SILOÉ: ETNOGRAFÍA DE UNA INTIMIDAD URBANA.

Quizás este post no tenga las fotos coloridas a las que los lectores de blog de viajes tradicionales estén acostumbrados. Es que a veces la realidad propone una trágica poesía visual, que mis letras y mis fotos se empecinas en recoger como copas…
 
Siempre había escuchado hablar de Cali como sinónimo de salsa, pero más que adentrarnos en esa imagen for export, nos interesa explorar la intimidad urbana de la primera gran ciudad colombiana (3.5 millones de habitantes) que pisamos. Como siempre, leo las guías de viaje para tener un panorama de la ciudad. Pero presto más atención a lo que omite que a las recomendaciones. En el caso de Cali, la Lonely Planet envía a los viajeros extranjeros al barrio colonial de San Antonio. Les recomienda to linger over a beer or an ice cream con una automaticidad que preocupa. Le dedicamos una tarde a tal paseo, pero nuestra curiosidad se centra en cambio en los barrios marginales que se acodan en sus límites, como Aguas Blancas o en sus laderas, como Siloé.



 
Como otras ciudades colombianas, Cali arrastra los estigmas simbólicos de un país envuelto en guerras fratricidas. Los colombianos vivieron acuartelados en sus ciudades durante décadas, porque en las carreteras los retenes de la guerrilla y los secuestros eran una lotería desfavorable para los estratos sociales superiores. Entonces las ciudades no desarrollaron espacios públicos, sino que por el contrario cultivaron el espacio privado como estado supremo. La gente se atrincheró en babélicos centros comerciales copiados de Miami, con sus bancos, restaurantes y fuentes. No las plazas, sino shoppings como Unicentro, Cosmocentro o Chipichape son los verdaderos nodos sociales, donde bajo la custodia de la seguridad privada las mujeres con sus tetas operadas flotan por un universo de aire acondicionado con aroma a fresas. Esta obsesión defensiva por la pulcritud es común a buena parte de la clase media colombiana que ama la Listerina, viste a la moda, y según mi amigo Vladimir, discrimina por los olores y la vestimenta. Como hormigas que se olfatean por sus antenas, muchos colombianos atribuyen la estética desalineada a la pobreza y a la mendicidad, que en última instancia se encadenan subterráneamente a la amenaza del marihuanero o guerrillero, aterradora sinonimia.
 

 
Y hay una zona de la ciudad que encarna estas desviaciones de las buenas costumbres: se llama Siloé. Más de uno desearía ocultamente fumigarlo con Listerina desde un enjambre de helicópteros. De golpe, una de esas avenidas alineadas con franquicias se revela, le crecen malezas en sus aceras, se llena de vendedores ambulantes de minutos y, por fin, se vuelve una angosta trocha empinada ¡despega hacia la realidad! Bienvenidos a Siloé. Allí arriba viven los otros, los temidos, los pandilleros. Protagonizan todas las columnas policiales sin excepción. Nadie que viva en Siloé dará su domicilio real a la hora de presentarse a un trabajo. Nunca lo llamarían. Paradójicamente, de Siloé son todos los guardias de seguridad que hacen sentir protegidos a los caleños upmarket cuando hacen sus compras en el shopping.

 

A bordo de una guala que transita esa trocha vamos nosotros. Las gualas son jeeps, algunos de fabricación rumana marca Aro, adaptados para el transporte de los pasajeros, que muchas veces viajan parados sobre el paragolpe y aferrados al techo del vehículo. Mujeres negras que parecen torneadas en ébano se levantan del cordón de la calle y buscan puesto como pueden en las gualas saturadas. Siempre suena música de alguna parte, música que parece sincronizar con la propia kinesis de la gente: es la salsa de la supervivencia.

 

Junto a nosotros viaja Shirley, integrante de la Asociación Centro Cultural La Red, que desde el año 1998 viene luchando por generar conciencia de pertenencia en el barrio. Desde el arte, el hip hop, los grafities o los programas de alfabetización para adultos mayores, La Red propone mecanismos de auto-inclusión, ante la total ausencia del estado. Cuando Shirley afirma que fue la misma gente de Siloé la que construyó calles y escuelas “a punta de minga” la mujer que viaja sentada a mi lado y amamanta a su beba asiente. Aquí nadie guarda secretos. Sin tanto centro comercial, los hábitos de consumo se centran más en el mercado comunitario cercano y la distancia de individuo a individuo es menor, no sólo en el apretado jeep sino en la vida, en el saludo ambulante entre vecinos que se cruzan en una acera.

 
Bajamos de un salto del jeep. Estamos en la comuna 20, llamada “Brisas de Mayo”, poblada mayoritariamente por gente que vino de Popayán en los años 70 en busca de un paraíso urbano. Privados de los espacios centrales, invadieron la ladera y construyeron sus casas, humildes pero sólidas, alentados y apoyados logísticamente por una guerrilla urbana llamada M-19, famosa por haber tomado el Palacio de Justicia en Bogotá en 1985 y robado –atajate esta metáfora- la espada de Bolívar. Las fuerzas armadas procedieron con su habitual diligencia a erradicar, cual maleza, el asentamiento, que sólo fue tolerado cuando los enfrentamientos dejaron varios muertos. Laura reparó con rapidez que los muertos del vecino cementerio privado “Jardines del Recuerdo” sí tienen papeles de propiedad de sus tumbas, pero en cambio la policía no deja de molestar a quienes quieren vivir en paz.
 
