VIAJAR A CARTAGENA: ENCUENTRO CON EL ALMA AFROCARIBEÑA

 
 
 
 
El alma de una ciudad siempre se manifiesta en recovecos que deben contener cierta dosis de mugre. Es como el ingrediente secreto de una pócima. Eso la aprendí la primera vez que emigré a Europa: caminaba por las calles irlandesas y todo era tan pulcro que me faltaba el aire, era como desfilar por la maqueta de un arquitecto. En Colombia, donde el paradigma de “lo bonito” es un centro comercial, uno queda obligado a alejarse de las “zonas rosas”, y si uno anda como sabueso detrás del alma cartagenera, toca ir a sitios como Getsemaní. A mi me pareció sentir el alma de Cartagena en la Plaza de la Iglesia de la Trinidad.



 
Lo que encuentro allí es una configuración urbana real, con baldosas gastadas por los niños que corretean persiguiendo la esfera más lúdica de la historia, con gaitas tocando champeta a pura flauta y llamador y abuelas que ventilan sus lustros en los umbrales de sus casas, hamacándose serenamente en sus mecedoras como si estuvieran acunando al mismísimo tiempo. Hay familias enteras esperando por sus perros o arepas rellenas en puestos de comida callejeros, y la tienda de la esquina no deja de dispensar cerveza a quienes luego hacen de la plaza su pub, haciendo más honores a la etimología del vocablo sajón (public house) que ningún pelirrojo.
 
 
 
La fachada de la iglesia preside toda la acción, incluso la magnifica por el contraste con la solemnidad que debería irradiar. Pero falla, se vuelve cómplice de la barriada alegre. Y sin embargo, siento que lo que hace el pueblo es comulgar, en el sentido más riguroso de la liturgia popular local.
 
Acaso esa misma cohesión sea la que ha permitido que Getsemaní sobreviva como un bastión habitado en medio de la tendencia desplazadora del turismo. La gente que vivió aquí nunca fue rica, como la del centro histórico, sino más bien fueron trabajadores portuarios, indios y esclavo libertos. Quizás no adornaban sus puertas con aldabones, pero nadie puede dudar de su arraigo por el lugar. Tres siglos después, los descendientes de los cartageneros originales siguen aquí, las niñas andando en monopatín, los hombres apostando miseria por fortuna en los tragamonedas que todas las tiendas tienen tras un tabique.
 
 

 

 

 

La champeta es otro símbolo de ese arraigo. Desde los años 20’ se llama “champetudos” a los cartageneros de los barrios más alejados del centro, pero desde los años 70 se consolidó la “champeta” como un género musical, con gran influencia de ritmos africanos (soukous, highlife, mbquanga, juju) y de las Antillas. Cuentan que cuando en los 50 llegaron al país los primeros discos de intérpretes de Mali y Senegal, la gente se identificaba con esos ritmos como si acabaran de reencontrar su reflejo frente a un espejo. Es que a pesar de los siglos transcurridos los cartageneros seguían intuyendo en ese ritmo su origen.
 

 

 
Las inundaciones de la temporada nos impidieron visitar San Basilio del Palenque, primera población libre de Sudamérica, fundada por esclavos fugados de sus amos. Pero sí pudimos mantener largas conversaciones con Angela, una palenquera de pura cepa a quien todas las mañanas comprábamos ensalada de frutas. La mujer parece una paleta de pintor ambulante, con su vestido policromático. Sobre su cabeza carga una fuente repleta de piñas, mangos, papayas, melón  y manzana. Las corta en rodajas con arte y calma, sólo bajo pedido. Si un turista le dispara una fotografía se cubre con un abanico o con la punta de su larguísima pollera. Pero a nosotros ya nos conoce, y además le damos conversación. Hace 20 años que vende frutas en la ciudad histórica. “En San Basilio no hay trabajo, toca agarrar el machete e ir a cortar yuca”. Que paradoja, que Angela deba ganarse la vida vendiéndole ensalada de frutas a los turistas en la misma plaza que era un antiguo mercado de esclavos, y de la que sus ancestros escaparon. Liderados por Benkos Biohó, un príncipe nacido en la actual Guinea Bissau, estos negros cimarrones lograron reproducir su cultura africana a salvo de la corona española. Las mujeres huían con semillas ocultas en sus trenzas, e incluso codificaban mapas en sus complejos peinados para que otros siguieran sus pasos. 
 
