entendimos por qué los niños nos tenían tanto miedo cuando vimos que agachado en una silla, el abuelo no dejaba de decirles en wayunaaki algo que no entendíamos pero cuyo significado era obvio. El viejo decía: ¡Arijuna, arijuna! (blancos) y luego chasqueaba la lengua en una onomatopeya  similar a la que se hace para imitar el trote de un caballo, pero el gesto de su mano llevada hacia la boca podía indicar sólo una cosa: ¡los blancos te van a comer!  Y si Laura amagaba a tender su mano al niño, y éste comenzaba a desprenderse de la falda de su madre, basta un ¡arijuna, arijuna tk, tk, tk! para que el niño se escabullera llorando, bufando y sacudiendo los brazos despavorido, cosa que asustaba sobre todo a las cabras que custodiaban la escena familiar ya con las últimas luces del alba. Sí habíamos encarnado o no alguna versión wayuu del cuco, no lo sabíamos, pero con Lau nos sentíamos como dragones, o alguna criatura capaz de infundir tan susto.

 

Por la mañana, conversamos con Roberto sobre cuestiones de la tierra. Yo le conté de que en Argentina también había comunidades, y que algunas incluso vivían del ganado caprino. Ese hombre se puso feliz, hubieran visto su sonrisa, cuando le hablé de los huarpes o de los descendientes de ranqueles que visité en Mendoza y La Pampa respectivamente. Y allí el hombre hizo una pregunta que me gustó:
–          ¿Y allí también la tierra es suelta?
Primero no caía, pero en un segundo comprendí que se refería a la propiedad colectiva de la tierra. Sí, le respondí, depende el caso, pero se está reconociendo de a poco. Entre los wayuu, nadie es dueño de la tierra, sólo de sus animales, identificados por marcas a fuego. Sobre esa tierra suelta seguimos caminando Laura y yo, otra vez siguiendo las huellas de bicicleta, para regresar a Maicao y empezar a pensar en nuestro viaje a Venezuela.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

4 Comentarios

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  • Acabo de terminar tu libro, Juan Pablo, y lo sorprendente es tamaña cruzada con experiencias, como vos decís, enormes y bizarras, grandiosas y eternas, en un libro recontra bien editado, que anda circulando tras tus pasos. Estar una hora caminando en medio de montañas afganas, comiendo con el vicepredidente, retratando las sonrisas de los niños sobre un tanque de guerra oxidado, es grandioso. Supe viajar de esa manera y leerte fue revivir y anhelar con el alma esa libertad que te da el camino abierto. Soy periodista y cronista, a veces poeta y cuentista, y viajar me resulta la novena maravilla del mundo, colega que anda, un gran abrazo a usted y su compañera.
    Salute!

    Paula.

  • Bonita iniciativa. Me ha gustado mucho llegar a tu blog y contemplar estas estupendas entradas, donde plasmas perfectamente tus experiencias a través de la información y preciosas fotografías.
    Mis felicitaciones y cordial saludo desde Mérida -España-.
    Ramón

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