En una de estas viviendas amplias, encaramada en una colina funciona el centro cultural. Un hombre moreno llamado Teo nos abre la reja. Sentados a la mesa del jardín, Shirley nos cuenta que todo funciona en base a la educación autogestionada. Los mismos chicos que bailan hip hop enseñan a leer a los ancianos mayores. Hay un cine club y una biblioteca que abarca desde cuentos infantiles hasta las obras completas de Edgar Allan Poe. Todo con el sudor y el desvelo de militantes solteros que accedieron, como Shirley, a la universidad, y vierten su educación para mejorar su comuna.
 

 

El día que llegamos se había organizado una minga: toda la comunidad cooperaba para restaurar un espacio público puntual, la canchita de fútbol. Jóvenes con crucifijos y tatuajes que tararean letras de Calle 13 alisan la cancha, otros plantan árboles. “Aquí la gente se reúne para las mingas, las rumbas y los velorios” – asegura Heber un joven con aire de rapero. Aunque el terreno no debe tener más de 20 metros, la policía quiere quitárselo y exhibe viejos títulos de propiedad. Eso sí, para reclamarlo esperaron a que los chicos terminaran de pintar la línea de mediocampo. Par restaurar el esfuerzo colectivo una mujer revuelve una olla popular con fréjoles y carne de cerdo. Como falta para que la frejolada esté lista, compro un cigarrillo suelto y me eyecto a perderme por los pasillos estrechos del barrio.

 

 

 

Cuando me dijeron que Siloé era una okupación, o invasión, para ponerlo en la jerga latina, me imaginé un endeble entramado de chapas y estera. Pero me equivoqué, si bien no hay lujos ni terminaciones elegantes, las casas han sido construidas con dignidad y optimismo, siempre haciendo lugar para un hipotético segundo piso antes de echar losa. Es un cubismo proletario en textura mixta, con materiales de ladrillo a la vista, con techos de chapa anclados con la ayudita de alguna piedra, pero con solidez al fin. Sonia, una mujer que vive aquí hace 21 años, lo declara con orgullo: “es muy rico vivir aquí”. La mujer, que tiene un pequeño comedor en la esquina, se ha internado conmigo por uno de los pasillos, esos pasadizos del que uno ve emerger canes cimarrones como conosieurs de su suburbio. En un recodo, dos chicas coquetas de polleras frescas y blancas mecidas por la brisa estudian un catálogo de Avón.
 
Dos casas más adelante está la humilde morada de Sonia, de una simpleza enaltecida por canteros de rosas y crisantemos. Cuando me invita a entrar mi pulso se acelera por la oda al cariño que descubro. En la cocina un inquilino en cuero lee un librillo titulado “Cómo enriquecerse espiritualmente” – acaba de llegar del campo, es un alma anónima que no es dueña de una sola baldosa de esta ciudad. Aún así me saluda con la misma educación y alegría de la vida con que lo hacen los colombianos más apoderados, demostrando que en Colombia la calidez es un valor trasversal a los estratos. Una lona verde impide ver la chapa desnuda del techo, pero la vista hacia la apática y humeante ciudad en el llano es la venganza de los siloenses.
 

 

 

Me despido de Sonia y me escurro por otros pasillos. En un poste encuentro un esténcil, con el contorno familiar del Che con el rostro retocado con una amplia sonrisa y la leyenda: “El Che feliz en Siloé”. No desentonaría encontrarse a la bicicleta del Pocho Leprati imprimiendo su descanso fantasmal sobre uno de los muros. Nuestras visitas a Siloé fueron muchas. Bajo una torre de alta tensión que quedó cercada por la barriada conversé otra tarde con Emilio, un hombre que regresa del trabajo. Se gana la vida enterrando a los ricos en el vecino cementerio privado. En una ciudad con 1800 asesinatos por año, casi nunca tiene franco. Parece que en la lucha de clases, a veces la victoria es morosa.
 

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

4 Comentarios

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  • ufff esa forma de escribir, de narrar cada detalle, muchas gracias por escribir todo esto con esa entrega. Yo soy de Medellín soy estudiante de música y espero pronto salir a viajar primero por mi país y luego el mundo 😀
    Todos lo que escribes es un aporte inmenso para mi tanto para mis futuros viajes como para mi forma de ver la vida. Espero verlos algún día.

  • Hola Juan.
    Soy una viajera que hasta ahora ha recorrido parte del continente americano, pero con cercanas proyecciones de atravesar el charco.
    Estando en Bogotá recibí una tarde el libro Caminos Invisibles, inspiración para tomar la decisión y salir por segunda vez a la ruta. ¡Gracias!. Confieso que al leer acerca de su viaje por Colombia (debí haber aclarado al principio que soy colombiana), me salté párrafos y hasta capítulos porque tenía en ese momento una opaca y degradada perspectiva de mi país.
    Hoy, tras diez meses de viaje, extrañando lo que parecerían nimiedades como el café, las arepas y la aguapanela, y lidiando en cada país que he visitado con la discriminación y el estigma por una nacionalidad escrita en mi pasaporte, me llamó leer algún post sobre Colombia. Al instante quedé atrapada con las historias de Siloé, luego me sumergiría en las del Putumayo, y opté finalmente por leerlos todos y de paso invitar a un amigo a hacerlo también para que conociera mi país desde tu perspectiva.
    Gracias a esta tarde de lectura, me reenamoré de ese trocito de tierra que alguna vez llamaron Colombia, con todos sus conflictos y guerras que parecieran interminables. Un millón de gracias por atreverte a visitarlo hace unos años cuando la paranoia colectiva era aún peor, y no ahorrar palabras para expresar la dicha de recorrerlo. Solo sonrisas y ganas de volver me causaron tus escritos.
    ¡Saludos!

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