 
 
 
En los días en que visitamos Cartagena se aproximaban las Fiestas de la Independencia y era fácil ver a los conjuntos de champeta ensayar en las gradas de la Iglesia de la Trinidad. Tambor (llamador), flauta y maracas, con sencillos instrumentos pulían un swing con un sabor afro innegable. Para ese entonces nosotros ya íbamos y veníamos por las callejuelas de Getsemaní como locales. En la plazuela, mientras vendíamos libros artesanales, habíamos conocido a dos becarios españoles que trabajaban en la Agencia de Cooperación Española, y había resultado que Miguel era amigo íntimo de Antonio Hedilla, quien me había alojado a mí en Madrid en 2007. Así las osas nos pasamos como una semana en su casa, jugando al truco y a la pocha con barajas españolas, y explorando la ciudad.
 
 
Cartagena es una ciudad que prohibió el silencio. Especialmente en estas fechas de festejos de la Independencia, sale música de cualquier casa y a nadie se le ocurriría hablar de ruidos molestos. Las familias sacan sus mecedoras y sus parlantes a la calle y bailan entre vecinos. Misteriosamente, el barullo no disturba a los concentradísimos jugadores de ajedrez que se baten a duelo en miniatura sobre los bancos de la plaza. Miguel me contó –como quien revela una conclusión extraída tras una larga observación- que “no cualquiera se sienta a jugar contra ellos. Tienen un esquema de clasificación complejísimo”. Al parecer, a la plaza sólo llegaban luego de haber conquistado plazas menores, avanzando desde las periferias hacia el centro. También sorprendía la atención con que un público borracho de vallenato y  ron seguía el detalle de cada partida. Había momentos en que no volaba una mosca, y parecía increíble que el mismo público que hacía fila para pedir arepas se especializara en el arte del peón-4-rey.
 
 
 
Algo más debe decirse de Getsemaní, y es que busca desesperadamente su identidad. Mejor dicho, busca rostros físicos que puedan merecer el caudal intangible de identidad. Y eso se nota en los murales de Pedro Romero, un héroe local –afrodescendiente- de la independencia colombiana. Un día se dieron cuenta que en el Museo Nacional en Bogotá, había un marco vacío entre tantos retratos de próceres criollos. Nadie se había tomado la molestia, en cambio, de copiar para la eternidad el rostro de Pedro Moreno. Y por eso se llamó a concurso público para darle una cara visible. De un día para el otro la gente comenzó a animarse, a adivinarlo en murales. Y no eran artistas plásticos reconocidos, sino artistas barriales envalentonados por la vendetta histórica contra el anonimato. Hasta el día de hoy, la narrativa histórica venía dictada por las elites criollas que –como en Argentina- se erigieron como fundadores de la patria, curiosamente desvinculándose de la herencia española que les calaba la sangre. Y de todas estas cosas hablábamos con Miguel mientras almorzábamos pasta comprado en paquetitos de 125 gramos y preparada con crema de leche de y cebolla de verdeo (“cebollín” para los colombianos). De vez en cuando, María caminaba ceremoniosamente hasta la heladera y desclasificaba santas anchoas y jamones ibéricos. Imaginamos que los dosificaba según ocurriera algún grato momento, por lo que nos sentimos agasajados. Futuros escritores, no imiten este estilo, no es aconsejable abrir un párrafo hablando de identidad y cerrarlo con apreciaciones culinarias sobre la cebolla de verdeo….
 
Desde Cartagena hicimos una corrida hasta la frontera venezolano para renovar la visa. ESo nos dio una oportunidad de ampliar nuestro panorama del Caribbean Way of Life. Pero del Caribe que queda fuera de los hoteles all inclusive. Me refiero a poblaciones como Ciénaga o Pueblo Viejo. Las casas de estos pescadores están construidas con tablas de madera que aparecen apoyadas unas con otras con sumo optimismo. Sus niños caminan esquivando cáscaras de mandarina que pasan flotando y alguna que otra rata. El agua les llega por los tobillos, agua estancada  oscura.
 
Y aun así se las ingenian para jugar al fútbol.
 
Y a pesar de todo, aquí predomina la rumba.
 
Una rumba que es la fuga más próxima de una pobreza que los arrincona con la complicidad de este noviembre tan lluvioso. Entonces de cada casa sacan parlantes llamados “picós”. Son del tamaño de una persona, y firuleteados como las chivas. Aunque mañana no haya qué comer, hoy beberán hasta la madrugada para olvidar. Amanecerán en la hamaca hasta que la oscuridad insinúe una nueva rumba. La música es tan -incomprensiblemente- alta, que pasar en camión por esta población es como ir girando el dial de la radio, de un ruido al siguiente. En estas fiestas, el ser humano pasa a ser un detalle minimizado por el protagonismo del audio y la cerveza.
 
Un camionero antioqueño que trabaja en la zona hace años aún está sorprendido de las historias familiares, del incesto y de la poligamia tácita que caracterizan a la región. El Carpe Diem que campa en estos pueblos anfibios hace pensar en un culto al instinto. Bajo el acuoso calor caribeño, el vallenato y los picós convocan a cualquier cosa menos a la plegaria. Chicas de 17 años embarazadas nos miran desde la hamaca, mientras sus dos primeros hijos le tironean de la falda. Es muy probable que no sean todos del mismo padre. Casi todos los hombres tienen hijos con mujeres que no son sus esposas. Mientras esa hierba crece en todo el mundo, la novedad regional es que aquí la mujer lo acepta, porque si apenas hay trabajo para los hombres, a la mujer sólo le queda suplicar que un hombre mantenga su hogar: la fidelidad se vuelve un lujo moral erradicado por la necesidad económica. Algunos hombres, incluso, hacen vivir a sus mujeres una enfrente de otra para simplificar el régimen de visitas.
 
 
El futuro –y su reino subsidiario de infiernos y dioses correctores- no sobrevive a  esta exaltación del decibel y del presente, y así la raza se vuelve un juego de espejos; más que un árbol, una jungla genealógica. El Caribe propone una proletarización del eros, que en sultanatos y emiratos late cautivo en los harenes de los potentados. Pero no se trata de una reivindicación del amor libre a lo hippie, aquí el amor les ha sido quitado, es lo último que está en juego: las niñas se casan a los 16 para huir de padres golpeadores, y engendran para asegurarse una mensualidad. La sexualidad es rehén de la más básica necesidad de supervivencia. Claro, siempre habrá alguien que acotará: “Son pobres pero disfrutan de las cosas simples de la vida”. Pero la realidad es más reticular, complicada, con cámaras secretas como la sala de ensayo de un mago.
 
Es el eros como fuga del presente y perpetuación aritmética de la pobreza en el sentido Malthusiano. En otro aspecto, se vuelve moneda de cambio. Hay que ser muy miope para visitar Cartagena y no toparse con los burdeles sucios, con las muchachas ofreciéndose con desesperada sonrisa y mirada perdida, haciéndote ojitos desde una columna. Prueba de que ya no alcanza con huir como cimarrones a fundar palenques en el monte. Hoy la comunidad afrodescendiente puede tener pleno derecho a la propiedad, a pisar las baldosas de las plazas donde antes eran vendidos como esclavos, pueden estar en las publicidades de Benetton, pero están en este mundo librados a su propia suerte.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

4 Comentarios

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  • Hola. Me gustó mucho tu primera crónica de Cartagena y esta me ha dejado encantado. Me tocará leer varias veces para sacarle todas las impresiones y apreciaciones que publicaste. Cómo caribeño y siendo Cartagena casi mi segunda casa hay situaciones que por ser tan del común a veces ignoro. El tránsito por Macondo, Ciénaga y Pueblo Viejo, no deja indiferente a nadie, a muchos turistas les dicen que allá no hay nada que ver, pero tu has demostrado cuán equivocados están los que niegan el Macondo de rumba, picós y lluvia y lamentos que es el Caribe colombiano. Muchas gracias por este escrito y saludos de Barranquilla.

  • Juan.No habia leido este post sobre Cartagena.Lugar que pronto tendre el agrado de conocer,al menos unos dias… simplemente fantastico relato, si es viable esa descripcion de mi parte…sin dudas voy a incluir este post en algun programa proximo de Radio EBR,ya que la parte de tus vivencias y de Laura sobre colombia,no pude completarlo aun como deseaba y este relato sin dudas merece ser escuchado,mas que leido por quien escribe.
    Abrazo.

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